Estimado Pueblo.
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo no me quejo.
Al volver la vista la vi allí, inmóvil y
vigilante, como cancerbera humilde custodiando la salida de la feria de
Paradas. La luz amarillenta de los “Alumbraos” caían sobre ella con esa
tristeza hermosa de las cosas que envejecen en silencio. Parecía escapada de un
cuadro de Gonzalo Bilbao, un recuerdo intacto de aquel tiempo lento en que la
vida tenía pausas y ceremonias, cuando nada era inmediato y hasta marcharse de
la feria obedecía a un pequeño ritual.
Porque nadie abandonaba el real sin
detenerse antes frente a aquel mostrador de dulzura antigua. Era casi una
obligación del corazón llevarse un trozo de aquel manjar de almendra, miel y
azúcar: turrón duro como piedra de cal o blando como pan bendito, de frutas
encendidas o achocolatado, envuelto en papeles que guardaban el olor pegajoso
de las manos infantiles. Aquel dulce no era solo un regalo era el último abrazo
de la feria antes del regreso a la casa callada.
Hoy la turronera permanece muda, con la
mirada perdida en un punto lejano que solo ella conoce, esperando quizá lo que
ya no volverá. Tiene esa forma de esperar de las mujeres acostumbradas al paso
de los años y de las estaciones, como si aún pudiera escuchar el rumor de otros
tiempos: los niños pidiendo un chupete de caramelo con impaciencia luminosa, o
los muchachos peleando por convencer a sus padres para comprar un pedacito de
aquel coco exótico venido de tierras remotas, blanco y áspero, misterioso como
las cosas que llegaban de lejos cuando el mundo aún conservaba secretos.
Ya no hay colas. Ya no hay prisa. Apenas
algún curioso se asoma, sin detenerse demasiado, al pequeño caleidoscopio dulce
de aquella mezcla de morada, hogar y tienda ambulante que la acompaña desde
hace más de cuarenta años por ferias, verbenas y saraos de Andalucía. Todo en
ella parece resistirse al olvido, las cajas gastadas, el toldo vencido, el olor
antiguo de la azúcar recalentada por el verano.
Sentada en su silla de tijera, de esas
que aquí llaman silla de caseta, se deja peinar por el tiempo, ese tiempo que
lentamente se acaba. A su alrededor sobreviven juguetes que un día fueron
tesoros para los niños y que hoy parecen reliquias de un gabinete de
curiosidades: trompetas doradas, espadas de plástico, tambores fabricados en la
lejana China, muñecos inexpresivos de colores imposibles. Ya nadie los mira con
deseo, apenas los roza una nostalgia distraída.
Y mientras me iba alejando de l mano de
mi mariquilla, me volví varias veces para retener aquella imagen en la memoria.
La contemplaba como quien observa en un museo un ánfora antigua fabricada para
un mundo desaparecido. Comprendí entonces que aquella mujer no vendía solamente
turrón ni juguetes, vendía un tiempo entero. Un tiempo de noches lentas, de
monedas sudadas en la mano, de ferias que olían a albero y a azúcar tostada. Un
tiempo que ya casi nadie recuerda y al que, sin embargo, yo pertenecí.
Atentamente;
El niño Gilena.
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