Estimado pueblo, espero que al recibir la
presente te encuentre bien, yo no me quejo.
Martes Santo, salesianos tarde de sol primavera.
Como una caricia antigua sobre las
fachadas encaladas del pueblo, me quedo quieto en la sombra tibia del pozo
nuevo, siento pasar la vida ,lenta, dorada, mientras la cofradía se derrama por
la calle como un río contenido que, al fin, encuentra su cauce.
Todo es solemnidad y temblor. Hay en el
aire una mezcla delicada: severidad castellana, honda, casi ascética, y ese
suspiro andaluz que no sabe callarse del todo. Los nazarenos avanzan, silenciosos,
dejando caer lágrimas de cera sobre el suelo caliente; pequeñas constelaciones
derretidas que los niños miran con deseo, como si fueran dulces prohibidos. Y
lo son, la infancia siempre quiere lo que el rito niega.
La mayordomía, repeinada y grave,
sostiene faroles que tiemblan apenas, como si también ellos respiraran. Los
monaguillos, con manos de azahar, reparten estampas ,pedacitos de eternidad
impresa, mientras el incienso, azul y lento, dibuja en el aire una memoria que
no es de ahora, sino de siempre.
Y entonces… el silencio.
Un silencio añejo, intacto, que no
pertenece a este día ni a esta hora, sino a todos los que fueron. Huele a naranjo
amargo y a crepúsculo. Huele a lo que se va quedando. El rachear de las
alpargatas de esparto marca un compás humilde, terreno, mientras una voz casi
un susurro ordena:
“Derecha alante…”. GUENO
Y todo obedece, como si la palabra
tuviera raíz en la tierra.
Pasa el Crucificado. Y con Él, el tiempo.
Pero el silencio es frágil. Dura lo
justo, lo necesario. Apenas el paso se aleja, vuelve la vida inevitable, el
cuchicheo, la risa contenida, el “pídeme una cañita”, el niño que sopla su
trompeta de fuchina sin saber que ha roto un misterio.
Nunca fuimos muy marciales. El cortejo se
afloja, se humaniza, se descompone dulcemente. Más incienso ,o quizá es la
tarde que se vuelve más tierna, envuelve a los antiguos hermanos, que miran con
ojos vidriosos, donde caben los años y las túnicas que ya no visten.
Las señoras, de cabello nacarado y
chaquetita clara, se santiguan con una elegancia heredada. Un nazareno me
entrega una estampa del Cristo de la Buena Muerte; otro ofrece a mi Mariquilla
un caramelo, como si quisiera endulzarle la espera y, de paso, la vida.
Y llega Ella.
Amargura ,nombre de flor y herida,
encerrada en plata, bajo un cielo de oro y terciopelo que pesa como un sueño de
siesta. Se mece. No anda: se mece, como si el dolor tuviera música. Y la tiene.
Suena en la banda, en las corcheas que se deslizan como lágrimas ordenadas.
La gente se levanta en la taberna de la
Cuesta de la Luz. Hay un respeto que no se aprende, que se hereda en silencio.
Los costaleros de refresco, con el costal aún húmedo de esfuerzo, la miran
orgullosos mientras exhalan el humo de la “CIGARRÀ”pequeñas nubes humanas que
se disuelven en la tarde.
Y todo termina en un último acorde
suspendido, en un aire que ya es recuerdo antes de apagarse.
A lo lejos, como una luna humilde y
festiva, aparece el hombre de los globos. Colores que tiemblan, trompetas de
plástico dorado, risas de niños que no entienden de muerte ni de gloria. Y en
ese contraste tan puro, tan inevitable regresamos a la realidad.
O quizás no.
Quizá nunca nos fuimos.
Atentamente;
El niño Gilena
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