04 septiembre 2026

EL DORMITORIO DE LA AZOTEA

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo sigo con calor.

 

Hoy quiero remontarme a aquellos años en que el aire acondicionado brillaba por su ausencia y el calor se combatía con las armas humildes que había en cada casa: el abanico, el ventilador y, sobre todo, aquel búcaro fresquito que parecía guardar dentro un pedazo de sombra. Porque, claro está, nunca nadie ha tenido un búcaro calentito.

Eran años en los que Lorenzo se ensañaba con Morón y el mercurio se encaramaba por encima de los cuarenta, dejando las paredes recalentadas, los tejados hechos ascuas y la noche sin una sola rendija por donde pudiera escaparse el bochorno. El recalentón cocía la tarde, recocía la noche y parecía dispuesto a guisar también la madrugada. Y cuando ya no había abanico que valiera, ni corriente de aire que apareciese por ninguna ventana, la familia tomaba una decisión que hoy nos parecería propia de otros tiempos: dormir en la azotea.

Antes, eso sí, estaba la tertulia. Las sillas de enea se arrimaban a la boca del zaguán, donde se buscaba ese hilillo de aire que, por misericordia divina, quisiera entrar desde la calle. Algún sardiné entre los labios, conversación pausada, abanico que iba y venía y aquella manera tan nuestra de dejar que el tiempo pasara sin necesidad de perseguirlo como ya te conté hace tiempo.

Después, cuando la noche ya había dado cuenta de buena parte de sus horas, comenzaba la mudanza.

Abuelos, padres y nietos subíamos a la azotea con lo que hubiera a mano: un colchoncillo viejo, una manta paduana, una esponja grande con una sabanilla por encima o cualquier cobertor que pudiera hacer las veces de lecho. Y allí quedábamos, cada cual, buscando su palmo de cielo, con las paredes blancas alrededor la yerbabuena por mesita de noche y las estrellas por techo.

Y entonces sucedía el milagro.

La noche, que abajo parecía una olla tapada, allá arriba se volvía otra cosa. Más grande. Más limpia. Más nuestra.

Alguien señalaba hacia el cielo y decía dónde estaba la Osa Mayor. Otro se empeñaba en contar estrellas y perdía la cuenta antes de llegar a veinte. Los más pequeños buscábamos en la luna aquella cara desfigurada que los mayores decían distinguir perfectamente, aunque uno nunca terminara de encontrarla.

Y mientras tanto, Morón seguía respirando debajo de nosotros.

De alguna casa llegaba el maullido lastimero de un gato en celo. Por alguna calle se apagaba poco a poco el cuchicheo de las últimas reuniones. Una puerta se cerraba. Una persiana golpeaba. Y de los patios, de los corrales y de las ventanas abiertas subía aquel olor dulce y profundo de los jazmines y las damas de noche, que parecía hecho expresamente para aquellas madrugadas.

De pronto, como si fuera una noticia de última hora, siempre aparecía alguien gritando:

—¡He visto una estrella fugaz! ¡He visto una estrella fugaz!

 

Y allí empezábamos todos a mirar al cielo con los ojos como platos, intentando cazar, aunque fuera uno de aquellos prodigios. Porque alguien había dicho que, si conseguías verla y pedías un deseo inmediatamente, el deseo se cumplía.

Yo todavía estoy esperando el jeep de los Geyperman.

Será que aquella estrella la vi mal.

O que pedí el deseo demasiado tarde.

Pero bueno, uno sigue esperando.

La noche continuaba entre algún “¡callarse, niños!” y los primeros ronquidos de los mayores, que poco a poco empezaban a competir con cualquier ruido de la calle. Eran ronquidos de los de antes, largos, solemnes, con una autoridad que no necesitaba presentación.

Las farolas, cuando les llegaba su hora, se apagaban y las lagartijas cazadoras, que habían estado correteando por las paredes bajo su luz, se retiraban también a descansar.

Así pasaba la madrugada, entre una vuelta y otra, entre el calor que poco a poco iba perdiendo su furia y aquel sueño ligero de los niños que se despertaban con cualquier ruido. Hasta que, casi sin darnos cuenta, el amanecer comenzaba a descorrer aquella enorme capa negra que había cubierto el cielo.

Y entonces ocurría otra cosa que hoy ya casi pertenece a la memoria.

Las madrugadoras vecinas empezaban a regar sus puertas. Salían con sus cubos de lata y baldeaban el agua fresca con las manos sobre las aceras, levantando ese olor limpio y fresco que nos daba los buenos días. Era el despertador de aquel Morón que todavía sabía comenzar el día despacio.

 Desde la tahona de MACIAS llegaba el olor a pan recién cocido, un olor que tenía la virtud de meterse por las narices y despertarle a uno hasta el último rincón del alma.

Nosotros, mientras tanto, amanecíamos hechos un ovillo, tapados hasta las orejas con alguna sabanilla o con aquel cobertor viejo que alguien había rescatado del soberao. Porque esa era otra de las bromas del verano: uno se acostaba asfixiado de calor y terminaba la madrugada buscando con los pies una manta.

Pero aquella noche ya se había quedado atrás.

Y con ella se iba también una manera de vivir que quizá no era más cómoda, ni más fácil, ni desde luego más fresca, pero que tenía algo que ahora echamos de menos sin saber muy bien cómo explicarlo.

Porque entonces dormíamos en una azotea.

Y acaso eso fuera la felicidad: no tener aire acondicionado, pero tener por techo el cielo de Moron.

Atentamente:

El niño Gilena.