Estimado Pueblo.
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo hoy futbolero.
Hoy que al fútbol ya no se juega, sino
que se practica, que los niños parecen futbolistas antes que zagales y que para
darle una patada a un balón hacen falta equipaciones, entrenadores, tácticas y
hasta un representante, me ha dado por acordarme de aquellos partidos
callejeros de mi juventud en Morón. Aquellos encuentros donde lo de menos era
el fútbol y lo de más, sin que entonces lo supiéramos, era la vida.
En aquellos tiempos, la distracción
preferida de los zagales consistía en improvisar un partido balompédico en
cualquier calle, descampado o corralón que tuviera unas dimensiones
medianamente aprovechables. Los más afortunados, incluso, se atrevían a jugarse
la virtud futbolística en el campo de albero de los Salesianos, que aquello ya
eran palabras mayores.
Para montar un estadio no hacía falta
tanto. Dos chalequillos de anca Antoñito, algún adoquín suelto y ya teníamos
marcadas las porterías. El terreno de juego lo ponía la propia calle, que podía
ser largo, estrecho, cuesta arriba o pecho abajo, con sus correspondientes
hoyos, socavones y desniveles, que no estaban homologados por la FIFA, pero
tenían más personalidad que muchos campos de ahora.
Lo primero era organizar los equipos
mediante un solemne pares y nones. El ganador comenzaba a elegir jugadores y
allí se producía el primer gran momento de la competición: el mercado de
fichajes. Algunos eran reclamados con entusiasmo; otros esperaban su turno con
la dignidad herida. Yo, que por entonces andaba sobrado de lorzas debido a mi
afición por prolongar almuerzos y cenas, no gozaba precisamente de gran cartel
futbolístico. Así que, casi siempre, acababa de cancerbero, puesto que requería
menos carreras y permitía cierta contemplación del espectáculo.
La indumentaria era de lo más
democrática. Unos jugaban con camiseta y otros sin ella, de manera que no había
demasiadas dificultades para distinguir a los equipos. El calzado merecía
capítulo aparte: desde los botines de La Tórtola hasta los zapatos Gorila,
pasando por aquellas botas de agua que convertían cualquier disparo en un
acontecimiento de consecuencias imprevisibles. Allí no había botas de tacos ni
tecnologías de última generación. Había lo que había y, con aquello, nos
bastaba para conquistar el mundo.
El tiempo del partido lo determinaba una
cantidad de goles acordada previamente o, lo que resultaba mucho más frecuente,
la autoridad materna. Bastaba con que alguna madre asomara al balcón y soltara
un grito de esos que no admitían réplica:
—¡Antoñitoooo, sube parriba, que tienes
la comida en la mesa!
Aquello era una tarjeta roja directa, sin
posibilidad de recurso ante el comité de competición. Y como el partido no
podía quedar suspendido por la retirada de un jugador, alguien pronunciaba la
frase mágica:
—¡El que marque gana!
Entonces podía suceder cualquier cosa. El
equipo elegido por la fortuna podía proclamarse campeón en un minuto o
permanecer media hora intentando conseguir aquel gol que pusiera fin a la
contienda. Pero, finalmente, siempre había un ganador, aunque a veces ni los
propios jugadores supieran muy bien cómo se había llegado al resultado.
Los descansos eran cortos o sencillamente
inexistentes. Solo se interrumpía el encuentro cuando algún vehículo se
aventuraba a cruzar nuestro estadio o cuando una abuela, harta de los pelotazos
contra su pared, salía a protestar porque las conchas de cal iban cayendo sobre
el acerado. Se pedía disculpas, se esperaba a que la autoridad vecinal
regresara a sus quehaceres y el balón volvía a rodar.
El árbitro, por supuesto, ni existía ni
se le esperaba. Las faltas se resolvían mediante una rudimentaria asamblea
entre los contendientes: que si la patada había sido fuerte o floja, que si el
balón había pasado por encima o por debajo de aquel larguero imaginario, que si
había sido mano o simplemente una carambola. A veces se llegaba a un acuerdo;
otras, el desacuerdo terminaba con un «¡pues ahora no juego!», que era la
versión infantil de abandonar el terreno de juego por discrepancias con el
estamento arbitral.
Y así transcurrían aquellas tardes, entre
carreras, polvo, rodillas desolladas, algún que otro disgusto y muchas risas.
Sin entrenamientos, sin pizarras, sin estrategias y sin nadie que nos explicara
cómo debíamos colocarnos sobre el terreno de juego. Solo había un balón, una
calle y un puñado de amigos dispuestos a gastar las horas hasta que la noche o
nuestras madres pusieran fin al encuentro.
Hoy, cuando veo a tantos chiquillos
vestidos con los uniformes de los equipos de Primera División, zapatillas de
marca y balones perfectamente reglamentarios, sentados en los banquillos de
clubes que a veces parecen haber olvidado para qué sirve el fútbol, me entra
cierta melancolía.
No seré yo quien discuta la técnica, la
preparación física, los sistemas de juego o la importancia de aprender a
competir. Todo eso tendrá su sitio. Pero me temo que, entre tanta
planificación, algunos han dejado olvidado lo verdaderamente importante.
Porque nosotros no aprendíamos a ganar
partidos: aprendíamos a compartirlos. No teníamos compañeros de equipo,
teníamos amigos. No había contratos, fichajes ni clasificaciones, sino tardes
que parecían interminables y amistades que, sin saberlo, estaban firmando un
contrato para toda la vida.
Y es que aquellos partidos no se jugaban
para llegar a ser futbolistas. Se jugaban porque éramos niños y porque,
mientras el balón rodaba por cualquier calle de Morón, no había nada más
importante en el mundo.
Quizá por eso, cuando uno echa la vista
atrás, descubre que los mejores goles de su vida no fueron los que entraron
entre dos adoquines, sino los que marcaron para siempre aquellos amigos que
compartieron con nosotros una pelota, una calle y una infancia.
¡Qué poco necesitábamos para ser tan
felices! Y qué difícil resulta ahora encontrar un campo donde volver a jugar
aquel partido.
Atentamente;
El niño Gilena