19 junio 2026

CUENTO DEL POZO LA HIEGUERA

 


 

Estimado Pueblo:

Espero que te encuentres bien, hoy te voy a regalar un cuento para dormir la siesta.

 

Por los pagos del Puntal, donde la tarde se demoraba entre el olor a tomillo y la cal cansada de los cortijos, nació una historia que nadie escribió en los papeles, pero que quedó guardada en la memoria secreta de las piedras.

Era una higuera joven entonces. Crecía al borde de un bancal pedregoso, estirándose cada primavera como quien busca una mirada entre la multitud. Frente a ella, un pozo antiguo sostenía el peso de los años con la dignidad silenciosa de los que conocen todos los secretos del campo. Al principio apenas se adivinaban, luego comenzaron a reconocerse en la rutina de las estaciones. La sierra, inmensa y maternal, les hacía de madrina desde el horizonte, velando aquel amor vegetal y subterráneo con sus llagas blancas desde la distancia.

Fue creciendo la higuera. Año tras año fue alargando sus brazos nudosos hasta asomarse al brocal. Desde allí contemplaba las pupilas acuosas de su amado, aquel espejo oscuro donde el cielo acudía cada mañana a peinarse las nubes. Y cuando llegaban los veranos ardientes, cuando el sol rajaba las piedras y las chicharras parecían limar el silencio, la higuera dejaba caer algunas brevas maduras sobre el agua. Descendían despacio, vencidas por su propio peso de miel, como besos almibarados que buscaban la boca sedienta del pozo.

El agua las recibía con un leve estremecimiento. Después las ondas iban abriéndose sobre la superficie igual que una sonrisa.

Así transcurrieron los años.

Pero un día cambió el campo, el mundo, el hombre.

El trajín del cortijo fue apagándose poco a poco. Las bestias dejaron de recorrer los senderos. Los hombres comenzaron a medir las distancias de otra manera y los caminos se hicieron más cortos mientras el tiempo se volvía más rápido. Las puertas permanecieron cerradas durante temporadas enteras y el polvo fue ocupando los lugares que antes pertenecían a las voces.

Sin que nadie pareciera advertirlo, el venero del pozo comenzó a fatigarse. Primero disminuyó el caudal. Luego llegaron las sequías. El agua fue retirándose hacia regiones cada vez más profundas de la tierra hasta quedar convertida en una sombra inmóvil. El brocal siguió siendo el mismo, pero el corazón ya no latía con igual fuerza.

La higuera observó aquella agonía.

Y se fue entristeciendo, se fue secando.

Ya no podía contemplarse en aquellos ojos líquidos donde durante tantos años había reconocido su propia hermosura. Ya no encontraba el reflejo de sus hojas ni el balanceo de sus ramas en aquella superficie cada vez más oscura. Se le fueron secando las brevas antes de madurar. El verdor se volvió ceniza. La savia aprendió lentamente el idioma de la ausencia.

Hasta que una primavera dejó de despertar.

Permaneció erguida algún tiempo, como permanecen las viudas que aún esperan un regreso imposible desde Cuba o Filipinas. Después el viento, la lluvia y los años fueron deshaciendo su figura. Y acabó secándose del todo, convertida en una memoria de madera y silencio.

Pasaron los años.

Los inviernos vinieron y se fueron sin dejar apenas rastro, hasta que llegó una otoñada alegre de aguas abundantes y truenos demorados. Durante noches enteras la lluvia golpeó los bancales abandonados y empapó los barbechos. La sierra, la vieja madrina de aquel amor, volvió a derramar sus bendiciones sobre la tierra.

Entonces ocurrió el milagro.

El pozo sintió regresar la sangre a sus venas de piedra. El venero despertó de su letargo de polvo y arena. El agua volvió a subir desde las entrañas del mundo con una fuerza olvidada, llenando otra vez de vida las paredes húmedas de su cuerpo.

Y esperó, espero una rama, una hoja.

La sombra conocida de aquel amor antiguo asomándose por encima del brocal.

Pero ninguna rama llegó, ninguna hoja acudió a eclipsar el paso de la luna durante las noches de San Juan.

Ninguna breva volvió a caer sobre sus aguas como aquellos besos dulces de otro tiempo.

Fue comprendiendo, poco a poco, que la espera también tiene un límite. Que hay ausencias que ni siquiera los milagros pueden reparar. Y dicen que comenzó a llorar hacia dentro, ocultando el dolor bajo el espejo tranquilo de sus aguas.

Lloró tanto, durante tantos años, que el agua acabó adquiriendo un sabor extraño. Un regusto de pena antigua y de despedida nunca pronunciada. Se volvió salina por la mucha tristeza retenida en sus adentros.

Y los malletes del lugar, que siempre encuentran nombre para las cosas que no entienden, empezaron a llamarlo el Pozo er Salao.

Todos menos uno.

Un pastor de los de charla larga, saludo constante y memoria agradecida, siguió llamándolo de otra manera. Cada vez que pasaba por allí, detenía el paso, apoyaba las manos sobre el cayado y decía mirando al brocal:

“GUENOS DIAS POZO LA HIGERA”

Porque sabía que algunos amores no terminan cuando desaparecen los amantes. Siguen viviendo en el nombre que alguien pronuncia, en la sombra que ya no existe y en la fidelidad de quien todavía recuerda.

Y desde entonces, cuando el viento baja de la sierra y se queda un momento rondando las ruinas del cortijo, hay quien asegura escuchar el ruido leve de una breva cayendo sobre el agua. Como si la higuera, desde algún lugar donde no alcanza la muerte, continuara enviándole besos a su amado.

Atentamente;

El niño Gilena.


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