Estimado Pueblo:
Espero que te encuentres bien, yo hoy no
puedo dormir.
Hay veranos que no se marchan nunca.
Permanecen escondidos en algún rincón de la memoria, igual que el olor de la
tierra cuando recibe el primer cubo de agua al caer la tarde. Basta cerrar los
ojos para volver a ellos y escuchar, otra vez, aquel rumor de sillas de enea
arrastrándose sobre el acerado, aquellas charlas de los vecinos sin saber que
estaban construyendo un país diminuto donde nadie era extraño.
En aquellos años del Moron de nuestra
niñez, la calle no era una calle. Era la prolongación de las casas, el salón
común donde se refugiaba el vecindario cuando la calima expulsaba de las
habitaciones cualquier tentativa de descanso. El calor era un inquilino
testarudo que sólo concedía una tregua cuando el sol desaparecía detrás de la
Torre Gorda, centinela inmóvil que parecía dar permiso a la noche para comenzar
su oficio.
Entonces empezaba un ceremonial tan
antiguo como las estaciones.
Las mujeres salían primero, armadas
únicamente con sus cubos de lata. Baldeaban la acera con una solemnidad que hoy
casi parece litúrgica. El agua corría buscando las junturas del empedrado y
levantaba ese perfume irrepetible del verano Aruncitano, mezcla de cal, polvo y
tranquilidad. Parecía que la calle respiraba aliviada después de todo un día quemándose
bajo el sol.
La cena había sido breve, como
correspondía a las noches de junio: gazpacho bien frío, picadillo aliñado con
aceite generoso y el remate dulzón de un melón o una sandía abiertos sobre la
mesa con la ceremonia de quien parte un tesoro.
Después comparecían las sillas de enea,
alineándose frente a las puertas como si aguardaran el inicio de una
representación que llevaba celebrándose generaciones enteras.
Los hombres ocupaban las primeras plazas.
Camisetas calaítas de verano, pantalones remangados y un Celta sin boquilla
consumiéndose despacio entre los dedos. Algunos, quizá por llevarle la
contraria al propio descanso, montaban la silla al revés y reposaban los brazos
sobre el respaldo mientras el humo ascendía sin prisa hacia un cielo todavía
caliente. No eran amigos del abanico. Se quitaban la calor a tragantadas de
agua fresca salida del búcaro de barro, cuyo pellejo sudaba igual que la de sus
dueños.
Las madres aparecían después, envueltas
en aquellos bambitos de flores que parecían inventados para sobrevivir al estío,
detrás desembarcaba la chiquillería. Nosotros.
Los más pequeños arrastraban una sillita
diminuta de esas que aquí llamamos de feria y un chupete que iba perdiendo la
batalla contra el sueño. Los zagalillos llegábamos todavía poseídos por esa
impaciencia de quien cree que el día puede alargarse indefinidamente si se
sigue jugando.
Y al final hacían su entrada las abuelas.
Con aquellas batitas ligeras de verano,
medias hasta media pierna, sandalias sin tacón y un ramo de jazmines recién
cortados prendido entre el moño y la memoria. Había en ellas una elegancia que
no conocía escaparates. Se abanicaban con la destreza de quien lleva toda una
vida domesticando los veranos: unas con abanicos de madera y tela; otras con un
simple cartón arrancado de una caja de babuchas, porque cuando aprieta el verano
cualquier cosa sirve para mover el aire.
Mientras tanto, la noche iba haciéndose
lentamente a sí misma.
Los hombres hablaban de cacerías, de
perdigones, de perros que ya no había, de jilgueros mixtos capaces de enamorar
a cualquier aficionado y de lo poco que ponían las gallinas cuando el calor les
robaba también las ganas de vivir.
Las mujeres, entre un «buenas noches» y
un «con Dios», componían esa crónica sentimental del barrio donde convivían la
ternura y la malaleche. Comentaban lo hermosa que estaba la hija de Setanita,
lo ligera de cascos que había salido la de Fulanita o el achaque que llevaba
semanas castigando al marido de Mengano. Todo dicho con esa naturalidad vieja
en la que el cotilleo era menos una maldad que una forma de mantener unido el
vecindario. Alguna acunaba al más pequeño mientras hablaba sin dejar de mover
el brazo con un ritmo tan preciso que parecía aprendido antes incluso que el de
andar.
Y nosotros seguíamos jugando,
perseguíamos grillos como si fueran animales mitológicos, levantábamos piedras
buscando lagartijas o nos sentábamos alrededor de Raspaúra.
“Raspaúra...” qué personaje más grande
para unos ojos de niño.
Poseía el raro privilegio de haber
convertido la mentira en una forma superior de la verdad. Nos contaba que había
visto lobos bajar de la sierra de pozo amargo, que había peleado con culebras
más largas que un carro en la Peñagua, que un día pescó un barbo capaz de
arrastrar una barca en la Arcilla o que los moros dejaron enterradas monedas de
oro y un candil de lo mismo en una cueva de la plata que llega al castillo.
Nosotros no dudábamos jamás. ¿Cómo íbamos a hacerlo? Para nuestra inocencia, la
palabra de Raspaúra tenía la misma autoridad que los Evangelios.
Y así la noche seguía creciendo.
Algún vecino empezaba a cabecear sobre la
silla. Se escapaba el primer ronquido, discreto todavía, mientras los más
pequeños dormían ya rendidos sobre el hombro de sus madres. A nosotros se nos
abría la boca en un bostezo interminable, esa señal inequívoca de que la cama
empezaba a llamarnos por nuestro nombre.
Entonces el ritual llegaba a su
desenlace.
Las conversaciones se iban apagando igual
que las colillas. Las sillas regresaban lentamente al largo de las casas. Algún
último «hasta mañana, si Dios quiere» quedaba suspendido en el aire mientras
las puertas se cerraban una detrás de otra.
La calle recuperaba su silencio, sólo
quedaban de guardia los grillos, ellos eran los verdaderos serenos de aquellas
madrugadas. Custodiaban el sueño del barrio con un concierto humilde y
obstinado que nadie agradecía porque todos lo dábamos por eterno. No sabíamos
que también los grillos, como los vecinos sentados al fresco, como los búcaros
rezumando agua, como las sillas de enea o las historias imposibles de Raspaúra,
acabarían convirtiéndose en una especie extinguida de la memoria.
Y acaso por eso, cuando hoy alguna noche
de verano trae de nuevo el olor del agua sobre el suelo caliente, no siento que
esté recordando mi infancia. Tengo la impresión de que es ella quien, por un
instante, vuelve a salir a la puerta para esperarme.
Atentamente;
El niño Gilena.