Estimado pueblo.
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo hoy muy colorido.
Hay lugares que no son calles ni plazas,
son páginas del recuerdo. Basta volver a ellos para que el tiempo, tan empeñado
siempre en seguir escapando, se siente un rato a nuestro lado y se ponga a
conversar con nosotros.
Me ocurrió hace unos días por los pagos
de la Alameda, allí donde el gallo da la bienvenida al que llega y despide al
que se marcha.
El
sol caía con esa autoridad de las tardes de veranos nuestros, y una solanera,
recién llegada de Arenales, entretenía sus manos en peinar una grandiosa
banderola de colorines que ondeaba con el orgullo de quien sabe que representa
mucho más que un trozo de tela.
Me detuve a mirarla ,y sin saber por qué,
la memoria hizo lo que mejor sabe hacer, poblar de gente los lugares vacíos. Se
me dibujó una sonrisa al imaginar una estampa que hoy ya no puede darse, porque
el personaje hace tiempo que cambió de barrio y ahora vive en el barrio de los
recuerdos. Pero allí estaba, tan claro como si el tiempo hubiera decidido
concederme una tregua.
Era “La Fernanda”.
Sonreía junto al mástil con esa alegría
limpia que nunca necesitó permiso para existir. Hinchaba el pecho como quien se
siente, aunque solo fuera por unos días, la verdadera estrella de la fiesta.
Porque tenía ese don que la vida concede a muy pocos, el de hacer de su manera
de ser un motivo de celebración y no de disculpa.
Me senté entonces en uno de los bancos
que escoltan los viejos pabellones militares y dejé que la imaginación se
mezclara con la memoria. Pensé en aquellos años de plomo, cuando a demasiadas
personas les tocó vivir escondiendo lo más sencillo y lo más difícil del mundo,
querer. Bastaba amar de otra manera para recibir como pedradas palabras que hoy
avergüenzan más a quien las pronunciaba que a quien las sufría.
"Maricón", "bujarrón", "tortillera",
"machorra"... Cuántas veces aquellas voces hicieron más daño que una
bofetada. Cuántos tuvieron que aprender a reír por fuera mientras se
desangraban por dentro.
Por eso, cuando llega el 28 de junio y
esa bandera vuelve a besar el cielo, uno comprende que no celebra únicamente
una fiesta celebra una conquista. La de poder mirar de frente. La de no pedir
perdón por ser quien se es. La de entender, por fin, que el amor y el deseo
jamás necesitaron permiso de nadie para ser digno.
Y levanté mi cigarrillo como quien brinda
con Vega Sicila
No solo por quienes hoy pueden vivir con
la naturalidad que durante tanto tiempo les fue negada, sino por quienes
abrieron el camino cuando caminar costaba insultos, desprecios, silencios y
demasiadas soledades.
Brindé por los que conocí y por los que
ya no están.
Por “el Momo”, que sin estrella Michelin
era capaz de hacer feliz a cualquiera con aquel inolvidable sándwich de
cochinito servido en el bujio del tu rincón que sabía a gloria.
Por “el Zoleta”, que con un chiste
improvisado y una poca vergüenza bendita era capaz de levantar cualquier sarao,
mientras bailaba unas sevillanas que parecían inventadas para él.
Por” Marva loca” y lo mona que tenia la chocilla
en los arenales de peluchena.
Y hasta brindé por el cura de la Victoria,
aunque la Mari me riña.
Cuando el sol empezó a empujarme hacia mi
casa, recordé que me aguardaba un salmorejo bien fresco y ese cubo de
ensaladilla que hace mi suegra, capaz de reconciliar a cualquiera con el verano
y darle de comer a un cuartel de la legión
Me levanté despacio.
Y antes de perder de vista la rotonda,
juraría que vi una figura menudita. Llevaba un pantalón rosa, casi de campana,
y con el cuerpo ligeramente inclinado me decía adiós con una mano pequeña y una
risa que seguía siendo la misma de siempre: limpia, contagiosa,
desvergonzadamente feliz.
Le devolví el saludo, no sé si era él o
era la memoria haciendo de las suyas.
Pero, por si acaso, seguí caminando con
una sonrisa, porque hay personas que no desaparecen nunca. Mientras un pueblo
siga pronunciando su nombre con cariño, seguirán paseando por sus calles. Y
quizá esa sea la forma más hermosa de no morirse del todo.
Atentamente;
El niño Gilena.