Estimado Pueblo.
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo un poquillo “Achispao”
Hubo un tiempo y no hace todavía tantos años,
aunque parezca que lo sepultaron los almanaques, en que los hombres no tenían
hobbies, ni aficiones modernas, ni entretenimientos de nombres extranjeros.
Entonces lo que había eran querencias. Y entre todas las querencias de aquel Moron
antiguo, ninguna tan seria, tan constante ni tan sacramental como la del “Mollatoso”.
Mollatoso, para el que no lo sepa, era
aquel personaje aficionado al vinate fuese bueno, malo o medio pensionista,
filósofo de mostrador, licenciado en tragos largos y doctorado en aguardientes
peleones. Hombres que entendían del vino como otros entienden de caballos o de
aceitunas, y que tenían la garganta hecha a los caldos más duros igual que el
esparto se hace al relente.
Yo, que ya calzo casi seis decenas de
años y nací y me medio crié en la calle Espíritu Santo, he tenido la fortuna ,o
el espectáculo de contemplar interminables procesiones de aquellos devotos de
Baco que subían y bajaban la calle como penitentes de una religión líquida y
alegre.
Aquella calle era poco menos que una ruta
sagrada del mollateo. Empezaba la romería en la zona norte, guardada como
fortaleza inexpugnable por la taberna del “Borrico”, escuela principal de
aficionados a todo lo que de la uva saliese. Allí se curtían los principiantes
y se doctoraban los veteranos. Más abajo, en mitad de la calle, levantaba sus
columnas invisibles la gran catedral de la bodega La Verdad, mina bendita del
aguardiente más serio que conocieron aquellos tiempos el Anís del Coral. Allí
se licenciaban paladares y se bautizaban gargantas capaces de tragarse medio
Jerez sin respirar siquiera.
Y al final de la calle, como quien remata
una corrida grande, esperaba la tasca del “Tropezón”, donde se acababa la faena
entre bulerías al golpe, el eco bronco de Manolo el Caslanco y los
chascarrillos eternos de Raspaura, que tenía más gracia en la lengua que
dientes en la boca.
Los chiquillos de entonces ,porque
entonces los niños se entretenían con cualquier cosa, pasábamos las tardes
viendo desfilar aquella humanidad tambaleante que hacía el Camino de Santiago
del vino, desde la calle La Romana hasta casi la Plata. Y por allí aparecían
personajes que hoy parecerían inventados por un novelista.
Iba el Legionario, que amaba el Vallejo
más que los chivos a la leche. Pasaba el Tonto García, que más de una vez
durmió la siesta meao hasta las trancas en los sardineles de la cochera de los
Cantimplas. O el maestro Tirillas, barbero basto de profesión, con lengua de
víbora para el prójimo y sed de camella para el blanco peleón
Y cómo olvidar a los Hermosines, los
cristaleros, apalancados en la Verdad, con más aguante que una recua de mulos,
capaces de beberse Jerez, Sanlúcar y El Puerto en una sola tarde de compadreo,
sin que apenas se les moviera la gorra.
Todavía recuerdo la historia que contaban
de un paisano “panzipelao”, enamorado del carducho hasta reventar, que después
de recorrer todos los altares del vino terminaba tan derrotado por el mejunje
que lo subían sobre un mulo entero para tirar camino de la Venta el Chorizo. El
animal, que sabía más del amo que el propio amo de sí mismo, cuando notaba en
el lomo el mojao de los pantalones arrancaba para la querencia por los llanos
de la Plata, mientras el hombre iba haciendo chispas con un mechero chisquero
para que no le pasara por encima algún camión de las caleras en mitad de la
noche.
Y cuentan también que más de una vez
acabó durmiendo en la cuneta porque el mulo, olisqueando la “calía” de alguna
yegua de Brizio, mandaba al amo a la hierba para que durmiera la mona mientras
se le pasaba el mejunje y el distraía el atributo.
Aquellos hombres tenían el hígado curtido
y el corazón grande. Bebían por sed, por afición o por costumbre, y eran de
misa diaria en tabernas, tascas y trastiendas de mostrador. Eran pobres muchas
veces, escandalosos casi siempre, pero tenían una humanidad y una gracia que
hoy cuesta encontrar entre tanto bar moderno y tanta copa fría sin
conversación.
Hoy casi todos aquellos mollatosos han
desaparecido o se han transformado en otras aficiones y otros caldos más finos
y menos verdaderos. Se fueron apagando como se apagan los braseros cuando llega
la madrugada. Y con ellos se marchó también una manera de vivir los pueblos, de
hablar en las esquinas y de compartir la pena y la alegría alrededor de un vaso
de vino.
Por todos ellos alzo hoy mi copa. Por los
que bebieron mucho, por los que cantaron peor, por los que tropezaron más veces
de la cuenta y por los que hicieron de la taberna una patria chica de amistad y
compadreo.
Que uno también ha sido de los que
confundieron alguna noche las estrellas con los faroles y el camino derecho con
las eses del vino. Y quizá por eso recuerda a aquellos hombres con más cariño
que vergüenza, porque en el fondo todos llevaban dentro una mezcla de pena,
alegría y necesidad de compañía que sólo entendían los vasos sobre el mostrador
y las madrugadas oliendo a anís y a tabaco negro.
Y aunque hoy los tiempos sean otros y las
tabernas antiguas vayan quedándose mudas, todavía queda en algunos rincones el
eco de aquellas gargantas roncas, de aquellos fandangos a destiempo y de
aquellos mollatosos que hicieron del vino no un vicio, sino casi una manera de
acompañar la vida.
Atentamente;
El niño Gilena