09 julio 2026

AQUELLOS VERANEOS

 


 Estimado pueblo espero que al recibo de la presente te encuentres bie,porque yo, por mi parte, ando ya al borde de la rendición,” Que calor”.

 

Hoy, cuando el Lorenzo ,ese viejo dios inclemente que gobierna los mediodías de julio en Moron, me obliga a permanecer recogido entre paredes, con más miedo al resplandor de la calle que a la propia soledad, me ha venido a la memoria aquel tiempo en que las vacaciones aún tenían el nombre sencillo de “ Veraneo” y el calor no era una amenaza anunciada en los telediarios, sino una parte más del paisaje, una condición natural del moronero.

Entonces no había piscinas con nombres modernos ni complejos de agua con música y sombrillas alineadas. Había albercas, charcos, pozos y riberas. Había lugares que no necesitaban más decoración que una piedra desde la que lanzarse al agua y una pandilla dispuesta a convertir cualquier remanso en un territorio de aventuras.

Recuerdo aquellos nombres que todavía conservan en la memoria el eco de la infancia: el charco el Charcal, el pozo del Salao, el charco Pajarito, las junta de los ríos por tierras de Coripe. Allí aprendimos que la felicidad podía caber en una corriente de agua fresca, en una tarde interminable y en una cámara vieja de camión que, con la imaginación suficiente, se convertía en una embarcación capaz de surcar mares imposibles.

No sabíamos de peligros ni de advertencias. Éramos dueños de una libertad que hoy parece casi un recuerdo inventado. Bastaba una bicicleta, unos amigos y el deseo de encontrar cualquier rincón donde el verano pudiera ser vencido.

También estaban aquellas expediciones a las “vereas”, cuando la tarde daba una tregua y el calor permitía aventurarse por caminos polvorientos en busca de algún fruto prohibido. Los higos chumbos eran entonces una especie de tesoro vegetal, aunque su conquista tuviera como precio acabar lleno de pequeñas espinas que luego aparecían en los dedos, en la ropa y hasta en lugares donde uno no sabía que podían llegar.

Y qué decir de aquellas incursiones por la viña del Ciprés, donde los melones y las uvas eran tomados en calidad de préstamo, porque en nuestra particular filosofía infantil la palabra robar sonaba demasiado seria y nosotros solo pretendíamos adelantarle al tiempo el disfrute de aquello que la naturaleza ofrecía.

De tarde en tarde, como si fuese un acontecimiento extraordinario reservado para los días grandes, peregrinábamos a la playa. Aquel viaje comenzaba mucho antes de pisar la arena. Había que levantarse cuando todavía la noche andaba desperezándose, preparar los bártulos como si fuéramos una expedición militar y emprender el camino hacia Conil o Chipiona, después de dos paradas para echarle agua al R5, una tostada con zurrapa de manteca que hoy estaría prohibida por cualquier facultativo y casi cuatro horas de carretera, asentábamos el campamento.

Después venían las horas de sol, las olas, la sal pegada a la piel y ese cansancio feliz del regreso. Volvíamos con la piel encendida, con el color imposible de quien ha pasado demasiadas horas bajo el cielo, y con los hombros comenzando ya ese lento desprendimiento de pellejos que dejaba el verano escrito sobre el cuerpo como una pequeña cicatriz de juventud.

Pero si hubo un territorio verdaderamente nuestro fueron aquellas noches, si y digo noches de piscina. No tanto por el agua, sino por la emoción del secreto. Saltar aquellas tapias cuando la luna vigilaba desde arriba, contener la respiración ante cualquier ruido inesperado y sentir ese instante de aventura compartida que hacía que una simple zambullida pareciera una hazaña memorable.

Ahora, cuando los años han ido poniendo distancia entre aquellos días y nosotros, uno comprende que no era el agua, ni la playa, ni los melones, ni las bicicletas lo que hacía especial aquel tiempo. Era la ausencia de prisas, la amistad sin condiciones, la calle como territorio común y esa riqueza humilde de quienes tenían poco, pero sabían disfrutarlo todo.

Fueron veraneos sin grandes comodidades, sin excesos y sin apenas dinero. Pero estaban llenos de algo que hoy resulta más difícil de encontrar: la alegría limpia de vivir, la juventud sin calendario y la certeza de que cualquier tarde podía convertirse, sin saberlo, en un recuerdo para toda la vida.

 

Atentamente;

El niño Gilena.

 

PD. No existe un verdadero verano sin amigos, para JUAN,PACO,FRAN Y JUANITO Los de siempre.


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