Estimado Pueblo,
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo no me quejo.
Hay hombres que no escogen un oficio,
sino una forma de permanecer fieles a la tierra que los vio nacer. Hombres a
quienes el destino les concede el privilegio de escuchar lo que otros apenas
alcanzamos a oír. Así entiendo yo a Luis Javier Vázquez Morilla, moronero del
barrio del Pantano, nacido en 1971, hijo de una geografía donde el aire
aprendió hace siglos a sonar por solea y donde el silencio también tiene
compás.
Me contó una vez que todo empezó al
escuchar un disco de Paco de Lucía. Bastó un puñado de acordes para que se le
removieran las entrañas y descubriera que el arte jondo no era una música, sino
una manera de entender la vida. Aquella revelación, unida al privilegio de
haber nacido en este triángulo prodigioso donde el cante, el toque y el baile
parecen haberse dado cita desde siempre, y alimentada por su amor a los libros,
a la historia y a la palabra, acabó convirtiéndose en una vocación. De esa
vocación nació un blog que es mucho más que un archivo: es la memoria viva del
derrame de arte moronero por el mundo, un lugar donde los nombres olvidados
vuelven a respirar y las historias recuperan la dignidad que el tiempo les
quiso arrebatar.
Pocas personas han reivindicado con tanta
pasión la figura de Diego Bermúdez Cala, El Tenazas, aquel moronero que cantó
por derecho y cuyo eco alcanzó a Chacón, a Lorca, a Falla y a Turina. Pero si
esa labor bastaría para engrandecer cualquier trayectoria, Luis aún fue más
lejos. Como todo Cervantes tuvo su Quijote, y el suyo fue esa inmensa
enciclopedia dedicada a Silverio y los Fillos, una obra donde el lector tiene
la impresión de que el autor ha logrado quebrar el calendario para caminar
junto a aquellos hombres, compartir sus días, sus desvelos, sus triunfos y sus
derrotas. No parece un historiador quien escribe; parece un testigo.
Pero, con ser admirable su obra, todavía
me interesa más el hombre. Quizá porque me precio de conocerlo algo. Quizá
porque compartimos rama del mismo olivo.
Luis es de esos seres que convierten una
conversación de mostrador en una cátedra sin solemnidades. Conservador de
leyendas, buscador de amigos sin condiciones, experto en crear el clima
propicio para que la memoria se siente a la mesa. Catador de tintos, blancos y
cuanto caldo merezca ser compartido, aunque sospecho que sigue reservando un
rincón de la nostalgia para aquellas litronas medio frescas del Stop Reserva
del 89, donde tantas veces la amistad se sirvió antes que la cerveza.
Es también un arqueólogo de archivos y
legajos donde aparezca escrito el nombre de Morón, un paciente explorador de
bibliotecas y de las conversaciones con los más viejos, porque sabe que hay
documentos que nunca fueron impresos y que sólo sobreviven en la voz de quienes
los vivieron.
Alguna vez, entre charlas de taberna, me
confesó:
"Menos mal que la naturaleza no
me dio facultades para cantar, tocar la guitarra o bailar... si no..."
Y siempre pensé que se equivocaba. Porque, de haber cantado, quizá habría sido un inmenso cantaor de seguiriyas. No por la voz, sino porque reúne lo verdaderamente imprescindible: el temple, el conocimiento, la capacidad de comprender el misterio del cante y esa pena antigua y vivida que no se aprende, de las que dejan tatuada el alma para siempre.
Pero no importa. La vida le reservó otro
don, quizá igual de necesario: el de divulgar, rescatar y contar. Gracias a él
sabemos quiénes fueron tantos artistas, cómo cantaron, cómo tocaron, cómo
bailaron y, sobre todo, por qué todavía siguen viviendo entre nosotros cuando
alguien pronuncia sus nombres.
Ahora que anda en estado de buena
esperanza y que todo hace presagiar que la cigüeña de la Merced traerá bajo el
ala un nuevo hijo de papel y tinta, sólo me queda levantar la copa, descubrirme
la cabeza y brindar por un hombre que honra a su pueblo sin hacer ruido; por un
amigo, un pariente, un caballero de la memoria.
Por don Luis Javier Vázquez Morilla, que
ha entendido que también se puede servir al flamenco sin subirse jamás a un
escenario, simplemente evitando que el olvido tenga la última palabra.
Atentamente;
El niño Gilena
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