24 abril 2026
CARACOLES
10 abril 2026
MARTINITOS
Estimado pueblo; espero que al recibir la
presente te encuentres bien, yo hoy cansao.
Son conocidos en toda Andalucía y por
supuesto aquí, en Morón, esos seres menudillos que habitan en la mitología del
sur más sur, mezcla de duendes, nomillos y otras criaturas de tamaño corto y
genio largo. Tienen fama de revoltosos, de traviesos, de dados a meterle el
susto en el cuerpo a la chiquillería cuando menos se lo espera, pero donde de
veras sacan su malaje y afinan la puntería es en la noche callada, cuando el
mundo parece dormido y uno, inocente, se abandona en la almohada como quien se
entrega a la misericordia del sueño.
Es entonces, entre las dos y media y las
cuatro y media ,que es la franja que ellos se reparten como si fuera tierra de
nadie, cuando el martinito se aposenta en las arrugas de la almohada, se
encarama en el borde del desvelo y aguarda. Y uno, sin saber por qué, entreabre
un ojo con la pesadez del sueño a medio hacer… y allí está él, con su risilla
ladeá, mirándote a la cara, haciéndote un gesto con la cabeza como diciendo:
“Ea, ya estoy aquí”. Y en ese mismo instante descarga la mochila de
pensamientos: los quehaceres sin rematar, las preocupaciones más tontas y las
más gordas, los futuros que quién sabe si vendrán, y hasta los recuerdos que
uno creía ya enterrados. Todo revuelto, todo sin orden ni concierto, metiéndose
en la sesera como una bandá de estorninos.
Y ya está hecho el daño. Porque Morfeo,
que venía de camino con su manta de descanso, da media vuelta y se va por donde
vino, dejándolo a uno con los ojos como platos y la cabeza como un avispero. Y
el martinito, tan pancho, sabe que ese rato robado al sueño se va a cobrar su
peaje cuando el sol despunte y el cuerpo pida cuentas.
Hay noches ,no muchas, pero haberlas
haylas, en que no se conforman con una visita. Será que no tienen otro cortijo
donde pastar o que le han cogido a uno el gusto, pero repiten. Y entonces sí
que la hemos hecho buena, si la primera la adelantan de la una a las tres, y la
segunda la clavan de cinco a seis, el día se vuelve una eternidad cuesta
arriba, de esas que no hay café que las enderece ni sombra que las alivie.
No he encontrado todavía remedio que
valga para espantar a estos condenaos duendecillos. Ni rezo, ni vuelta de
almohada, ni contar ovejas. Alguien me dijo una vez que acuden más conforme a
uno se le van marcando las arrugas y clareando el pelo o poniéndose tordo, que
de niño o de mozo no se atreven tanto, y que ya de viejo, cuando el sueño es
ligero como pluma, poco pueden quitarle a quien ya de eso gasta poco..
Mi amigo Juan jura que ha dado con un
alivio, aunque sea chico: la siesta a la alemana. Que no es otra cosa que
echarse una cabezadita no a las tres de la tarde, después del parte y el
gazpacho bien despachao, sino a las siete y media de la mañana, antes del café
de pucherete y la tostá con aceite. Dice que así alivia el paso a los martinitos,
que se quedan descolocaos. Yo no sé si será verdad o ganas de probar cosas
nuevas.
Pero, como dijo El Gallo, hay gente pa
tó.
Atentamente;
El niño Gilena.
09 abril 2026
LA LEGAÑA
Estimado Pueblo.
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo mosqueado por la incompetencia.
Vive uno persuadido ,iluso de él, de que
la hermosura, cuando se presenta, lo hace con cierto pudor, sin estridencias,
como quien no quiere llamar demasiado la atención sobre sí misma. Tal
pensamiento acude a la mente al contemplar la plaza de la Victoria en esos días
en que, desalojada de carruajes modernos y otros estorbos de la prisa
cotidiana, para recibir el cortejo procesional, parece recordar que un día fue
digna de ser mirada.
Entonces sí, las casas, recién encaladas,
relucen con esa blancura que no admite réplica; los naranjos, cargados de
azahar, perfuman el aire con una insistencia que roza la impertinencia; una
cigüeña, más respetable que muchos vecinos, preside su nido como si de
autoridad legítima se tratase; y la luna, redonda, entera, sin tacha, se
encarama sobre la torre campanario de San Miguel, con la suficiencia de quien
sabe que no tiene rival.
Todo parece dispuesto, pues, para que el
espectador ,criatura débil, se abandone al deleite sin reservas. Y justo en ese
momento, cuando el alma comienza a creerse feliz, aparece la legaña.
Porque no hay ojo hermoso con ella, ni
cuadro costumbrista feo con su borrón, y si el lector dudase de esta verdad
filosófica, acérquese a la referida plaza y hallará la prueba en cuatro sólidos
de geometría dudosa, de colores que no sabría decidir si atribuir al capricho o
al castigo, contenedores, los llaman, como si el nombre bastase para disculpar
su atrevimiento.
Allí plantados ,firmes, obstinados,
satisfechos de su misión antiestética rompen la escena con la misma delicadeza
con que un manotazo corrige un lienzo de Federico de Madrazo. Y no contentos
con existir, lo hacen con una alegría cromática tan desvergonzada que uno
sospecha que no ignoran el daño que causan, sino que lo celebran.
Dirá alguno que son necesarios. Y no seré
yo quien niegue tal evidencia, que tampoco niego la utilidad del barro, aunque
procure no llevarlo en los zapatos cuando entro en casa ajena. Lo que asombra y
aun entristece, no es su presencia, sino su descaro; no su función, sino su
emplazamiento, digno de mejor causa o de peor gusto.
Porque, ¿tan ardua empresa sería
desplazar la legaña al rincón que le corresponde? ¿Tan costoso cubrirla,
disimularla, o al menos educarla en el arte de no interrumpir la dicha ajena?
Mucho me temo que no, pero también temo y con mayor fundamento que entre
nosotros el remedio más sencillo suele ser el menos practicado.
Y así seguimos: contemplando la belleza a
medias, resignándonos al borrón, llamando costumbre a lo que no es sino
descuido.
Que en Moron,ya lo sospechaba, no hay
cosa más permanente que lo que podría quitarse mañana.
Atentamente;
El niño Gilena.
LOS KARINDAS
Estimado pueblo.
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo en equilibrio.
Corrían los años ochenta del pasado siglo
que ya suenan lejanos, pero aún nos guiñan un ojo desde la memoria, cuando
recaló en Morón de la Frontera una estampa de otro tiempo: la de unos
funambulistas que, buscándose la vida, parecían escapados de una litografía
antigua.
Se asentaron en la Plaza de la Victoria,
y allí, a bombo y platillo, anunciaron el prodigio: que por la módica cantidad
de la voluntad “quien la tuviera, que no eran todos, porque la pobreza aún se
sentaba en demasiadas casas” podrían grandes y pequeños gozar de un espectáculo
como pocos.
Y no era para menos lo prometido. Desde
el arranque mismo de la plaza, un hombre treparía hasta lo más alto de la torre
que corona la iglesia, la que da nombre y cobijo al lugar. Y, por si el vértigo
no bastara, decían también que, tendido un cable en el aire, y acoplada a él
una motocicleta Montesa ,más preparada que un bachiller en Salamanca, uno de
aquellos hombres cruzaría los cielos del pueblo montado en ella, como si el
suelo no tuviera ya jurisdicción sobre su destino.
Los Karindas se llamaban ,si la memoria
no me hace trampas, venidos desde su Marruecos natal, con ese aire de
encantadores de serpientes y de últimos custodios de un arte antiguo: el de
entretener, sorprender y dejar en los ojos ajenos imágenes que no se borran.
Y vaya si lo lograron. No cabía un
moronero más en la plaza, ni faltó quien viniera de los pueblos vecinos,
atraído por la novedad. Aquello era un hervidero de expectación: niños subidos
a los hombros, mujeres santiguándose a media voz, hombres con la mirada fija en
lo alto y un celta en la boca, como si temieran que el cielo se viniera abajo
con cada paso del equilibrista.
Yo, por mi parte, no supe nunca si lo
recogido entre gorra y platillo colmó sus necesidades; pero sí sé que las mías
quedaron satisfechas para siempre. Encaramado a los escalones de la antigua
Cilla de la Victoria ,que por entonces hacía las veces de sede del club de
pesca” El Galápago”, contemplé aquello con los ojos abiertos de par en par, y
se me quedó grabado, como hierro candente, en lo más hondo de la sesera.
Luego vinieron los aplausos, que ellos
recogían casi como se recoge la cosecha, en cestillas humildes. Recogieron sus
bártulos, plegaron su vida ambulante y siguieron su camino por las plazas de
España, jugándose el pellejo en cada función, como quien no tiene otra herencia
que el riesgo.
Un par de meses después en el parte que mi
padre veía en la televisión como misa diaria comentaron que llegaron a Madrid,
y en las fiestas de San Isidro presentaron su número, siempre nuevo y siempre
el mismo, adaptado a la gravedad del lugar y del momento.
Pero quiso la fatalidad ,que también
tiene su palco en los espectáculos humanos, que aquel mismo día del santo
labrador los periódicos trajeran la noticia en la sección de sucesos: había
muerto el acróbata Julián de la Horra, de treinta y cinco años, integrante de
aquel grupo. Cayó durante la exhibición en la abarrotada Plaza de España, donde
el cable, tendido a más de ochenta metros de altura, descendía hacia la calle
Bailén. Se deslizaba sujeto por el pie, con una correa que, traicionera, se
rompió.
Y así, como había vivido, se fue:
suspendido entre el aplauso y el silencio, entre el asombro y la desgracia.
Y a uno, que lo vio una tarde en Morón
desafiando al cielo, no le queda sino pensar que hay oficios que no se
aprenden, sino que se llevan en la sangre… aunque la vida se vaya en ello.
Atentamente:
El niño Gilena