04 septiembre 2026

EL DORMITORIO DE LA AZOTEA

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo sigo con calor.

 

Hoy quiero remontarme a aquellos años en que el aire acondicionado brillaba por su ausencia y el calor se combatía con las armas humildes que había en cada casa: el abanico, el ventilador y, sobre todo, aquel búcaro fresquito que parecía guardar dentro un pedazo de sombra. Porque, claro está, nunca nadie ha tenido un búcaro calentito.

Eran años en los que Lorenzo se ensañaba con Morón y el mercurio se encaramaba por encima de los cuarenta, dejando las paredes recalentadas, los tejados hechos ascuas y la noche sin una sola rendija por donde pudiera escaparse el bochorno. El recalentón cocía la tarde, recocía la noche y parecía dispuesto a guisar también la madrugada. Y cuando ya no había abanico que valiera, ni corriente de aire que apareciese por ninguna ventana, la familia tomaba una decisión que hoy nos parecería propia de otros tiempos: dormir en la azotea.

Antes, eso sí, estaba la tertulia. Las sillas de enea se arrimaban a la boca del zaguán, donde se buscaba ese hilillo de aire que, por misericordia divina, quisiera entrar desde la calle. Algún sardiné entre los labios, conversación pausada, abanico que iba y venía y aquella manera tan nuestra de dejar que el tiempo pasara sin necesidad de perseguirlo como ya te conté hace tiempo.

Después, cuando la noche ya había dado cuenta de buena parte de sus horas, comenzaba la mudanza.

Abuelos, padres y nietos subíamos a la azotea con lo que hubiera a mano: un colchoncillo viejo, una manta paduana, una esponja grande con una sabanilla por encima o cualquier cobertor que pudiera hacer las veces de lecho. Y allí quedábamos, cada cual, buscando su palmo de cielo, con las paredes blancas alrededor la yerbabuena por mesita de noche y las estrellas por techo.

Y entonces sucedía el milagro.

La noche, que abajo parecía una olla tapada, allá arriba se volvía otra cosa. Más grande. Más limpia. Más nuestra.

Alguien señalaba hacia el cielo y decía dónde estaba la Osa Mayor. Otro se empeñaba en contar estrellas y perdía la cuenta antes de llegar a veinte. Los más pequeños buscábamos en la luna aquella cara desfigurada que los mayores decían distinguir perfectamente, aunque uno nunca terminara de encontrarla.

Y mientras tanto, Morón seguía respirando debajo de nosotros.

De alguna casa llegaba el maullido lastimero de un gato en celo. Por alguna calle se apagaba poco a poco el cuchicheo de las últimas reuniones. Una puerta se cerraba. Una persiana golpeaba. Y de los patios, de los corrales y de las ventanas abiertas subía aquel olor dulce y profundo de los jazmines y las damas de noche, que parecía hecho expresamente para aquellas madrugadas.

De pronto, como si fuera una noticia de última hora, siempre aparecía alguien gritando:

—¡He visto una estrella fugaz! ¡He visto una estrella fugaz!

 

Y allí empezábamos todos a mirar al cielo con los ojos como platos, intentando cazar, aunque fuera uno de aquellos prodigios. Porque alguien había dicho que, si conseguías verla y pedías un deseo inmediatamente, el deseo se cumplía.

Yo todavía estoy esperando el jeep de los Geyperman.

Será que aquella estrella la vi mal.

O que pedí el deseo demasiado tarde.

Pero bueno, uno sigue esperando.

La noche continuaba entre algún “¡callarse, niños!” y los primeros ronquidos de los mayores, que poco a poco empezaban a competir con cualquier ruido de la calle. Eran ronquidos de los de antes, largos, solemnes, con una autoridad que no necesitaba presentación.

Las farolas, cuando les llegaba su hora, se apagaban y las lagartijas cazadoras, que habían estado correteando por las paredes bajo su luz, se retiraban también a descansar.

Así pasaba la madrugada, entre una vuelta y otra, entre el calor que poco a poco iba perdiendo su furia y aquel sueño ligero de los niños que se despertaban con cualquier ruido. Hasta que, casi sin darnos cuenta, el amanecer comenzaba a descorrer aquella enorme capa negra que había cubierto el cielo.

Y entonces ocurría otra cosa que hoy ya casi pertenece a la memoria.

Las madrugadoras vecinas empezaban a regar sus puertas. Salían con sus cubos de lata y baldeaban el agua fresca con las manos sobre las aceras, levantando ese olor limpio y fresco que nos daba los buenos días. Era el despertador de aquel Morón que todavía sabía comenzar el día despacio.

 Desde la tahona de MACIAS llegaba el olor a pan recién cocido, un olor que tenía la virtud de meterse por las narices y despertarle a uno hasta el último rincón del alma.

Nosotros, mientras tanto, amanecíamos hechos un ovillo, tapados hasta las orejas con alguna sabanilla o con aquel cobertor viejo que alguien había rescatado del soberao. Porque esa era otra de las bromas del verano: uno se acostaba asfixiado de calor y terminaba la madrugada buscando con los pies una manta.

Pero aquella noche ya se había quedado atrás.

Y con ella se iba también una manera de vivir que quizá no era más cómoda, ni más fácil, ni desde luego más fresca, pero que tenía algo que ahora echamos de menos sin saber muy bien cómo explicarlo.

Porque entonces dormíamos en una azotea.

Y acaso eso fuera la felicidad: no tener aire acondicionado, pero tener por techo el cielo de Moron.

Atentamente:

El niño Gilena.


25 agosto 2026

EL NIÑO MATAERO

 

Estimado Pueblo;

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

Te traigo hoy otro personaje para dejarlo impreso en la piedra de la memoria, porque hay hombres que, por sus cualidades o por la falta de ellas, terminan quedándose prendidos en el cuadro de esos paisanos que, siendo ilustres o sin merecerlo, pasan por la historia de tus calles como pasan las sombras por una pared encalada: dejando un rato su perfil y después el recuerdo.

Don Manuel Heredia Molina, nacido cuando todavía andaba despertándose aquel siglo que ya nos dejó, fue hijo de padre no reconocido, aunque sí conocido, y llevó por lustre los dos apellidos maternos que, por su grafía y por su soniquete, pudieran hacer pensar a cualquiera que por sus venas corría alguna hebra de sangre gitana. Pero no. El flamenco de Manuel no le venía de la sangre, sino de la vida, que a veces tiene esas cosas y hace flamenco al que no nació flamenco, torero al que nunca pisó una plaza y poeta al que apenas supo juntar dos palabras.

Quiso, sin embargo, la historia moronense que Manuel fuese conocido más por el apodo que por sus nombres y apellidos. Y así, junto al Heredia Molina, quedó para siempre aquel tercer apellido que le puso el pueblo:” el Niño Mataero,” heredado de la ocupación de su madre, que trabajaba en el matadero municipal.

Y con ese nombre se quedó.

Porque en los pueblos, ya se sabe, uno nace con un nombre, pero el pueblo, que tiene más imaginación que el Registro Civil, acaba poniéndole otro.

La historia que te traigo comienza cuando el mozo entró a servir en el bar que regentaba Ana la Aranda, allá por la entrada de La Alameda, entre el servicio del trigo y la herrería de Juan Fernández. Ana era viuda de un tal Juan Vázquez, hombre de mucho genio y pocos mimos, y aunque entre ella y Manuel mediaba una diferencia de edad que no era precisamente de las que pasan desapercibidas, al muchacho se le metió entre ceja y ceja que aquellos ojos de doña Ana empezasen a mirarlo de otra manera.

Y vaya si lo consiguió.

Porque Manuel, además de joven, debía de ser mozo de los que sabían plantarse. De esos que entran por una puerta y, sin decir palabra, parece que la puerta se ha hecho para que entren ellos.

Poco a poco, aquel que había llegado para servir acabó mandando. Y doña Ana, entre el cariño y la confianza, puso al Niño Mataero de corregente de la taberna. Así fueron pasando los días, hasta que las habladurías empezaron a crecer como las malvas después de una lluvia.

Y como en Morón nunca faltó quien supiera más de la vida ajena que de la propia, Ana y Manuel terminaron pasando por el altar, para regocijo de los más chistosos del lugar.

Cuentan las malas lenguas que Pachanga —Pachanga valiente, que nadie te gane— no dejó pasar la ocasión y les sacó aquella coplilla que todavía parecía correr de boca en boca por las esquinas:

 

¿Quién se casa?

La Aranda.

¿Y con quién?

Con el Niño Mataero.

¡OjÚ, ese va por el dinero!

 

Y así quedó la cosa.

Manuel, dueño ya de su sitio y de su mujer, se puso al frente de aquella taberna por donde fueron desfilando los años, los parroquianos, las copas, las conversaciones y las fiestas. Porque si algo tuvo el Niño Mataero, aparte de sus virtudes y sus defectos, fue afición al flamenco.

Y aquello no era poca afición.

No se conformaba con escuchar a los grandes cantaores que por allí pasaban. Por La Alameda sonaron voces de Juan Talega, los Mairena, Marchena, el Funi y tantos otros que hicieron de aquellos bares una especie de universidad popular del cante. Pero Manuel no era de los que se quedaban sentados mirando.

A Manuel le gustaba también arrancarse.

Y cuando el vino, la noche o las ganas le calentaban el pecho, se echaba por sus fandangos del Sevillano o por el cante del Niño las Huertas, que aquello era otra manera de decir que la taberna se quedaba pequeña y que el flamenco, cuando quería, se salía por las puertas.

Cuentan quienes lo conocieron que en las tardes de verano era cosa habitual ver la figura de Manuel regando la terraza de albero, levantando aquel olor húmedo y fresco que dejaba el agua sobre la tierra caliente, mientras desde dentro llegaba el soniquete de los antiguos discos de pizarra de Miguel de los Reyes y Miguel de Molina.

Y allí estaba él.

La manga remangada, la regadera en la mano, el cante entrando y saliendo de la taberna, y aquella Alameda de entonces respirando despacio bajo el calor.

Pero ya se sabe que toda moneda tiene su cruz y que hasta las historias que parecen hechas de coplas terminan encontrándose con alguna que otra desgracia.

La cruz de Manuel apareció un día en forma de mujer.

Una señorita, una señora, una labriega del Pozo Loco o, como algunos más atrevidos quisieron llamarla, una fulana. Yo dejo el apelativo al criterio de cada cual, que bastante oficio tiene ya la memoria como para venir ahora a ponerle nombres a las mujeres.

El caso es que aquella mujer trastornó los amores de Manuel.

Y una mañana, sin comerlo ni beberlo, el Niño Mataero cogió el pernil, la media manta y a la susodicha, y puso tierra de por medio.

 

Después comenzaron las conjeturas, que en esto de saber dónde está el prójimo cuando desaparece, Morón siempre ha tenido una imaginación portentosa.

Unos decían que se había ido a los madriles.

Otros, que había acabado en la isla, segando arroz.

Y algunos aseguraban que andaba por ahí gastándose los dineros que le había sisao a la Aranda.

A saber.

Lo cierto es que, pasado aproximadamente un año, apareció otra vez por los pagos de La Alameda. Y no volvió precisamente como se había marchado. Traía más callos en las manos que un labriego de toda la vida, el cuerpo descompuesto y el aire de quien ha aprendido, lejos de casa, que algunas aventuras parecen mejores cuando se cuentan que cuando se viven.

Ana, que debía de quererlo más de lo que las lenguas decían y menos de lo que las apariencias mostraban, perdonó y calló.

Y aquel silencio suyo, quizá más grande que cualquier reproche, terminó devolviendo las aguas a su cauce.

Con el tiempo, Manuel volvió a ser quien había sido: aquel mozo bien plantao que pasaba las tardes entre sus discos de pizarra, el albero recién regado y las coplas del Niño las Huertas, como si la vida no hubiese tenido nunca otra cosa que hacer que pasar por delante de la alameda.

Pero la vida, que es borrica y no atiende a perdones ni a coplas, siguió haciendo lo suyo.

Los años fueron cobrando primero la vida de Ana, que era mayor que Manuel, y después la de él mismo, cuando se acercaba ya a los dieciséis lustros, que dicho así parece una barbaridad, pero que en realidad no es más que la manera antigua de decir que la muerte lo encontró con muchos inviernos a la espalda y demasiadas historias guardadas en el bolsillo.

Y, sin embargo, hay hombres que no terminan de morirse del todo.

Porque todavía hoy, cuando paso con mi madre por La Alameda, ella me recuerda aquellos tiempos en que, siendo chiquilla, se sentaba en el poyete de una ventana y desde allí veía al Niño Mataero entre copas, discos, tardes de calor y conversaciones de cabales.

Y entonces me lo nombra.

Y me dice que Manuel le cantaba la Romería Loreña.

Y yo pienso que quizá ésa sea la verdadera manera de sobrevivir: que muchos años después de haberse ido uno, alguien pase por la misma calle, vea la misma esquina y, de pronto, sin que nadie se lo pida, recuerde una voz.

Porque mientras alguien recuerde aquella voz, Manuel Heredia Molina, el Niño Mataero, seguirá estando allí.

En La Alameda.

 

Entre el polvo del albero, el agua de las tardes de verano y el viejo soniquete de un disco de pizarra.

Como si el tiempo, por una vez, hubiese tenido la delicadeza de no llevárselo entero.

Atentamente;

El niño Gilena


20 agosto 2026

MI VIEJO AMIGO "EL PUCHERO"

 

Estimado Pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo con hambre.

 

Encuéntrome en ese lugar de la vida donde el tiempo camina con un paso presto y corto de pausas, ese territorio en el que los buenos momentos empiezan a conjugarse en pasado: un «yo hice» en vez de un «yo haré»; un «yo conocí» en lugar de un «ya conoceré»; un «yo fui» donde antes decía «yo iré». Y no sé si será cosa de los años o de ese reloj invisible que uno lleva dentro, pero llega un día en que empieza a echar de menos aquello que durante media vida tuvo por cotidiano, por seguro, por tan suyo que ni siquiera se detenía a darle las gracias.

Es también la edad en que los seguidores de Hipócrates, con esa mezcla de autoridad y compasión con que suelen mirarnos, empiezan a racionarnos el libre albedrío. Que si quite usted la sal, que si modere el dulce, que si olvide las salazones, que si las carnes con prudencia, que si esto ni probarlo y aquello solamente en domingo y con permiso de la autoridad sanitaria. Todo para intentar, casi siempre sin resultado, que este corto paseo por la vida se parezca, aunque sea de lejos, a la añada de Matusalén.

Y fue precisamente repasando aquellas prohibiciones que los hijos de Asclepio habían tenido a bien recomendarme cuando empecé a entristecerme. Porque, entre todas ellas, había una condición que me pareció de una crueldad innecesaria: desprenderme de un viejo y servicial amigo. De un amigo de los de verdad. De esos que no preguntan cómo vienes ni cuánto tienes, sino que, simplemente, te esperan.

El puchero.

El puchero que me acompaña desde que la razón empezó a alumbrarme las entendederas. El puchero que fue nodriza de aquellas rollizas arrobas de mi niñez, que no sé si me hicieron más sano, pero desde luego me hicieron más feliz. El puchero que me saludaba a la vuelta del colegio y, más tarde, del trabajo, con aquel borboteo alegre, aquel trino de tren viejo que anunciaba desde la cocina que allí dentro se estaba preparando una pitanza de primera.

Porque el puchero, a fe mía, debería figurar entre los grandes inventos de la humanidad. ¿Qué otro manjar conoce usted que sea capaz de llevarse tan bien con el puerco, con la vaca y con el corral? ¿Con el palomo, la perdiz o el pato? ¿Con los garbanzos, la zanahoria y la papa? ¿Con la col, el cardo o la acelga? Y, sobre todo, ¿con el tocino?

Sí, señor: el tocino.

Ese alimento hoy perseguido por los médicos y repudiado por las señoras que desean conservar una figura que no se corresponde con los años que tienen. El tocino, que fue durante generaciones el flan del pobre; que se atacaba con un trozo de pan, duro o blando, negro o blanco, según hubiera en la casa, y que servía para engrasar las tragaderas mientras uno esperaba la llegada de aquellas carnes que, mezcladas con el caldo, obraban la alquimia de un sabor que todavía permanece grabado en el centro mismo de nuestras entendederas.

Y es que hay sabores que no se comen solamente con la boca. Se comen con la memoria.

Tan buen amigo es el puchero que hasta tiene la delicadeza de mejorar con el tiempo. Porque el de hoy es bueno, pero el de mañana, cuando se han casado los sabores y el caldo ha tenido ocasión de pensar en lo que quiere ser de mayor, puede resultar todavía mejor.

Y qué generoso es.

 

Lo mismo se convierte en una sopa de fideos que en un arroz; lo mismo se hace sopa de picadillo que caldo de hierbabuena; lo mismo se sirve humeante en un plato que, cuando pierde el frescor, entrega su pringá para convertirse en unas croquetillas capaces de reconciliar a cualquiera con el mundo, o en una ropa vieja que vuelve a matar el gusanillo como si aquel puchero no hubiera sido servido ya la víspera.

Y hasta tiene sus días de presumido.

Porque hay pucheros que se perfuman con un poco de fino de Jerez, como quien se pone colonia para salir a la calle; otros que se adornan con el delicado perfume de la hierbabuena; y los hay que, queriendo mudar de aspecto sin perder la condición, se visten de amarillo huevo y ponen en el plato un sol pequeño, doméstico y comestible.

Después de tantos años, me parece mentira que algo tan hermoso, tan sencillo, tan nuestro y tan entrañable pueda ser acusado de producirme algún mal en esta hechura que Dios me ha dado.

Pero uno escucha a los médicos y procura obedecer. Que también tiene su mérito llegar a cierta edad y seguir creyendo que los médicos saben lo que dicen.

Sin embargo, después de recapacitar sobre todo esto, he llegado a una conclusión que quizá no sea muy científica, pero sí profundamente humana: si para vivir algunos años más tengo que renunciar a todas aquellas cosas que hicieron buenos los años que ya he vivido, no sé si me compensa demasiado el trato.

Así que, puestos a escoger entre una larga existencia sin puchero y unos cuantos años menos con mi viejo amigo sentado a la mesa, servidor lo tiene bastante claro.

Que venga el tocino.

Que se acerquen los garbanzos.

Que borbotee el caldo.

Que vuelva la pringá.

Y que nadie me quite el pan.

Porque hay amigos que uno no debería abandonar cuando llega la vejez, sobre todo aquellos que nos acompañaron cuando todavía no sabíamos que algún día íbamos a echarlos de menos.

Y el puchero, además de alimentarme, me ha acompañado toda la vida.

A estas alturas, no sería decente dejarlo ahora.

He dicho.

Atentamente:

El niño Gilena.


30 julio 2026

LOS 20 DUROS

 

 Estimado pueblo,

 Espero que te encuentres bien, yo hoy muy rico.

 

Hay veces en que uno no busca el pasado; es el pasado quien, con la paciencia de las cosas que nunca terminan de irse, acaba encontrándolo a uno. Me ocurrió hace unos días, mientras revolvía unas carpetas antiguas donde el tiempo había ido almacenando sus pequeños fósiles domésticos: un recibo del agua pagado todavía en pesetas, la papeleta amarillenta de una rifa navideña, alguna fotografía sin nombre y otros papeles que ya sólo conservan el valor de haber sobrevivido al olvido. Fue entonces cuando apareció, doblado con el mismo esmero con que se guarda un secreto, un billete de veinte duros. Allí seguía Gustavo Adolfo Bécquer, con aquella delicadeza casi amanerada de su retrato, observándome desde una época en la que el dinero tenía un peso muy distinto y la felicidad, curiosamente, costaba mucho menos.

Bastó aquel hallazgo para que se abrieran de par en par las compuertas de la memoria. En mi casa nunca fuimos de celebrar muchos cumpleaños bastante tenía uno con ir cumpliendo años sin hacer ruido. Lo verdaderamente señalado era el santo, y mi abuela Pepa, mujer de ternuras discretas y generosidades silenciosas, acostumbraba a deslizarme entre las manos uno de aquellos billetes como quien entrega un salvoconducto hacia la aventura. Yo, que desde niño practiqué el oficio de gastar el presente antes de que el futuro pudiera reclamarlo, salía disparado a las calles con la impaciencia de quien sabe que la dicha tiene fecha de caducidad.

La primera estación de aquel itinerario era la librería del Charrito, o de Dolorcita Abril, porque ambos parecían compartir la propiedad igual que se comparten las cosas queridas. Allí, por apenas cuatro duros, uno podía regresar a casa con un DDT, un Tío Vivo y algún Mortadelo especial, que no era poca riqueza para quien aún medía el mundo por viñetas. Después cruzaba la calle sin más ley que la escasa velocidad de aquellos seiscientos, de los ocho y medio o de los mil quinientos que parecían avanzar con la misma calma con la que entonces transcurrían los días.

En el puesto de la “Perfecta” se deshacían otros dos duros convertidos en “arazú” del gato, chicles Cosmos, kikos Churruca y un par de Kojak que iban tiñendo la lengua y el ánimo de una felicidad pegajosa. Mientras el azúcar hacía su trabajo, levantaba la vista hacia las carteleras del cine, dudando entre alguna de Karate o cualquiera de aquellas cabalgadas del Séptimo de Caballería que agrandaban el Oeste hasta hacerlo caber en la imaginación de un chiquillo.

Todavía quedaba sitio para otro pequeño exceso. La pastelería María Auxiliadora, en la calle Nueva, era una tentación imposible de discutir. Dos duros bastaban para conquistar uno de aquellos merengues quemados por fuera y tiernos por dentro, cuya memoria sigue teniendo hoy mejor sabor que muchos banquetes. Y como entonces nadie se avergonzaba de ir comiendo por la calle, el camino continuaba hasta el puesto de Paquita "la Encajera", donde colgaban, como banderas de un país diminuto, los sobres de vaqueritos: aviones, barcos, vikingos, pieles rojas, soldados de la Gran Guerra… Aquellas figuritas de plástico tenían la rara facultad de convertir cualquier rincón del patio en un continente entero.

Cuando la tarde empezaba a doblarse sobre sí misma, el cine ya exhibía esa cola de impacientes donde todos parecíamos iguales. Tres duros bastaban para que una taquillera de gafas gruesas y paciencia inagotable me entregara el pasaporte a la planta baja, privilegio reservado para los días grandes. Mientras aguardábamos la apertura del portalón, aún quedaba tiempo para tentar a la suerte con un durito en la “reolina” de aquel gigante corpulento que jamás sonreía. Nunca salían ni el lagarto, ni el vaquero, ni la rana que uno esperaba, pero la esperanza, a esa edad, siempre costaba menos que la decepción.

Y una vez apagadas las luces, el ritual quedaba incompleto sin un paquete de “arvellanitas”, otro de pipas y unas cuantas esponjitas que iban desapareciendo al mismo ritmo que avanzaba la película y algún atrevido se aventuraba a aporrear el piano . No recuerdo ya muchas de aquellas historias, sí recuerdo, en cambio, el rumor de las cáscaras cayendo al suelo, el olor mezclado del cine y la inocencia, y esa sensación irrepetible de que el mundo entero cabía dentro de una pantalla.

Al salir, cuando la noche comenzaba a refrescar las aceras, todavía quedaban tres duros para rematar la jornada con un helado de dos bolas. Chocolate y vainilla. Me lo servía una heladera entrada en años que hablaba un castellano raro y sonreía con la serenidad de quien ha visto pasar demasiados veranos. Yo regresaba despacio hacia mi casa, hojeando los tebeos recién comprados y deseando romper el sobre de los vaqueritos para comprobar si esta vez venían muchos de aquellos soldados que disparaban de rodillas, los más codiciados de todos porque parecían saber algo de la guerra que los demás ignoraban.

Llegaba a mi casa con la íntima convicción de haber vivido una fortuna. Me sentía un Rockefeller de barrio, dueño por un día de una riqueza que hoy resultaría insignificante y entonces parecía inagotable. Todavía conservaba un duro en el bolsillo para gastarlo al día siguiente en aquel puestecillo ambulante que, puntual como el recreo, acudía cada mañana a esperarnos junto al colegio.

Volví a contemplar el billete de veinte duros antes de devolverlo a la carpeta. Comprendí entonces que no había conservado aquel papel por su valor, sino por la obstinación de la memoria en negarse a perder ciertos territorios. Porque hay objetos que no guardan dinero: guardan tiempo. Y el tiempo, cuando regresa escondido entre las dobleces de un viejo billete, nos concede durante unos instantes el privilegio imposible de volver a ser el niño que fuimos, ese muchacho que creyó que la felicidad cabía entera en un bolsillo y costaba exactamente veinte duros.

Atentamente;

El niño Gilena.

24 julio 2026

NOCHES DE SERENATA

 

Estimado pueblo.

 

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

 

Recuerdo que cuando yo era un zagal, mi padre nunca fue hombre de darme más cuerda de la cuenta cuando el sol se acostaba. A él le gustaba tener el rebaño recogido antes de que la luna tomara posesión de los tejados, y remataba la orden con una de esas sentencias suyas que valían más que un reglamento entero: "La noche pa los lobos."

Y mira tú por dónde, de un lobo quiero hablarte hoy. Pero no de esos que enseñan los colmillos, sino de uno bueno, de los que ya no nacen. Un lobo manso que hacía su ronda cuando el pueblo apagaba el último candil y el silencio empezaba a echar el cerrojo a las calles. Ahora que nos caemos de bruces en la festividad de Santiagos y Anas, me ha venido a la memoria aquel hombre que, armado tan sólo con un acordeón y una voluntad de hacer felices a los demás, recorría tus barrios llevando serenatas de puerta en puerta.

No salía mientras hubiera jaleo ni corrillos en las esquinas. Esperaba, como esperan las cosas importantes, a que la noche se quedara sola. Entonces, igual que un pajecillo de los sentimientos, hacía el mandado de algún hijo agradecido, de un marido enamorado o de un novio con más ilusión que bolsillo, y dejaba caer, bajo el ala de un balcón, un puñado de notas que rompían el silencio con la misma delicadeza con la que cae un jazmín sobre un patio.

Todavía puedo ver a mi madre. Era el día de Santa Ana y salía al balcón de la calle Espíritu Santo con esa mezcla de vergüenza y orgullo que sólo conocen las mujeres queridas. Durante aquellos minutos se sentía la protagonista de una película en blanco y negro, una Sofía Loren moronera que, sin necesidad de Fontana de Trevi, encontraba en aquel humilde acordeón el mejor de los homenajes. Sabía que aquella música era para ella, que aquellas notas llevaban escrito su nombre, aunque nadie lo pronunciara.

¡Cuántos recuerdos no le deberemos entre todos a aquel hombre! ¡Cuántas sonrisas despertó en las madrugadas de los santos y los cumpleaños! Y quién sabe si más de uno de los que hoy andamos por estas calles no empezó a escribirse precisamente una noche de serenata, cuando el acordeón terminó de ablandar el corazón de una madre y le puso el primer compás a una historia de amor.

Y fíjate qué cosa. Conozco la música, conozco el milagro, conozco los balcones donde sonó... pero nunca llegué a saber el nombre de quien la sembraba. Dicen que no murió rico. ¿Cómo iba a morirlo quien se pasaba la vida regalando alegrías? Pero también dicen que dejó detrás un patrimonio que no cabe en ninguna cartilla del banco: el de los miles de sonrisas, las lágrimas discretas, los "gracia" lanzados desde los balcones y los recuerdos que todavía hoy siguen sonando cuando alguien pronuncia la palabra serenata.

Porque hay hombres que pasan por la vida haciendo ruido, y otros que pasan haciendo música. De los primeros apenas queda el eco. De los segundos, aunque se marchen para siempre, siempre habrá un balcón que los esté esperando.

 

 

Ya suena la serenata

bajo el ala del balcón.

Ya viene a traerte alegría

para celebrar tu día,

el tío del acordeón.

 

Dedicado a quien, por tan poco, llevó tanto a tantos corazones.

 

Atentamente;

El niño Gilena


21 julio 2026

LAS REINAS DE LA CALLE

 

Estimado Pueblo:

 

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo bien, gracias a Dios.

 

Si en días pasados te hablé de niños que sembraban las calles de voces y carreras, sería una injusticia dejar en el olvido a las otras dueñas de aquel pequeño universo aruncitano: las niñas. Ellas eran la primavera menuda de las plazas, la música sencilla que florecía en las esquinas cuando la tarde empezaba a dorarse.

Las recuerdo con sus trenzas bien peinadas, con las coletas agitadas por el aire tibio, con aquellos uniformes humildes de falditas de tablas y niquis sencillitos, tan modestos como elegantes en la mirada de la infancia, con los babis claros donde parecía haberse quedado prendida la luz de la mañana

Formaban corros como si dibujaran flores sobre los adoquines, y sus canciones, tan humildes como eternas, hacían que el tiempo olvidara seguir corriendo.

Pintaban en el suelo, con un trozo de yeso robado a cualquier pared, las casillas del “ teje”. Saltaban sobre ellas con una gracia que parecía no tocar la tierra. Después llegaba el cordel, un simple hilo de tendedero convertido, por obra de su alegría, en un arco invisible donde el aire aprendía a cantar al compás de aquellas coplas infantiles que nadie escribió y que, sin embargo, todos recordamos.

Había también un milagro en sus manos. Dos palmas bastaban para levantar un mundo entero de ritmos y rimas, de risas contenidas, de pequeños errores celebrados con carcajadas limpias. Y el elástico, estirado entre dos amigas, era un horizonte de colores donde los saltos crecían mientras ellas, con pudor de azucenas, sujetaban el vuelo de sus faldas para que el viento no les robara la inocencia.

Luego estaban las casitas imaginarias, donde las muñecas eran hijas de verdad, los Nenucos de mejillas rosadas, los muñecos pelones, las cajas de latón llenas de cromos como si guardaran tesoros de reinas diminutas, los recortables, el diábolo, el pañuelo, los vestiditos de Nancy, el Hula-Hoop girando como un pequeño planeta alrededor de sus cinturas y el parchís, paciente, enseñándoles que también la espera podía ser un juego.

Ellas eran la voz más dulce de la calle. Sin saberlo, completaban la canción de los veranos. Eran la alegría apoyada en las aceras, el rumor de las puertas abiertas, las rivales inevitables de nuestras travesuras y, al mismo tiempo, las compañeras imprescindibles de aquel inmenso teatro sin paredes moronero donde cada tarde representábamos la única obra que nunca volverá a repetirse: la infancia.

Hoy, cuando las calles parecen haber olvidado el eco de aquellas risas y el silencio ocupa el lugar donde antes vivía el bullicio, uno comprende que la memoria también tiene un jardín. Y en ese jardín siguen jugando ellas, eternamente niñas, mientras el sol de las cinco las envuelve con la misma luz dorada de entonces.

Parece mentira que aquello que un día fue motivo de disputas, de enfados y de pequeñas batallas infantiles, sea hoy una de las ausencias que con más ternura abraza el corazón. Porque hay nostalgias que no nacen de lo extraordinario, sino de la sencilla felicidad que tuvimos delante de los ojos sin sospechar que algún día sería para siempre.

 

Dedicado a Mari,Carmen,Sonia y Esther “LAS NIÑAS”.

 

Atentamente;

El niño Gilena.


17 julio 2026

PERSONAJES DE MORON LUIS JAVIER VAZQUEZ MORILLA

 

Estimado Pueblo,

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

 

Hay hombres que no escogen un oficio, sino una forma de permanecer fieles a la tierra que los vio nacer. Hombres a quienes el destino les concede el privilegio de escuchar lo que otros apenas alcanzamos a oír. Así entiendo yo a Luis Javier Vázquez Morilla, moronero del barrio del Pantano, nacido en 1971, hijo de una geografía donde el aire aprendió hace siglos a sonar por solea y donde el silencio también tiene compás.

Me contó una vez que todo empezó al escuchar un disco de Paco de Lucía. Bastó un puñado de acordes para que se le removieran las entrañas y descubriera que el arte jondo no era una música, sino una manera de entender la vida. Aquella revelación, unida al privilegio de haber nacido en este triángulo prodigioso donde el cante, el toque y el baile parecen haberse dado cita desde siempre, y alimentada por su amor a los libros, a la historia y a la palabra, acabó convirtiéndose en una vocación. De esa vocación nació un blog que es mucho más que un archivo: es la memoria viva del derrame de arte moronero por el mundo, un lugar donde los nombres olvidados vuelven a respirar y las historias recuperan la dignidad que el tiempo les quiso arrebatar.

Pocas personas han reivindicado con tanta pasión la figura de Diego Bermúdez Cala, El Tenazas, aquel moronero que cantó por derecho y cuyo eco alcanzó a Chacón, a Lorca, a Falla y a Turina. Pero si esa labor bastaría para engrandecer cualquier trayectoria, Luis aún fue más lejos. Como todo Cervantes tuvo su Quijote, y el suyo fue esa inmensa enciclopedia dedicada a Silverio y los Fillos, una obra donde el lector tiene la impresión de que el autor ha logrado quebrar el calendario para caminar junto a aquellos hombres, compartir sus días, sus desvelos, sus triunfos y sus derrotas. No parece un historiador quien escribe; parece un testigo.

Pero, con ser admirable su obra, todavía me interesa más el hombre. Quizá porque me precio de conocerlo algo. Quizá porque compartimos rama del mismo olivo.

Luis es de esos seres que convierten una conversación de mostrador en una cátedra sin solemnidades. Conservador de leyendas, buscador de amigos sin condiciones, experto en crear el clima propicio para que la memoria se siente a la mesa. Catador de tintos, blancos y cuanto caldo merezca ser compartido, aunque sospecho que sigue reservando un rincón de la nostalgia para aquellas litronas medio frescas del Stop Reserva del 89, donde tantas veces la amistad se sirvió antes que la cerveza.

Es también un arqueólogo de archivos y legajos donde aparezca escrito el nombre de Morón, un paciente explorador de bibliotecas y de las conversaciones con los más viejos, porque sabe que hay documentos que nunca fueron impresos y que sólo sobreviven en la voz de quienes los vivieron.

Alguna vez, entre charlas de taberna, me confesó:

 

"Menos mal que la naturaleza no me dio facultades para cantar, tocar la guitarra o bailar... si no..."

Y siempre pensé que se equivocaba. Porque, de haber cantado, quizá habría sido un inmenso cantaor de seguiriyas. No por la voz, sino porque reúne lo verdaderamente imprescindible: el temple, el conocimiento, la capacidad de comprender el misterio del cante y esa pena antigua y vivida que no se aprende, de las que dejan tatuada el alma para siempre.

Pero no importa. La vida le reservó otro don, quizá igual de necesario: el de divulgar, rescatar y contar. Gracias a él sabemos quiénes fueron tantos artistas, cómo cantaron, cómo tocaron, cómo bailaron y, sobre todo, por qué todavía siguen viviendo entre nosotros cuando alguien pronuncia sus nombres.

Ahora que anda en estado de buena esperanza y que todo hace presagiar que la cigüeña de la Merced traerá bajo el ala un nuevo hijo de papel y tinta, sólo me queda levantar la copa, descubrirme la cabeza y brindar por un hombre que honra a su pueblo sin hacer ruido; por un amigo, un pariente, un caballero de la memoria.

Por don Luis Javier Vázquez Morilla, que ha entendido que también se puede servir al flamenco sin subirse jamás a un escenario, simplemente evitando que el olvido tenga la última palabra.

Atentamente;

El niño Gilena