17 julio 2026

PERSONAJES DE MORON LUIS JAVIER VAZQUEZ MORILLA

 

Estimado Pueblo,

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

 

Hay hombres que no escogen un oficio, sino una forma de permanecer fieles a la tierra que los vio nacer. Hombres a quienes el destino les concede el privilegio de escuchar lo que otros apenas alcanzamos a oír. Así entiendo yo a Luis Javier Vázquez Morilla, moronero del barrio del Pantano, nacido en 1971, hijo de una geografía donde el aire aprendió hace siglos a sonar por solea y donde el silencio también tiene compás.

Me contó una vez que todo empezó al escuchar un disco de Paco de Lucía. Bastó un puñado de acordes para que se le removieran las entrañas y descubriera que el arte jondo no era una música, sino una manera de entender la vida. Aquella revelación, unida al privilegio de haber nacido en este triángulo prodigioso donde el cante, el toque y el baile parecen haberse dado cita desde siempre, y alimentada por su amor a los libros, a la historia y a la palabra, acabó convirtiéndose en una vocación. De esa vocación nació un blog que es mucho más que un archivo: es la memoria viva del derrame de arte moronero por el mundo, un lugar donde los nombres olvidados vuelven a respirar y las historias recuperan la dignidad que el tiempo les quiso arrebatar.

Pocas personas han reivindicado con tanta pasión la figura de Diego Bermúdez Cala, El Tenazas, aquel moronero que cantó por derecho y cuyo eco alcanzó a Chacón, a Lorca, a Falla y a Turina. Pero si esa labor bastaría para engrandecer cualquier trayectoria, Luis aún fue más lejos. Como todo Cervantes tuvo su Quijote, y el suyo fue esa inmensa enciclopedia dedicada a Silverio y los Fillos, una obra donde el lector tiene la impresión de que el autor ha logrado quebrar el calendario para caminar junto a aquellos hombres, compartir sus días, sus desvelos, sus triunfos y sus derrotas. No parece un historiador quien escribe; parece un testigo.

Pero, con ser admirable su obra, todavía me interesa más el hombre. Quizá porque me precio de conocerlo algo. Quizá porque compartimos rama del mismo olivo.

Luis es de esos seres que convierten una conversación de mostrador en una cátedra sin solemnidades. Conservador de leyendas, buscador de amigos sin condiciones, experto en crear el clima propicio para que la memoria se siente a la mesa. Catador de tintos, blancos y cuanto caldo merezca ser compartido, aunque sospecho que sigue reservando un rincón de la nostalgia para aquellas litronas medio frescas del Stop Reserva del 89, donde tantas veces la amistad se sirvió antes que la cerveza.

Es también un arqueólogo de archivos y legajos donde aparezca escrito el nombre de Morón, un paciente explorador de bibliotecas y de las conversaciones con los más viejos, porque sabe que hay documentos que nunca fueron impresos y que sólo sobreviven en la voz de quienes los vivieron.

Alguna vez, entre charlas de taberna, me confesó:

 

"Menos mal que la naturaleza no me dio facultades para cantar, tocar la guitarra o bailar... si no..."

Y siempre pensé que se equivocaba. Porque, de haber cantado, quizá habría sido un inmenso cantaor de seguiriyas. No por la voz, sino porque reúne lo verdaderamente imprescindible: el temple, el conocimiento, la capacidad de comprender el misterio del cante y esa pena antigua y vivida que no se aprende, de las que dejan tatuada el alma para siempre.

Pero no importa. La vida le reservó otro don, quizá igual de necesario: el de divulgar, rescatar y contar. Gracias a él sabemos quiénes fueron tantos artistas, cómo cantaron, cómo tocaron, cómo bailaron y, sobre todo, por qué todavía siguen viviendo entre nosotros cuando alguien pronuncia sus nombres.

Ahora que anda en estado de buena esperanza y que todo hace presagiar que la cigüeña de la Merced traerá bajo el ala un nuevo hijo de papel y tinta, sólo me queda levantar la copa, descubrirme la cabeza y brindar por un hombre que honra a su pueblo sin hacer ruido; por un amigo, un pariente, un caballero de la memoria.

Por don Luis Javier Vázquez Morilla, que ha entendido que también se puede servir al flamenco sin subirse jamás a un escenario, simplemente evitando que el olvido tenga la última palabra.

Atentamente;

El niño Gilena


09 julio 2026

AQUELLOS VERANEOS

 


 Estimado pueblo espero que al recibo de la presente te encuentres bie,porque yo, por mi parte, ando ya al borde de la rendición,” Que calor”.

 

Hoy, cuando el Lorenzo ,ese viejo dios inclemente que gobierna los mediodías de julio en Moron, me obliga a permanecer recogido entre paredes, con más miedo al resplandor de la calle que a la propia soledad, me ha venido a la memoria aquel tiempo en que las vacaciones aún tenían el nombre sencillo de “ Veraneo” y el calor no era una amenaza anunciada en los telediarios, sino una parte más del paisaje, una condición natural del moronero.

Entonces no había piscinas con nombres modernos ni complejos de agua con música y sombrillas alineadas. Había albercas, charcos, pozos y riberas. Había lugares que no necesitaban más decoración que una piedra desde la que lanzarse al agua y una pandilla dispuesta a convertir cualquier remanso en un territorio de aventuras.

Recuerdo aquellos nombres que todavía conservan en la memoria el eco de la infancia: el charco el Charcal, el pozo del Salao, el charco Pajarito, las junta de los ríos por tierras de Coripe. Allí aprendimos que la felicidad podía caber en una corriente de agua fresca, en una tarde interminable y en una cámara vieja de camión que, con la imaginación suficiente, se convertía en una embarcación capaz de surcar mares imposibles.

No sabíamos de peligros ni de advertencias. Éramos dueños de una libertad que hoy parece casi un recuerdo inventado. Bastaba una bicicleta, unos amigos y el deseo de encontrar cualquier rincón donde el verano pudiera ser vencido.

También estaban aquellas expediciones a las “vereas”, cuando la tarde daba una tregua y el calor permitía aventurarse por caminos polvorientos en busca de algún fruto prohibido. Los higos chumbos eran entonces una especie de tesoro vegetal, aunque su conquista tuviera como precio acabar lleno de pequeñas espinas que luego aparecían en los dedos, en la ropa y hasta en lugares donde uno no sabía que podían llegar.

Y qué decir de aquellas incursiones por la viña del Ciprés, donde los melones y las uvas eran tomados en calidad de préstamo, porque en nuestra particular filosofía infantil la palabra robar sonaba demasiado seria y nosotros solo pretendíamos adelantarle al tiempo el disfrute de aquello que la naturaleza ofrecía.

De tarde en tarde, como si fuese un acontecimiento extraordinario reservado para los días grandes, peregrinábamos a la playa. Aquel viaje comenzaba mucho antes de pisar la arena. Había que levantarse cuando todavía la noche andaba desperezándose, preparar los bártulos como si fuéramos una expedición militar y emprender el camino hacia Conil o Chipiona, después de dos paradas para echarle agua al R5, una tostada con zurrapa de manteca que hoy estaría prohibida por cualquier facultativo y casi cuatro horas de carretera, asentábamos el campamento.

Después venían las horas de sol, las olas, la sal pegada a la piel y ese cansancio feliz del regreso. Volvíamos con la piel encendida, con el color imposible de quien ha pasado demasiadas horas bajo el cielo, y con los hombros comenzando ya ese lento desprendimiento de pellejos que dejaba el verano escrito sobre el cuerpo como una pequeña cicatriz de juventud.

Pero si hubo un territorio verdaderamente nuestro fueron aquellas noches, si y digo noches de piscina. No tanto por el agua, sino por la emoción del secreto. Saltar aquellas tapias cuando la luna vigilaba desde arriba, contener la respiración ante cualquier ruido inesperado y sentir ese instante de aventura compartida que hacía que una simple zambullida pareciera una hazaña memorable.

Ahora, cuando los años han ido poniendo distancia entre aquellos días y nosotros, uno comprende que no era el agua, ni la playa, ni los melones, ni las bicicletas lo que hacía especial aquel tiempo. Era la ausencia de prisas, la amistad sin condiciones, la calle como territorio común y esa riqueza humilde de quienes tenían poco, pero sabían disfrutarlo todo.

Fueron veraneos sin grandes comodidades, sin excesos y sin apenas dinero. Pero estaban llenos de algo que hoy resulta más difícil de encontrar: la alegría limpia de vivir, la juventud sin calendario y la certeza de que cualquier tarde podía convertirse, sin saberlo, en un recuerdo para toda la vida.

 

Atentamente;

El niño Gilena.

 

PD. No existe un verdadero verano sin amigos, para JUAN,PACO,FRAN Y JUANITO Los de siempre.


01 julio 2026

ORGULLO Y PREJUICIO

 

Estimado pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo hoy muy colorido.

 

Hay lugares que no son calles ni plazas, son páginas del recuerdo. Basta volver a ellos para que el tiempo, tan empeñado siempre en seguir escapando, se siente un rato a nuestro lado y se ponga a conversar con nosotros.

Me ocurrió hace unos días por los pagos de la Alameda, allí donde el gallo da la bienvenida al que llega y despide al que se marcha.

 El sol caía con esa autoridad de las tardes de veranos nuestros, y una solanera, recién llegada de Arenales, entretenía sus manos en peinar una grandiosa banderola de colorines que ondeaba con el orgullo de quien sabe que representa mucho más que un trozo de tela.

Me detuve a mirarla ,y sin saber por qué, la memoria hizo lo que mejor sabe hacer, poblar de gente los lugares vacíos. Se me dibujó una sonrisa al imaginar una estampa que hoy ya no puede darse, porque el personaje hace tiempo que cambió de barrio y ahora vive en el barrio de los recuerdos. Pero allí estaba, tan claro como si el tiempo hubiera decidido concederme una tregua.

Era “La Fernanda”.

Sonreía junto al mástil con esa alegría limpia que nunca necesitó permiso para existir. Hinchaba el pecho como quien se siente, aunque solo fuera por unos días, la verdadera estrella de la fiesta. Porque tenía ese don que la vida concede a muy pocos, el de hacer de su manera de ser un motivo de celebración y no de disculpa.

Me senté entonces en uno de los bancos que escoltan los viejos pabellones militares y dejé que la imaginación se mezclara con la memoria. Pensé en aquellos años de plomo, cuando a demasiadas personas les tocó vivir escondiendo lo más sencillo y lo más difícil del mundo, querer. Bastaba amar de otra manera para recibir como pedradas palabras que hoy avergüenzan más a quien las pronunciaba que a quien las sufría. "Maricón", "bujarrón", "tortillera", "machorra"... Cuántas veces aquellas voces hicieron más daño que una bofetada. Cuántos tuvieron que aprender a reír por fuera mientras se desangraban por dentro.

Por eso, cuando llega el 28 de junio y esa bandera vuelve a besar el cielo, uno comprende que no celebra únicamente una fiesta celebra una conquista. La de poder mirar de frente. La de no pedir perdón por ser quien se es. La de entender, por fin, que el amor y el deseo jamás necesitaron permiso de nadie para ser digno.

Y levanté mi cigarrillo como quien brinda con Vega Sicila

No solo por quienes hoy pueden vivir con la naturalidad que durante tanto tiempo les fue negada, sino por quienes abrieron el camino cuando caminar costaba insultos, desprecios, silencios y demasiadas soledades.

Brindé por los que conocí y por los que ya no están.

Por “el Momo”, que sin estrella Michelin era capaz de hacer feliz a cualquiera con aquel inolvidable sándwich de cochinito servido en el bujio del tu rincón que sabía a gloria.

Por “el Zoleta”, que con un chiste improvisado y una poca vergüenza bendita era capaz de levantar cualquier sarao, mientras bailaba unas sevillanas que parecían inventadas para él.

Por” Marva loca” y lo mona que tenia la chocilla en los arenales de peluchena.

 

Y hasta brindé por el cura de la Victoria, aunque la Mari me riña.

Cuando el sol empezó a empujarme hacia mi casa, recordé que me aguardaba un salmorejo bien fresco y ese cubo de ensaladilla que hace mi suegra, capaz de reconciliar a cualquiera con el verano y darle de comer a un cuartel de la legión

Me levanté despacio.

Y antes de perder de vista la rotonda, juraría que vi una figura menudita. Llevaba un pantalón rosa, casi de campana, y con el cuerpo ligeramente inclinado me decía adiós con una mano pequeña y una risa que seguía siendo la misma de siempre: limpia, contagiosa, desvergonzadamente feliz.

Le devolví el saludo, no sé si era él o era la memoria haciendo de las suyas.

Pero, por si acaso, seguí caminando con una sonrisa, porque hay personas que no desaparecen nunca. Mientras un pueblo siga pronunciando su nombre con cariño, seguirán paseando por sus calles. Y quizá esa sea la forma más hermosa de no morirse del todo.

Atentamente;

El niño Gilena.


29 junio 2026

NOCHES DE BUCARO Y ENEA

 

Estimado Pueblo:

Espero que te encuentres bien, yo hoy no puedo dormir.

 

Hay veranos que no se marchan nunca. Permanecen escondidos en algún rincón de la memoria, igual que el olor de la tierra cuando recibe el primer cubo de agua al caer la tarde. Basta cerrar los ojos para volver a ellos y escuchar, otra vez, aquel rumor de sillas de enea arrastrándose sobre el acerado, aquellas charlas de los vecinos sin saber que estaban construyendo un país diminuto donde nadie era extraño.

En aquellos años del Moron de nuestra niñez, la calle no era una calle. Era la prolongación de las casas, el salón común donde se refugiaba el vecindario cuando la calima expulsaba de las habitaciones cualquier tentativa de descanso. El calor era un inquilino testarudo que sólo concedía una tregua cuando el sol desaparecía detrás de la Torre Gorda, centinela inmóvil que parecía dar permiso a la noche para comenzar su oficio.

Entonces empezaba un ceremonial tan antiguo como las estaciones.

Las mujeres salían primero, armadas únicamente con sus cubos de lata. Baldeaban la acera con una solemnidad que hoy casi parece litúrgica. El agua corría buscando las junturas del empedrado y levantaba ese perfume irrepetible del verano Aruncitano, mezcla de cal, polvo y tranquilidad. Parecía que la calle respiraba aliviada después de todo un día quemándose bajo el sol.

La cena había sido breve, como correspondía a las noches de junio: gazpacho bien frío, picadillo aliñado con aceite generoso y el remate dulzón de un melón o una sandía abiertos sobre la mesa con la ceremonia de quien parte un tesoro.

Después comparecían las sillas de enea, alineándose frente a las puertas como si aguardaran el inicio de una representación que llevaba celebrándose generaciones enteras.

Los hombres ocupaban las primeras plazas. Camisetas calaítas de verano, pantalones remangados y un Celta sin boquilla consumiéndose despacio entre los dedos. Algunos, quizá por llevarle la contraria al propio descanso, montaban la silla al revés y reposaban los brazos sobre el respaldo mientras el humo ascendía sin prisa hacia un cielo todavía caliente. No eran amigos del abanico. Se quitaban la calor a tragantadas de agua fresca salida del búcaro de barro, cuyo pellejo sudaba igual que la de sus dueños.

Las madres aparecían después, envueltas en aquellos bambitos de flores que parecían inventados para sobrevivir al estío, detrás desembarcaba la chiquillería. Nosotros.

Los más pequeños arrastraban una sillita diminuta de esas que aquí llamamos de feria y un chupete que iba perdiendo la batalla contra el sueño. Los zagalillos llegábamos todavía poseídos por esa impaciencia de quien cree que el día puede alargarse indefinidamente si se sigue jugando.

Y al final hacían su entrada las abuelas.

Con aquellas batitas ligeras de verano, medias hasta media pierna, sandalias sin tacón y un ramo de jazmines recién cortados prendido entre el moño y la memoria. Había en ellas una elegancia que no conocía escaparates. Se abanicaban con la destreza de quien lleva toda una vida domesticando los veranos: unas con abanicos de madera y tela; otras con un simple cartón arrancado de una caja de babuchas, porque cuando aprieta el verano cualquier cosa sirve para mover el aire.

Mientras tanto, la noche iba haciéndose lentamente a sí misma.

Los hombres hablaban de cacerías, de perdigones, de perros que ya no había, de jilgueros mixtos capaces de enamorar a cualquier aficionado y de lo poco que ponían las gallinas cuando el calor les robaba también las ganas de vivir.

Las mujeres, entre un «buenas noches» y un «con Dios», componían esa crónica sentimental del barrio donde convivían la ternura y la malaleche. Comentaban lo hermosa que estaba la hija de Setanita, lo ligera de cascos que había salido la de Fulanita o el achaque que llevaba semanas castigando al marido de Mengano. Todo dicho con esa naturalidad vieja en la que el cotilleo era menos una maldad que una forma de mantener unido el vecindario. Alguna acunaba al más pequeño mientras hablaba sin dejar de mover el brazo con un ritmo tan preciso que parecía aprendido antes incluso que el de andar.

Y nosotros seguíamos jugando, perseguíamos grillos como si fueran animales mitológicos, levantábamos piedras buscando lagartijas o nos sentábamos alrededor de Raspaúra.

“Raspaúra...” qué personaje más grande para unos ojos de niño.

Poseía el raro privilegio de haber convertido la mentira en una forma superior de la verdad. Nos contaba que había visto lobos bajar de la sierra de pozo amargo, que había peleado con culebras más largas que un carro en la Peñagua, que un día pescó un barbo capaz de arrastrar una barca en la Arcilla o que los moros dejaron enterradas monedas de oro y un candil de lo mismo en una cueva de la plata que llega al castillo. Nosotros no dudábamos jamás. ¿Cómo íbamos a hacerlo? Para nuestra inocencia, la palabra de Raspaúra tenía la misma autoridad que los Evangelios.

Y así la noche seguía creciendo.

Algún vecino empezaba a cabecear sobre la silla. Se escapaba el primer ronquido, discreto todavía, mientras los más pequeños dormían ya rendidos sobre el hombro de sus madres. A nosotros se nos abría la boca en un bostezo interminable, esa señal inequívoca de que la cama empezaba a llamarnos por nuestro nombre.

Entonces el ritual llegaba a su desenlace.

Las conversaciones se iban apagando igual que las colillas. Las sillas regresaban lentamente al largo de las casas. Algún último «hasta mañana, si Dios quiere» quedaba suspendido en el aire mientras las puertas se cerraban una detrás de otra.

La calle recuperaba su silencio, sólo quedaban de guardia los grillos, ellos eran los verdaderos serenos de aquellas madrugadas. Custodiaban el sueño del barrio con un concierto humilde y obstinado que nadie agradecía porque todos lo dábamos por eterno. No sabíamos que también los grillos, como los vecinos sentados al fresco, como los búcaros rezumando agua, como las sillas de enea o las historias imposibles de Raspaúra, acabarían convirtiéndose en una especie extinguida de la memoria.

Y acaso por eso, cuando hoy alguna noche de verano trae de nuevo el olor del agua sobre el suelo caliente, no siento que esté recordando mi infancia. Tengo la impresión de que es ella quien, por un instante, vuelve a salir a la puerta para esperarme.

 

Atentamente;

El niño Gilena.


19 junio 2026

CUENTO DEL POZO LA HIEGUERA

 


 

Estimado Pueblo:

Espero que te encuentres bien, hoy te voy a regalar un cuento para dormir la siesta.

 

Por los pagos del Puntal, donde la tarde se demoraba entre el olor a tomillo y la cal cansada de los cortijos, nació una historia que nadie escribió en los papeles, pero que quedó guardada en la memoria secreta de las piedras.

Era una higuera joven entonces. Crecía al borde de un bancal pedregoso, estirándose cada primavera como quien busca una mirada entre la multitud. Frente a ella, un pozo antiguo sostenía el peso de los años con la dignidad silenciosa de los que conocen todos los secretos del campo. Al principio apenas se adivinaban, luego comenzaron a reconocerse en la rutina de las estaciones. La sierra, inmensa y maternal, les hacía de madrina desde el horizonte, velando aquel amor vegetal y subterráneo con sus llagas blancas desde la distancia.

Fue creciendo la higuera. Año tras año fue alargando sus brazos nudosos hasta asomarse al brocal. Desde allí contemplaba las pupilas acuosas de su amado, aquel espejo oscuro donde el cielo acudía cada mañana a peinarse las nubes. Y cuando llegaban los veranos ardientes, cuando el sol rajaba las piedras y las chicharras parecían limar el silencio, la higuera dejaba caer algunas brevas maduras sobre el agua. Descendían despacio, vencidas por su propio peso de miel, como besos almibarados que buscaban la boca sedienta del pozo.

El agua las recibía con un leve estremecimiento. Después las ondas iban abriéndose sobre la superficie igual que una sonrisa.

Así transcurrieron los años.

Pero un día cambió el campo, el mundo, el hombre.

El trajín del cortijo fue apagándose poco a poco. Las bestias dejaron de recorrer los senderos. Los hombres comenzaron a medir las distancias de otra manera y los caminos se hicieron más cortos mientras el tiempo se volvía más rápido. Las puertas permanecieron cerradas durante temporadas enteras y el polvo fue ocupando los lugares que antes pertenecían a las voces.

Sin que nadie pareciera advertirlo, el venero del pozo comenzó a fatigarse. Primero disminuyó el caudal. Luego llegaron las sequías. El agua fue retirándose hacia regiones cada vez más profundas de la tierra hasta quedar convertida en una sombra inmóvil. El brocal siguió siendo el mismo, pero el corazón ya no latía con igual fuerza.

La higuera observó aquella agonía.

Y se fue entristeciendo, se fue secando.

Ya no podía contemplarse en aquellos ojos líquidos donde durante tantos años había reconocido su propia hermosura. Ya no encontraba el reflejo de sus hojas ni el balanceo de sus ramas en aquella superficie cada vez más oscura. Se le fueron secando las brevas antes de madurar. El verdor se volvió ceniza. La savia aprendió lentamente el idioma de la ausencia.

Hasta que una primavera dejó de despertar.

Permaneció erguida algún tiempo, como permanecen las viudas que aún esperan un regreso imposible desde Cuba o Filipinas. Después el viento, la lluvia y los años fueron deshaciendo su figura. Y acabó secándose del todo, convertida en una memoria de madera y silencio.

Pasaron los años.

Los inviernos vinieron y se fueron sin dejar apenas rastro, hasta que llegó una otoñada alegre de aguas abundantes y truenos demorados. Durante noches enteras la lluvia golpeó los bancales abandonados y empapó los barbechos. La sierra, la vieja madrina de aquel amor, volvió a derramar sus bendiciones sobre la tierra.

Entonces ocurrió el milagro.

El pozo sintió regresar la sangre a sus venas de piedra. El venero despertó de su letargo de polvo y arena. El agua volvió a subir desde las entrañas del mundo con una fuerza olvidada, llenando otra vez de vida las paredes húmedas de su cuerpo.

Y esperó, espero una rama, una hoja.

La sombra conocida de aquel amor antiguo asomándose por encima del brocal.

Pero ninguna rama llegó, ninguna hoja acudió a eclipsar el paso de la luna durante las noches de San Juan.

Ninguna breva volvió a caer sobre sus aguas como aquellos besos dulces de otro tiempo.

Fue comprendiendo, poco a poco, que la espera también tiene un límite. Que hay ausencias que ni siquiera los milagros pueden reparar. Y dicen que comenzó a llorar hacia dentro, ocultando el dolor bajo el espejo tranquilo de sus aguas.

Lloró tanto, durante tantos años, que el agua acabó adquiriendo un sabor extraño. Un regusto de pena antigua y de despedida nunca pronunciada. Se volvió salina por la mucha tristeza retenida en sus adentros.

Y los malletes del lugar, que siempre encuentran nombre para las cosas que no entienden, empezaron a llamarlo el Pozo er Salao.

Todos menos uno.

Un pastor de los de charla larga, saludo constante y memoria agradecida, siguió llamándolo de otra manera. Cada vez que pasaba por allí, detenía el paso, apoyaba las manos sobre el cayado y decía mirando al brocal:

“GUENOS DIAS POZO LA HIGERA”

Porque sabía que algunos amores no terminan cuando desaparecen los amantes. Siguen viviendo en el nombre que alguien pronuncia, en la sombra que ya no existe y en la fidelidad de quien todavía recuerda.

Y desde entonces, cuando el viento baja de la sierra y se queda un momento rondando las ruinas del cortijo, hay quien asegura escuchar el ruido leve de una breva cayendo sobre el agua. Como si la higuera, desde algún lugar donde no alcanza la muerte, continuara enviándole besos a su amado.

Atentamente;

El niño Gilena.


12 junio 2026

LA REINA DE LAS ALTURAS

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

 

Hoy, en mi regreso solitario por la Plaza de la Victoria, me sorprendió aquella sensación antigua tan vieja como las calles que uno ha recorrido demasiadas veces, de sentirse observado. Y eso que la tarde había caído sobre Morón con una pesadez casi mineral, de esas que amansan el ánimo de los hombres y adormecen hasta a las chicharras, refugiadas quién sabe dónde de las calores de junio. Sin embargo, después de mirar al cierro del “Cordobes”, levanté la vista por pura inercia, obedeciendo a ese instinto que a veces nos hace buscar compañía en el cielo, y allí estaba ella, inmóvil y vigilante, bañándose en la luz blanca de la siesta: una veleta de plumas y hueso, encaramada en aquella cesta de mimbres y hierbas secas que le sirve de hogar desde lo alto del campanario.

Me observaba con esa serenidad de quien ha visto pasar demasiados años para sorprenderse ya por nada. Y entonces recordé cuántas veces habré sido yo mismo examinado desde arriba por estas criaturas, soberanas indiscutibles de las atalayas de Morón, dueñas de los tejados, de las espadañas y de los campanarios. Guardianas pacientes que durante siglos ejercieron oficios hoy olvidados; mensajeras de nacimientos y augurios domésticos, relevadas ya por estos tiempos modernos donde los niños llegan de hospitales y no de París,  como aseguraban las viejas historias que endulzaban la infancia.

Ahora, liberadas de tan noble cometido, parecen entregadas a una jubilación contemplativa. Descansan en las alturas mientras rompen el silencio con el seco claquear de sus picos, ese sonido que resuena sobre los tejados como un sello antiguo estampado sobre el presente, una firma de otro tiempo que viene a recordarnos que, pese a todo, esto sigue siendo un pueblo.

Y como sucede con las gentes, también entre ellas hay diferencias, gustos y querencias. Las hay devotas y ceremoniosas, cigüeñas católicas y apostólicas que señorean los campanarios de la Victoria, San Francisco o la Merced, habituadas al tañido de las campanas y al rumor de las procesiones. Las hay administrativas, observadoras del trasiego municipal, que desde las cercanías del Ayuntamiento contemplan el ir y venir de vecinos y funcionarios mientras el Losada desgrana sus soniquetes sobre las horas. Las hay industriales, que eligieron por reino la antigua chimenea enladrillada de la cantarería de Pichichi, desde donde vigilan un paisaje que aún conserva la memoria del barro, del humo y del trabajo. Y las hay rústicas y fieles a las chaparras centenarias de las dehesas del Conde, acostumbradas al correteo de erales y utreros y a los horizontes abiertos donde el campo parece no terminar nunca.

Dicen ahora los entendidos que ya no se marchan, que los inviernos son más benignos y que el frío dejó de empujarlas hacia África. Que la temperatura las acompaña desde el otoño hasta San Blas y que no encuentran necesidad de emprender viaje. Puede que sea verdad. Pero yo prefiero pensar otra cosa. Prefiero creer que permanecen porque han terminado por enamorarse de estas calles de cal y naranjos amargos, porque les gusta contemplar cómo el trigo se vuelve rubio antes de la siega, cómo la aceituna se acarbona en las ramas cuando llega el tiempo de la recolección, porque disfrutan de esas tardes de invierno que no son ni amargas ni dulces, cuando el sol se derrama mansamente sobre las azoteas y el viento les cuenta historias antiguas desde los caballetes de los tejados.

Y mientras las mece ese aire viejo que conoce todos los nombres y todas las ausencias, siguen allí arriba, observando el trajín constante de la vida. Ven pasar las risas de los chiquillos, el caminar apresurado de las gentes, los silencios resignados de los viejos. Son testigos discretos de cuanto ocurre bajo ellas, cronistas mudas de un pueblo que cambia sin dejar de ser el mismo.

Quizá por eso, cuando una cigüeña nos mira desde su altura, no es ella quien nos observa realmente. Es el tiempo. Ese tiempo lento que todavía sobrevive en algunos rincones de Morón y que, afortunadamente, sigue encontrando refugio entre las alas blancas de estas centinelas del cielo.

 

Atentamente;

El niño Gilena.


02 junio 2026

REJISTRO CIVIL MORONERO

 

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo bien gracias.

 

En Morón, como en tantos pueblos viejos donde el tiempo no pasa, sino que se posa, las gentes no han sido nunca solamente personas de nombre y apellidos. Aquí, antes que el carnet y el registro, antes que las letras tiesas del juzgao y el libro de familia, estaba el apodo. Y con eso bastaba. Porque había motes que pesaban más que un apellido compuesto y otros que retrataban mejor a una familia que una fotografía colgá en la sala.

Decir en Morón “ese es de los…” no era señalar a uno solo, sino abrir un libro entero de memoria popular. Porque el apodo no nacía por capricho. El mote venía siempre preñao de historia. Un oficio, una desgracia, una virtud, un defecto, una manera de andar, una frase mal dicha, un parecido con algún animal o una noche memorable de vino y flamenco bastaban para bautizar a una familia entera por generaciones. Y ya podía el tiempo correr, que aquello se quedaba pegao como el olor de la almazara en la ropa.

Había quien llevaba el mote como quien luce escudo de armas nobiliario. Con orgullo. Con la cabeza alta. Porque aquel apodo hablaba de un abuelo trabajador, de un padre valiente o de una casa humilde, pero respetá. Y así iban por la vida los hijos y los nietos, heredando no dineros ni tierras, sino algo más importante en los pueblos: el reconocimiento de la gente. Que en los pueblos el verdadero linaje no lo dan los papeles, lo da la memoria de otros.

Pero también estaban los agrios. Los motes que dolían. Los que caían encima como una herencia amarga. Porque el pueblo, que tiene mucho de madre y mucho de juez, también sabe ser malo sin darse cuenta. Y había criaturas que nacían ya marcás por una historia que ni siquiera habían vivido. Cargando con el peso de un apodo que venía de un tatarabuelo borrachín, de una pelea antigua o de cualquier miseria que el tiempo nunca quiso borrar. Porque los pueblos olvidan poco. Y Morón, que tiene la memoria larga como una tarde de junio, guarda las historias en los rincones igual que el polvo se guarda en las vigas viejas.

Y, aun así, qué sería de nosotros sin esos motes.

Porque gracias a ellos el pueblo a conservao una manera de nombrarse que no cabe en los censos. Los motes han sido la verdadera sangre oral de esta tierra. Una forma de saber quién era quién sin necesidad de preguntar demasiado. Una manera de mantener vivos a los que ya se fueron. Porque cuando alguien dice todavía “aquél era de los…”, resulta que el muerto vuelve un instante a sentarse en la puerta de la calle, a liar un cigarro o a cruzar la carrera despacito.

Los motes de Morón no son simples palabras. Son retratos hablados. Son capítulos enteros de la vida de un pueblo. Son la ironía, la ternura y la mala leche andaluza metidas en una sola expresión. Y aunque ahora vengan tiempos modernos, redes sociales y nombres puestos con prisas, todavía queda quien reconoce antes un mote que un apellido. Porque el mote, cuando prende en un pueblo, ya no hay quien lo arranque.

Y así seguirá Morón, repartiendo nombres que no vienen en los almanaques de los salesianos ni en el registro civil , pero que duran más que muchas lápidas. Porque mientras haya un viejo sentado al fresco contando quiénes eran “los Tal” o “los Cuales”, seguirá latiendo esa manera antigua de entender la vida donde cada familia era una historia y cada mote un pedazo de eternidad.

 

Dedicado a todos los que mi sesera recuerda, desde putas del pozo loco a curas de San Miguel pasando por cantaores,albañiles,camioneros,carboneros,tocaores, fruteras,toreros,rateros,mariquitas,tasqueros y demás personajes del registro civil moronero.

 

EL CHACHELO,LA GUAPA,LOS BOQUERONES,EL COPA,EL CARBONERO,EL QUINTO,LA PETACA,EL NIÑO MORON,MALABRIEGA,EL FOGONAZO,EL NIÑO GILENA,PACA MARMOL,LOS CARLANCOS,MARIQUILLA LA MOJINA,LOS MIGUELITOS,ENCARNA LA SANTOS,EL YARIMO,MALVALOCA,EL ZOLETA,LA MALAGEÑA ,EL ANCHOA,EL NIÑO MATAERO,PELOMONO,EL PELAO,LA CARABELA,PIKOLIN,RASPAURA,TIRILLAS,LOS ANTOÑITOS,EL NIÑO ROSA,EL CARPINTERO,EL CHORI,EL AVESTRUZ,LOS CUBILES,EL RATON,EL CHATO,EL NIÑO LA PLATA,EL CHARRITO,EL CIGUERIN,EL BORRICO,EL PALOMA,EL KUNFU,LA FERNANDA,LOS CASAITOS,EL QUINTO,POCASLUCES,EL LARGO,EL TOMATE,EL GALLI,LA NIÑA AMPARO,EL CHATO,LA CONEJA,EL YUMI,EL CORDOBES,LAS AGUAORAS,EL LERI,PACA LA FEA,EL MINISTRO,EL RUBIO,LA TRISTE,RODINO,EL COMPARITO,EL MAIZERO,CHARLILLA,ELPETERRA,EL DUNDA,ANDORRANO,MONDAJIGOS,EL FILLO,PECHOLATA……….

 

Atentamente;

El niño Gilena