Estimado pueblo:
Espero que al recibo de la presente te encuentres bien, yo buscando una tasca
Andaba yo el otro día dando una otoñal
vuelta por las callejuelas de nuestro querido Morón, cuando, al llegar a una
esquina de esas que guardan más memoria que un archivo municipal, me detuve como
un reloj “estropeao”. Allí, resistiendo como un viejo soldado que se niega a
entregar la plaza, se encontraba una de las últimas tascas moroneras, de
aquellas donde algunos de nosotros gastamos juventud, saliva, suelas de zapatos
y más de una perra gorda entre tragos, dominós y conversaciones que, por lo
general, arreglaban el mundo antes de la hora del almuerzo.
Y fue verla, con su puerta entreabierta y
su aire de no tenerle que demostrar nada a nadie, y venírsenos encima la
melancolía.
Jesusillo me dije—, esto se está perdiendo.
Y mi sombra, que para secretario sirve lo
mismo que para testigo de una desgracia, asintió con la cabeza.
Porque las tascas, querido pueblo, no
eran bares, ni tabernas finas, ni establecimientos hosteleros de esos que ponen
nombres extranjeros a las croquetas y te sirven una aceituna con más ceremonia
que una boda. No, señor. La tasca era otra cosa. Era una institución sin
estatutos, una academia sin títulos y un parlamento donde cualquiera podía
tomar la palabra, aunque no tuviera razón ni se la esperase.
Y como quiera que las cosas que no se
escriben terminan por olvidarse, hemos decidido dejar constancia de lo que, a
nuestro modesto entender, constituye la verdadera denominación de origen de una
TASCA MORONERA, patrimonio sentimental de un pueblo que todavía sabe reírse de
sí mismo.
REGLAMENTO NO ESCRITO DE LA TASCA
MORONERA
Primero. De su naturaleza y contenido.
La tasca será aquel establecimiento
dedicado a expender bebidas alcohólicas y refrescos, algún café de dudosa
excelencia y, en materia de gastronomía, una oferta tan austera como
innegociable: aceitunas partías, “arvellanitas”, “chochos”y, si el dueño se
levantó generoso o el tomate venía de la huerta de un parroquiano, un tomate
abierto por la mitad con su correspondiente mijita de sal.
Aquí no se venían a comer, sino a matar
el gusanillo, que en Morón siempre ha tenido más de una acepción.
Segundo. De sus servicios.
Dispondrá de un aseo, conocido
universalmente como el “meaero”, donde el parroquiano encontrará, según
categoría y antigüedad del negocio, un urinario o una losa turca. El lujo no
era una prioridad, y la intimidad, un concepto que se llevaba con bastante
filosofía, tras esa puertecilla abatible de salón del oeste.
Tercero. De su parroquia.
El noventa y nueve por ciento de la
clientela estará constituido por varones de distintas edades, procedencias y
grados de conversación. La presencia femenina será excepcional, salvo en
vísperas de Semana Santa, cuando alguna señora se acerque, con la diligencia
propia de quien tiene una misión doméstica que cumplir, a comprar vino dulce
para las torrijas.
La señora entrará, pedirá, pagará y se
marchará. Y el tasquero, que conoce el mundo, no hará preguntas.
Cuarto. De su decoración.
Las paredes estarán convenientemente
adornadas con calendarios de vírgenes y cristos, mujeres ligeras de ropa,
anuncios de tractores y propagandas de Zotal, que lo mismo servían para
combatir los malos olores que para recordar que la vida del campo no entiende
de delicadezas.
Podrá exhibirse, asimismo, algún
calabacín de dimensiones extraordinarias, una limón como la cabeza de un niño
chico o un apero agrícola tan antiguo que nadie sepa ya si servía para arar,
sembrar o espantar a los mirlos.
Todo ello compondrá una decoración
espontánea, sin arquitectos ni interioristas, pero con mucha verdad.
Quinto. De las actividades
complementarias.
La tasca podrá funcionar como mercado
ocasional de productos del campo, centro de compraventa de espárragos y
tagarninas, oficina auxiliar de loterías y punto de encuentro para la rifa de
cualquier cosa que venga de la tierra.
Porque el tasquero moronero, además de
servir copas, siempre ha tenido algo de corredor de comercio, intermediario
rural y ministro de Economía de su clientela.
Sexto. De los juegos permitidos.
No faltarán las fichas de dominó, los
dados para jugar al hijo puta y una baraja de cartas dispuesta a provocar
alegrías, disgustos y alguna discusión sobre si aquello era tute, giley o una
manera muy nuestra de perder los cuartos.
El golpe de las fichas contra la mesa
tendrá categoría de música ambiental. Y si alguien protesta por el ruido, se le
invitará discretamente a buscar otro establecimiento, que para eso hay libertad
de mercado.
Séptimo. De las atribuciones del
tasquero.
El dueño podrá beber al mismo tiempo que
sus clientes, participar en una partida de dominó, echar unas cartas y opinar
sobre cualquier asunto de política municipal, fútbol, cosechas o relaciones
matrimoniales.
No habrá incompatibilidad entre ejercer
de empresario y jugarse el café. El tasquero será, por derecho propio, juez,
parte, consejero y, en ocasiones, el único que sabe quién debe dinero a quién.
Octavo. Del tabaco y las inclemencias.
Se permitirá fumar en el escalón de la
puerta, ese territorio fronterizo donde uno no sabe si está dentro o fuera,
pero donde se han resuelto más asuntos que en algunos juzgaos de paz.
Cuando llueva o apriete el frío, se
tolerará que el fumador se refugie bajo el quicio, con medio cuerpo en la calle
y el otro medio dentro, defendiendo su derecho al humo como quien defiende una
tradición milenaria.
Noveno. De la seguridad del
establecimiento.
El suelo estará convenientemente cubierto
de serrín, elemento indispensable para absorber derrames, evitar resbalones y
disimular que aquella mañana se había roto más de una botella.
El serrín, mezclado con vino, cerveza y
el polvo que entraba de la calle, componía una alfombra de humilde dignidad. Y
nadie preguntaba por el material del pavimento.
Décimo. De la indumentaria oficial.
El tasquero vestirá un mandil de medio
cuerpo, preferentemente azul de mono de trabajo, con manchas cuya procedencia
solo él conoce y que forman parte inseparable de su uniforme, de igual manera
portara una mezcla de trapo o servilleta en el hombro izquierdo.
No necesitará camisa de marca, ni zapatos
lustrosos, ni reloj de lujo. Su mejor tarjeta de presentación será conocer a
cada vecino por el nombre, el apodo o la deuda pendiente.
Undécimo. De la facturación.
Queda expresamente prohibido complicar la
vida con comandas, terminales informáticos o papelitos impresos.
La cuenta se apuntará con tiza en la
barra, o donde buenamente se pueda, después de humedecerla con saliva. La tiza
viajará casi siempre alojada en la oreja del tasquero, que la recuperará con la
naturalidad de quien saca una herramienta del bolsillo.
Y si el cliente pregunta cuánto debe, se
le dará una cifra redonda, calculada con una mezcla de memoria, intuición y
confianza mutua.
Duodécimo. Del horario de apertura y
cierre.
La tasca abrirá temprano, como
corresponde a un pueblo trabajador, aunque su hora exacta dependerá de la noche
anterior y de las condiciones físicas y espirituales del propietario.
El cierre será igualmente flexible. Si
hay partida, conversación o un asunto importante que resolver, la persiana
puede esperar. Y si el tasquero tiene sueño, se acabó lo que se daba, por mucha
sed que conserve el respetable.
Porque en la tasca manda el reloj, sí,
pero manda bastante más el dueño.
Y AHORA, ¿QUÉ?
En fin, querido pueblo, que después de
repasar este reglamento, me quede mirando aquella puerta como quien contempla
una fotografía descolorida de la familia. Me di cuenta de que, detrás de
aquellas paredes humildes, no solo se vendían vasos de vino y botellines de
cerveza. Allí se vendía tiempo, se compartían noticias, se remendaban soledades
y se mantenía vivo ese trato de vecindad que no figura en los libros, pero que
sostiene la memoria de los pueblos.
Hoy tenemos locales modernos, cartas
interminables, luces muy estudiadas y cafés con nombres que parecen apellidos
extranjeros. Todo eso estará muy bien, faltaría más. Pero uno echa de menos
aquella barra sin pretensiones, el serrín bajo los zapatos, el golpe seco del
dominó y al tasquero diciendo, desde el otro lado:
—¿Lo de siempre?
Y uno sabía que no le estaban preguntando
solamente qué quería beber.
Le estaban diciendo que seguía siendo de
allí.
Por eso, si todavía queda alguna tasca
moronera que reúna estas condiciones, aunque sea con dos reformas y tres
achaques encima, habrá que mirarla con cariño, entrar, pedir algo y dejar que
el tiempo se siente un rato con nosotros.
Que las tascas, como los hombres buenos,
no suelen hacer ruido cuando se van. Un día cierran, otro día desaparece el
letrero y, cuando queremos acordarnos, ya nadie recuerda dónde se echaban
aquellas partidas ni quién se bebía el último vaso.
Y eso, querido pueblo, es lo que de
verdad da pena: que un pueblo pueda perder sus costumbres sin darse cuenta de
que, al perderlas, se le está escapando un pedazo de su propia alma.
Atentamente;
El niño Gilena.
El Niño Gilena