Estimado Pueblo:
Espero que al recibir la presente este más
seco que yo.
Los domingos de enero eran de lluvia de
viento y de calentitos.
La casa se recogía entonces alrededor del
calentador, como un nido pobre y feliz, y mi padre llegaba con un papelón de
calentitos que aún respiraban aceite y calle. Aquello era fiesta. Fiesta
humilde.
El cisco picón ardía despacio, y
nosotros, arropados por su calor antiguo, dábamos buena cuenta del manjar. Mi
hermano, todavía en brazos de mi madre, los mojaba torpemente en el azúcar; mi
padre los rebajaba con un café de pucherete, oscuro y sincero; mi madre,
siempre cuidadosa de los nervios, se conformaba con descafeinado, que ya
entonces decía que el café no venía bien para esas dolencias.
Y yo, goloso por vocación, los sumergía
sin medida en un Cola-Cao pasado de polvos, espeso como la infancia.
Todo era sencillo: la vida, la comida, la
alegría.
Los calentitos se servían en papel de
estraza, y mi padre, hombre de madrugadas, los elegía después de una copa de
machaco que le templara el cuerpo y el ánimo.
Unas veces venían de Carmela, la del
quiosco de la carrera; otras, de Manolita, enfrente del Tropezón, cuando no
quería alejarse mucho del pisito de la calle Espíritu Santo. Las más, del
quiosco de la Alameda. Y si la lluvia no apretaba y Retamares no quedaba lejos,
alargaba los pasos hasta la plaza de abastos, donde se hacían como Dios manda:
embudo sobaquero y perol de aceite hirviendo.
No hacía falta más de diez duros para
hartarnos.
Los calentitos cundían, y yo me doblaba
siempre la mitad del papelón, de tragaderas fáciles y sin miedo a las ardentías
que hoy me tienen excomulgado del caliente manjar.
Y estaba la espera.
Desde que se pedía la vez con un simple
“¿quién es el último?”, hasta que uno se marchaba ya con el primer recorte en
la boca, corrían las conversaciones como el aceite: el Betis a las cinco, las
corridas buenas, el tiempo de la semana, chismorreos de juntiñas y borracheras…
Todo mientras se escuchaba, con resignación alegre:
“Ponme una rueda bien despachá, que es
pa’l campo”
Hoy, en estos días bastos en agua, cuando
el sol parece esconderse por vergüenza, echo de menos aquellos domingos.
Y no por el desayuno que calmaba mi
hambre eterna, sino por la ausencia de los congregados, de aquella salita con
mesa camilla, radio de baquelita y bombilla de ciento veinticinco, donde la
pobreza no dolía y el tiempo, sin saberlo, era feliz.
Atentamente;
El niño Gilena.
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