Estimado pueblo:
Espero que al recibir la presente te encuentres
bien, yo hoy he tenido un buen sueño.
Quiero contarte hoy un suceso mitad
sueño, mitad pesadilla, de los que a uno le dejan el alma desvelada y la
memoria dando vueltas. Ocurrió la pasada noche, mientras andaba yo entregado a
esa ceremonia reparadora que los antiguos llamaban la danza de Morfeo.
Resulta que, en mitad de aquel
duermevela, me disponía a realizar mi acostumbrado paseo diurno por la Carrera.
Y hete aquí que, caminando por la acera izquierda, como es natural en mi
persona, me encontré de bruces con la Casa del Flamenco terminada. Sí,
terminada, pueblo, como lo estás leyendo.
Se me abrieron los ojos como dos soles y
se me pusieron los vellos de punta. Allí estaba, majestuosa y acogedora, con
dos naranjos doblados por el azahar haciendo las veces de porteros y una placa
en la entrada que anunciaba, sin necesidad de mayores explicaciones: «Aquí se
parió el arte».
Desde dentro salía un chorro de compás
que parecía derramarse por la Carrera, mientras una guitarra, escondida en
algún rincón, iba desgranando sus primeros acordes. Me decidí a entrar, con ese
respeto casi temeroso que se siente al franquear la puerta de un lugar sagrado.
Lo primero que me recibió, aparte del
soniquete, fue un olor a vino y jazmín que trasminaba desde una barra cercana a
un patio cuajado de pelistras y damas de noche. Una barra que habría jurado
que, si no era la de la Goleta, debía de ser su hermana gemela.
Allí estaba mi pariente Luis, enzarzado
con Diego en una discusión de esas que no admiten árbitros, tratando de
averiguar si aquella falseta era de Pepe Mesa o de Manolo Morilla. Sentados a
una mesa, Paco y Juan se dejaban llevar por un toque de Dani por soleá, con esa
expresión de quien escucha algo que no necesita explicación.
De pronto apareció Manolo Coronao,
cagándose en los muertos de alguien, como mandan los cánones de su particular
liturgia, acompañado del Niño Rosa y Joselero. Aquello templó a la
concurrencia. Los presentes sabían que, con semejante cartel, la noche tenía
asegurada la juerga.
De la cocinilla salió entonces un quejío
que se confundía con el sahumerio de unos guisos capaces de levantarle el
espíritu a un difunto. Apareció el Perrequeque con una sopa de tomates y huevos
cuajados, mientras tarareaba unas alegrías que sonaban como el mismo bullir de
la olla.
Y aquello era un no parar. Diego Bermúdez
y Joselero se reían a carcajadas de alguna vieja ocurrencia; los Pepes le
tocaban algo que no acerté a distinguir a la Andonda, que se marcaba una
pataíta en el zaguán; y Silverio acompañaba con las palmas al Moi, que andaba recomponiendo
una letrilla del Fillo.
Hasta terraza tenía aquel bendito
establecimiento. Allí, Paco el Leri le enseñaba a Phoren una fotografía hecha
por Khan, en la que aparecían Fernandillo y Pepe Ríos compartiendo un vinillo
con el Quino. Y pensé, mientras contemplaba aquella escena, que no había
arquitectura más hermosa que la de un pueblo cuando consigue reunir a sus
muertos y a sus vivos alrededor de una misma pasión.
Pero entonces sonó el despertador.
Me espabilé en esa frontera incierta
donde uno no sabe si acaba de soñar o si, por el contrario, ha recordado algo
que nunca llegó a suceder. Me vestí a toda prisa y salí disparado hacia la
Carrera. Esta vez tomé la acera derecha, por aquello de no tentar demasiado a
la suerte.
Y llegó la pesadilla.
Allí seguía la Casa del Flamenco. La
misma de siempre. Eternamente inacabada, con aquellas últimas pelladas de
escayola que le diera Manolo Coronao cuando todavía podía tocar por vidalitas.
Ni guitarra, ni vino, ni guisos, ni tertulias. Ni un solo compás. Solamente el
silencio, ese silencio espeso y desolador que tienen los lugares cuando se les
niega la vida para la que fueron concebidos.
Y me dio por pensar que aquello era algo
más que una obra sin terminar. Era la fotografía inmóvil de una oportunidad
perdida; el retrato de un pueblo que posee una riqueza extraordinaria y que,
sin embargo, mantiene cerradas las puertas de uno de los lugares donde mejor
podría custodiarla.
Por eso quiero dirigirme hoy a quien
pueda, a quien quiera y, sobre todo, a quien sepa entenderlo.
Morón es depositario de una herencia que
no se improvisa ni se compra. Somos guardianes de dos patrimonios culturales
inmateriales reconocidos por la humanidad: el flamenco y la tradición de la cal
de Morón. Dos maneras distintas de entender la vida, dos expresiones de un
saber transmitido de generación en generación. Y hoy vengo a hablarte de la
primera.
El flamenco necesita cobijo. Necesita un
lugar donde recogerse, donde estudiarse, escucharse, enseñarse y conservarse.
Un espacio donde las nuevas generaciones puedan conocer a quienes levantaron
este edificio invisible de quejíos, guitarras y compases; donde los nombres de
quienes tanto dieron por este arte no terminen siendo apenas una evocación
entre aficionados.
Porque el flamenco no se conserva
únicamente recordándolo. Se conserva viviéndolo, compartiéndolo y dándole un
lugar donde pueda seguir sucediendo.
Y Morón tiene una deuda hermosa con su
propia historia. No se trata de levantar un edificio para colocarle un rótulo
flamenco, sino de darle contenido, alma y vocación. De convertirlo en punto de
encuentro, escuela, archivo, escenario y casa común de una cultura que aquí
encontró una de sus formas más hondas de expresión.
No pido que se construya un sueño. Pido
que se termine una casa. Que se abran sus puertas y que vuelva a escucharse
dentro lo que nunca debió dejar de sonar.
Porque una casa del flamenco sin flamenco
es solamente una construcción. Y Morón, pueblo mío, no merece una casa vacía
cuando tiene tanto arte buscando dónde quedarse.
A ver si alguna mañana vuelvo a pasar por
la Carrera charlando con mi amigo Antonio, por la acera izquierda, y me reciben
de nuevo los naranjos, el azahar, el vino y una guitarra por soleá.
Y que esta vez no suene el despertador.
Atentamente;
El niño Gilena