12 junio 2026

LA REINA DE LAS ALTURAS

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

 

Hoy, en mi regreso solitario por la Plaza de la Victoria, me sorprendió aquella sensación antigua tan vieja como las calles que uno ha recorrido demasiadas veces, de sentirse observado. Y eso que la tarde había caído sobre Morón con una pesadez casi mineral, de esas que amansan el ánimo de los hombres y adormecen hasta a las chicharras, refugiadas quién sabe dónde de las calores de junio. Sin embargo, después de mirar al cierro del “Cordobes”, levanté la vista por pura inercia, obedeciendo a ese instinto que a veces nos hace buscar compañía en el cielo, y allí estaba ella, inmóvil y vigilante, bañándose en la luz blanca de la siesta: una veleta de plumas y hueso, encaramada en aquella cesta de mimbres y hierbas secas que le sirve de hogar desde lo alto del campanario.

Me observaba con esa serenidad de quien ha visto pasar demasiados años para sorprenderse ya por nada. Y entonces recordé cuántas veces habré sido yo mismo examinado desde arriba por estas criaturas, soberanas indiscutibles de las atalayas de Morón, dueñas de los tejados, de las espadañas y de los campanarios. Guardianas pacientes que durante siglos ejercieron oficios hoy olvidados; mensajeras de nacimientos y augurios domésticos, relevadas ya por estos tiempos modernos donde los niños llegan de hospitales y no de París,  como aseguraban las viejas historias que endulzaban la infancia.

Ahora, liberadas de tan noble cometido, parecen entregadas a una jubilación contemplativa. Descansan en las alturas mientras rompen el silencio con el seco claquear de sus picos, ese sonido que resuena sobre los tejados como un sello antiguo estampado sobre el presente, una firma de otro tiempo que viene a recordarnos que, pese a todo, esto sigue siendo un pueblo.

Y como sucede con las gentes, también entre ellas hay diferencias, gustos y querencias. Las hay devotas y ceremoniosas, cigüeñas católicas y apostólicas que señorean los campanarios de la Victoria, San Francisco o la Merced, habituadas al tañido de las campanas y al rumor de las procesiones. Las hay administrativas, observadoras del trasiego municipal, que desde las cercanías del Ayuntamiento contemplan el ir y venir de vecinos y funcionarios mientras el Losada desgrana sus soniquetes sobre las horas. Las hay industriales, que eligieron por reino la antigua chimenea enladrillada de la cantarería de Pichichi, desde donde vigilan un paisaje que aún conserva la memoria del barro, del humo y del trabajo. Y las hay rústicas y fieles a las chaparras centenarias de las dehesas del Conde, acostumbradas al correteo de erales y utreros y a los horizontes abiertos donde el campo parece no terminar nunca.

Dicen ahora los entendidos que ya no se marchan, que los inviernos son más benignos y que el frío dejó de empujarlas hacia África. Que la temperatura las acompaña desde el otoño hasta San Blas y que no encuentran necesidad de emprender viaje. Puede que sea verdad. Pero yo prefiero pensar otra cosa. Prefiero creer que permanecen porque han terminado por enamorarse de estas calles de cal y naranjos amargos, porque les gusta contemplar cómo el trigo se vuelve rubio antes de la siega, cómo la aceituna se acarbona en las ramas cuando llega el tiempo de la recolección, porque disfrutan de esas tardes de invierno que no son ni amargas ni dulces, cuando el sol se derrama mansamente sobre las azoteas y el viento les cuenta historias antiguas desde los caballetes de los tejados.

Y mientras las mece ese aire viejo que conoce todos los nombres y todas las ausencias, siguen allí arriba, observando el trajín constante de la vida. Ven pasar las risas de los chiquillos, el caminar apresurado de las gentes, los silencios resignados de los viejos. Son testigos discretos de cuanto ocurre bajo ellas, cronistas mudas de un pueblo que cambia sin dejar de ser el mismo.

Quizá por eso, cuando una cigüeña nos mira desde su altura, no es ella quien nos observa realmente. Es el tiempo. Ese tiempo lento que todavía sobrevive en algunos rincones de Morón y que, afortunadamente, sigue encontrando refugio entre las alas blancas de estas centinelas del cielo.

 

Atentamente;

El niño Gilena.


No hay comentarios:

Publicar un comentario