13 marzo 2026

YA ESTAMOS EN CUARESMA

 


Estimado Pueblo.

Ya estamos en cuaresma.

Corren por estas calles, esas cinco semanas y media de Cuaresma en las que los muy capillitas andan ya con el runrún de su Semana Grande. Van y vienen por las calles con ese no sé qué de espera, mirando el cielo por si refresca o aprieta, que aquí nunca se sabe. Yo, que de beato tengo más bien poco ,por no decir ná, reconozco que esta cuarentena siempre me ha caído simpática por la cuenta que le trae a mi estómago.

Porque es llegar estos días y empezar a reinar en las casas, en las tascas y en las tabernas esos manjares de toda la vida que huelen a tradición y a cocina lenta. Entre triduos, campanillas y sahumerios, se cuela el olor del bacalao, que en Cuaresma manda más que nadie.

En mi mocedad, mi abuela Pepa se tomaba aquello de la penitencia muy en serio. En cuanto llegaba la temporada, desterraba de la cocina cualquier carne de bicho que corriera o volara. Y entonces la casa se llenaba de otros olores: el del bacalao guisándose despacito en la cocina económica, el del aceite caliente esperando la masa de los pestiños, o el de las torrijas empapándose en miel. Aquello, claro está, iba echando alguna libra de más a mis posaderas, pero uno era joven y no estaba para andarse con cuentas.

A mí nunca me dio pena apartar por un tiempo las chacinas, las mechás ni los guisos de carne, si a cambio me ponían por delante un buen repertorio de cuchareo: potaje de tagarninas, papitas con bacalao, tortillas de espárragos recién cogidos del campo o unas sardinas en tartera que quitaban el sentío.

Son comidas más ligeritas, dicen, aunque bien que llenan, y hasta se agradecen cuando febrerillo ,que es más loco que cuerdo, se pone a apretar a la hora del ángelus y nos planta treinta y tantos grados en el termómetro como quien no quiere la cosa.

Por esas fechas los naranjos amargos del pueblo empiezan a perlase de azahar. Ese olor dulce y limpio se queda flotando por las calles como si fuera el sahumerio natural de la Cuaresma. Y mientras tanto, en las cocinas, hierven las papas con chocos, se remueve el potaje y se deja templar el arroz con leche que luego vendrá coronado de canela y peladura de limón.

Las tardes se alargan entonces con una calma muy nuestra. El sol parece que se queda remoloneando por las azoteas, como perrillo faldero que no quiere irse todavía. Y justo cuando el cuerpo empieza a pedir algo dulce, llega la merienda de esta santa cuarentena: torrijas de miel o de leche, pestiños con ajonjolí, rosquillas de nata…

Y así, entre cucharas, dulces y olores de azahar, hasta el menos creyente acaba entendiendo que algo tendrá la Cuaresma cuando el pueblo entero sabe a gloria.

Atentamente;

El niño gilena.


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