Estimado pueblo.
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo en equilibrio.
Corrían los años ochenta del pasado siglo
que ya suenan lejanos, pero aún nos guiñan un ojo desde la memoria, cuando
recaló en Morón de la Frontera una estampa de otro tiempo: la de unos
funambulistas que, buscándose la vida, parecían escapados de una litografía
antigua.
Se asentaron en la Plaza de la Victoria,
y allí, a bombo y platillo, anunciaron el prodigio: que por la módica cantidad
de la voluntad “quien la tuviera, que no eran todos, porque la pobreza aún se
sentaba en demasiadas casas” podrían grandes y pequeños gozar de un espectáculo
como pocos.
Y no era para menos lo prometido. Desde
el arranque mismo de la plaza, un hombre treparía hasta lo más alto de la torre
que corona la iglesia, la que da nombre y cobijo al lugar. Y, por si el vértigo
no bastara, decían también que, tendido un cable en el aire, y acoplada a él
una motocicleta Montesa ,más preparada que un bachiller en Salamanca, uno de
aquellos hombres cruzaría los cielos del pueblo montado en ella, como si el
suelo no tuviera ya jurisdicción sobre su destino.
Los Karindas se llamaban ,si la memoria
no me hace trampas, venidos desde su Marruecos natal, con ese aire de
encantadores de serpientes y de últimos custodios de un arte antiguo: el de
entretener, sorprender y dejar en los ojos ajenos imágenes que no se borran.
Y vaya si lo lograron. No cabía un
moronero más en la plaza, ni faltó quien viniera de los pueblos vecinos,
atraído por la novedad. Aquello era un hervidero de expectación: niños subidos
a los hombros, mujeres santiguándose a media voz, hombres con la mirada fija en
lo alto y un celta en la boca, como si temieran que el cielo se viniera abajo
con cada paso del equilibrista.
Yo, por mi parte, no supe nunca si lo
recogido entre gorra y platillo colmó sus necesidades; pero sí sé que las mías
quedaron satisfechas para siempre. Encaramado a los escalones de la antigua
Cilla de la Victoria ,que por entonces hacía las veces de sede del club de
pesca” El Galápago”, contemplé aquello con los ojos abiertos de par en par, y
se me quedó grabado, como hierro candente, en lo más hondo de la sesera.
Luego vinieron los aplausos, que ellos
recogían casi como se recoge la cosecha, en cestillas humildes. Recogieron sus
bártulos, plegaron su vida ambulante y siguieron su camino por las plazas de
España, jugándose el pellejo en cada función, como quien no tiene otra herencia
que el riesgo.
Un par de meses después en el parte que mi
padre veía en la televisión como misa diaria comentaron que llegaron a Madrid,
y en las fiestas de San Isidro presentaron su número, siempre nuevo y siempre
el mismo, adaptado a la gravedad del lugar y del momento.
Pero quiso la fatalidad ,que también
tiene su palco en los espectáculos humanos, que aquel mismo día del santo
labrador los periódicos trajeran la noticia en la sección de sucesos: había
muerto el acróbata Julián de la Horra, de treinta y cinco años, integrante de
aquel grupo. Cayó durante la exhibición en la abarrotada Plaza de España, donde
el cable, tendido a más de ochenta metros de altura, descendía hacia la calle
Bailén. Se deslizaba sujeto por el pie, con una correa que, traicionera, se
rompió.
Y así, como había vivido, se fue:
suspendido entre el aplauso y el silencio, entre el asombro y la desgracia.
Y a uno, que lo vio una tarde en Morón
desafiando al cielo, no le queda sino pensar que hay oficios que no se
aprenden, sino que se llevan en la sangre… aunque la vida se vaya en ello.
Atentamente:
El niño Gilena
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