Estimado Pueblo.
Ya estamos en cuaresma.
Corren por estas calles, esas cinco
semanas y media de Cuaresma en las que los muy capillitas andan ya con el
runrún de su Semana Grande. Van y vienen por las calles con ese no sé qué de
espera, mirando el cielo por si refresca o aprieta, que aquí nunca se sabe. Yo,
que de beato tengo más bien poco ,por no decir ná, reconozco que esta
cuarentena siempre me ha caído simpática por la cuenta que le trae a mi
estómago.
Porque es llegar estos días y empezar a
reinar en las casas, en las tascas y en las tabernas esos manjares de toda la
vida que huelen a tradición y a cocina lenta. Entre triduos, campanillas y
sahumerios, se cuela el olor del bacalao, que en Cuaresma manda más que nadie.
En mi mocedad, mi abuela Pepa se tomaba
aquello de la penitencia muy en serio. En cuanto llegaba la temporada,
desterraba de la cocina cualquier carne de bicho que corriera o volara. Y
entonces la casa se llenaba de otros olores: el del bacalao guisándose
despacito en la cocina económica, el del aceite caliente esperando la masa de
los pestiños, o el de las torrijas empapándose en miel. Aquello, claro está,
iba echando alguna libra de más a mis posaderas, pero uno era joven y no estaba
para andarse con cuentas.
A mí nunca me dio pena apartar por un
tiempo las chacinas, las mechás ni los guisos de carne, si a cambio me ponían
por delante un buen repertorio de cuchareo: potaje de tagarninas, papitas con
bacalao, tortillas de espárragos recién cogidos del campo o unas sardinas en
tartera que quitaban el sentío.
Son comidas más ligeritas, dicen, aunque
bien que llenan, y hasta se agradecen cuando febrerillo ,que es más loco que
cuerdo, se pone a apretar a la hora del ángelus y nos planta treinta y tantos
grados en el termómetro como quien no quiere la cosa.
Por esas fechas los naranjos amargos del
pueblo empiezan a perlase de azahar. Ese olor dulce y limpio se queda flotando
por las calles como si fuera el sahumerio natural de la Cuaresma. Y mientras
tanto, en las cocinas, hierven las papas con chocos, se remueve el potaje y se
deja templar el arroz con leche que luego vendrá coronado de canela y peladura
de limón.
Las tardes se alargan entonces con una
calma muy nuestra. El sol parece que se queda remoloneando por las azoteas,
como perrillo faldero que no quiere irse todavía. Y justo cuando el cuerpo
empieza a pedir algo dulce, llega la merienda de esta santa cuarentena:
torrijas de miel o de leche, pestiños con ajonjolí, rosquillas de nata…
Y así, entre cucharas, dulces y olores de
azahar, hasta el menos creyente acaba entendiendo que algo tendrá la Cuaresma
cuando el pueblo entero sabe a gloria.
Atentamente;
El niño gilena.
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