27 enero 2026

DOMINGO DE CALENTITOS

 

 

Estimado Pueblo:

Espero que al recibir la presente este más seco que yo.

Los domingos de enero eran de lluvia de viento y de calentitos.

La casa se recogía entonces alrededor del calentador, como un nido pobre y feliz, y mi padre llegaba con un papelón de calentitos que aún respiraban aceite y calle. Aquello era fiesta. Fiesta humilde.

El cisco picón ardía despacio, y nosotros, arropados por su calor antiguo, dábamos buena cuenta del manjar. Mi hermano, todavía en brazos de mi madre, los mojaba torpemente en el azúcar; mi padre los rebajaba con un café de pucherete, oscuro y sincero; mi madre, siempre cuidadosa de los nervios, se conformaba con descafeinado, que ya entonces decía que el café no venía bien para esas dolencias.

Y yo, goloso por vocación, los sumergía sin medida en un Cola-Cao pasado de polvos, espeso como la infancia.

Todo era sencillo: la vida, la comida, la alegría.

Los calentitos se servían en papel de estraza, y mi padre, hombre de madrugadas, los elegía después de una copa de machaco que le templara el cuerpo y el ánimo.

Unas veces venían de Carmela, la del quiosco de la carrera; otras, de Manolita, enfrente del Tropezón, cuando no quería alejarse mucho del pisito de la calle Espíritu Santo. Las más, del quiosco de la Alameda. Y si la lluvia no apretaba y Retamares no quedaba lejos, alargaba los pasos hasta la plaza de abastos, donde se hacían como Dios manda: embudo sobaquero y perol de aceite hirviendo.

No hacía falta más de diez duros para hartarnos.

Los calentitos cundían, y yo me doblaba siempre la mitad del papelón, de tragaderas fáciles y sin miedo a las ardentías que hoy me tienen excomulgado del caliente manjar.

Y estaba la espera.

Desde que se pedía la vez con un simple “¿quién es el último?”, hasta que uno se marchaba ya con el primer recorte en la boca, corrían las conversaciones como el aceite: el Betis a las cinco, las corridas buenas, el tiempo de la semana, chismorreos de juntiñas y borracheras… Todo mientras se escuchaba, con resignación alegre:

“Ponme una rueda bien despachá, que es pa’l campo”

Hoy, en estos días bastos en agua, cuando el sol parece esconderse por vergüenza, echo de menos aquellos domingos.

Y no por el desayuno que calmaba mi hambre eterna, sino por la ausencia de los congregados, de aquella salita con mesa camilla, radio de baquelita y bombilla de ciento veinticinco, donde la pobreza no dolía y el tiempo, sin saberlo, era feliz.

Atentamente;

El niño Gilena.

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