29 mayo 2026

"MOLLATOSOS"

 

Estimado Pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo un poquillo “Achispao”


Hubo un tiempo y no hace todavía tantos años, aunque parezca que lo sepultaron los almanaques, en que los hombres no tenían hobbies, ni aficiones modernas, ni entretenimientos de nombres extranjeros. Entonces lo que había eran querencias. Y entre todas las querencias de aquel Moron antiguo, ninguna tan seria, tan constante ni tan sacramental como la del “Mollatoso”.

Mollatoso, para el que no lo sepa, era aquel personaje aficionado al vinate fuese bueno, malo o medio pensionista, filósofo de mostrador, licenciado en tragos largos y doctorado en aguardientes peleones. Hombres que entendían del vino como otros entienden de caballos o de aceitunas, y que tenían la garganta hecha a los caldos más duros igual que el esparto se hace al relente.

Yo, que ya calzo casi seis decenas de años y nací y me medio crié en la calle Espíritu Santo, he tenido la fortuna ,o el espectáculo de contemplar interminables procesiones de aquellos devotos de Baco que subían y bajaban la calle como penitentes de una religión líquida y alegre.

Aquella calle era poco menos que una ruta sagrada del mollateo. Empezaba la romería en la zona norte, guardada como fortaleza inexpugnable por la taberna del “Borrico”, escuela principal de aficionados a todo lo que de la uva saliese. Allí se curtían los principiantes y se doctoraban los veteranos. Más abajo, en mitad de la calle, levantaba sus columnas invisibles la gran catedral de la bodega La Verdad, mina bendita del aguardiente más serio que conocieron aquellos tiempos el Anís del Coral. Allí se licenciaban paladares y se bautizaban gargantas capaces de tragarse medio Jerez sin respirar siquiera.

Y al final de la calle, como quien remata una corrida grande, esperaba la tasca del “Tropezón”, donde se acababa la faena entre bulerías al golpe, el eco bronco de Manolo el Caslanco y los chascarrillos eternos de Raspaura, que tenía más gracia en la lengua que dientes en la boca.

Los chiquillos de entonces ,porque entonces los niños se entretenían con cualquier cosa, pasábamos las tardes viendo desfilar aquella humanidad tambaleante que hacía el Camino de Santiago del vino, desde la calle La Romana hasta casi la Plata. Y por allí aparecían personajes que hoy parecerían inventados por un novelista.

Iba el Legionario, que amaba el Vallejo más que los chivos a la leche. Pasaba el Tonto García, que más de una vez durmió la siesta meao hasta las trancas en los sardineles de la cochera de los Cantimplas. O el maestro Tirillas, barbero basto de profesión, con lengua de víbora para el prójimo y sed de camella para el blanco peleón

Y cómo olvidar a los Hermosines, los cristaleros, apalancados en la Verdad, con más aguante que una recua de mulos, capaces de beberse Jerez, Sanlúcar y El Puerto en una sola tarde de compadreo, sin que apenas se les moviera la gorra.

Todavía recuerdo la historia que contaban de un paisano “panzipelao”, enamorado del carducho hasta reventar, que después de recorrer todos los altares del vino terminaba tan derrotado por el mejunje que lo subían sobre un mulo entero para tirar camino de la Venta el Chorizo. El animal, que sabía más del amo que el propio amo de sí mismo, cuando notaba en el lomo el mojao de los pantalones arrancaba para la querencia por los llanos de la Plata, mientras el hombre iba haciendo chispas con un mechero chisquero para que no le pasara por encima algún camión de las caleras en mitad de la noche.

Y cuentan también que más de una vez acabó durmiendo en la cuneta porque el mulo, olisqueando la “calía” de alguna yegua de Brizio, mandaba al amo a la hierba para que durmiera la mona mientras se le pasaba el mejunje y el distraía el atributo.

Aquellos hombres tenían el hígado curtido y el corazón grande. Bebían por sed, por afición o por costumbre, y eran de misa diaria en tabernas, tascas y trastiendas de mostrador. Eran pobres muchas veces, escandalosos casi siempre, pero tenían una humanidad y una gracia que hoy cuesta encontrar entre tanto bar moderno y tanta copa fría sin conversación.

Hoy casi todos aquellos mollatosos han desaparecido o se han transformado en otras aficiones y otros caldos más finos y menos verdaderos. Se fueron apagando como se apagan los braseros cuando llega la madrugada. Y con ellos se marchó también una manera de vivir los pueblos, de hablar en las esquinas y de compartir la pena y la alegría alrededor de un vaso de vino.

Por todos ellos alzo hoy mi copa. Por los que bebieron mucho, por los que cantaron peor, por los que tropezaron más veces de la cuenta y por los que hicieron de la taberna una patria chica de amistad y compadreo.

Que uno también ha sido de los que confundieron alguna noche las estrellas con los faroles y el camino derecho con las eses del vino. Y quizá por eso recuerda a aquellos hombres con más cariño que vergüenza, porque en el fondo todos llevaban dentro una mezcla de pena, alegría y necesidad de compañía que sólo entendían los vasos sobre el mostrador y las madrugadas oliendo a anís y a tabaco negro.

Y aunque hoy los tiempos sean otros y las tabernas antiguas vayan quedándose mudas, todavía queda en algunos rincones el eco de aquellas gargantas roncas, de aquellos fandangos a destiempo y de aquellos mollatosos que hicieron del vino no un vicio, sino casi una manera de acompañar la vida.

Atentamente;

El niño Gilena

 


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