Estimado pueblo,
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo acalorado.
En este rincón de Morón donde nace la cal
y el sol parece haber aprendido desde antiguo el camino de las fachadas
blancas, mayo siempre mayea. Llega igual que llegaron los mayos que lo
precedieron, con su temblor de luz nueva, con sus mañanas de Rebequita y con
ese aire indeciso que no sabe aún si despedirse del invierno o entregarse del
todo al verano.
Mientras tanto, en las cajas de zapatos,
engordan los gusanos de seda con su hambre diminuta y paciente, y las moreras
del Fontanal ofrecen a los muchachos golosos sus perlas blancas y granates,
dulces como una infancia que nunca termina de irse. Las tardes se llenan
entonces de dedos manchados y de risas lentas, y el mes entra en el pueblo sin
que nadie advierta exactamente cuándo empezó.
El sol, cada día más madrugador, se
despereza antes por la Atalaya y derrama sobre los pagos de Arenales una
claridad limpia y dorada. La tarde, enamorada de sí misma, se resiste a hacerse
noche y alarga el ocaso como un beso antiguo que no encuentra despedida.
Los chalecos comienzan a guardarse entre
bolas de alcanfor, resignados ya a su inútil espera hasta los fríos venideros.
Las camisas se remangan, las faldas se acortan con el pudor alegre de la
primavera y desaparecen medias botas y botines para dejar al aire los pinreles
morenos y los piececillos inquietos, porque en esta tierra del sur del sur mayo
nunca tuvo cuarenta días, por mucho que lo juraran los refranes.
En los sembrados, las pipitas descabezan
sus ramilletes amarillos y siguen, obedientes y curiosas, el tránsito
majestuoso del rey de los astros. Los trigos, coronados de germánico color,
sestean hinchados por dentro con las aguas buenas del invierno, como si
guardaran en sus espigas toda la memoria de la lluvia.
Y abajo, en los veladores de las de Retamares,
la tarde sonríe entre vasos enfriados donde el tinto se aligera con Casera y
los altramuces, salados con generosidad, invitan siempre a pedir otra ronda,
porque mayo tiene esa manera antigua de reunir a las gentes bajo la sombra y
volverlos conversación pausada.
Luego, cuando el sol empieza a
recostarse, despiertan los jazmines de la Carrera y la dama de noche adelanta
sus perfumes para no perderse el regreso de las golondrinas a los tejados del Convento
de Santa Clara. Todo entonces parece suspendido en un instante blando y
perfumado: el aire, las campanas lejanas, el vuelo negro de los vencejos sobre
las azoteas encaladas.
Así mayo, sin ruido, va despidiéndonos de
la primavera. Levanta apenas los visillos del tiempo para dejarnos entrever el
zaguán ardiente del verano. Y mientras las primeras chicharras ensayan su
gregoriano canto, el cigarrón escucha inmóvil desde la sombra fresca de una
higuera pintona. Cerca, la gata estira perezosamente el sesteo junto a la
piedra vieja que sostiene el portón, como si también ella supiera que en estos
días el tiempo no pasa, solamente se queda dormido bajo la cal y la luz.
Atentamente;
El niño gilena.
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