25 agosto 2026

EL NIÑO MATAERO

 

Estimado Pueblo;

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

Te traigo hoy otro personaje para dejarlo impreso en la piedra de la memoria, porque hay hombres que, por sus cualidades o por la falta de ellas, terminan quedándose prendidos en el cuadro de esos paisanos que, siendo ilustres o sin merecerlo, pasan por la historia de tus calles como pasan las sombras por una pared encalada: dejando un rato su perfil y después el recuerdo.

Don Manuel Heredia Molina, nacido cuando todavía andaba despertándose aquel siglo que ya nos dejó, fue hijo de padre no reconocido, aunque sí conocido, y llevó por lustre los dos apellidos maternos que, por su grafía y por su soniquete, pudieran hacer pensar a cualquiera que por sus venas corría alguna hebra de sangre gitana. Pero no. El flamenco de Manuel no le venía de la sangre, sino de la vida, que a veces tiene esas cosas y hace flamenco al que no nació flamenco, torero al que nunca pisó una plaza y poeta al que apenas supo juntar dos palabras.

Quiso, sin embargo, la historia moronense que Manuel fuese conocido más por el apodo que por sus nombres y apellidos. Y así, junto al Heredia Molina, quedó para siempre aquel tercer apellido que le puso el pueblo:” el Niño Mataero,” heredado de la ocupación de su madre, que trabajaba en el matadero municipal.

Y con ese nombre se quedó.

Porque en los pueblos, ya se sabe, uno nace con un nombre, pero el pueblo, que tiene más imaginación que el Registro Civil, acaba poniéndole otro.

La historia que te traigo comienza cuando el mozo entró a servir en el bar que regentaba Ana la Aranda, allá por la entrada de La Alameda, entre el servicio del trigo y la herrería de Juan Fernández. Ana era viuda de un tal Juan Vázquez, hombre de mucho genio y pocos mimos, y aunque entre ella y Manuel mediaba una diferencia de edad que no era precisamente de las que pasan desapercibidas, al muchacho se le metió entre ceja y ceja que aquellos ojos de doña Ana empezasen a mirarlo de otra manera.

Y vaya si lo consiguió.

Porque Manuel, además de joven, debía de ser mozo de los que sabían plantarse. De esos que entran por una puerta y, sin decir palabra, parece que la puerta se ha hecho para que entren ellos.

Poco a poco, aquel que había llegado para servir acabó mandando. Y doña Ana, entre el cariño y la confianza, puso al Niño Mataero de corregente de la taberna. Así fueron pasando los días, hasta que las habladurías empezaron a crecer como las malvas después de una lluvia.

Y como en Morón nunca faltó quien supiera más de la vida ajena que de la propia, Ana y Manuel terminaron pasando por el altar, para regocijo de los más chistosos del lugar.

Cuentan las malas lenguas que Pachanga —Pachanga valiente, que nadie te gane— no dejó pasar la ocasión y les sacó aquella coplilla que todavía parecía correr de boca en boca por las esquinas:

 

¿Quién se casa?

La Aranda.

¿Y con quién?

Con el Niño Mataero.

¡OjÚ, ese va por el dinero!

 

Y así quedó la cosa.

Manuel, dueño ya de su sitio y de su mujer, se puso al frente de aquella taberna por donde fueron desfilando los años, los parroquianos, las copas, las conversaciones y las fiestas. Porque si algo tuvo el Niño Mataero, aparte de sus virtudes y sus defectos, fue afición al flamenco.

Y aquello no era poca afición.

No se conformaba con escuchar a los grandes cantaores que por allí pasaban. Por La Alameda sonaron voces de Juan Talega, los Mairena, Marchena, el Funi y tantos otros que hicieron de aquellos bares una especie de universidad popular del cante. Pero Manuel no era de los que se quedaban sentados mirando.

A Manuel le gustaba también arrancarse.

Y cuando el vino, la noche o las ganas le calentaban el pecho, se echaba por sus fandangos del Sevillano o por el cante del Niño las Huertas, que aquello era otra manera de decir que la taberna se quedaba pequeña y que el flamenco, cuando quería, se salía por las puertas.

Cuentan quienes lo conocieron que en las tardes de verano era cosa habitual ver la figura de Manuel regando la terraza de albero, levantando aquel olor húmedo y fresco que dejaba el agua sobre la tierra caliente, mientras desde dentro llegaba el soniquete de los antiguos discos de pizarra de Miguel de los Reyes y Miguel de Molina.

Y allí estaba él.

La manga remangada, la regadera en la mano, el cante entrando y saliendo de la taberna, y aquella Alameda de entonces respirando despacio bajo el calor.

Pero ya se sabe que toda moneda tiene su cruz y que hasta las historias que parecen hechas de coplas terminan encontrándose con alguna que otra desgracia.

La cruz de Manuel apareció un día en forma de mujer.

Una señorita, una señora, una labriega del Pozo Loco o, como algunos más atrevidos quisieron llamarla, una fulana. Yo dejo el apelativo al criterio de cada cual, que bastante oficio tiene ya la memoria como para venir ahora a ponerle nombres a las mujeres.

El caso es que aquella mujer trastornó los amores de Manuel.

Y una mañana, sin comerlo ni beberlo, el Niño Mataero cogió el pernil, la media manta y a la susodicha, y puso tierra de por medio.

 

Después comenzaron las conjeturas, que en esto de saber dónde está el prójimo cuando desaparece, Morón siempre ha tenido una imaginación portentosa.

Unos decían que se había ido a los madriles.

Otros, que había acabado en la isla, segando arroz.

Y algunos aseguraban que andaba por ahí gastándose los dineros que le había sisao a la Aranda.

A saber.

Lo cierto es que, pasado aproximadamente un año, apareció otra vez por los pagos de La Alameda. Y no volvió precisamente como se había marchado. Traía más callos en las manos que un labriego de toda la vida, el cuerpo descompuesto y el aire de quien ha aprendido, lejos de casa, que algunas aventuras parecen mejores cuando se cuentan que cuando se viven.

Ana, que debía de quererlo más de lo que las lenguas decían y menos de lo que las apariencias mostraban, perdonó y calló.

Y aquel silencio suyo, quizá más grande que cualquier reproche, terminó devolviendo las aguas a su cauce.

Con el tiempo, Manuel volvió a ser quien había sido: aquel mozo bien plantao que pasaba las tardes entre sus discos de pizarra, el albero recién regado y las coplas del Niño las Huertas, como si la vida no hubiese tenido nunca otra cosa que hacer que pasar por delante de la alameda.

Pero la vida, que es borrica y no atiende a perdones ni a coplas, siguió haciendo lo suyo.

Los años fueron cobrando primero la vida de Ana, que era mayor que Manuel, y después la de él mismo, cuando se acercaba ya a los dieciséis lustros, que dicho así parece una barbaridad, pero que en realidad no es más que la manera antigua de decir que la muerte lo encontró con muchos inviernos a la espalda y demasiadas historias guardadas en el bolsillo.

Y, sin embargo, hay hombres que no terminan de morirse del todo.

Porque todavía hoy, cuando paso con mi madre por La Alameda, ella me recuerda aquellos tiempos en que, siendo chiquilla, se sentaba en el poyete de una ventana y desde allí veía al Niño Mataero entre copas, discos, tardes de calor y conversaciones de cabales.

Y entonces me lo nombra.

Y me dice que Manuel le cantaba la Romería Loreña.

Y yo pienso que quizá ésa sea la verdadera manera de sobrevivir: que muchos años después de haberse ido uno, alguien pase por la misma calle, vea la misma esquina y, de pronto, sin que nadie se lo pida, recuerde una voz.

Porque mientras alguien recuerde aquella voz, Manuel Heredia Molina, el Niño Mataero, seguirá estando allí.

En La Alameda.

 

Entre el polvo del albero, el agua de las tardes de verano y el viejo soniquete de un disco de pizarra.

Como si el tiempo, por una vez, hubiese tenido la delicadeza de no llevárselo entero.

Atentamente;

El niño Gilena


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