Estimado Pueblo.
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo mosqueado por la incompetencia.
Vive uno persuadido ,iluso de él, de que
la hermosura, cuando se presenta, lo hace con cierto pudor, sin estridencias,
como quien no quiere llamar demasiado la atención sobre sí misma. Tal
pensamiento acude a la mente al contemplar la plaza de la Victoria en esos días
en que, desalojada de carruajes modernos y otros estorbos de la prisa
cotidiana, para recibir el cortejo procesional, parece recordar que un día fue
digna de ser mirada.
Entonces sí, las casas, recién encaladas,
relucen con esa blancura que no admite réplica; los naranjos, cargados de
azahar, perfuman el aire con una insistencia que roza la impertinencia; una
cigüeña, más respetable que muchos vecinos, preside su nido como si de
autoridad legítima se tratase; y la luna, redonda, entera, sin tacha, se
encarama sobre la torre campanario de San Miguel, con la suficiencia de quien
sabe que no tiene rival.
Todo parece dispuesto, pues, para que el
espectador ,criatura débil, se abandone al deleite sin reservas. Y justo en ese
momento, cuando el alma comienza a creerse feliz, aparece la legaña.
Porque no hay ojo hermoso con ella, ni
cuadro costumbrista feo con su borrón, y si el lector dudase de esta verdad
filosófica, acérquese a la referida plaza y hallará la prueba en cuatro sólidos
de geometría dudosa, de colores que no sabría decidir si atribuir al capricho o
al castigo, contenedores, los llaman, como si el nombre bastase para disculpar
su atrevimiento.
Allí plantados ,firmes, obstinados,
satisfechos de su misión antiestética rompen la escena con la misma delicadeza
con que un manotazo corrige un lienzo de Federico de Madrazo. Y no contentos
con existir, lo hacen con una alegría cromática tan desvergonzada que uno
sospecha que no ignoran el daño que causan, sino que lo celebran.
Dirá alguno que son necesarios. Y no seré
yo quien niegue tal evidencia, que tampoco niego la utilidad del barro, aunque
procure no llevarlo en los zapatos cuando entro en casa ajena. Lo que asombra y
aun entristece, no es su presencia, sino su descaro; no su función, sino su
emplazamiento, digno de mejor causa o de peor gusto.
Porque, ¿tan ardua empresa sería
desplazar la legaña al rincón que le corresponde? ¿Tan costoso cubrirla,
disimularla, o al menos educarla en el arte de no interrumpir la dicha ajena?
Mucho me temo que no, pero también temo y con mayor fundamento que entre
nosotros el remedio más sencillo suele ser el menos practicado.
Y así seguimos: contemplando la belleza a
medias, resignándonos al borrón, llamando costumbre a lo que no es sino
descuido.
Que en Moron,ya lo sospechaba, no hay
cosa más permanente que lo que podría quitarse mañana.
Atentamente;
El niño Gilena.