09 abril 2026

LA LEGAÑA

 

Estimado Pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo mosqueado por la incompetencia.

 

Vive uno persuadido ,iluso de él, de que la hermosura, cuando se presenta, lo hace con cierto pudor, sin estridencias, como quien no quiere llamar demasiado la atención sobre sí misma. Tal pensamiento acude a la mente al contemplar la plaza de la Victoria en esos días en que, desalojada de carruajes modernos y otros estorbos de la prisa cotidiana, para recibir el cortejo procesional, parece recordar que un día fue digna de ser mirada.

Entonces sí, las casas, recién encaladas, relucen con esa blancura que no admite réplica; los naranjos, cargados de azahar, perfuman el aire con una insistencia que roza la impertinencia; una cigüeña, más respetable que muchos vecinos, preside su nido como si de autoridad legítima se tratase; y la luna, redonda, entera, sin tacha, se encarama sobre la torre campanario de San Miguel, con la suficiencia de quien sabe que no tiene rival.

Todo parece dispuesto, pues, para que el espectador ,criatura débil, se abandone al deleite sin reservas. Y justo en ese momento, cuando el alma comienza a creerse feliz, aparece la legaña.

Porque no hay ojo hermoso con ella, ni cuadro costumbrista feo con su borrón, y si el lector dudase de esta verdad filosófica, acérquese a la referida plaza y hallará la prueba en cuatro sólidos de geometría dudosa, de colores que no sabría decidir si atribuir al capricho o al castigo, contenedores, los llaman, como si el nombre bastase para disculpar su atrevimiento.

Allí plantados ,firmes, obstinados, satisfechos de su misión antiestética rompen la escena con la misma delicadeza con que un manotazo corrige un lienzo de Federico de Madrazo. Y no contentos con existir, lo hacen con una alegría cromática tan desvergonzada que uno sospecha que no ignoran el daño que causan, sino que lo celebran.

Dirá alguno que son necesarios. Y no seré yo quien niegue tal evidencia, que tampoco niego la utilidad del barro, aunque procure no llevarlo en los zapatos cuando entro en casa ajena. Lo que asombra y aun entristece, no es su presencia, sino su descaro; no su función, sino su emplazamiento, digno de mejor causa o de peor gusto.

Porque, ¿tan ardua empresa sería desplazar la legaña al rincón que le corresponde? ¿Tan costoso cubrirla, disimularla, o al menos educarla en el arte de no interrumpir la dicha ajena? Mucho me temo que no, pero también temo y con mayor fundamento que entre nosotros el remedio más sencillo suele ser el menos practicado.

Y así seguimos: contemplando la belleza a medias, resignándonos al borrón, llamando costumbre a lo que no es sino descuido.

Que en Moron,ya lo sospechaba, no hay cosa más permanente que lo que podría quitarse mañana.

Atentamente;

El niño Gilena.


LOS KARINDAS

 

Estimado pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo en equilibrio.

Corrían los años ochenta del pasado siglo que ya suenan lejanos, pero aún nos guiñan un ojo desde la memoria, cuando recaló en Morón de la Frontera una estampa de otro tiempo: la de unos funambulistas que, buscándose la vida, parecían escapados de una litografía antigua.

Se asentaron en la Plaza de la Victoria, y allí, a bombo y platillo, anunciaron el prodigio: que por la módica cantidad de la voluntad “quien la tuviera, que no eran todos, porque la pobreza aún se sentaba en demasiadas casas” podrían grandes y pequeños gozar de un espectáculo como pocos.

Y no era para menos lo prometido. Desde el arranque mismo de la plaza, un hombre treparía hasta lo más alto de la torre que corona la iglesia, la que da nombre y cobijo al lugar. Y, por si el vértigo no bastara, decían también que, tendido un cable en el aire, y acoplada a él una motocicleta Montesa ,más preparada que un bachiller en Salamanca, uno de aquellos hombres cruzaría los cielos del pueblo montado en ella, como si el suelo no tuviera ya jurisdicción sobre su destino.

Los Karindas se llamaban ,si la memoria no me hace trampas, venidos desde su Marruecos natal, con ese aire de encantadores de serpientes y de últimos custodios de un arte antiguo: el de entretener, sorprender y dejar en los ojos ajenos imágenes que no se borran.

Y vaya si lo lograron. No cabía un moronero más en la plaza, ni faltó quien viniera de los pueblos vecinos, atraído por la novedad. Aquello era un hervidero de expectación: niños subidos a los hombros, mujeres santiguándose a media voz, hombres con la mirada fija en lo alto y un celta en la boca, como si temieran que el cielo se viniera abajo con cada paso del equilibrista.

Yo, por mi parte, no supe nunca si lo recogido entre gorra y platillo colmó sus necesidades; pero sí sé que las mías quedaron satisfechas para siempre. Encaramado a los escalones de la antigua Cilla de la Victoria ,que por entonces hacía las veces de sede del club de pesca” El Galápago”, contemplé aquello con los ojos abiertos de par en par, y se me quedó grabado, como hierro candente, en lo más hondo de la sesera.

Luego vinieron los aplausos, que ellos recogían casi como se recoge la cosecha, en cestillas humildes. Recogieron sus bártulos, plegaron su vida ambulante y siguieron su camino por las plazas de España, jugándose el pellejo en cada función, como quien no tiene otra herencia que el riesgo.

Un par de meses después en el parte que mi padre veía en la televisión como misa diaria comentaron que llegaron a Madrid, y en las fiestas de San Isidro presentaron su número, siempre nuevo y siempre el mismo, adaptado a la gravedad del lugar y del momento.

Pero quiso la fatalidad ,que también tiene su palco en los espectáculos humanos, que aquel mismo día del santo labrador los periódicos trajeran la noticia en la sección de sucesos: había muerto el acróbata Julián de la Horra, de treinta y cinco años, integrante de aquel grupo. Cayó durante la exhibición en la abarrotada Plaza de España, donde el cable, tendido a más de ochenta metros de altura, descendía hacia la calle Bailén. Se deslizaba sujeto por el pie, con una correa que, traicionera, se rompió.

Y así, como había vivido, se fue: suspendido entre el aplauso y el silencio, entre el asombro y la desgracia.

Y a uno, que lo vio una tarde en Morón desafiando al cielo, no le queda sino pensar que hay oficios que no se aprenden, sino que se llevan en la sangre… aunque la vida se vaya en ello.

Atentamente:

El niño Gilena