09 julio 2026

AQUELLOS VERANEOS

 


 Estimado pueblo espero que al recibo de la presente te encuentres bie,porque yo, por mi parte, ando ya al borde de la rendición,” Que calor”.

 

Hoy, cuando el Lorenzo ,ese viejo dios inclemente que gobierna los mediodías de julio en Moron, me obliga a permanecer recogido entre paredes, con más miedo al resplandor de la calle que a la propia soledad, me ha venido a la memoria aquel tiempo en que las vacaciones aún tenían el nombre sencillo de “ Veraneo” y el calor no era una amenaza anunciada en los telediarios, sino una parte más del paisaje, una condición natural del moronero.

Entonces no había piscinas con nombres modernos ni complejos de agua con música y sombrillas alineadas. Había albercas, charcos, pozos y riberas. Había lugares que no necesitaban más decoración que una piedra desde la que lanzarse al agua y una pandilla dispuesta a convertir cualquier remanso en un territorio de aventuras.

Recuerdo aquellos nombres que todavía conservan en la memoria el eco de la infancia: el charco el Charcal, el pozo del Salao, el charco Pajarito, las junta de los ríos por tierras de Coripe. Allí aprendimos que la felicidad podía caber en una corriente de agua fresca, en una tarde interminable y en una cámara vieja de camión que, con la imaginación suficiente, se convertía en una embarcación capaz de surcar mares imposibles.

No sabíamos de peligros ni de advertencias. Éramos dueños de una libertad que hoy parece casi un recuerdo inventado. Bastaba una bicicleta, unos amigos y el deseo de encontrar cualquier rincón donde el verano pudiera ser vencido.

También estaban aquellas expediciones a las “vereas”, cuando la tarde daba una tregua y el calor permitía aventurarse por caminos polvorientos en busca de algún fruto prohibido. Los higos chumbos eran entonces una especie de tesoro vegetal, aunque su conquista tuviera como precio acabar lleno de pequeñas espinas que luego aparecían en los dedos, en la ropa y hasta en lugares donde uno no sabía que podían llegar.

Y qué decir de aquellas incursiones por la viña del Ciprés, donde los melones y las uvas eran tomados en calidad de préstamo, porque en nuestra particular filosofía infantil la palabra robar sonaba demasiado seria y nosotros solo pretendíamos adelantarle al tiempo el disfrute de aquello que la naturaleza ofrecía.

De tarde en tarde, como si fuese un acontecimiento extraordinario reservado para los días grandes, peregrinábamos a la playa. Aquel viaje comenzaba mucho antes de pisar la arena. Había que levantarse cuando todavía la noche andaba desperezándose, preparar los bártulos como si fuéramos una expedición militar y emprender el camino hacia Conil o Chipiona, después de dos paradas para echarle agua al R5, una tostada con zurrapa de manteca que hoy estaría prohibida por cualquier facultativo y casi cuatro horas de carretera, asentábamos el campamento.

Después venían las horas de sol, las olas, la sal pegada a la piel y ese cansancio feliz del regreso. Volvíamos con la piel encendida, con el color imposible de quien ha pasado demasiadas horas bajo el cielo, y con los hombros comenzando ya ese lento desprendimiento de pellejos que dejaba el verano escrito sobre el cuerpo como una pequeña cicatriz de juventud.

Pero si hubo un territorio verdaderamente nuestro fueron aquellas noches, si y digo noches de piscina. No tanto por el agua, sino por la emoción del secreto. Saltar aquellas tapias cuando la luna vigilaba desde arriba, contener la respiración ante cualquier ruido inesperado y sentir ese instante de aventura compartida que hacía que una simple zambullida pareciera una hazaña memorable.

Ahora, cuando los años han ido poniendo distancia entre aquellos días y nosotros, uno comprende que no era el agua, ni la playa, ni los melones, ni las bicicletas lo que hacía especial aquel tiempo. Era la ausencia de prisas, la amistad sin condiciones, la calle como territorio común y esa riqueza humilde de quienes tenían poco, pero sabían disfrutarlo todo.

Fueron veraneos sin grandes comodidades, sin excesos y sin apenas dinero. Pero estaban llenos de algo que hoy resulta más difícil de encontrar: la alegría limpia de vivir, la juventud sin calendario y la certeza de que cualquier tarde podía convertirse, sin saberlo, en un recuerdo para toda la vida.

 

Atentamente;

El niño Gilena.

 

PD. No existe un verdadero verano sin amigos, para JUAN,PACO,FRAN Y JUANITO Los de siempre.


01 julio 2026

ORGULLO Y PREJUICIO

 

Estimado pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo hoy muy colorido.

 

Hay lugares que no son calles ni plazas, son páginas del recuerdo. Basta volver a ellos para que el tiempo, tan empeñado siempre en seguir escapando, se siente un rato a nuestro lado y se ponga a conversar con nosotros.

Me ocurrió hace unos días por los pagos de la Alameda, allí donde el gallo da la bienvenida al que llega y despide al que se marcha.

 El sol caía con esa autoridad de las tardes de veranos nuestros, y una solanera, recién llegada de Arenales, entretenía sus manos en peinar una grandiosa banderola de colorines que ondeaba con el orgullo de quien sabe que representa mucho más que un trozo de tela.

Me detuve a mirarla ,y sin saber por qué, la memoria hizo lo que mejor sabe hacer, poblar de gente los lugares vacíos. Se me dibujó una sonrisa al imaginar una estampa que hoy ya no puede darse, porque el personaje hace tiempo que cambió de barrio y ahora vive en el barrio de los recuerdos. Pero allí estaba, tan claro como si el tiempo hubiera decidido concederme una tregua.

Era “La Fernanda”.

Sonreía junto al mástil con esa alegría limpia que nunca necesitó permiso para existir. Hinchaba el pecho como quien se siente, aunque solo fuera por unos días, la verdadera estrella de la fiesta. Porque tenía ese don que la vida concede a muy pocos, el de hacer de su manera de ser un motivo de celebración y no de disculpa.

Me senté entonces en uno de los bancos que escoltan los viejos pabellones militares y dejé que la imaginación se mezclara con la memoria. Pensé en aquellos años de plomo, cuando a demasiadas personas les tocó vivir escondiendo lo más sencillo y lo más difícil del mundo, querer. Bastaba amar de otra manera para recibir como pedradas palabras que hoy avergüenzan más a quien las pronunciaba que a quien las sufría. "Maricón", "bujarrón", "tortillera", "machorra"... Cuántas veces aquellas voces hicieron más daño que una bofetada. Cuántos tuvieron que aprender a reír por fuera mientras se desangraban por dentro.

Por eso, cuando llega el 28 de junio y esa bandera vuelve a besar el cielo, uno comprende que no celebra únicamente una fiesta celebra una conquista. La de poder mirar de frente. La de no pedir perdón por ser quien se es. La de entender, por fin, que el amor y el deseo jamás necesitaron permiso de nadie para ser digno.

Y levanté mi cigarrillo como quien brinda con Vega Sicila

No solo por quienes hoy pueden vivir con la naturalidad que durante tanto tiempo les fue negada, sino por quienes abrieron el camino cuando caminar costaba insultos, desprecios, silencios y demasiadas soledades.

Brindé por los que conocí y por los que ya no están.

Por “el Momo”, que sin estrella Michelin era capaz de hacer feliz a cualquiera con aquel inolvidable sándwich de cochinito servido en el bujio del tu rincón que sabía a gloria.

Por “el Zoleta”, que con un chiste improvisado y una poca vergüenza bendita era capaz de levantar cualquier sarao, mientras bailaba unas sevillanas que parecían inventadas para él.

Por” Marva loca” y lo mona que tenia la chocilla en los arenales de peluchena.

 

Y hasta brindé por el cura de la Victoria, aunque la Mari me riña.

Cuando el sol empezó a empujarme hacia mi casa, recordé que me aguardaba un salmorejo bien fresco y ese cubo de ensaladilla que hace mi suegra, capaz de reconciliar a cualquiera con el verano y darle de comer a un cuartel de la legión

Me levanté despacio.

Y antes de perder de vista la rotonda, juraría que vi una figura menudita. Llevaba un pantalón rosa, casi de campana, y con el cuerpo ligeramente inclinado me decía adiós con una mano pequeña y una risa que seguía siendo la misma de siempre: limpia, contagiosa, desvergonzadamente feliz.

Le devolví el saludo, no sé si era él o era la memoria haciendo de las suyas.

Pero, por si acaso, seguí caminando con una sonrisa, porque hay personas que no desaparecen nunca. Mientras un pueblo siga pronunciando su nombre con cariño, seguirán paseando por sus calles. Y quizá esa sea la forma más hermosa de no morirse del todo.

Atentamente;

El niño Gilena.


29 junio 2026

NOCHES DE BUCARO Y ENEA

 

Estimado Pueblo:

Espero que te encuentres bien, yo hoy no puedo dormir.

 

Hay veranos que no se marchan nunca. Permanecen escondidos en algún rincón de la memoria, igual que el olor de la tierra cuando recibe el primer cubo de agua al caer la tarde. Basta cerrar los ojos para volver a ellos y escuchar, otra vez, aquel rumor de sillas de enea arrastrándose sobre el acerado, aquellas charlas de los vecinos sin saber que estaban construyendo un país diminuto donde nadie era extraño.

En aquellos años del Moron de nuestra niñez, la calle no era una calle. Era la prolongación de las casas, el salón común donde se refugiaba el vecindario cuando la calima expulsaba de las habitaciones cualquier tentativa de descanso. El calor era un inquilino testarudo que sólo concedía una tregua cuando el sol desaparecía detrás de la Torre Gorda, centinela inmóvil que parecía dar permiso a la noche para comenzar su oficio.

Entonces empezaba un ceremonial tan antiguo como las estaciones.

Las mujeres salían primero, armadas únicamente con sus cubos de lata. Baldeaban la acera con una solemnidad que hoy casi parece litúrgica. El agua corría buscando las junturas del empedrado y levantaba ese perfume irrepetible del verano Aruncitano, mezcla de cal, polvo y tranquilidad. Parecía que la calle respiraba aliviada después de todo un día quemándose bajo el sol.

La cena había sido breve, como correspondía a las noches de junio: gazpacho bien frío, picadillo aliñado con aceite generoso y el remate dulzón de un melón o una sandía abiertos sobre la mesa con la ceremonia de quien parte un tesoro.

Después comparecían las sillas de enea, alineándose frente a las puertas como si aguardaran el inicio de una representación que llevaba celebrándose generaciones enteras.

Los hombres ocupaban las primeras plazas. Camisetas calaítas de verano, pantalones remangados y un Celta sin boquilla consumiéndose despacio entre los dedos. Algunos, quizá por llevarle la contraria al propio descanso, montaban la silla al revés y reposaban los brazos sobre el respaldo mientras el humo ascendía sin prisa hacia un cielo todavía caliente. No eran amigos del abanico. Se quitaban la calor a tragantadas de agua fresca salida del búcaro de barro, cuyo pellejo sudaba igual que la de sus dueños.

Las madres aparecían después, envueltas en aquellos bambitos de flores que parecían inventados para sobrevivir al estío, detrás desembarcaba la chiquillería. Nosotros.

Los más pequeños arrastraban una sillita diminuta de esas que aquí llamamos de feria y un chupete que iba perdiendo la batalla contra el sueño. Los zagalillos llegábamos todavía poseídos por esa impaciencia de quien cree que el día puede alargarse indefinidamente si se sigue jugando.

Y al final hacían su entrada las abuelas.

Con aquellas batitas ligeras de verano, medias hasta media pierna, sandalias sin tacón y un ramo de jazmines recién cortados prendido entre el moño y la memoria. Había en ellas una elegancia que no conocía escaparates. Se abanicaban con la destreza de quien lleva toda una vida domesticando los veranos: unas con abanicos de madera y tela; otras con un simple cartón arrancado de una caja de babuchas, porque cuando aprieta el verano cualquier cosa sirve para mover el aire.

Mientras tanto, la noche iba haciéndose lentamente a sí misma.

Los hombres hablaban de cacerías, de perdigones, de perros que ya no había, de jilgueros mixtos capaces de enamorar a cualquier aficionado y de lo poco que ponían las gallinas cuando el calor les robaba también las ganas de vivir.

Las mujeres, entre un «buenas noches» y un «con Dios», componían esa crónica sentimental del barrio donde convivían la ternura y la malaleche. Comentaban lo hermosa que estaba la hija de Setanita, lo ligera de cascos que había salido la de Fulanita o el achaque que llevaba semanas castigando al marido de Mengano. Todo dicho con esa naturalidad vieja en la que el cotilleo era menos una maldad que una forma de mantener unido el vecindario. Alguna acunaba al más pequeño mientras hablaba sin dejar de mover el brazo con un ritmo tan preciso que parecía aprendido antes incluso que el de andar.

Y nosotros seguíamos jugando, perseguíamos grillos como si fueran animales mitológicos, levantábamos piedras buscando lagartijas o nos sentábamos alrededor de Raspaúra.

“Raspaúra...” qué personaje más grande para unos ojos de niño.

Poseía el raro privilegio de haber convertido la mentira en una forma superior de la verdad. Nos contaba que había visto lobos bajar de la sierra de pozo amargo, que había peleado con culebras más largas que un carro en la Peñagua, que un día pescó un barbo capaz de arrastrar una barca en la Arcilla o que los moros dejaron enterradas monedas de oro y un candil de lo mismo en una cueva de la plata que llega al castillo. Nosotros no dudábamos jamás. ¿Cómo íbamos a hacerlo? Para nuestra inocencia, la palabra de Raspaúra tenía la misma autoridad que los Evangelios.

Y así la noche seguía creciendo.

Algún vecino empezaba a cabecear sobre la silla. Se escapaba el primer ronquido, discreto todavía, mientras los más pequeños dormían ya rendidos sobre el hombro de sus madres. A nosotros se nos abría la boca en un bostezo interminable, esa señal inequívoca de que la cama empezaba a llamarnos por nuestro nombre.

Entonces el ritual llegaba a su desenlace.

Las conversaciones se iban apagando igual que las colillas. Las sillas regresaban lentamente al largo de las casas. Algún último «hasta mañana, si Dios quiere» quedaba suspendido en el aire mientras las puertas se cerraban una detrás de otra.

La calle recuperaba su silencio, sólo quedaban de guardia los grillos, ellos eran los verdaderos serenos de aquellas madrugadas. Custodiaban el sueño del barrio con un concierto humilde y obstinado que nadie agradecía porque todos lo dábamos por eterno. No sabíamos que también los grillos, como los vecinos sentados al fresco, como los búcaros rezumando agua, como las sillas de enea o las historias imposibles de Raspaúra, acabarían convirtiéndose en una especie extinguida de la memoria.

Y acaso por eso, cuando hoy alguna noche de verano trae de nuevo el olor del agua sobre el suelo caliente, no siento que esté recordando mi infancia. Tengo la impresión de que es ella quien, por un instante, vuelve a salir a la puerta para esperarme.

 

Atentamente;

El niño Gilena.


19 junio 2026

CUENTO DEL POZO LA HIEGUERA

 


 

Estimado Pueblo:

Espero que te encuentres bien, hoy te voy a regalar un cuento para dormir la siesta.

 

Por los pagos del Puntal, donde la tarde se demoraba entre el olor a tomillo y la cal cansada de los cortijos, nació una historia que nadie escribió en los papeles, pero que quedó guardada en la memoria secreta de las piedras.

Era una higuera joven entonces. Crecía al borde de un bancal pedregoso, estirándose cada primavera como quien busca una mirada entre la multitud. Frente a ella, un pozo antiguo sostenía el peso de los años con la dignidad silenciosa de los que conocen todos los secretos del campo. Al principio apenas se adivinaban, luego comenzaron a reconocerse en la rutina de las estaciones. La sierra, inmensa y maternal, les hacía de madrina desde el horizonte, velando aquel amor vegetal y subterráneo con sus llagas blancas desde la distancia.

Fue creciendo la higuera. Año tras año fue alargando sus brazos nudosos hasta asomarse al brocal. Desde allí contemplaba las pupilas acuosas de su amado, aquel espejo oscuro donde el cielo acudía cada mañana a peinarse las nubes. Y cuando llegaban los veranos ardientes, cuando el sol rajaba las piedras y las chicharras parecían limar el silencio, la higuera dejaba caer algunas brevas maduras sobre el agua. Descendían despacio, vencidas por su propio peso de miel, como besos almibarados que buscaban la boca sedienta del pozo.

El agua las recibía con un leve estremecimiento. Después las ondas iban abriéndose sobre la superficie igual que una sonrisa.

Así transcurrieron los años.

Pero un día cambió el campo, el mundo, el hombre.

El trajín del cortijo fue apagándose poco a poco. Las bestias dejaron de recorrer los senderos. Los hombres comenzaron a medir las distancias de otra manera y los caminos se hicieron más cortos mientras el tiempo se volvía más rápido. Las puertas permanecieron cerradas durante temporadas enteras y el polvo fue ocupando los lugares que antes pertenecían a las voces.

Sin que nadie pareciera advertirlo, el venero del pozo comenzó a fatigarse. Primero disminuyó el caudal. Luego llegaron las sequías. El agua fue retirándose hacia regiones cada vez más profundas de la tierra hasta quedar convertida en una sombra inmóvil. El brocal siguió siendo el mismo, pero el corazón ya no latía con igual fuerza.

La higuera observó aquella agonía.

Y se fue entristeciendo, se fue secando.

Ya no podía contemplarse en aquellos ojos líquidos donde durante tantos años había reconocido su propia hermosura. Ya no encontraba el reflejo de sus hojas ni el balanceo de sus ramas en aquella superficie cada vez más oscura. Se le fueron secando las brevas antes de madurar. El verdor se volvió ceniza. La savia aprendió lentamente el idioma de la ausencia.

Hasta que una primavera dejó de despertar.

Permaneció erguida algún tiempo, como permanecen las viudas que aún esperan un regreso imposible desde Cuba o Filipinas. Después el viento, la lluvia y los años fueron deshaciendo su figura. Y acabó secándose del todo, convertida en una memoria de madera y silencio.

Pasaron los años.

Los inviernos vinieron y se fueron sin dejar apenas rastro, hasta que llegó una otoñada alegre de aguas abundantes y truenos demorados. Durante noches enteras la lluvia golpeó los bancales abandonados y empapó los barbechos. La sierra, la vieja madrina de aquel amor, volvió a derramar sus bendiciones sobre la tierra.

Entonces ocurrió el milagro.

El pozo sintió regresar la sangre a sus venas de piedra. El venero despertó de su letargo de polvo y arena. El agua volvió a subir desde las entrañas del mundo con una fuerza olvidada, llenando otra vez de vida las paredes húmedas de su cuerpo.

Y esperó, espero una rama, una hoja.

La sombra conocida de aquel amor antiguo asomándose por encima del brocal.

Pero ninguna rama llegó, ninguna hoja acudió a eclipsar el paso de la luna durante las noches de San Juan.

Ninguna breva volvió a caer sobre sus aguas como aquellos besos dulces de otro tiempo.

Fue comprendiendo, poco a poco, que la espera también tiene un límite. Que hay ausencias que ni siquiera los milagros pueden reparar. Y dicen que comenzó a llorar hacia dentro, ocultando el dolor bajo el espejo tranquilo de sus aguas.

Lloró tanto, durante tantos años, que el agua acabó adquiriendo un sabor extraño. Un regusto de pena antigua y de despedida nunca pronunciada. Se volvió salina por la mucha tristeza retenida en sus adentros.

Y los malletes del lugar, que siempre encuentran nombre para las cosas que no entienden, empezaron a llamarlo el Pozo er Salao.

Todos menos uno.

Un pastor de los de charla larga, saludo constante y memoria agradecida, siguió llamándolo de otra manera. Cada vez que pasaba por allí, detenía el paso, apoyaba las manos sobre el cayado y decía mirando al brocal:

“GUENOS DIAS POZO LA HIGERA”

Porque sabía que algunos amores no terminan cuando desaparecen los amantes. Siguen viviendo en el nombre que alguien pronuncia, en la sombra que ya no existe y en la fidelidad de quien todavía recuerda.

Y desde entonces, cuando el viento baja de la sierra y se queda un momento rondando las ruinas del cortijo, hay quien asegura escuchar el ruido leve de una breva cayendo sobre el agua. Como si la higuera, desde algún lugar donde no alcanza la muerte, continuara enviándole besos a su amado.

Atentamente;

El niño Gilena.


12 junio 2026

LA REINA DE LAS ALTURAS

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

 

Hoy, en mi regreso solitario por la Plaza de la Victoria, me sorprendió aquella sensación antigua tan vieja como las calles que uno ha recorrido demasiadas veces, de sentirse observado. Y eso que la tarde había caído sobre Morón con una pesadez casi mineral, de esas que amansan el ánimo de los hombres y adormecen hasta a las chicharras, refugiadas quién sabe dónde de las calores de junio. Sin embargo, después de mirar al cierro del “Cordobes”, levanté la vista por pura inercia, obedeciendo a ese instinto que a veces nos hace buscar compañía en el cielo, y allí estaba ella, inmóvil y vigilante, bañándose en la luz blanca de la siesta: una veleta de plumas y hueso, encaramada en aquella cesta de mimbres y hierbas secas que le sirve de hogar desde lo alto del campanario.

Me observaba con esa serenidad de quien ha visto pasar demasiados años para sorprenderse ya por nada. Y entonces recordé cuántas veces habré sido yo mismo examinado desde arriba por estas criaturas, soberanas indiscutibles de las atalayas de Morón, dueñas de los tejados, de las espadañas y de los campanarios. Guardianas pacientes que durante siglos ejercieron oficios hoy olvidados; mensajeras de nacimientos y augurios domésticos, relevadas ya por estos tiempos modernos donde los niños llegan de hospitales y no de París,  como aseguraban las viejas historias que endulzaban la infancia.

Ahora, liberadas de tan noble cometido, parecen entregadas a una jubilación contemplativa. Descansan en las alturas mientras rompen el silencio con el seco claquear de sus picos, ese sonido que resuena sobre los tejados como un sello antiguo estampado sobre el presente, una firma de otro tiempo que viene a recordarnos que, pese a todo, esto sigue siendo un pueblo.

Y como sucede con las gentes, también entre ellas hay diferencias, gustos y querencias. Las hay devotas y ceremoniosas, cigüeñas católicas y apostólicas que señorean los campanarios de la Victoria, San Francisco o la Merced, habituadas al tañido de las campanas y al rumor de las procesiones. Las hay administrativas, observadoras del trasiego municipal, que desde las cercanías del Ayuntamiento contemplan el ir y venir de vecinos y funcionarios mientras el Losada desgrana sus soniquetes sobre las horas. Las hay industriales, que eligieron por reino la antigua chimenea enladrillada de la cantarería de Pichichi, desde donde vigilan un paisaje que aún conserva la memoria del barro, del humo y del trabajo. Y las hay rústicas y fieles a las chaparras centenarias de las dehesas del Conde, acostumbradas al correteo de erales y utreros y a los horizontes abiertos donde el campo parece no terminar nunca.

Dicen ahora los entendidos que ya no se marchan, que los inviernos son más benignos y que el frío dejó de empujarlas hacia África. Que la temperatura las acompaña desde el otoño hasta San Blas y que no encuentran necesidad de emprender viaje. Puede que sea verdad. Pero yo prefiero pensar otra cosa. Prefiero creer que permanecen porque han terminado por enamorarse de estas calles de cal y naranjos amargos, porque les gusta contemplar cómo el trigo se vuelve rubio antes de la siega, cómo la aceituna se acarbona en las ramas cuando llega el tiempo de la recolección, porque disfrutan de esas tardes de invierno que no son ni amargas ni dulces, cuando el sol se derrama mansamente sobre las azoteas y el viento les cuenta historias antiguas desde los caballetes de los tejados.

Y mientras las mece ese aire viejo que conoce todos los nombres y todas las ausencias, siguen allí arriba, observando el trajín constante de la vida. Ven pasar las risas de los chiquillos, el caminar apresurado de las gentes, los silencios resignados de los viejos. Son testigos discretos de cuanto ocurre bajo ellas, cronistas mudas de un pueblo que cambia sin dejar de ser el mismo.

Quizá por eso, cuando una cigüeña nos mira desde su altura, no es ella quien nos observa realmente. Es el tiempo. Ese tiempo lento que todavía sobrevive en algunos rincones de Morón y que, afortunadamente, sigue encontrando refugio entre las alas blancas de estas centinelas del cielo.

 

Atentamente;

El niño Gilena.


02 junio 2026

REJISTRO CIVIL MORONERO

 

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo bien gracias.

 

En Morón, como en tantos pueblos viejos donde el tiempo no pasa, sino que se posa, las gentes no han sido nunca solamente personas de nombre y apellidos. Aquí, antes que el carnet y el registro, antes que las letras tiesas del juzgao y el libro de familia, estaba el apodo. Y con eso bastaba. Porque había motes que pesaban más que un apellido compuesto y otros que retrataban mejor a una familia que una fotografía colgá en la sala.

Decir en Morón “ese es de los…” no era señalar a uno solo, sino abrir un libro entero de memoria popular. Porque el apodo no nacía por capricho. El mote venía siempre preñao de historia. Un oficio, una desgracia, una virtud, un defecto, una manera de andar, una frase mal dicha, un parecido con algún animal o una noche memorable de vino y flamenco bastaban para bautizar a una familia entera por generaciones. Y ya podía el tiempo correr, que aquello se quedaba pegao como el olor de la almazara en la ropa.

Había quien llevaba el mote como quien luce escudo de armas nobiliario. Con orgullo. Con la cabeza alta. Porque aquel apodo hablaba de un abuelo trabajador, de un padre valiente o de una casa humilde, pero respetá. Y así iban por la vida los hijos y los nietos, heredando no dineros ni tierras, sino algo más importante en los pueblos: el reconocimiento de la gente. Que en los pueblos el verdadero linaje no lo dan los papeles, lo da la memoria de otros.

Pero también estaban los agrios. Los motes que dolían. Los que caían encima como una herencia amarga. Porque el pueblo, que tiene mucho de madre y mucho de juez, también sabe ser malo sin darse cuenta. Y había criaturas que nacían ya marcás por una historia que ni siquiera habían vivido. Cargando con el peso de un apodo que venía de un tatarabuelo borrachín, de una pelea antigua o de cualquier miseria que el tiempo nunca quiso borrar. Porque los pueblos olvidan poco. Y Morón, que tiene la memoria larga como una tarde de junio, guarda las historias en los rincones igual que el polvo se guarda en las vigas viejas.

Y, aun así, qué sería de nosotros sin esos motes.

Porque gracias a ellos el pueblo a conservao una manera de nombrarse que no cabe en los censos. Los motes han sido la verdadera sangre oral de esta tierra. Una forma de saber quién era quién sin necesidad de preguntar demasiado. Una manera de mantener vivos a los que ya se fueron. Porque cuando alguien dice todavía “aquél era de los…”, resulta que el muerto vuelve un instante a sentarse en la puerta de la calle, a liar un cigarro o a cruzar la carrera despacito.

Los motes de Morón no son simples palabras. Son retratos hablados. Son capítulos enteros de la vida de un pueblo. Son la ironía, la ternura y la mala leche andaluza metidas en una sola expresión. Y aunque ahora vengan tiempos modernos, redes sociales y nombres puestos con prisas, todavía queda quien reconoce antes un mote que un apellido. Porque el mote, cuando prende en un pueblo, ya no hay quien lo arranque.

Y así seguirá Morón, repartiendo nombres que no vienen en los almanaques de los salesianos ni en el registro civil , pero que duran más que muchas lápidas. Porque mientras haya un viejo sentado al fresco contando quiénes eran “los Tal” o “los Cuales”, seguirá latiendo esa manera antigua de entender la vida donde cada familia era una historia y cada mote un pedazo de eternidad.

 

Dedicado a todos los que mi sesera recuerda, desde putas del pozo loco a curas de San Miguel pasando por cantaores,albañiles,camioneros,carboneros,tocaores, fruteras,toreros,rateros,mariquitas,tasqueros y demás personajes del registro civil moronero.

 

EL CHACHELO,LA GUAPA,LOS BOQUERONES,EL COPA,EL CARBONERO,EL QUINTO,LA PETACA,EL NIÑO MORON,MALABRIEGA,EL FOGONAZO,EL NIÑO GILENA,PACA MARMOL,LOS CARLANCOS,MARIQUILLA LA MOJINA,LOS MIGUELITOS,ENCARNA LA SANTOS,EL YARIMO,MALVALOCA,EL ZOLETA,LA MALAGEÑA ,EL ANCHOA,EL NIÑO MATAERO,PELOMONO,EL PELAO,LA CARABELA,PIKOLIN,RASPAURA,TIRILLAS,LOS ANTOÑITOS,EL NIÑO ROSA,EL CARPINTERO,EL CHORI,EL AVESTRUZ,LOS CUBILES,EL RATON,EL CHATO,EL NIÑO LA PLATA,EL CHARRITO,EL CIGUERIN,EL BORRICO,EL PALOMA,EL KUNFU,LA FERNANDA,LOS CASAITOS,EL QUINTO,POCASLUCES,EL LARGO,EL TOMATE,EL GALLI,LA NIÑA AMPARO,EL CHATO,LA CONEJA,EL YUMI,EL CORDOBES,LAS AGUAORAS,EL LERI,PACA LA FEA,EL MINISTRO,EL RUBIO,LA TRISTE,RODINO,EL COMPARITO,EL MAIZERO,CHARLILLA,ELPETERRA,EL DUNDA,ANDORRANO,MONDAJIGOS,EL FILLO,PECHOLATA……….

 

Atentamente;

El niño Gilena


29 mayo 2026

"MOLLATOSOS"

 

Estimado Pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo un poquillo “Achispao”


Hubo un tiempo y no hace todavía tantos años, aunque parezca que lo sepultaron los almanaques, en que los hombres no tenían hobbies, ni aficiones modernas, ni entretenimientos de nombres extranjeros. Entonces lo que había eran querencias. Y entre todas las querencias de aquel Moron antiguo, ninguna tan seria, tan constante ni tan sacramental como la del “Mollatoso”.

Mollatoso, para el que no lo sepa, era aquel personaje aficionado al vinate fuese bueno, malo o medio pensionista, filósofo de mostrador, licenciado en tragos largos y doctorado en aguardientes peleones. Hombres que entendían del vino como otros entienden de caballos o de aceitunas, y que tenían la garganta hecha a los caldos más duros igual que el esparto se hace al relente.

Yo, que ya calzo casi seis decenas de años y nací y me medio crié en la calle Espíritu Santo, he tenido la fortuna ,o el espectáculo de contemplar interminables procesiones de aquellos devotos de Baco que subían y bajaban la calle como penitentes de una religión líquida y alegre.

Aquella calle era poco menos que una ruta sagrada del mollateo. Empezaba la romería en la zona norte, guardada como fortaleza inexpugnable por la taberna del “Borrico”, escuela principal de aficionados a todo lo que de la uva saliese. Allí se curtían los principiantes y se doctoraban los veteranos. Más abajo, en mitad de la calle, levantaba sus columnas invisibles la gran catedral de la bodega La Verdad, mina bendita del aguardiente más serio que conocieron aquellos tiempos el Anís del Coral. Allí se licenciaban paladares y se bautizaban gargantas capaces de tragarse medio Jerez sin respirar siquiera.

Y al final de la calle, como quien remata una corrida grande, esperaba la tasca del “Tropezón”, donde se acababa la faena entre bulerías al golpe, el eco bronco de Manolo el Caslanco y los chascarrillos eternos de Raspaura, que tenía más gracia en la lengua que dientes en la boca.

Los chiquillos de entonces ,porque entonces los niños se entretenían con cualquier cosa, pasábamos las tardes viendo desfilar aquella humanidad tambaleante que hacía el Camino de Santiago del vino, desde la calle La Romana hasta casi la Plata. Y por allí aparecían personajes que hoy parecerían inventados por un novelista.

Iba el Legionario, que amaba el Vallejo más que los chivos a la leche. Pasaba el Tonto García, que más de una vez durmió la siesta meao hasta las trancas en los sardineles de la cochera de los Cantimplas. O el maestro Tirillas, barbero basto de profesión, con lengua de víbora para el prójimo y sed de camella para el blanco peleón

Y cómo olvidar a los Hermosines, los cristaleros, apalancados en la Verdad, con más aguante que una recua de mulos, capaces de beberse Jerez, Sanlúcar y El Puerto en una sola tarde de compadreo, sin que apenas se les moviera la gorra.

Todavía recuerdo la historia que contaban de un paisano “panzipelao”, enamorado del carducho hasta reventar, que después de recorrer todos los altares del vino terminaba tan derrotado por el mejunje que lo subían sobre un mulo entero para tirar camino de la Venta el Chorizo. El animal, que sabía más del amo que el propio amo de sí mismo, cuando notaba en el lomo el mojao de los pantalones arrancaba para la querencia por los llanos de la Plata, mientras el hombre iba haciendo chispas con un mechero chisquero para que no le pasara por encima algún camión de las caleras en mitad de la noche.

Y cuentan también que más de una vez acabó durmiendo en la cuneta porque el mulo, olisqueando la “calía” de alguna yegua de Brizio, mandaba al amo a la hierba para que durmiera la mona mientras se le pasaba el mejunje y el distraía el atributo.

Aquellos hombres tenían el hígado curtido y el corazón grande. Bebían por sed, por afición o por costumbre, y eran de misa diaria en tabernas, tascas y trastiendas de mostrador. Eran pobres muchas veces, escandalosos casi siempre, pero tenían una humanidad y una gracia que hoy cuesta encontrar entre tanto bar moderno y tanta copa fría sin conversación.

Hoy casi todos aquellos mollatosos han desaparecido o se han transformado en otras aficiones y otros caldos más finos y menos verdaderos. Se fueron apagando como se apagan los braseros cuando llega la madrugada. Y con ellos se marchó también una manera de vivir los pueblos, de hablar en las esquinas y de compartir la pena y la alegría alrededor de un vaso de vino.

Por todos ellos alzo hoy mi copa. Por los que bebieron mucho, por los que cantaron peor, por los que tropezaron más veces de la cuenta y por los que hicieron de la taberna una patria chica de amistad y compadreo.

Que uno también ha sido de los que confundieron alguna noche las estrellas con los faroles y el camino derecho con las eses del vino. Y quizá por eso recuerda a aquellos hombres con más cariño que vergüenza, porque en el fondo todos llevaban dentro una mezcla de pena, alegría y necesidad de compañía que sólo entendían los vasos sobre el mostrador y las madrugadas oliendo a anís y a tabaco negro.

Y aunque hoy los tiempos sean otros y las tabernas antiguas vayan quedándose mudas, todavía queda en algunos rincones el eco de aquellas gargantas roncas, de aquellos fandangos a destiempo y de aquellos mollatosos que hicieron del vino no un vicio, sino casi una manera de acompañar la vida.

Atentamente;

El niño Gilena

 


25 mayo 2026

CUANDO MAYO MAYEA

 

Estimado pueblo,

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo acalorado.

 

En este rincón de Morón donde nace la cal y el sol parece haber aprendido desde antiguo el camino de las fachadas blancas, mayo siempre mayea. Llega igual que llegaron los mayos que lo precedieron, con su temblor de luz nueva, con sus mañanas de Rebequita y con ese aire indeciso que no sabe aún si despedirse del invierno o entregarse del todo al verano.

Mientras tanto, en las cajas de zapatos, engordan los gusanos de seda con su hambre diminuta y paciente, y las moreras del Fontanal ofrecen a los muchachos golosos sus perlas blancas y granates, dulces como una infancia que nunca termina de irse. Las tardes se llenan entonces de dedos manchados y de risas lentas, y el mes entra en el pueblo sin que nadie advierta exactamente cuándo empezó.

El sol, cada día más madrugador, se despereza antes por la Atalaya y derrama sobre los pagos de Arenales una claridad limpia y dorada. La tarde, enamorada de sí misma, se resiste a hacerse noche y alarga el ocaso como un beso antiguo que no encuentra despedida.

Los chalecos comienzan a guardarse entre bolas de alcanfor, resignados ya a su inútil espera hasta los fríos venideros. Las camisas se remangan, las faldas se acortan con el pudor alegre de la primavera y desaparecen medias botas y botines para dejar al aire los pinreles morenos y los piececillos inquietos, porque en esta tierra del sur del sur mayo nunca tuvo cuarenta días, por mucho que lo juraran los refranes.

En los sembrados, las pipitas descabezan sus ramilletes amarillos y siguen, obedientes y curiosas, el tránsito majestuoso del rey de los astros. Los trigos, coronados de germánico color, sestean hinchados por dentro con las aguas buenas del invierno, como si guardaran en sus espigas toda la memoria de la lluvia.

Y abajo, en los veladores de las de Retamares, la tarde sonríe entre vasos enfriados donde el tinto se aligera con Casera y los altramuces, salados con generosidad, invitan siempre a pedir otra ronda, porque mayo tiene esa manera antigua de reunir a las gentes bajo la sombra y volverlos conversación pausada.

Luego, cuando el sol empieza a recostarse, despiertan los jazmines de la Carrera y la dama de noche adelanta sus perfumes para no perderse el regreso de las golondrinas a los tejados del Convento de Santa Clara. Todo entonces parece suspendido en un instante blando y perfumado: el aire, las campanas lejanas, el vuelo negro de los vencejos sobre las azoteas encaladas.

Así mayo, sin ruido, va despidiéndonos de la primavera. Levanta apenas los visillos del tiempo para dejarnos entrever el zaguán ardiente del verano. Y mientras las primeras chicharras ensayan su gregoriano canto, el cigarrón escucha inmóvil desde la sombra fresca de una higuera pintona. Cerca, la gata estira perezosamente el sesteo junto a la piedra vieja que sostiene el portón, como si también ella supiera que en estos días el tiempo no pasa, solamente se queda dormido bajo la cal y la luz.


Atentamente;

El niño gilena.


11 mayo 2026

LA TURRONERA

 

Estimado Pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

 

Al volver la vista la vi allí, inmóvil y vigilante, como cancerbera humilde custodiando la salida de la feria de Paradas. La luz amarillenta de los “Alumbraos” caían sobre ella con esa tristeza hermosa de las cosas que envejecen en silencio. Parecía escapada de un cuadro de Gonzalo Bilbao, un recuerdo intacto de aquel tiempo lento en que la vida tenía pausas y ceremonias, cuando nada era inmediato y hasta marcharse de la feria obedecía a un pequeño ritual.

Porque nadie abandonaba el real sin detenerse antes frente a aquel mostrador de dulzura antigua. Era casi una obligación del corazón llevarse un trozo de aquel manjar de almendra, miel y azúcar: turrón duro como piedra de cal o blando como pan bendito, de frutas encendidas o achocolatado, envuelto en papeles que guardaban el olor pegajoso de las manos infantiles. Aquel dulce no era solo un regalo era el último abrazo de la feria antes del regreso a la casa callada.

Hoy la turronera permanece muda, con la mirada perdida en un punto lejano que solo ella conoce, esperando quizá lo que ya no volverá. Tiene esa forma de esperar de las mujeres acostumbradas al paso de los años y de las estaciones, como si aún pudiera escuchar el rumor de otros tiempos: los niños pidiendo un chupete de caramelo con impaciencia luminosa, o los muchachos peleando por convencer a sus padres para comprar un pedacito de aquel coco exótico venido de tierras remotas, blanco y áspero, misterioso como las cosas que llegaban de lejos cuando el mundo aún conservaba secretos.

Ya no hay colas. Ya no hay prisa. Apenas algún curioso se asoma, sin detenerse demasiado, al pequeño caleidoscopio dulce de aquella mezcla de morada, hogar y tienda ambulante que la acompaña desde hace más de cuarenta años por ferias, verbenas y saraos de Andalucía. Todo en ella parece resistirse al olvido, las cajas gastadas, el toldo vencido, el olor antiguo de la azúcar recalentada por el verano.

Sentada en su silla de tijera, de esas que aquí llaman silla de caseta, se deja peinar por el tiempo, ese tiempo que lentamente se acaba. A su alrededor sobreviven juguetes que un día fueron tesoros para los niños y que hoy parecen reliquias de un gabinete de curiosidades: trompetas doradas, espadas de plástico, tambores fabricados en la lejana China, muñecos inexpresivos de colores imposibles. Ya nadie los mira con deseo, apenas los roza una nostalgia distraída.

Y mientras me iba alejando de l mano de mi mariquilla, me volví varias veces para retener aquella imagen en la memoria. La contemplaba como quien observa en un museo un ánfora antigua fabricada para un mundo desaparecido. Comprendí entonces que aquella mujer no vendía solamente turrón ni juguetes, vendía un tiempo entero. Un tiempo de noches lentas, de monedas sudadas en la mano, de ferias que olían a albero y a azúcar tostada. Un tiempo que ya casi nadie recuerda y al que, sin embargo, yo pertenecí.

Atentamente;

El niño Gilena.


06 mayo 2026

TARDE DE TOROS

 


Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo pa que me voy a quejar.

 

Coso de la Alameda, luz temprana,

la tarde en seis campanas se detiene,

la luz como un suspiro que no arde

en el aire, que en silencio se sostiene.

 

Ya está el toro pisando el albero

envistiéndole al rojo capote,

sol y sombra dibuja en la arena

La figura del toro y del hombre

 

Mas quiebra el aire un bronce repentino,

y vibra el cielo en ecos de colores

los clarines anuncian el destino

con su metal de luz y de temores.

 

Las gradas son un mar que no respira,

Una ola inmóvil de mirada,

cada pupila tiembla y se retira

al filo de la escena iluminada.

 

Y sigue el duelo, eterno y fugitivo,

sobre la arena clara y encendida

el arte frente al límite más vivo,

el hombre frente al borde de la vida.

 

Atentamente;

El niño Gilena.

 


24 abril 2026

CARACOLES

Estimado Pueblo: Espero que al recibir la presente estes primaveralmente bien, yo no me quejo.


 En esta bendita tierra de Morón, cuando la primavera empieza a desperezarse camino del verano y la feligresía, como obedeciendo a un mandato antiguo, se despoja de rebequitas y jerséis, remangándose las camisas en esas tardes que parecen querer eternizarse en la cal de las paredes, hacen su aparición ,como si vinieran convocados por un rito humilde y milagroso, “LOS CARACOLES”.

 Ese guisillo de pobres, que prefiere vivir en los cardanchos antes que presumir en un rosal, trae consigo la lección callada de la sencillez, pequeño, silencioso, casi invisible, pero dueño de un sabor que levanta tertulias y convoca memorias. Hervidos en agua que parece bendita, con su ajo machacao, su pimienta, su hinojo y su comino, y coronados con esa mijita de sal que nunca sobra ni falta, llegan a los veladores como quien no quiere la cosa, pero sabiéndose protagonistas.

 Y es entonces, alrededor de ese manjar que nunca fue casado con pan de etiqueta ni con picos ni regañás, como manda la tierra y refrescado con una cañita helada que alivia los calores que ya se barruntan, cuando se abre la verdadera liturgia, la de la palabra compartida. Surgen las charlas de taberna, las risas sin medida, las anécdotas que se agrandan al contarse, todo ello sin mantel ni plato hondo, porque aquí la mejor cubertería que se ha inventado nunca son las manos que buscan, la boca que sorbe y ese palillo ,bendito instrumento, que ayuda a sacar el toro a los medios. 

Y cómo no recordar, los que tenemos por patria chica estos rincones encalaos, alguna estampa que se quedó prendida para siempre en la memoria, una tarde-noche de caracoleo con amigos, con el bullicio justo y la felicidad sin aspavientos, o aquel caldito “apretao” en Retamares, mientras la novia escuchaba y sonreía, y la dama de noche, coqueta y silenciosa, iba dejando su reguero de perfume por la carrera, como si quisiera también sentarse a la mesa invisible de aquel instante. 

Pero es que, además, la temporada de los caracoles tiene la medida exacta de las cosas buenas: llega sin hacer ruido y se va casi sin despedirse. Es breve como el buen vino, que se disfruta sabiendo que se acaba, y por eso mismo se queda más hondo en el recuerdo. Dura lo justo para hacerse querer, lo necesario para dejar poso, y se marcha dejándonos esa añoranza dulce de lo que fue bueno, por breve y por nuestro.

 Porque el tiempo de los caracoles no es solo una estación: es una manera de estar en el mundo, una pausa sabrosa en la prisa, un recuerdo que siempre vuelve cuando el aire empieza a oler a verano.


 PD, Dedicado a mis amigos Juan Solano y Francisco “El Anchoa”, compañeros de risas, de caldo y de vida, a los que se les echa de menos, para dondequiera que estén, no les falte nunca un plato de caracoles humeantes, una cañita fría… y una buena tertulia que llevarse a la boca.

 Atentamente;

 El niño Gilena.

10 abril 2026

MARTINITOS

 

Estimado pueblo; espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo hoy cansao.

 

Son conocidos en toda Andalucía y por supuesto aquí, en Morón, esos seres menudillos que habitan en la mitología del sur más sur, mezcla de duendes, nomillos y otras criaturas de tamaño corto y genio largo. Tienen fama de revoltosos, de traviesos, de dados a meterle el susto en el cuerpo a la chiquillería cuando menos se lo espera, pero donde de veras sacan su malaje y afinan la puntería es en la noche callada, cuando el mundo parece dormido y uno, inocente, se abandona en la almohada como quien se entrega a la misericordia del sueño.

Es entonces, entre las dos y media y las cuatro y media ,que es la franja que ellos se reparten como si fuera tierra de nadie, cuando el martinito se aposenta en las arrugas de la almohada, se encarama en el borde del desvelo y aguarda. Y uno, sin saber por qué, entreabre un ojo con la pesadez del sueño a medio hacer… y allí está él, con su risilla ladeá, mirándote a la cara, haciéndote un gesto con la cabeza como diciendo: “Ea, ya estoy aquí”. Y en ese mismo instante descarga la mochila de pensamientos: los quehaceres sin rematar, las preocupaciones más tontas y las más gordas, los futuros que quién sabe si vendrán, y hasta los recuerdos que uno creía ya enterrados. Todo revuelto, todo sin orden ni concierto, metiéndose en la sesera como una bandá de estorninos.

Y ya está hecho el daño. Porque Morfeo, que venía de camino con su manta de descanso, da media vuelta y se va por donde vino, dejándolo a uno con los ojos como platos y la cabeza como un avispero. Y el martinito, tan pancho, sabe que ese rato robado al sueño se va a cobrar su peaje cuando el sol despunte y el cuerpo pida cuentas.

Hay noches ,no muchas, pero haberlas haylas, en que no se conforman con una visita. Será que no tienen otro cortijo donde pastar o que le han cogido a uno el gusto, pero repiten. Y entonces sí que la hemos hecho buena, si la primera la adelantan de la una a las tres, y la segunda la clavan de cinco a seis, el día se vuelve una eternidad cuesta arriba, de esas que no hay café que las enderece ni sombra que las alivie.

No he encontrado todavía remedio que valga para espantar a estos condenaos duendecillos. Ni rezo, ni vuelta de almohada, ni contar ovejas. Alguien me dijo una vez que acuden más conforme a uno se le van marcando las arrugas y clareando el pelo o poniéndose tordo, que de niño o de mozo no se atreven tanto, y que ya de viejo, cuando el sueño es ligero como pluma, poco pueden quitarle a quien ya de eso gasta poco..

Mi amigo Juan jura que ha dado con un alivio, aunque sea chico: la siesta a la alemana. Que no es otra cosa que echarse una cabezadita no a las tres de la tarde, después del parte y el gazpacho bien despachao, sino a las siete y media de la mañana, antes del café de pucherete y la tostá con aceite. Dice que así alivia el paso a los martinitos, que se quedan descolocaos. Yo no sé si será verdad o ganas de probar cosas nuevas.

Pero, como dijo El Gallo, hay gente pa tó.

Atentamente;

El niño Gilena.


09 abril 2026

LA LEGAÑA

 

Estimado Pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo mosqueado por la incompetencia.

 

Vive uno persuadido ,iluso de él, de que la hermosura, cuando se presenta, lo hace con cierto pudor, sin estridencias, como quien no quiere llamar demasiado la atención sobre sí misma. Tal pensamiento acude a la mente al contemplar la plaza de la Victoria en esos días en que, desalojada de carruajes modernos y otros estorbos de la prisa cotidiana, para recibir el cortejo procesional, parece recordar que un día fue digna de ser mirada.

Entonces sí, las casas, recién encaladas, relucen con esa blancura que no admite réplica; los naranjos, cargados de azahar, perfuman el aire con una insistencia que roza la impertinencia; una cigüeña, más respetable que muchos vecinos, preside su nido como si de autoridad legítima se tratase; y la luna, redonda, entera, sin tacha, se encarama sobre la torre campanario de San Miguel, con la suficiencia de quien sabe que no tiene rival.

Todo parece dispuesto, pues, para que el espectador ,criatura débil, se abandone al deleite sin reservas. Y justo en ese momento, cuando el alma comienza a creerse feliz, aparece la legaña.

Porque no hay ojo hermoso con ella, ni cuadro costumbrista feo con su borrón, y si el lector dudase de esta verdad filosófica, acérquese a la referida plaza y hallará la prueba en cuatro sólidos de geometría dudosa, de colores que no sabría decidir si atribuir al capricho o al castigo, contenedores, los llaman, como si el nombre bastase para disculpar su atrevimiento.

Allí plantados ,firmes, obstinados, satisfechos de su misión antiestética rompen la escena con la misma delicadeza con que un manotazo corrige un lienzo de Federico de Madrazo. Y no contentos con existir, lo hacen con una alegría cromática tan desvergonzada que uno sospecha que no ignoran el daño que causan, sino que lo celebran.

Dirá alguno que son necesarios. Y no seré yo quien niegue tal evidencia, que tampoco niego la utilidad del barro, aunque procure no llevarlo en los zapatos cuando entro en casa ajena. Lo que asombra y aun entristece, no es su presencia, sino su descaro; no su función, sino su emplazamiento, digno de mejor causa o de peor gusto.

Porque, ¿tan ardua empresa sería desplazar la legaña al rincón que le corresponde? ¿Tan costoso cubrirla, disimularla, o al menos educarla en el arte de no interrumpir la dicha ajena? Mucho me temo que no, pero también temo y con mayor fundamento que entre nosotros el remedio más sencillo suele ser el menos practicado.

Y así seguimos: contemplando la belleza a medias, resignándonos al borrón, llamando costumbre a lo que no es sino descuido.

Que en Moron,ya lo sospechaba, no hay cosa más permanente que lo que podría quitarse mañana.

Atentamente;

El niño Gilena.


LOS KARINDAS

 

Estimado pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo en equilibrio.

Corrían los años ochenta del pasado siglo que ya suenan lejanos, pero aún nos guiñan un ojo desde la memoria, cuando recaló en Morón de la Frontera una estampa de otro tiempo: la de unos funambulistas que, buscándose la vida, parecían escapados de una litografía antigua.

Se asentaron en la Plaza de la Victoria, y allí, a bombo y platillo, anunciaron el prodigio: que por la módica cantidad de la voluntad “quien la tuviera, que no eran todos, porque la pobreza aún se sentaba en demasiadas casas” podrían grandes y pequeños gozar de un espectáculo como pocos.

Y no era para menos lo prometido. Desde el arranque mismo de la plaza, un hombre treparía hasta lo más alto de la torre que corona la iglesia, la que da nombre y cobijo al lugar. Y, por si el vértigo no bastara, decían también que, tendido un cable en el aire, y acoplada a él una motocicleta Montesa ,más preparada que un bachiller en Salamanca, uno de aquellos hombres cruzaría los cielos del pueblo montado en ella, como si el suelo no tuviera ya jurisdicción sobre su destino.

Los Karindas se llamaban ,si la memoria no me hace trampas, venidos desde su Marruecos natal, con ese aire de encantadores de serpientes y de últimos custodios de un arte antiguo: el de entretener, sorprender y dejar en los ojos ajenos imágenes que no se borran.

Y vaya si lo lograron. No cabía un moronero más en la plaza, ni faltó quien viniera de los pueblos vecinos, atraído por la novedad. Aquello era un hervidero de expectación: niños subidos a los hombros, mujeres santiguándose a media voz, hombres con la mirada fija en lo alto y un celta en la boca, como si temieran que el cielo se viniera abajo con cada paso del equilibrista.

Yo, por mi parte, no supe nunca si lo recogido entre gorra y platillo colmó sus necesidades; pero sí sé que las mías quedaron satisfechas para siempre. Encaramado a los escalones de la antigua Cilla de la Victoria ,que por entonces hacía las veces de sede del club de pesca” El Galápago”, contemplé aquello con los ojos abiertos de par en par, y se me quedó grabado, como hierro candente, en lo más hondo de la sesera.

Luego vinieron los aplausos, que ellos recogían casi como se recoge la cosecha, en cestillas humildes. Recogieron sus bártulos, plegaron su vida ambulante y siguieron su camino por las plazas de España, jugándose el pellejo en cada función, como quien no tiene otra herencia que el riesgo.

Un par de meses después en el parte que mi padre veía en la televisión como misa diaria comentaron que llegaron a Madrid, y en las fiestas de San Isidro presentaron su número, siempre nuevo y siempre el mismo, adaptado a la gravedad del lugar y del momento.

Pero quiso la fatalidad ,que también tiene su palco en los espectáculos humanos, que aquel mismo día del santo labrador los periódicos trajeran la noticia en la sección de sucesos: había muerto el acróbata Julián de la Horra, de treinta y cinco años, integrante de aquel grupo. Cayó durante la exhibición en la abarrotada Plaza de España, donde el cable, tendido a más de ochenta metros de altura, descendía hacia la calle Bailén. Se deslizaba sujeto por el pie, con una correa que, traicionera, se rompió.

Y así, como había vivido, se fue: suspendido entre el aplauso y el silencio, entre el asombro y la desgracia.

Y a uno, que lo vio una tarde en Morón desafiando al cielo, no le queda sino pensar que hay oficios que no se aprenden, sino que se llevan en la sangre… aunque la vida se vaya en ello.

Atentamente:

El niño Gilena


31 marzo 2026

MARTES SANTO ,SALESIANOS, TARDE DE SOL PRIMAVERA

 

Estimado pueblo, espero que al recibir la presente te encuentre bien, yo no me quejo.

Martes Santo, salesianos tarde de sol primavera.

Como una caricia antigua sobre las fachadas encaladas del pueblo, me quedo quieto en la sombra tibia del pozo nuevo, siento pasar la vida ,lenta, dorada, mientras la cofradía se derrama por la calle como un río contenido que, al fin, encuentra su cauce.

Todo es solemnidad y temblor. Hay en el aire una mezcla delicada: severidad castellana, honda, casi ascética, y ese suspiro andaluz que no sabe callarse del todo. Los nazarenos avanzan, silenciosos, dejando caer lágrimas de cera sobre el suelo caliente; pequeñas constelaciones derretidas que los niños miran con deseo, como si fueran dulces prohibidos. Y lo son, la infancia siempre quiere lo que el rito niega.

La mayordomía, repeinada y grave, sostiene faroles que tiemblan apenas, como si también ellos respiraran. Los monaguillos, con manos de azahar, reparten estampas ,pedacitos de eternidad impresa, mientras el incienso, azul y lento, dibuja en el aire una memoria que no es de ahora, sino de siempre.

Y entonces… el silencio.

Un silencio añejo, intacto, que no pertenece a este día ni a esta hora, sino a todos los que fueron. Huele a naranjo amargo y a crepúsculo. Huele a lo que se va quedando. El rachear de las alpargatas de esparto marca un compás humilde, terreno, mientras una voz casi un susurro ordena:

“Derecha alante…”. GUENO

Y todo obedece, como si la palabra tuviera raíz en la tierra.

Pasa el Crucificado. Y con Él, el tiempo.

Pero el silencio es frágil. Dura lo justo, lo necesario. Apenas el paso se aleja, vuelve la vida inevitable, el cuchicheo, la risa contenida, el “pídeme una cañita”, el niño que sopla su trompeta de fuchina sin saber que ha roto un misterio.

Nunca fuimos muy marciales. El cortejo se afloja, se humaniza, se descompone dulcemente. Más incienso ,o quizá es la tarde que se vuelve más tierna, envuelve a los antiguos hermanos, que miran con ojos vidriosos, donde caben los años y las túnicas que ya no visten.

Las señoras, de cabello nacarado y chaquetita clara, se santiguan con una elegancia heredada. Un nazareno me entrega una estampa del Cristo de la Buena Muerte; otro ofrece a mi Mariquilla un caramelo, como si quisiera endulzarle la espera y, de paso, la vida.

Y llega Ella.

Amargura ,nombre de flor y herida, encerrada en plata, bajo un cielo de oro y terciopelo que pesa como un sueño de siesta. Se mece. No anda: se mece, como si el dolor tuviera música. Y la tiene. Suena en la banda, en las corcheas que se deslizan como lágrimas ordenadas.

La gente se levanta en la taberna de la Cuesta de la Luz. Hay un respeto que no se aprende, que se hereda en silencio. Los costaleros de refresco, con el costal aún húmedo de esfuerzo, la miran orgullosos mientras exhalan el humo de la “CIGARRÀ”pequeñas nubes humanas que se disuelven en la tarde.

 

Y todo termina en un último acorde suspendido, en un aire que ya es recuerdo antes de apagarse.

A lo lejos, como una luna humilde y festiva, aparece el hombre de los globos. Colores que tiemblan, trompetas de plástico dorado, risas de niños que no entienden de muerte ni de gloria. Y en ese contraste tan puro, tan inevitable regresamos a la realidad.

O quizás no.

Quizá nunca nos fuimos.

 

Atentamente;

El niño Gilena

23 marzo 2026

LA CARA B DE LOS 80

 

Estimado pueblo,

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo un poco ochentero.

 

Hubo un tiempo en que los años ochenta se nos quedaron grabados como una postal luminosa, una especie de álbum de recuerdos donde la música hacía de bandera y las tardes tenían nombre salón recreativo. En los salones del Pozo Nuevo o en la calle Utrera, la vida cabía en una pantalla de Donkey Kong y en la promesa de superar el siguiente nivel del Ghost and goblins . Los cines se llenaban como si en la oscuridad compartida encontráramos una patria común, viendo a Indiana Jones correr delante de la roca o dejándonos llevar por la épica de galaxias muy lejanas.

Pero toda memoria tiene su revés, su cara B, ese lugar donde el brillo se apaga un poco y la realidad pide la palabra.

Porque no todos salíamos en los récords ni teníamos el último disco de Mecano. También estaban los días en que la mili “ese extraño paréntesis de vida obligada” te enseñaba más de la vida que de la patria: a hacer amigos deprisa, a escaquearte mejor y a doblar una sábana con disciplina discutible. Daba igual que el cuartel estuviera a 16,5 kilómetros de casa; la distancia verdadera era otra, más difícil de medir.

Y luego estaba el trabajo, cuando lo había. Un territorio sin horarios de salida, sin derechos que se nombraran en voz alta. Sabías cuándo entrabas, pero no cuándo terminabas. Y si los astros se alineaban, te daban de alta como quien concede una medalla invisible.

En esa cara B también habitaron las ausencias. Las que dejaron las drogas, llevándose por delante a conocidos, a vecinos, a veces a amigos. No siempre por vicio, muchas veces por ignorancia, por falta de respuestas en un tiempo que apenas hacía preguntas.

La pobreza seguía teniendo nombre propio. Había quien en el recreo del “Llanete” pedía un bocado del bocadillo no por gula, sino por hambre. Algunos recordarán a aquellos dos hermanos de la calle Humanes, vendiendo escobones de palma cuando deberían estar jugando, aprendiendo la infancia en lugar de sobrevivirla.

Y estaban las familias que se movían como si fueran estaciones del año, recorriendo la piel de toro y cruzando fronteras para sostener otro invierno: vendimias en Francia, melocotones en Calanda, fresas en Huelva, aceitunas en Jaén. En esos viajes se quedaban atrás las clases, los amigos, las tardes de moras, como si el calendario se rompiera en mil pedazos.

También había silencios más duros. Noches en las que el alcohol desordenaba la casa y obligaba a los más pequeños a crecer de golpe: cuidar animales, hacerse cargo de lo que quedaba, aprender demasiado pronto que la infancia no siempre es un derecho.

Por eso conviene no olvidar que aquellos años no fueron solo videoclubs, break dance o canciones de Alaska. También hubo “Tinahores” que limpiar, cocinas en Ibiza de jornadas titánicas, oficinas donde se vendían cuentos que no eran cuentos y madrugadas cargando cajas de pollos.

La memoria, si quiere ser justa, tiene que saber mirar en ambas direcciones. Porque la nostalgia, cuando olvida la cara B, deja de ser recuerdo y se convierte en ficción.

Atentamente;

El niño gilena


13 marzo 2026

YA ESTAMOS EN CUARESMA

 


Estimado Pueblo.

Ya estamos en cuaresma.

Corren por estas calles, esas cinco semanas y media de Cuaresma en las que los muy capillitas andan ya con el runrún de su Semana Grande. Van y vienen por las calles con ese no sé qué de espera, mirando el cielo por si refresca o aprieta, que aquí nunca se sabe. Yo, que de beato tengo más bien poco ,por no decir ná, reconozco que esta cuarentena siempre me ha caído simpática por la cuenta que le trae a mi estómago.

Porque es llegar estos días y empezar a reinar en las casas, en las tascas y en las tabernas esos manjares de toda la vida que huelen a tradición y a cocina lenta. Entre triduos, campanillas y sahumerios, se cuela el olor del bacalao, que en Cuaresma manda más que nadie.

En mi mocedad, mi abuela Pepa se tomaba aquello de la penitencia muy en serio. En cuanto llegaba la temporada, desterraba de la cocina cualquier carne de bicho que corriera o volara. Y entonces la casa se llenaba de otros olores: el del bacalao guisándose despacito en la cocina económica, el del aceite caliente esperando la masa de los pestiños, o el de las torrijas empapándose en miel. Aquello, claro está, iba echando alguna libra de más a mis posaderas, pero uno era joven y no estaba para andarse con cuentas.

A mí nunca me dio pena apartar por un tiempo las chacinas, las mechás ni los guisos de carne, si a cambio me ponían por delante un buen repertorio de cuchareo: potaje de tagarninas, papitas con bacalao, tortillas de espárragos recién cogidos del campo o unas sardinas en tartera que quitaban el sentío.

Son comidas más ligeritas, dicen, aunque bien que llenan, y hasta se agradecen cuando febrerillo ,que es más loco que cuerdo, se pone a apretar a la hora del ángelus y nos planta treinta y tantos grados en el termómetro como quien no quiere la cosa.

Por esas fechas los naranjos amargos del pueblo empiezan a perlase de azahar. Ese olor dulce y limpio se queda flotando por las calles como si fuera el sahumerio natural de la Cuaresma. Y mientras tanto, en las cocinas, hierven las papas con chocos, se remueve el potaje y se deja templar el arroz con leche que luego vendrá coronado de canela y peladura de limón.

Las tardes se alargan entonces con una calma muy nuestra. El sol parece que se queda remoloneando por las azoteas, como perrillo faldero que no quiere irse todavía. Y justo cuando el cuerpo empieza a pedir algo dulce, llega la merienda de esta santa cuarentena: torrijas de miel o de leche, pestiños con ajonjolí, rosquillas de nata…

Y así, entre cucharas, dulces y olores de azahar, hasta el menos creyente acaba entendiendo que algo tendrá la Cuaresma cuando el pueblo entero sabe a gloria.

Atentamente;

El niño gilena.


23 febrero 2026

CALENDARIO MORONES EN 3X4

 

Estimado pueblo;

Espero que al recibir la presente te encuentres con las mismas ganas de tagarninas que yo.

 

¿Pa qué te voy a contar más si nuestro apellido es “Como Son, Son”

Eso aquí no es un decir, es un reglamento interno, una filosofía de vida y, si me apuras, hasta un decreto ley aprobado por unanimidad en la barra de Retamares.

Porque aquí donde nace la cal, por ser distintos, diferentes, divergentes o simplemente por hacer lo que nos salga del arco del triunfo con la misma elegancia que Morante el domingo de feria, los carnavales los empezamos el mismísimo miércoles de ceniza. ¿Que hay cuaresma? Pues se le mete la tijera y la dejamos en “ventesna”, que es más recogidita, más manejable y mucho mejor para el espíritu… y sobre todo para los vendedores de morcillas, chorizos y demás viandas cárnicas, que no están los tiempos como para andar perdonando longanizas.

Y así, todavía en el segundón y cortito mes de febrero, cuando en la caja de la estepeña aún reposan los de limón, algunos de canela y ese solitario de coco que nadie quiere pero siempre cae, los pitos ya se afinan en do sostenido ,que es  tono oficial del cachondeo, y las cajas redoblan al tres por cuatro como si anunciaran la llegada de un ejército, pero de coplas.

Mientras tanto, los lápices alpinos plantan negro sobre blanco esas agujetas afilas que ponen al más templao contra la pared, y la risa se te acopla en el rostro como pegatina en carpeta de instituto. El oído, por su parte, se descorcha solito, como botellín en verano, en cuanto asoma alguna coplilla bien entoná que te pellizca el alma y te guiña el ojo al mismo tiempo.

Porque aquí, cuando el carnaval llama, no se mira el calendario: se mira el cuerpo… y el cuerpo dice “ahora”. Y si alguien pregunta por qué, se le responde con solemnidad científica: “Porque Como Son, Son… ¿o es que no lo ves?”

 

COPLILLA DE CARNAVAL.

 

Aquí en Morón señores ,

tenemos otro calendario.

Donde los lunes son jueves

y el martes son casi sábados.

 

Cambiamos el carnaval,

lo metemos el jueves santo

y el dominguito de ramos

lo encajamos cuando queramos.

 

Estamos pensando mucho,

si el verano comienza en mayo

y la feria de septiembre

la pasaremos a fina de marzo.

 

Como hace una jarta frio

el día de navidad.

Lo llevaremos a junio

La dejamos par día san juan.

 

En cuanto al día de los santos

que siempre caía en noviembre

Po ahora porque yo quiero

lo festejamos en agosto un viernes.

 

Y así podemos seguir,

tres por cuatro al mismo son

Con el almaque raro

que hemos marcao aquí en Moron

 

Porque aquí no manda el santo,

ni el papa ni el pregonero…

¡aquí manda el tres por cuatro

y el cachondeo de los moroneros.

 

Atentamente;

El niño Gilena

 

12 febrero 2026

ENGUACHISNAOS

 

 

Estimado Pueblo.

Espero que al recibir la presente estes sin verdín ,yo bien gracias

 

Aquí pues esto no pasa ni en Londres, llevamos cuarenta días y cuarenta noches lloviendo, que ya no sabemos si vivimos en la Sierra Sur o en la ría de Bilbao. Esto no es invierno, esto es oposición a diluvio universal con plaza fija.

 Los más beatos, que se sientan siempre en el mismo banco de la iglesia y no fallan ni a un triduo, han decidió que por si acaso montar una barca en lo alto del Calvario, Que, desde allí, si sube el agua por la Cruz verde, por la calle Nueva o por los Caños, al menos que los pille en alto.

Allí andan, entre martillazo y martillazo, haciendo lista de embarque: dos pavos, cuatro gallinas cluecas, tres cabras marteñas con más genio que una suegra en feria y algún torillo de Villau, por si hubiera que repoblar la especie cuando escampe. Que uno no sabe, pero por si se repite lo de Noé, mejor que nos coja organizaos.

Estamos “ENGUACHISNAOS” palabra recogía en el Diccionario Oficial de la Real Academia de la tasca del Moral, que viene a significar que estamos hasta los mismos de chaparrones gordos. Aquí ya no se seca ni el pensamiento. Tiendes la ropa en la salita y sale con más humedad que entró.

El verdín ha colonizao zócalos y sardinel como si estuviera pagando contribución. Verde que te quiero verde, que diría el poeta si hubiera vivió en la calle Ancha. Las fachás parecen pintás por el Ayuntamiento sin licitación ni ná. Ya sabemos de dónde sale la bandera, paisanos: verde de verdín vivito y blanco de cal en remojo perpetuo.

Las botas de agua han salido del soberao junto a las pellizas, los gamberros y las mantas de Paduana, que llevaban más años guardaos que el traje de la primera comunión del niño Rosa. Los paraguas oxidaos, con las varillas descoyuntas, vuelan por los Cerros de la Victoria cuando arrecia el aire, y bajan las correnteras por la calle Haza.

La gente del campo, lista como el hambre y quejosa como mastín con sarna, anda dividía: por un lao miran los pozos que rebosan y dan gracias al cielo, y por otro reniegan diciendo “ya está bien de agua, señores, que en el campo no hay quien entre y es tiempo de clarear los olivos”. Que una cosa es regar y otra criar sapos en los surcos.

 Febrerillo este año ha dejao de estar loco pa estar lloroso. Algunos estamos descubriendo arroyuelos, charcas y lagunillas que no se veían desde que el antepasao de Paco Tagua anduviera por las Filipinas, cuando aquello era ultramar y no recuerdo borroso. Hay quien ya les ha puesto nombre, no vaya a ser que el verano los evapore antes de bautizarlos.

Eso sí, qué gustazo da meterse un potaje con tos sus avíos cuando fuera cae el agua a manta. Unas berzas como Dios manda, unas espinacas con garbanzos que te arreglen el cuerpo o un plato hondo de caldo con su pringá que resucita difuntos. Y un vasito de tinto… o dos… que si el cielo nos cala por fuera, al menos que el vino nos caliente por dentro.

En los mentideros “léase taberna retamares, esquina del estanco del matricula y bancos de los palomitos” ya han bautizao las tormentas que dicen que vienen en abril: ULÍSES, VICTORIA, WENCESLAO y ZAIRA. Aquí no se queda una nube sin nombre, que somos muy de ponerle mote hasta al granizo.

Y si alguien ve asomar una paloma con una rama de olivo en el pico, que avise. Pero que no la espanten, no vaya a ser que todavía nos queden otros cuarenta días de remojo.

 

Atentamente;

El niño gilena.


05 febrero 2026

LA LECCION DE GEOGRAFIA

 

Estimado pueblo;

Espero que al recibir la presente te encuentres menos "JARTO" de agua que yo.


Siendo yo maestro de escuela me preguntó un niño un día:

"Maestro, ¿qué es lo más grande, Europa o Andalucía?".

Puse en orden la sala con voz de recia energía,

y, cuando se hizo el silencio entre la chiquillería,

comencé, de esta manera, mi lección de geografía:

 

Un continente, una isla, un país o una región

no es más grande porque tenga una mayor extensión.

Los pueblos suelen ser grandes por su arte, su belleza;

por la gracia de su gente; su valor; por su entereza.


Y esos cuatro puntales que engrandecen la nobleza

son privilegio del hombre y de la naturaleza.

Ni se venden con armas ni se compran con riquezas.

Por eso, en todo el contorno que el mapa de Europa encierra,

no hay una región más linda ni más grande que mi tierra.

 

 

Y proseguí mi conferencia dando una visión profunda

de las provincias principales de mi región andaluza.

Y hablé...

Hablé de mi Cai blanco, salaito, marinero;

de mi Huelva colombina; de mi Jaén minero.

De mi Málaga "la bella"; del embrujo de Almería;

de mi Córdoba moruna; y de mi triste Graná bajo la luz de la luna.

 

Y cuando llegué a Sevilla, sin poderlo remediar,

la sangre me hizo cosquillas, y no lo pude evitar...

Salté del entarimao', retiré bancas y sillas,

y como un endemoniao' me arranqué por seguirillas'.


Los niños me jaleaban con palmas de pelotilla,

y yo, que estaba entregao', de la forma más sencilla,

mandé por mi pandereta, mis botas de cabritilla,

un poco de jamón serrano y una copa de manzanilla.

 

Al director de la escuela, que no se le iba un detalle,

entró como entraría un Duque por la Corte de Versalles.

Me dio quinientas pesetas, me trinco por el talle,

y me puso de patitas en la puñetera calle.

 

Y hoy voy como un mendigo por calles y plazoletas

pregonando, con voz ronca, mantillo pa' las macetas.

Y los niños tontos, al verme pasar, me van saludando con este cantar:

"Maestro Vázquez, ¿cuál es la región más grande del mundo?".


Y yo, arrastrando mi pena, pecao' de la geografía,

voy contestando a sus coplas con un deje de agonía...

Aunque me dieran martirio, aunque me tomen por loco,

aunque me vaya muriendo de hambre poquito a poco..


Que lo más grande en este mundo, aunque parezca ironía,

no es ni América, ni Rusia, ni si quiera Oceanía;

que lo más grande de este mundo será siempre ANDALUCÍA.

 

Atentamente.

El niño Gilena.