Estimado
pueblo espero que al recibo de la presente te encuentres bie,porque yo, por mi
parte, ando ya al borde de la rendición,” Que calor”.
Hoy, cuando el Lorenzo ,ese viejo dios
inclemente que gobierna los mediodías de julio en Moron, me obliga a permanecer
recogido entre paredes, con más miedo al resplandor de la calle que a la propia
soledad, me ha venido a la memoria aquel tiempo en que las vacaciones aún
tenían el nombre sencillo de “ Veraneo” y el calor no era una amenaza anunciada
en los telediarios, sino una parte más del paisaje, una condición natural del
moronero.
Entonces no había piscinas con nombres
modernos ni complejos de agua con música y sombrillas alineadas. Había
albercas, charcos, pozos y riberas. Había lugares que no necesitaban más
decoración que una piedra desde la que lanzarse al agua y una pandilla dispuesta
a convertir cualquier remanso en un territorio de aventuras.
Recuerdo aquellos nombres que todavía
conservan en la memoria el eco de la infancia: el charco el Charcal, el pozo
del Salao, el charco Pajarito, las junta de los ríos por tierras de Coripe.
Allí aprendimos que la felicidad podía caber en una corriente de agua fresca,
en una tarde interminable y en una cámara vieja de camión que, con la
imaginación suficiente, se convertía en una embarcación capaz de surcar mares
imposibles.
No sabíamos de peligros ni de
advertencias. Éramos dueños de una libertad que hoy parece casi un recuerdo
inventado. Bastaba una bicicleta, unos amigos y el deseo de encontrar cualquier
rincón donde el verano pudiera ser vencido.
También estaban aquellas expediciones a
las “vereas”, cuando la tarde daba una tregua y el calor permitía aventurarse
por caminos polvorientos en busca de algún fruto prohibido. Los higos chumbos
eran entonces una especie de tesoro vegetal, aunque su conquista tuviera como
precio acabar lleno de pequeñas espinas que luego aparecían en los dedos, en la
ropa y hasta en lugares donde uno no sabía que podían llegar.
Y qué decir de aquellas incursiones por
la viña del Ciprés, donde los melones y las uvas eran tomados en calidad de
préstamo, porque en nuestra particular filosofía infantil la palabra robar
sonaba demasiado seria y nosotros solo pretendíamos adelantarle al tiempo el
disfrute de aquello que la naturaleza ofrecía.
De tarde en tarde, como si fuese un
acontecimiento extraordinario reservado para los días grandes, peregrinábamos a
la playa. Aquel viaje comenzaba mucho antes de pisar la arena. Había que
levantarse cuando todavía la noche andaba desperezándose, preparar los bártulos
como si fuéramos una expedición militar y emprender el camino hacia Conil o
Chipiona, después de dos paradas para echarle agua al R5, una tostada con
zurrapa de manteca que hoy estaría prohibida por cualquier facultativo y casi
cuatro horas de carretera, asentábamos el campamento.
Después venían las horas de sol, las
olas, la sal pegada a la piel y ese cansancio feliz del regreso. Volvíamos con
la piel encendida, con el color imposible de quien ha pasado demasiadas horas
bajo el cielo, y con los hombros comenzando ya ese lento desprendimiento de
pellejos que dejaba el verano escrito sobre el cuerpo como una pequeña cicatriz
de juventud.
Pero si hubo un territorio verdaderamente
nuestro fueron aquellas noches, si y digo noches de piscina. No tanto por el
agua, sino por la emoción del secreto. Saltar aquellas tapias cuando la luna
vigilaba desde arriba, contener la respiración ante cualquier ruido inesperado
y sentir ese instante de aventura compartida que hacía que una simple
zambullida pareciera una hazaña memorable.
Ahora, cuando los años han ido poniendo
distancia entre aquellos días y nosotros, uno comprende que no era el agua, ni
la playa, ni los melones, ni las bicicletas lo que hacía especial aquel tiempo.
Era la ausencia de prisas, la amistad sin condiciones, la calle como territorio
común y esa riqueza humilde de quienes tenían poco, pero sabían disfrutarlo
todo.
Fueron veraneos sin grandes comodidades,
sin excesos y sin apenas dinero. Pero estaban llenos de algo que hoy resulta
más difícil de encontrar: la alegría limpia de vivir, la juventud sin
calendario y la certeza de que cualquier tarde podía convertirse, sin saberlo,
en un recuerdo para toda la vida.
Atentamente;
El niño Gilena.
PD. No existe un verdadero verano sin
amigos, para JUAN,PACO,FRAN Y JUANITO Los de siempre.
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