Estimado Pueblo:
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo con hambre.
Encuéntrome en ese lugar de la vida donde
el tiempo camina con un paso presto y corto de pausas, ese territorio en el que
los buenos momentos empiezan a conjugarse en pasado: un «yo hice» en vez de un
«yo haré»; un «yo conocí» en lugar de un «ya conoceré»; un «yo fui» donde antes
decía «yo iré». Y no sé si será cosa de los años o de ese reloj invisible que
uno lleva dentro, pero llega un día en que empieza a echar de menos aquello que
durante media vida tuvo por cotidiano, por seguro, por tan suyo que ni siquiera
se detenía a darle las gracias.
Es también la edad en que los seguidores
de Hipócrates, con esa mezcla de autoridad y compasión con que suelen mirarnos,
empiezan a racionarnos el libre albedrío. Que si quite usted la sal, que si
modere el dulce, que si olvide las salazones, que si las carnes con prudencia,
que si esto ni probarlo y aquello solamente en domingo y con permiso de la
autoridad sanitaria. Todo para intentar, casi siempre sin resultado, que este
corto paseo por la vida se parezca, aunque sea de lejos, a la añada de Matusalén.
Y fue precisamente repasando aquellas
prohibiciones que los hijos de Asclepio habían tenido a bien recomendarme
cuando empecé a entristecerme. Porque, entre todas ellas, había una condición
que me pareció de una crueldad innecesaria: desprenderme de un viejo y
servicial amigo. De un amigo de los de verdad. De esos que no preguntan cómo
vienes ni cuánto tienes, sino que, simplemente, te esperan.
El puchero.
El puchero que me acompaña desde que la
razón empezó a alumbrarme las entendederas. El puchero que fue nodriza de
aquellas rollizas arrobas de mi niñez, que no sé si me hicieron más sano, pero
desde luego me hicieron más feliz. El puchero que me saludaba a la vuelta del
colegio y, más tarde, del trabajo, con aquel borboteo alegre, aquel trino de
tren viejo que anunciaba desde la cocina que allí dentro se estaba preparando
una pitanza de primera.
Porque el puchero, a fe mía, debería
figurar entre los grandes inventos de la humanidad. ¿Qué otro manjar conoce
usted que sea capaz de llevarse tan bien con el puerco, con la vaca y con el
corral? ¿Con el palomo, la perdiz o el pato? ¿Con los garbanzos, la zanahoria y
la papa? ¿Con la col, el cardo o la acelga? Y, sobre todo, ¿con el tocino?
Sí, señor: el tocino.
Ese alimento hoy perseguido por los
médicos y repudiado por las señoras que desean conservar una figura que no se
corresponde con los años que tienen. El tocino, que fue durante generaciones el
flan del pobre; que se atacaba con un trozo de pan, duro o blando, negro o
blanco, según hubiera en la casa, y que servía para engrasar las tragaderas
mientras uno esperaba la llegada de aquellas carnes que, mezcladas con el
caldo, obraban la alquimia de un sabor que todavía permanece grabado en el
centro mismo de nuestras entendederas.
Y es que hay sabores que no se comen
solamente con la boca. Se comen con la memoria.
Tan buen amigo es el puchero que hasta
tiene la delicadeza de mejorar con el tiempo. Porque el de hoy es bueno, pero
el de mañana, cuando se han casado los sabores y el caldo ha tenido ocasión de
pensar en lo que quiere ser de mayor, puede resultar todavía mejor.
Y qué generoso es.
Lo mismo se convierte en una sopa de
fideos que en un arroz; lo mismo se hace sopa de picadillo que caldo de
hierbabuena; lo mismo se sirve humeante en un plato que, cuando pierde el
frescor, entrega su pringá para convertirse en unas croquetillas capaces de
reconciliar a cualquiera con el mundo, o en una ropa vieja que vuelve a matar
el gusanillo como si aquel puchero no hubiera sido servido ya la víspera.
Y hasta tiene sus días de presumido.
Porque hay pucheros que se perfuman con
un poco de fino de Jerez, como quien se pone colonia para salir a la calle;
otros que se adornan con el delicado perfume de la hierbabuena; y los hay que,
queriendo mudar de aspecto sin perder la condición, se visten de amarillo huevo
y ponen en el plato un sol pequeño, doméstico y comestible.
Después de tantos años, me parece mentira
que algo tan hermoso, tan sencillo, tan nuestro y tan entrañable pueda ser
acusado de producirme algún mal en esta hechura que Dios me ha dado.
Pero uno escucha a los médicos y procura
obedecer. Que también tiene su mérito llegar a cierta edad y seguir creyendo
que los médicos saben lo que dicen.
Sin embargo, después de recapacitar sobre
todo esto, he llegado a una conclusión que quizá no sea muy científica, pero sí
profundamente humana: si para vivir algunos años más tengo que renunciar a
todas aquellas cosas que hicieron buenos los años que ya he vivido, no sé si me
compensa demasiado el trato.
Así que, puestos a escoger entre una
larga existencia sin puchero y unos cuantos años menos con mi viejo amigo
sentado a la mesa, servidor lo tiene bastante claro.
Que venga el tocino.
Que se acerquen los garbanzos.
Que borbotee el caldo.
Que vuelva la pringá.
Y que nadie me quite el pan.
Porque hay amigos que uno no debería
abandonar cuando llega la vejez, sobre todo aquellos que nos acompañaron cuando
todavía no sabíamos que algún día íbamos a echarlos de menos.
Y el puchero, además de alimentarme, me
ha acompañado toda la vida.
A estas alturas, no sería decente dejarlo
ahora.
He dicho.
Atentamente:
El niño Gilena.