Estimado pueblo; espero que al recibir la
presente te encuentres bien, yo hoy cansao.
Son conocidos en toda Andalucía y por
supuesto aquí, en Morón, esos seres menudillos que habitan en la mitología del
sur más sur, mezcla de duendes, nomillos y otras criaturas de tamaño corto y
genio largo. Tienen fama de revoltosos, de traviesos, de dados a meterle el
susto en el cuerpo a la chiquillería cuando menos se lo espera, pero donde de
veras sacan su malaje y afinan la puntería es en la noche callada, cuando el
mundo parece dormido y uno, inocente, se abandona en la almohada como quien se
entrega a la misericordia del sueño.
Es entonces, entre las dos y media y las
cuatro y media ,que es la franja que ellos se reparten como si fuera tierra de
nadie, cuando el martinito se aposenta en las arrugas de la almohada, se
encarama en el borde del desvelo y aguarda. Y uno, sin saber por qué, entreabre
un ojo con la pesadez del sueño a medio hacer… y allí está él, con su risilla
ladeá, mirándote a la cara, haciéndote un gesto con la cabeza como diciendo:
“Ea, ya estoy aquí”. Y en ese mismo instante descarga la mochila de
pensamientos: los quehaceres sin rematar, las preocupaciones más tontas y las
más gordas, los futuros que quién sabe si vendrán, y hasta los recuerdos que
uno creía ya enterrados. Todo revuelto, todo sin orden ni concierto, metiéndose
en la sesera como una bandá de estorninos.
Y ya está hecho el daño. Porque Morfeo,
que venía de camino con su manta de descanso, da media vuelta y se va por donde
vino, dejándolo a uno con los ojos como platos y la cabeza como un avispero. Y
el martinito, tan pancho, sabe que ese rato robado al sueño se va a cobrar su
peaje cuando el sol despunte y el cuerpo pida cuentas.
Hay noches ,no muchas, pero haberlas
haylas, en que no se conforman con una visita. Será que no tienen otro cortijo
donde pastar o que le han cogido a uno el gusto, pero repiten. Y entonces sí
que la hemos hecho buena, si la primera la adelantan de la una a las tres, y la
segunda la clavan de cinco a seis, el día se vuelve una eternidad cuesta
arriba, de esas que no hay café que las enderece ni sombra que las alivie.
No he encontrado todavía remedio que
valga para espantar a estos condenaos duendecillos. Ni rezo, ni vuelta de
almohada, ni contar ovejas. Alguien me dijo una vez que acuden más conforme a
uno se le van marcando las arrugas y clareando el pelo o poniéndose tordo, que
de niño o de mozo no se atreven tanto, y que ya de viejo, cuando el sueño es
ligero como pluma, poco pueden quitarle a quien ya de eso gasta poco..
Mi amigo Juan jura que ha dado con un
alivio, aunque sea chico: la siesta a la alemana. Que no es otra cosa que
echarse una cabezadita no a las tres de la tarde, después del parte y el
gazpacho bien despachao, sino a las siete y media de la mañana, antes del café
de pucherete y la tostá con aceite. Dice que así alivia el paso a los martinitos,
que se quedan descolocaos. Yo no sé si será verdad o ganas de probar cosas
nuevas.
Pero, como dijo El Gallo, hay gente pa
tó.
Atentamente;
El niño Gilena.
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