Estimado pueblo,
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo un poco ochentero.
Hubo un tiempo en que los años ochenta se
nos quedaron grabados como una postal luminosa, una especie de álbum de
recuerdos donde la música hacía de bandera y las tardes tenían nombre salón recreativo.
En los salones del Pozo Nuevo o en la calle Utrera, la vida cabía en una
pantalla de Donkey Kong y en la promesa de superar el siguiente nivel del Ghost
and goblins . Los cines se llenaban como si en la oscuridad compartida
encontráramos una patria común, viendo a Indiana Jones correr delante de la
roca o dejándonos llevar por la épica de galaxias muy lejanas.
Pero toda memoria tiene su revés, su cara
B, ese lugar donde el brillo se apaga un poco y la realidad pide la palabra.
Porque no todos salíamos en los récords
ni teníamos el último disco de Mecano. También estaban los días en que la mili “ese
extraño paréntesis de vida obligada” te enseñaba más de la vida que de la
patria: a hacer amigos deprisa, a escaquearte mejor y a doblar una sábana con
disciplina discutible. Daba igual que el cuartel estuviera a 16,5 kilómetros de
casa; la distancia verdadera era otra, más difícil de medir.
Y luego estaba el trabajo, cuando lo
había. Un territorio sin horarios de salida, sin derechos que se nombraran en
voz alta. Sabías cuándo entrabas, pero no cuándo terminabas. Y si los astros se
alineaban, te daban de alta como quien concede una medalla invisible.
En esa cara B también habitaron las
ausencias. Las que dejaron las drogas, llevándose por delante a conocidos, a
vecinos, a veces a amigos. No siempre por vicio, muchas veces por ignorancia,
por falta de respuestas en un tiempo que apenas hacía preguntas.
La pobreza seguía teniendo nombre propio.
Había quien en el recreo del “Llanete” pedía un bocado del bocadillo no por gula,
sino por hambre. Algunos recordarán a aquellos dos hermanos de la calle
Humanes, vendiendo escobones de palma cuando deberían estar jugando,
aprendiendo la infancia en lugar de sobrevivirla.
Y estaban las familias que se movían como
si fueran estaciones del año, recorriendo la piel de toro y cruzando fronteras
para sostener otro invierno: vendimias en Francia, melocotones en Calanda,
fresas en Huelva, aceitunas en Jaén. En esos viajes se quedaban atrás las
clases, los amigos, las tardes de moras, como si el calendario se rompiera en mil
pedazos.
También había silencios más duros. Noches
en las que el alcohol desordenaba la casa y obligaba a los más pequeños a
crecer de golpe: cuidar animales, hacerse cargo de lo que quedaba, aprender
demasiado pronto que la infancia no siempre es un derecho.
Por eso conviene no olvidar que aquellos
años no fueron solo videoclubs, break dance o canciones de Alaska. También hubo
“Tinahores” que limpiar, cocinas en Ibiza de jornadas titánicas, oficinas donde
se vendían cuentos que no eran cuentos y madrugadas cargando cajas de pollos.
La memoria, si quiere ser justa, tiene
que saber mirar en ambas direcciones. Porque la nostalgia, cuando olvida la
cara B, deja de ser recuerdo y se convierte en ficción.
Atentamente;
El niño gilena