25 mayo 2026

CUANDO MAYO MAYEA

 

Estimado pueblo,

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo acalorado.

 

En este rincón de Morón donde nace la cal y el sol parece haber aprendido desde antiguo el camino de las fachadas blancas, mayo siempre mayea. Llega igual que llegaron los mayos que lo precedieron, con su temblor de luz nueva, con sus mañanas de Rebequita y con ese aire indeciso que no sabe aún si despedirse del invierno o entregarse del todo al verano.

Mientras tanto, en las cajas de zapatos, engordan los gusanos de seda con su hambre diminuta y paciente, y las moreras del Fontanal ofrecen a los muchachos golosos sus perlas blancas y granates, dulces como una infancia que nunca termina de irse. Las tardes se llenan entonces de dedos manchados y de risas lentas, y el mes entra en el pueblo sin que nadie advierta exactamente cuándo empezó.

El sol, cada día más madrugador, se despereza antes por la Atalaya y derrama sobre los pagos de Arenales una claridad limpia y dorada. La tarde, enamorada de sí misma, se resiste a hacerse noche y alarga el ocaso como un beso antiguo que no encuentra despedida.

Los chalecos comienzan a guardarse entre bolas de alcanfor, resignados ya a su inútil espera hasta los fríos venideros. Las camisas se remangan, las faldas se acortan con el pudor alegre de la primavera y desaparecen medias botas y botines para dejar al aire los pinreles morenos y los piececillos inquietos, porque en esta tierra del sur del sur mayo nunca tuvo cuarenta días, por mucho que lo juraran los refranes.

En los sembrados, las pipitas descabezan sus ramilletes amarillos y siguen, obedientes y curiosas, el tránsito majestuoso del rey de los astros. Los trigos, coronados de germánico color, sestean hinchados por dentro con las aguas buenas del invierno, como si guardaran en sus espigas toda la memoria de la lluvia.

Y abajo, en los veladores de las de Retamares, la tarde sonríe entre vasos enfriados donde el tinto se aligera con Casera y los altramuces, salados con generosidad, invitan siempre a pedir otra ronda, porque mayo tiene esa manera antigua de reunir a las gentes bajo la sombra y volverlos conversación pausada.

Luego, cuando el sol empieza a recostarse, despiertan los jazmines de la Carrera y la dama de noche adelanta sus perfumes para no perderse el regreso de las golondrinas a los tejados del Convento de Santa Clara. Todo entonces parece suspendido en un instante blando y perfumado: el aire, las campanas lejanas, el vuelo negro de los vencejos sobre las azoteas encaladas.

Así mayo, sin ruido, va despidiéndonos de la primavera. Levanta apenas los visillos del tiempo para dejarnos entrever el zaguán ardiente del verano. Y mientras las primeras chicharras ensayan su gregoriano canto, el cigarrón escucha inmóvil desde la sombra fresca de una higuera pintona. Cerca, la gata estira perezosamente el sesteo junto a la piedra vieja que sostiene el portón, como si también ella supiera que en estos días el tiempo no pasa, solamente se queda dormido bajo la cal y la luz.


Atentamente;

El niño gilena.


11 mayo 2026

LA TURRONERA

 

Estimado Pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

 

Al volver la vista la vi allí, inmóvil y vigilante, como cancerbera humilde custodiando la salida de la feria de Paradas. La luz amarillenta de los “Alumbraos” caían sobre ella con esa tristeza hermosa de las cosas que envejecen en silencio. Parecía escapada de un cuadro de Gonzalo Bilbao, un recuerdo intacto de aquel tiempo lento en que la vida tenía pausas y ceremonias, cuando nada era inmediato y hasta marcharse de la feria obedecía a un pequeño ritual.

Porque nadie abandonaba el real sin detenerse antes frente a aquel mostrador de dulzura antigua. Era casi una obligación del corazón llevarse un trozo de aquel manjar de almendra, miel y azúcar: turrón duro como piedra de cal o blando como pan bendito, de frutas encendidas o achocolatado, envuelto en papeles que guardaban el olor pegajoso de las manos infantiles. Aquel dulce no era solo un regalo era el último abrazo de la feria antes del regreso a la casa callada.

Hoy la turronera permanece muda, con la mirada perdida en un punto lejano que solo ella conoce, esperando quizá lo que ya no volverá. Tiene esa forma de esperar de las mujeres acostumbradas al paso de los años y de las estaciones, como si aún pudiera escuchar el rumor de otros tiempos: los niños pidiendo un chupete de caramelo con impaciencia luminosa, o los muchachos peleando por convencer a sus padres para comprar un pedacito de aquel coco exótico venido de tierras remotas, blanco y áspero, misterioso como las cosas que llegaban de lejos cuando el mundo aún conservaba secretos.

Ya no hay colas. Ya no hay prisa. Apenas algún curioso se asoma, sin detenerse demasiado, al pequeño caleidoscopio dulce de aquella mezcla de morada, hogar y tienda ambulante que la acompaña desde hace más de cuarenta años por ferias, verbenas y saraos de Andalucía. Todo en ella parece resistirse al olvido, las cajas gastadas, el toldo vencido, el olor antiguo de la azúcar recalentada por el verano.

Sentada en su silla de tijera, de esas que aquí llaman silla de caseta, se deja peinar por el tiempo, ese tiempo que lentamente se acaba. A su alrededor sobreviven juguetes que un día fueron tesoros para los niños y que hoy parecen reliquias de un gabinete de curiosidades: trompetas doradas, espadas de plástico, tambores fabricados en la lejana China, muñecos inexpresivos de colores imposibles. Ya nadie los mira con deseo, apenas los roza una nostalgia distraída.

Y mientras me iba alejando de l mano de mi mariquilla, me volví varias veces para retener aquella imagen en la memoria. La contemplaba como quien observa en un museo un ánfora antigua fabricada para un mundo desaparecido. Comprendí entonces que aquella mujer no vendía solamente turrón ni juguetes, vendía un tiempo entero. Un tiempo de noches lentas, de monedas sudadas en la mano, de ferias que olían a albero y a azúcar tostada. Un tiempo que ya casi nadie recuerda y al que, sin embargo, yo pertenecí.

Atentamente;

El niño Gilena.


06 mayo 2026

TARDE DE TOROS

 


Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo pa que me voy a quejar.

 

Coso de la Alameda, luz temprana,

la tarde en seis campanas se detiene,

la luz como un suspiro que no arde

en el aire, que en silencio se sostiene.

 

Ya está el toro pisando el albero

envistiéndole al rojo capote,

sol y sombra dibuja en la arena

La figura del toro y del hombre

 

Mas quiebra el aire un bronce repentino,

y vibra el cielo en ecos de colores

los clarines anuncian el destino

con su metal de luz y de temores.

 

Las gradas son un mar que no respira,

Una ola inmóvil de mirada,

cada pupila tiembla y se retira

al filo de la escena iluminada.

 

Y sigue el duelo, eterno y fugitivo,

sobre la arena clara y encendida

el arte frente al límite más vivo,

el hombre frente al borde de la vida.

 

Atentamente;

El niño Gilena.

 


24 abril 2026

CARACOLES

Estimado Pueblo: Espero que al recibir la presente estes primaveralmente bien, yo no me quejo.


 En esta bendita tierra de Morón, cuando la primavera empieza a desperezarse camino del verano y la feligresía, como obedeciendo a un mandato antiguo, se despoja de rebequitas y jerséis, remangándose las camisas en esas tardes que parecen querer eternizarse en la cal de las paredes, hacen su aparición ,como si vinieran convocados por un rito humilde y milagroso, “LOS CARACOLES”.

 Ese guisillo de pobres, que prefiere vivir en los cardanchos antes que presumir en un rosal, trae consigo la lección callada de la sencillez, pequeño, silencioso, casi invisible, pero dueño de un sabor que levanta tertulias y convoca memorias. Hervidos en agua que parece bendita, con su ajo machacao, su pimienta, su hinojo y su comino, y coronados con esa mijita de sal que nunca sobra ni falta, llegan a los veladores como quien no quiere la cosa, pero sabiéndose protagonistas.

 Y es entonces, alrededor de ese manjar que nunca fue casado con pan de etiqueta ni con picos ni regañás, como manda la tierra y refrescado con una cañita helada que alivia los calores que ya se barruntan, cuando se abre la verdadera liturgia, la de la palabra compartida. Surgen las charlas de taberna, las risas sin medida, las anécdotas que se agrandan al contarse, todo ello sin mantel ni plato hondo, porque aquí la mejor cubertería que se ha inventado nunca son las manos que buscan, la boca que sorbe y ese palillo ,bendito instrumento, que ayuda a sacar el toro a los medios. 

Y cómo no recordar, los que tenemos por patria chica estos rincones encalaos, alguna estampa que se quedó prendida para siempre en la memoria, una tarde-noche de caracoleo con amigos, con el bullicio justo y la felicidad sin aspavientos, o aquel caldito “apretao” en Retamares, mientras la novia escuchaba y sonreía, y la dama de noche, coqueta y silenciosa, iba dejando su reguero de perfume por la carrera, como si quisiera también sentarse a la mesa invisible de aquel instante. 

Pero es que, además, la temporada de los caracoles tiene la medida exacta de las cosas buenas: llega sin hacer ruido y se va casi sin despedirse. Es breve como el buen vino, que se disfruta sabiendo que se acaba, y por eso mismo se queda más hondo en el recuerdo. Dura lo justo para hacerse querer, lo necesario para dejar poso, y se marcha dejándonos esa añoranza dulce de lo que fue bueno, por breve y por nuestro.

 Porque el tiempo de los caracoles no es solo una estación: es una manera de estar en el mundo, una pausa sabrosa en la prisa, un recuerdo que siempre vuelve cuando el aire empieza a oler a verano.


 PD, Dedicado a mis amigos Juan Solano y Francisco “El Anchoa”, compañeros de risas, de caldo y de vida, a los que se les echa de menos, para dondequiera que estén, no les falte nunca un plato de caracoles humeantes, una cañita fría… y una buena tertulia que llevarse a la boca.

 Atentamente;

 El niño Gilena.

10 abril 2026

MARTINITOS

 

Estimado pueblo; espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo hoy cansao.

 

Son conocidos en toda Andalucía y por supuesto aquí, en Morón, esos seres menudillos que habitan en la mitología del sur más sur, mezcla de duendes, nomillos y otras criaturas de tamaño corto y genio largo. Tienen fama de revoltosos, de traviesos, de dados a meterle el susto en el cuerpo a la chiquillería cuando menos se lo espera, pero donde de veras sacan su malaje y afinan la puntería es en la noche callada, cuando el mundo parece dormido y uno, inocente, se abandona en la almohada como quien se entrega a la misericordia del sueño.

Es entonces, entre las dos y media y las cuatro y media ,que es la franja que ellos se reparten como si fuera tierra de nadie, cuando el martinito se aposenta en las arrugas de la almohada, se encarama en el borde del desvelo y aguarda. Y uno, sin saber por qué, entreabre un ojo con la pesadez del sueño a medio hacer… y allí está él, con su risilla ladeá, mirándote a la cara, haciéndote un gesto con la cabeza como diciendo: “Ea, ya estoy aquí”. Y en ese mismo instante descarga la mochila de pensamientos: los quehaceres sin rematar, las preocupaciones más tontas y las más gordas, los futuros que quién sabe si vendrán, y hasta los recuerdos que uno creía ya enterrados. Todo revuelto, todo sin orden ni concierto, metiéndose en la sesera como una bandá de estorninos.

Y ya está hecho el daño. Porque Morfeo, que venía de camino con su manta de descanso, da media vuelta y se va por donde vino, dejándolo a uno con los ojos como platos y la cabeza como un avispero. Y el martinito, tan pancho, sabe que ese rato robado al sueño se va a cobrar su peaje cuando el sol despunte y el cuerpo pida cuentas.

Hay noches ,no muchas, pero haberlas haylas, en que no se conforman con una visita. Será que no tienen otro cortijo donde pastar o que le han cogido a uno el gusto, pero repiten. Y entonces sí que la hemos hecho buena, si la primera la adelantan de la una a las tres, y la segunda la clavan de cinco a seis, el día se vuelve una eternidad cuesta arriba, de esas que no hay café que las enderece ni sombra que las alivie.

No he encontrado todavía remedio que valga para espantar a estos condenaos duendecillos. Ni rezo, ni vuelta de almohada, ni contar ovejas. Alguien me dijo una vez que acuden más conforme a uno se le van marcando las arrugas y clareando el pelo o poniéndose tordo, que de niño o de mozo no se atreven tanto, y que ya de viejo, cuando el sueño es ligero como pluma, poco pueden quitarle a quien ya de eso gasta poco..

Mi amigo Juan jura que ha dado con un alivio, aunque sea chico: la siesta a la alemana. Que no es otra cosa que echarse una cabezadita no a las tres de la tarde, después del parte y el gazpacho bien despachao, sino a las siete y media de la mañana, antes del café de pucherete y la tostá con aceite. Dice que así alivia el paso a los martinitos, que se quedan descolocaos. Yo no sé si será verdad o ganas de probar cosas nuevas.

Pero, como dijo El Gallo, hay gente pa tó.

Atentamente;

El niño Gilena.


09 abril 2026

LA LEGAÑA

 

Estimado Pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo mosqueado por la incompetencia.

 

Vive uno persuadido ,iluso de él, de que la hermosura, cuando se presenta, lo hace con cierto pudor, sin estridencias, como quien no quiere llamar demasiado la atención sobre sí misma. Tal pensamiento acude a la mente al contemplar la plaza de la Victoria en esos días en que, desalojada de carruajes modernos y otros estorbos de la prisa cotidiana, para recibir el cortejo procesional, parece recordar que un día fue digna de ser mirada.

Entonces sí, las casas, recién encaladas, relucen con esa blancura que no admite réplica; los naranjos, cargados de azahar, perfuman el aire con una insistencia que roza la impertinencia; una cigüeña, más respetable que muchos vecinos, preside su nido como si de autoridad legítima se tratase; y la luna, redonda, entera, sin tacha, se encarama sobre la torre campanario de San Miguel, con la suficiencia de quien sabe que no tiene rival.

Todo parece dispuesto, pues, para que el espectador ,criatura débil, se abandone al deleite sin reservas. Y justo en ese momento, cuando el alma comienza a creerse feliz, aparece la legaña.

Porque no hay ojo hermoso con ella, ni cuadro costumbrista feo con su borrón, y si el lector dudase de esta verdad filosófica, acérquese a la referida plaza y hallará la prueba en cuatro sólidos de geometría dudosa, de colores que no sabría decidir si atribuir al capricho o al castigo, contenedores, los llaman, como si el nombre bastase para disculpar su atrevimiento.

Allí plantados ,firmes, obstinados, satisfechos de su misión antiestética rompen la escena con la misma delicadeza con que un manotazo corrige un lienzo de Federico de Madrazo. Y no contentos con existir, lo hacen con una alegría cromática tan desvergonzada que uno sospecha que no ignoran el daño que causan, sino que lo celebran.

Dirá alguno que son necesarios. Y no seré yo quien niegue tal evidencia, que tampoco niego la utilidad del barro, aunque procure no llevarlo en los zapatos cuando entro en casa ajena. Lo que asombra y aun entristece, no es su presencia, sino su descaro; no su función, sino su emplazamiento, digno de mejor causa o de peor gusto.

Porque, ¿tan ardua empresa sería desplazar la legaña al rincón que le corresponde? ¿Tan costoso cubrirla, disimularla, o al menos educarla en el arte de no interrumpir la dicha ajena? Mucho me temo que no, pero también temo y con mayor fundamento que entre nosotros el remedio más sencillo suele ser el menos practicado.

Y así seguimos: contemplando la belleza a medias, resignándonos al borrón, llamando costumbre a lo que no es sino descuido.

Que en Moron,ya lo sospechaba, no hay cosa más permanente que lo que podría quitarse mañana.

Atentamente;

El niño Gilena.


LOS KARINDAS

 

Estimado pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo en equilibrio.

Corrían los años ochenta del pasado siglo que ya suenan lejanos, pero aún nos guiñan un ojo desde la memoria, cuando recaló en Morón de la Frontera una estampa de otro tiempo: la de unos funambulistas que, buscándose la vida, parecían escapados de una litografía antigua.

Se asentaron en la Plaza de la Victoria, y allí, a bombo y platillo, anunciaron el prodigio: que por la módica cantidad de la voluntad “quien la tuviera, que no eran todos, porque la pobreza aún se sentaba en demasiadas casas” podrían grandes y pequeños gozar de un espectáculo como pocos.

Y no era para menos lo prometido. Desde el arranque mismo de la plaza, un hombre treparía hasta lo más alto de la torre que corona la iglesia, la que da nombre y cobijo al lugar. Y, por si el vértigo no bastara, decían también que, tendido un cable en el aire, y acoplada a él una motocicleta Montesa ,más preparada que un bachiller en Salamanca, uno de aquellos hombres cruzaría los cielos del pueblo montado en ella, como si el suelo no tuviera ya jurisdicción sobre su destino.

Los Karindas se llamaban ,si la memoria no me hace trampas, venidos desde su Marruecos natal, con ese aire de encantadores de serpientes y de últimos custodios de un arte antiguo: el de entretener, sorprender y dejar en los ojos ajenos imágenes que no se borran.

Y vaya si lo lograron. No cabía un moronero más en la plaza, ni faltó quien viniera de los pueblos vecinos, atraído por la novedad. Aquello era un hervidero de expectación: niños subidos a los hombros, mujeres santiguándose a media voz, hombres con la mirada fija en lo alto y un celta en la boca, como si temieran que el cielo se viniera abajo con cada paso del equilibrista.

Yo, por mi parte, no supe nunca si lo recogido entre gorra y platillo colmó sus necesidades; pero sí sé que las mías quedaron satisfechas para siempre. Encaramado a los escalones de la antigua Cilla de la Victoria ,que por entonces hacía las veces de sede del club de pesca” El Galápago”, contemplé aquello con los ojos abiertos de par en par, y se me quedó grabado, como hierro candente, en lo más hondo de la sesera.

Luego vinieron los aplausos, que ellos recogían casi como se recoge la cosecha, en cestillas humildes. Recogieron sus bártulos, plegaron su vida ambulante y siguieron su camino por las plazas de España, jugándose el pellejo en cada función, como quien no tiene otra herencia que el riesgo.

Un par de meses después en el parte que mi padre veía en la televisión como misa diaria comentaron que llegaron a Madrid, y en las fiestas de San Isidro presentaron su número, siempre nuevo y siempre el mismo, adaptado a la gravedad del lugar y del momento.

Pero quiso la fatalidad ,que también tiene su palco en los espectáculos humanos, que aquel mismo día del santo labrador los periódicos trajeran la noticia en la sección de sucesos: había muerto el acróbata Julián de la Horra, de treinta y cinco años, integrante de aquel grupo. Cayó durante la exhibición en la abarrotada Plaza de España, donde el cable, tendido a más de ochenta metros de altura, descendía hacia la calle Bailén. Se deslizaba sujeto por el pie, con una correa que, traicionera, se rompió.

Y así, como había vivido, se fue: suspendido entre el aplauso y el silencio, entre el asombro y la desgracia.

Y a uno, que lo vio una tarde en Morón desafiando al cielo, no le queda sino pensar que hay oficios que no se aprenden, sino que se llevan en la sangre… aunque la vida se vaya en ello.

Atentamente:

El niño Gilena