En esta bendita tierra de Morón, cuando la primavera empieza a
desperezarse camino del verano y la feligresía, como obedeciendo a un mandato
antiguo, se despoja de rebequitas y jerséis, remangándose las camisas en esas
tardes que parecen querer eternizarse en la cal de las paredes, hacen su
aparición ,como si vinieran convocados por un rito humilde y milagroso, “LOS
CARACOLES”.
Ese guisillo de pobres, que prefiere vivir en los cardanchos antes
que presumir en un rosal, trae consigo la lección callada de la sencillez,
pequeño, silencioso, casi invisible, pero dueño de un sabor que levanta
tertulias y convoca memorias. Hervidos en agua que parece bendita, con su ajo
machacao, su pimienta, su hinojo y su comino, y coronados con esa mijita de sal
que nunca sobra ni falta, llegan a los veladores como quien no quiere la cosa,
pero sabiéndose protagonistas.
Y es entonces, alrededor de ese manjar que nunca
fue casado con pan de etiqueta ni con picos ni regañás, como manda la tierra y
refrescado con una cañita helada que alivia los calores que ya se barruntan,
cuando se abre la verdadera liturgia, la de la palabra compartida. Surgen las
charlas de taberna, las risas sin medida, las anécdotas que se agrandan al
contarse, todo ello sin mantel ni plato hondo, porque aquí la mejor cubertería
que se ha inventado nunca son las manos que buscan, la boca que sorbe y ese
palillo ,bendito instrumento, que ayuda a sacar el toro a los medios.
Y cómo no
recordar, los que tenemos por patria chica estos rincones encalaos, alguna
estampa que se quedó prendida para siempre en la memoria, una tarde-noche de
caracoleo con amigos, con el bullicio justo y la felicidad sin aspavientos, o
aquel caldito “apretao” en Retamares, mientras la novia escuchaba y sonreía, y
la dama de noche, coqueta y silenciosa, iba dejando su reguero de perfume por la
carrera, como si quisiera también sentarse a la mesa invisible de aquel
instante.
Pero es que, además, la temporada de los caracoles tiene la medida
exacta de las cosas buenas: llega sin hacer ruido y se va casi sin despedirse.
Es breve como el buen vino, que se disfruta sabiendo que se acaba, y por eso
mismo se queda más hondo en el recuerdo. Dura lo justo para hacerse querer, lo
necesario para dejar poso, y se marcha dejándonos esa añoranza dulce de lo que
fue bueno, por breve y por nuestro.
Porque el tiempo de los caracoles no es solo
una estación: es una manera de estar en el mundo, una pausa sabrosa en la prisa,
un recuerdo que siempre vuelve cuando el aire empieza a oler a verano.
PD,
Dedicado a mis amigos Juan Solano y Francisco “El Anchoa”, compañeros de risas,
de caldo y de vida, a los que se les echa de menos, para dondequiera que estén,
no les falte nunca un plato de caracoles humeantes, una cañita fría… y una buena
tertulia que llevarse a la boca.
Atentamente;
El niño Gilena.
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