Estimado pueblo.
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo no me quejo.
Recuerdo que cuando yo era un zagal, mi
padre nunca fue hombre de darme más cuerda de la cuenta cuando el sol se
acostaba. A él le gustaba tener el rebaño recogido antes de que la luna tomara
posesión de los tejados, y remataba la orden con una de esas sentencias suyas
que valían más que un reglamento entero: "La noche pa los lobos."
Y mira tú por dónde, de un lobo quiero
hablarte hoy. Pero no de esos que enseñan los colmillos, sino de uno bueno, de
los que ya no nacen. Un lobo manso que hacía su ronda cuando el pueblo apagaba
el último candil y el silencio empezaba a echar el cerrojo a las calles. Ahora
que nos caemos de bruces en la festividad de Santiagos y Anas, me ha venido a
la memoria aquel hombre que, armado tan sólo con un acordeón y una voluntad de
hacer felices a los demás, recorría tus barrios llevando serenatas de puerta en
puerta.
No salía mientras hubiera jaleo ni
corrillos en las esquinas. Esperaba, como esperan las cosas importantes, a que
la noche se quedara sola. Entonces, igual que un pajecillo de los sentimientos,
hacía el mandado de algún hijo agradecido, de un marido enamorado o de un novio
con más ilusión que bolsillo, y dejaba caer, bajo el ala de un balcón, un
puñado de notas que rompían el silencio con la misma delicadeza con la que cae
un jazmín sobre un patio.
Todavía puedo ver a mi madre. Era el día
de Santa Ana y salía al balcón de la calle Espíritu Santo con esa mezcla de
vergüenza y orgullo que sólo conocen las mujeres queridas. Durante aquellos
minutos se sentía la protagonista de una película en blanco y negro, una Sofía
Loren moronera que, sin necesidad de Fontana de Trevi, encontraba en aquel
humilde acordeón el mejor de los homenajes. Sabía que aquella música era para
ella, que aquellas notas llevaban escrito su nombre, aunque nadie lo
pronunciara.
¡Cuántos recuerdos no le deberemos entre
todos a aquel hombre! ¡Cuántas sonrisas despertó en las madrugadas de los
santos y los cumpleaños! Y quién sabe si más de uno de los que hoy andamos por
estas calles no empezó a escribirse precisamente una noche de serenata, cuando
el acordeón terminó de ablandar el corazón de una madre y le puso el primer
compás a una historia de amor.
Y fíjate qué cosa. Conozco la música,
conozco el milagro, conozco los balcones donde sonó... pero nunca llegué a
saber el nombre de quien la sembraba. Dicen que no murió rico. ¿Cómo iba a
morirlo quien se pasaba la vida regalando alegrías? Pero también dicen que dejó
detrás un patrimonio que no cabe en ninguna cartilla del banco: el de los miles
de sonrisas, las lágrimas discretas, los "gracia" lanzados desde los
balcones y los recuerdos que todavía hoy siguen sonando cuando alguien
pronuncia la palabra serenata.
Porque hay hombres que pasan por la vida
haciendo ruido, y otros que pasan haciendo música. De los primeros apenas queda
el eco. De los segundos, aunque se marchen para siempre, siempre habrá un
balcón que los esté esperando.
Ya suena la serenata
bajo el ala del balcón.
Ya viene a traerte alegría
para celebrar tu día,
el tío del acordeón.
Dedicado a quien, por tan poco, llevó
tanto a tantos corazones.
Atentamente;
El niño Gilena