Estimado
pueblo,
Espero
que te encuentres bien, yo hoy muy rico.
Hay veces en que uno no busca el pasado;
es el pasado quien, con la paciencia de las cosas que nunca terminan de irse,
acaba encontrándolo a uno. Me ocurrió hace unos días, mientras revolvía unas
carpetas antiguas donde el tiempo había ido almacenando sus pequeños fósiles
domésticos: un recibo del agua pagado todavía en pesetas, la papeleta
amarillenta de una rifa navideña, alguna fotografía sin nombre y otros papeles
que ya sólo conservan el valor de haber sobrevivido al olvido. Fue entonces
cuando apareció, doblado con el mismo esmero con que se guarda un secreto, un
billete de veinte duros. Allí seguía Gustavo Adolfo Bécquer, con aquella
delicadeza casi amanerada de su retrato, observándome desde una época en la que
el dinero tenía un peso muy distinto y la felicidad, curiosamente, costaba
mucho menos.
Bastó aquel hallazgo para que se abrieran
de par en par las compuertas de la memoria. En mi casa nunca fuimos de celebrar
muchos cumpleaños bastante tenía uno con ir cumpliendo años sin hacer ruido. Lo
verdaderamente señalado era el santo, y mi abuela Pepa, mujer de ternuras
discretas y generosidades silenciosas, acostumbraba a deslizarme entre las
manos uno de aquellos billetes como quien entrega un salvoconducto hacia la
aventura. Yo, que desde niño practiqué el oficio de gastar el presente antes de
que el futuro pudiera reclamarlo, salía disparado a las calles con la
impaciencia de quien sabe que la dicha tiene fecha de caducidad.
La primera estación de aquel itinerario
era la librería del Charrito, o de Dolorcita Abril, porque ambos parecían
compartir la propiedad igual que se comparten las cosas queridas. Allí, por
apenas cuatro duros, uno podía regresar a casa con un DDT, un Tío Vivo y algún
Mortadelo especial, que no era poca riqueza para quien aún medía el mundo por
viñetas. Después cruzaba la calle sin más ley que la escasa velocidad de
aquellos seiscientos, de los ocho y medio o de los mil quinientos que parecían
avanzar con la misma calma con la que entonces transcurrían los días.
En el puesto de la “Perfecta” se
deshacían otros dos duros convertidos en “arazú” del gato, chicles Cosmos,
kikos Churruca y un par de Kojak que iban tiñendo la lengua y el ánimo de una
felicidad pegajosa. Mientras el azúcar hacía su trabajo, levantaba la vista
hacia las carteleras del cine, dudando entre alguna de Karate o cualquiera de
aquellas cabalgadas del Séptimo de Caballería que agrandaban el Oeste hasta
hacerlo caber en la imaginación de un chiquillo.
Todavía quedaba sitio para otro pequeño
exceso. La pastelería María Auxiliadora, en la calle Nueva, era una tentación
imposible de discutir. Dos duros bastaban para conquistar uno de aquellos
merengues quemados por fuera y tiernos por dentro, cuya memoria sigue teniendo
hoy mejor sabor que muchos banquetes. Y como entonces nadie se avergonzaba de
ir comiendo por la calle, el camino continuaba hasta el puesto de Paquita
"la Encajera", donde colgaban, como banderas de un país diminuto, los
sobres de vaqueritos: aviones, barcos, vikingos, pieles rojas, soldados de la
Gran Guerra… Aquellas figuritas de plástico tenían la rara facultad de
convertir cualquier rincón del patio en un continente entero.
Cuando la tarde empezaba a doblarse sobre
sí misma, el cine ya exhibía esa cola de impacientes donde todos parecíamos
iguales. Tres duros bastaban para que una taquillera de gafas gruesas y
paciencia inagotable me entregara el pasaporte a la planta baja, privilegio
reservado para los días grandes. Mientras aguardábamos la apertura del
portalón, aún quedaba tiempo para tentar a la suerte con un durito en la “reolina”
de aquel gigante corpulento que jamás sonreía. Nunca salían ni el lagarto, ni
el vaquero, ni la rana que uno esperaba, pero la esperanza, a esa edad, siempre
costaba menos que la decepción.
Y una vez apagadas las luces, el ritual
quedaba incompleto sin un paquete de “arvellanitas”, otro de pipas y unas
cuantas esponjitas que iban desapareciendo al mismo ritmo que avanzaba la
película y algún atrevido se aventuraba a aporrear el piano . No recuerdo ya
muchas de aquellas historias, sí recuerdo, en cambio, el rumor de las cáscaras
cayendo al suelo, el olor mezclado del cine y la inocencia, y esa sensación
irrepetible de que el mundo entero cabía dentro de una pantalla.
Al salir, cuando la noche comenzaba a
refrescar las aceras, todavía quedaban tres duros para rematar la jornada con
un helado de dos bolas. Chocolate y vainilla. Me lo servía una heladera entrada
en años que hablaba un castellano raro y sonreía con la serenidad de quien ha
visto pasar demasiados veranos. Yo regresaba despacio hacia mi casa, hojeando
los tebeos recién comprados y deseando romper el sobre de los vaqueritos para
comprobar si esta vez venían muchos de aquellos soldados que disparaban de
rodillas, los más codiciados de todos porque parecían saber algo de la guerra
que los demás ignoraban.
Llegaba a mi casa con la íntima
convicción de haber vivido una fortuna. Me sentía un Rockefeller de barrio,
dueño por un día de una riqueza que hoy resultaría insignificante y entonces
parecía inagotable. Todavía conservaba un duro en el bolsillo para gastarlo al
día siguiente en aquel puestecillo ambulante que, puntual como el recreo,
acudía cada mañana a esperarnos junto al colegio.
Volví a contemplar el billete de veinte
duros antes de devolverlo a la carpeta. Comprendí entonces que no había
conservado aquel papel por su valor, sino por la obstinación de la memoria en
negarse a perder ciertos territorios. Porque hay objetos que no guardan dinero:
guardan tiempo. Y el tiempo, cuando regresa escondido entre las dobleces de un
viejo billete, nos concede durante unos instantes el privilegio imposible de
volver a ser el niño que fuimos, ese muchacho que creyó que la felicidad cabía
entera en un bolsillo y costaba exactamente veinte duros.
Atentamente;
El niño Gilena.