Estimado Pueblo:
Espero que te encuentres bien, hoy te voy
a regalar un cuento para dormir la siesta.
Por los pagos del Puntal, donde la tarde
se demoraba entre el olor a tomillo y la cal cansada de los cortijos, nació una
historia que nadie escribió en los papeles, pero que quedó guardada en la
memoria secreta de las piedras.
Era una higuera joven entonces. Crecía al
borde de un bancal pedregoso, estirándose cada primavera como quien busca una
mirada entre la multitud. Frente a ella, un pozo antiguo sostenía el peso de
los años con la dignidad silenciosa de los que conocen todos los secretos del
campo. Al principio apenas se adivinaban, luego comenzaron a reconocerse en la
rutina de las estaciones. La sierra, inmensa y maternal, les hacía de madrina
desde el horizonte, velando aquel amor vegetal y subterráneo con sus llagas
blancas desde la distancia.
Fue creciendo la higuera. Año tras año
fue alargando sus brazos nudosos hasta asomarse al brocal. Desde allí
contemplaba las pupilas acuosas de su amado, aquel espejo oscuro donde el cielo
acudía cada mañana a peinarse las nubes. Y cuando llegaban los veranos
ardientes, cuando el sol rajaba las piedras y las chicharras parecían limar el
silencio, la higuera dejaba caer algunas brevas maduras sobre el agua.
Descendían despacio, vencidas por su propio peso de miel, como besos
almibarados que buscaban la boca sedienta del pozo.
El agua las recibía con un leve
estremecimiento. Después las ondas iban abriéndose sobre la superficie igual
que una sonrisa.
Así transcurrieron los años.
Pero un día cambió el campo, el mundo, el
hombre.
El trajín del cortijo fue apagándose poco
a poco. Las bestias dejaron de recorrer los senderos. Los hombres comenzaron a
medir las distancias de otra manera y los caminos se hicieron más cortos
mientras el tiempo se volvía más rápido. Las puertas permanecieron cerradas
durante temporadas enteras y el polvo fue ocupando los lugares que antes
pertenecían a las voces.
Sin que nadie pareciera advertirlo, el
venero del pozo comenzó a fatigarse. Primero disminuyó el caudal. Luego
llegaron las sequías. El agua fue retirándose hacia regiones cada vez más
profundas de la tierra hasta quedar convertida en una sombra inmóvil. El brocal
siguió siendo el mismo, pero el corazón ya no latía con igual fuerza.
La higuera observó aquella agonía.
Y se fue entristeciendo, se fue secando.
Ya no podía contemplarse en aquellos ojos
líquidos donde durante tantos años había reconocido su propia hermosura. Ya no
encontraba el reflejo de sus hojas ni el balanceo de sus ramas en aquella
superficie cada vez más oscura. Se le fueron secando las brevas antes de
madurar. El verdor se volvió ceniza. La savia aprendió lentamente el idioma de
la ausencia.
Hasta que una primavera dejó de
despertar.
Permaneció erguida algún tiempo, como
permanecen las viudas que aún esperan un regreso imposible desde Cuba o
Filipinas. Después el viento, la lluvia y los años fueron deshaciendo su
figura. Y acabó secándose del todo, convertida en una memoria de madera y
silencio.
Pasaron los años.
Los inviernos vinieron y se fueron sin
dejar apenas rastro, hasta que llegó una otoñada alegre de aguas abundantes y
truenos demorados. Durante noches enteras la lluvia golpeó los bancales abandonados
y empapó los barbechos. La sierra, la vieja madrina de aquel amor, volvió a
derramar sus bendiciones sobre la tierra.
Entonces ocurrió el milagro.
El pozo sintió regresar la sangre a sus
venas de piedra. El venero despertó de su letargo de polvo y arena. El agua
volvió a subir desde las entrañas del mundo con una fuerza olvidada, llenando
otra vez de vida las paredes húmedas de su cuerpo.
Y esperó, espero una rama, una hoja.
La sombra conocida de aquel amor antiguo
asomándose por encima del brocal.
Pero ninguna rama llegó, ninguna hoja
acudió a eclipsar el paso de la luna durante las noches de San Juan.
Ninguna breva volvió a caer sobre sus
aguas como aquellos besos dulces de otro tiempo.
Fue comprendiendo, poco a poco, que la
espera también tiene un límite. Que hay ausencias que ni siquiera los milagros
pueden reparar. Y dicen que comenzó a llorar hacia dentro, ocultando el dolor
bajo el espejo tranquilo de sus aguas.
Lloró tanto, durante tantos años, que el
agua acabó adquiriendo un sabor extraño. Un regusto de pena antigua y de
despedida nunca pronunciada. Se volvió salina por la mucha tristeza retenida en
sus adentros.
Y los malletes del lugar, que siempre
encuentran nombre para las cosas que no entienden, empezaron a llamarlo el Pozo
er Salao.
Todos menos uno.
Un pastor de los de charla larga, saludo
constante y memoria agradecida, siguió llamándolo de otra manera. Cada vez que
pasaba por allí, detenía el paso, apoyaba las manos sobre el cayado y decía
mirando al brocal:
“GUENOS DIAS POZO LA HIGERA”
Porque sabía que algunos amores no
terminan cuando desaparecen los amantes. Siguen viviendo en el nombre que
alguien pronuncia, en la sombra que ya no existe y en la fidelidad de quien
todavía recuerda.
Y desde entonces, cuando el viento baja
de la sierra y se queda un momento rondando las ruinas del cortijo, hay quien
asegura escuchar el ruido leve de una breva cayendo sobre el agua. Como si la
higuera, desde algún lugar donde no alcanza la muerte, continuara enviándole
besos a su amado.
Atentamente;
El niño Gilena.