31 marzo 2026

MARTES SANTO ,SALESIANOS, TARDE DE SOL PRIMAVERA

 

Estimado pueblo, espero que al recibir la presente te encuentre bien, yo no me quejo.

Martes Santo, salesianos tarde de sol primavera.

Como una caricia antigua sobre las fachadas encaladas del pueblo, me quedo quieto en la sombra tibia del pozo nuevo, siento pasar la vida ,lenta, dorada, mientras la cofradía se derrama por la calle como un río contenido que, al fin, encuentra su cauce.

Todo es solemnidad y temblor. Hay en el aire una mezcla delicada: severidad castellana, honda, casi ascética, y ese suspiro andaluz que no sabe callarse del todo. Los nazarenos avanzan, silenciosos, dejando caer lágrimas de cera sobre el suelo caliente; pequeñas constelaciones derretidas que los niños miran con deseo, como si fueran dulces prohibidos. Y lo son, la infancia siempre quiere lo que el rito niega.

La mayordomía, repeinada y grave, sostiene faroles que tiemblan apenas, como si también ellos respiraran. Los monaguillos, con manos de azahar, reparten estampas ,pedacitos de eternidad impresa, mientras el incienso, azul y lento, dibuja en el aire una memoria que no es de ahora, sino de siempre.

Y entonces… el silencio.

Un silencio añejo, intacto, que no pertenece a este día ni a esta hora, sino a todos los que fueron. Huele a naranjo amargo y a crepúsculo. Huele a lo que se va quedando. El rachear de las alpargatas de esparto marca un compás humilde, terreno, mientras una voz casi un susurro ordena:

“Derecha alante…”. GUENO

Y todo obedece, como si la palabra tuviera raíz en la tierra.

Pasa el Crucificado. Y con Él, el tiempo.

Pero el silencio es frágil. Dura lo justo, lo necesario. Apenas el paso se aleja, vuelve la vida inevitable, el cuchicheo, la risa contenida, el “pídeme una cañita”, el niño que sopla su trompeta de fuchina sin saber que ha roto un misterio.

Nunca fuimos muy marciales. El cortejo se afloja, se humaniza, se descompone dulcemente. Más incienso ,o quizá es la tarde que se vuelve más tierna, envuelve a los antiguos hermanos, que miran con ojos vidriosos, donde caben los años y las túnicas que ya no visten.

Las señoras, de cabello nacarado y chaquetita clara, se santiguan con una elegancia heredada. Un nazareno me entrega una estampa del Cristo de la Buena Muerte; otro ofrece a mi Mariquilla un caramelo, como si quisiera endulzarle la espera y, de paso, la vida.

Y llega Ella.

Amargura ,nombre de flor y herida, encerrada en plata, bajo un cielo de oro y terciopelo que pesa como un sueño de siesta. Se mece. No anda: se mece, como si el dolor tuviera música. Y la tiene. Suena en la banda, en las corcheas que se deslizan como lágrimas ordenadas.

La gente se levanta en la taberna de la Cuesta de la Luz. Hay un respeto que no se aprende, que se hereda en silencio. Los costaleros de refresco, con el costal aún húmedo de esfuerzo, la miran orgullosos mientras exhalan el humo de la “CIGARRÀ”pequeñas nubes humanas que se disuelven en la tarde.

 

Y todo termina en un último acorde suspendido, en un aire que ya es recuerdo antes de apagarse.

A lo lejos, como una luna humilde y festiva, aparece el hombre de los globos. Colores que tiemblan, trompetas de plástico dorado, risas de niños que no entienden de muerte ni de gloria. Y en ese contraste tan puro, tan inevitable regresamos a la realidad.

O quizás no.

Quizá nunca nos fuimos.

 

Atentamente;

El niño Gilena

23 marzo 2026

LA CARA B DE LOS 80

 

Estimado pueblo,

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo un poco ochentero.

 

Hubo un tiempo en que los años ochenta se nos quedaron grabados como una postal luminosa, una especie de álbum de recuerdos donde la música hacía de bandera y las tardes tenían nombre salón recreativo. En los salones del Pozo Nuevo o en la calle Utrera, la vida cabía en una pantalla de Donkey Kong y en la promesa de superar el siguiente nivel del Ghost and goblins . Los cines se llenaban como si en la oscuridad compartida encontráramos una patria común, viendo a Indiana Jones correr delante de la roca o dejándonos llevar por la épica de galaxias muy lejanas.

Pero toda memoria tiene su revés, su cara B, ese lugar donde el brillo se apaga un poco y la realidad pide la palabra.

Porque no todos salíamos en los récords ni teníamos el último disco de Mecano. También estaban los días en que la mili “ese extraño paréntesis de vida obligada” te enseñaba más de la vida que de la patria: a hacer amigos deprisa, a escaquearte mejor y a doblar una sábana con disciplina discutible. Daba igual que el cuartel estuviera a 16,5 kilómetros de casa; la distancia verdadera era otra, más difícil de medir.

Y luego estaba el trabajo, cuando lo había. Un territorio sin horarios de salida, sin derechos que se nombraran en voz alta. Sabías cuándo entrabas, pero no cuándo terminabas. Y si los astros se alineaban, te daban de alta como quien concede una medalla invisible.

En esa cara B también habitaron las ausencias. Las que dejaron las drogas, llevándose por delante a conocidos, a vecinos, a veces a amigos. No siempre por vicio, muchas veces por ignorancia, por falta de respuestas en un tiempo que apenas hacía preguntas.

La pobreza seguía teniendo nombre propio. Había quien en el recreo del “Llanete” pedía un bocado del bocadillo no por gula, sino por hambre. Algunos recordarán a aquellos dos hermanos de la calle Humanes, vendiendo escobones de palma cuando deberían estar jugando, aprendiendo la infancia en lugar de sobrevivirla.

Y estaban las familias que se movían como si fueran estaciones del año, recorriendo la piel de toro y cruzando fronteras para sostener otro invierno: vendimias en Francia, melocotones en Calanda, fresas en Huelva, aceitunas en Jaén. En esos viajes se quedaban atrás las clases, los amigos, las tardes de moras, como si el calendario se rompiera en mil pedazos.

También había silencios más duros. Noches en las que el alcohol desordenaba la casa y obligaba a los más pequeños a crecer de golpe: cuidar animales, hacerse cargo de lo que quedaba, aprender demasiado pronto que la infancia no siempre es un derecho.

Por eso conviene no olvidar que aquellos años no fueron solo videoclubs, break dance o canciones de Alaska. También hubo “Tinahores” que limpiar, cocinas en Ibiza de jornadas titánicas, oficinas donde se vendían cuentos que no eran cuentos y madrugadas cargando cajas de pollos.

La memoria, si quiere ser justa, tiene que saber mirar en ambas direcciones. Porque la nostalgia, cuando olvida la cara B, deja de ser recuerdo y se convierte en ficción.

Atentamente;

El niño gilena


13 marzo 2026

YA ESTAMOS EN CUARESMA

 


Estimado Pueblo.

Ya estamos en cuaresma.

Corren por estas calles, esas cinco semanas y media de Cuaresma en las que los muy capillitas andan ya con el runrún de su Semana Grande. Van y vienen por las calles con ese no sé qué de espera, mirando el cielo por si refresca o aprieta, que aquí nunca se sabe. Yo, que de beato tengo más bien poco ,por no decir ná, reconozco que esta cuarentena siempre me ha caído simpática por la cuenta que le trae a mi estómago.

Porque es llegar estos días y empezar a reinar en las casas, en las tascas y en las tabernas esos manjares de toda la vida que huelen a tradición y a cocina lenta. Entre triduos, campanillas y sahumerios, se cuela el olor del bacalao, que en Cuaresma manda más que nadie.

En mi mocedad, mi abuela Pepa se tomaba aquello de la penitencia muy en serio. En cuanto llegaba la temporada, desterraba de la cocina cualquier carne de bicho que corriera o volara. Y entonces la casa se llenaba de otros olores: el del bacalao guisándose despacito en la cocina económica, el del aceite caliente esperando la masa de los pestiños, o el de las torrijas empapándose en miel. Aquello, claro está, iba echando alguna libra de más a mis posaderas, pero uno era joven y no estaba para andarse con cuentas.

A mí nunca me dio pena apartar por un tiempo las chacinas, las mechás ni los guisos de carne, si a cambio me ponían por delante un buen repertorio de cuchareo: potaje de tagarninas, papitas con bacalao, tortillas de espárragos recién cogidos del campo o unas sardinas en tartera que quitaban el sentío.

Son comidas más ligeritas, dicen, aunque bien que llenan, y hasta se agradecen cuando febrerillo ,que es más loco que cuerdo, se pone a apretar a la hora del ángelus y nos planta treinta y tantos grados en el termómetro como quien no quiere la cosa.

Por esas fechas los naranjos amargos del pueblo empiezan a perlase de azahar. Ese olor dulce y limpio se queda flotando por las calles como si fuera el sahumerio natural de la Cuaresma. Y mientras tanto, en las cocinas, hierven las papas con chocos, se remueve el potaje y se deja templar el arroz con leche que luego vendrá coronado de canela y peladura de limón.

Las tardes se alargan entonces con una calma muy nuestra. El sol parece que se queda remoloneando por las azoteas, como perrillo faldero que no quiere irse todavía. Y justo cuando el cuerpo empieza a pedir algo dulce, llega la merienda de esta santa cuarentena: torrijas de miel o de leche, pestiños con ajonjolí, rosquillas de nata…

Y así, entre cucharas, dulces y olores de azahar, hasta el menos creyente acaba entendiendo que algo tendrá la Cuaresma cuando el pueblo entero sabe a gloria.

Atentamente;

El niño gilena.