Estimado pueblo:
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo hoy de blanqueo.
Siempre que llega este tiempo, ese tiempo
indeciso que anda entre la ancianidad del verano y el nacimiento de la feria,
me vuelven a la memoria aquellos días de blanqueo. Días en los que en casa se
retiraba la rutina diaria para dejar paso a un protocolo añejo, repetitivo y
casi sagrado, de esos que uno aprende sin que nadie se los enseñe porque los ha
visto hacer toda la vida.
Todo comenzaba una tarde.
Mi padre, aprovechando el retorno del
camión de los Cantimpla a la calle Espíritu Santo, se encontraba con el hombre
entre un «buenas tardes» y un «¿cómo se anda?» y, sin más ceremonia que la de
quien encarga algo que sabe que llegará, le decía:
—Arroba y media de cal.
Y asunto concluido.
Al día siguiente, con la puntualidad que
entonces tenían las cosas que de verdad hacían falta, la cal entraba en casa. Y
con ella empezaba el blanqueo.
Se sacaba del “soberao” el bidón de
entrañas blancas que había permanecido allí todo el año, esperando
pacientemente esta cita con septiembre. Yo siempre he pensado que había algo de
magia en aquello. Una magia vieja, doméstica, sin más hechicería que el agua y
las manos de un hombre.
Porque allí estaban las piedras: pesadas,
ásperas, blancas, sin gracia aparente. Y de pronto, después del agua, de
remover y de dejar que aquella materia se cociera, aparecía ante nuestros ojos
una blancura casi viva.
La casa se preparaba entonces para su
transformación.
La caña, los pinceles, los cubos, los
sacos, la escalera y el estropajo salían de sus escondites y entraban en faena.
Y comenzaban los brochazos, los recortes, los cambios de escalera y aquel
continuo ir y venir de voces:
—¡Aguanta ahí!
—¡Échame más cal!
—¡Cuidado con el suelo!
—¡ Niño quítame esas goteras del sardine!
Y la casa, poco a poco, iba perdiendo el
color de los días pasados para recuperar aquel blanco suyo, el de siempre, el
de las casas que sabían recibir a la feria.
Quedaba blanca como la espuma del mar.
Y olía a limpio.
A sábana nueva.
A patio recién estrenado.
Era una blancura que no sólo limpiaba las
paredes. Parecía que también limpiaba el cansancio del verano y dejaba la casa
fresca, confortable, preparada para recibir los días largos.
Quizá por eso, cuando escuche que este
pétreo, y a veces líquido, elemento fue categorizado como patrimonio, no sé muy
bien qué patrimonio será ése. Si humano o divino.
Lo que sí sé es que, para mí, hace muchos
años que la cal tiene una categoría que no necesita expediente alguno.
Es patrimonio de la memoria.
De mi memoria y de la de tantos que
conocimos aquellos días en los que un hombre una madre , una brocha, un cubo y
un poco de agua eran capaces de devolverle la vida a una casa.
Y entonces comprendo que quizá por eso,
cuando llega este tiempo, la cal no me parece una piedra.
Me parece una historia.
Una historia que empezó mucho antes que
nosotros, allá arriba, en la sierra.
Porque antes de llegar al bidón del “soberao”,
antes del horno y antes del pincel, tuvo que haber tierra.
Y fuego.
Y viento.
Y agua.
Cuatro elementos que un día se
encontraron para que aquella piedra pudiera convertirse en blancura.
Y es entonces cuando me sale la copla,
como si la cal misma viniera desde la sierra a contarme su historia:
Tierra, fuego, viento y agua
se juntaron aquel día
para darte la alegría
y el lustre de tu mirada.
Tiempo, esfuerzo, horno y hombre
cantaron pronto tu nombre,
y el viento lo pregonaría
sin que supieras que un día
fueras lucero en los montes.
Porque eso fue también la cal: tiempo.
Tiempo de sacar la piedra.
Tiempo de llevarla al horno.
Tiempo de fuego.
Tiempo de hombre.
Tiempo de espera.
Hasta que la piedra, vencida por el fuego
y por las manos, dejaba de ser piedra para convertirse en aquello que después
cubriría nuestras casas.
Y así, lo que nació en la sierra
terminaba en nuestras paredes.
Llanto de roca vieja,
que blanqueas mi morada,
robando la luz dorada
al cielo de Andalucía.
Porque la cal, cuando se extendía sobre
la pared, parecía robarle algo al cielo. Le quitaba un poco de su luz azul para
devolverla multiplicada en las fachadas, en los patios, en las tapias, en Moron
entero.
Y aquellas piedras moroneras, nacidas en
la sierra, acababan haciendo blanco el paisaje.
Astilla de estrellas,
reflejo claro de luna,
que formaron la bandera
de esas piedras moroneras
que en la sierra tienen cuna.
Ahí estaba todo.
La sierra y la casa.
El horno y la brocha.
El hombre y la piedra.
El fuego y el agua.
Lo viejo y lo nuevo.
Y, entre medias, el pincel haciendo su
trabajo, como quien conoce un secreto que los años se han encargado de olvidar.
Porque cuando la brocha entraba en la cal
y subía por la pared, yo casi podía imaginar que aquello no era pintura.
Era un cante.
Un cante blanco que iba subiendo por la
fachada.
Baila por bulerías
en el filo del pincel,
para cubrir con tu manto
y darme color de sal,
con la alegría de tu canto.
Y quizá por eso aquellas casas recién
blanqueadas tenían algo que hoy cuesta encontrar.
No era sólo el resplandor.
Era la alegría de la blancura.
Era el orgullo de una tierra que sabía
convertir sus piedras en luz.
Ahora se habla de patrimonio y se buscan
nombres para las cosas que se nos van.
Y está bien.
Pero yo pienso que hay un patrimonio que
no cabe en un catálogo.
El patrimonio de los olores.
El de las voces.
El de una escalera apoyada en una pared.
El de una mano removiendo un bidón.
El de un padre que vuelve a casa con una
arroba y media de cal.
El de una casa que, después del blanqueo,
parecía respirar de otra manera.
Ese patrimonio no necesita que nadie lo
declare.
Lo llevamos dentro.
Y mientras yo recuerde aquellos días,
mientras recuerde el “soberao”, el bidón, los pinceles, la caña y aquellas
paredes poniéndose blancas bajo la mano de mi madre, la cal seguirá teniendo su
sitio.
No sólo en la sierra.
No sólo en los hornos.
No sólo en las fachadas de Andalucía.
También aquí.
En la memoria.
Porque algunas piedras, cuando el tiempo
las toca, no se convierten en ruinas.
Se convierten en recuerdos.
Y hay recuerdos que, como la cal, cuanto
más viejos son, más blancos nos parecen.
Atentamente:
El niño Gilena