Estimado pueblo:
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo sigo con calor.
Hoy quiero remontarme a aquellos años en
que el aire acondicionado brillaba por su ausencia y el calor se combatía con
las armas humildes que había en cada casa: el abanico, el ventilador y, sobre
todo, aquel búcaro fresquito que parecía guardar dentro un pedazo de sombra.
Porque, claro está, nunca nadie ha tenido un búcaro calentito.
Eran años en los que Lorenzo se ensañaba
con Morón y el mercurio se encaramaba por encima de los cuarenta, dejando las
paredes recalentadas, los tejados hechos ascuas y la noche sin una sola rendija
por donde pudiera escaparse el bochorno. El recalentón cocía la tarde, recocía
la noche y parecía dispuesto a guisar también la madrugada. Y cuando ya no
había abanico que valiera, ni corriente de aire que apareciese por ninguna
ventana, la familia tomaba una decisión que hoy nos parecería propia de otros
tiempos: dormir en la azotea.
Antes, eso sí, estaba la tertulia. Las
sillas de enea se arrimaban a la boca del zaguán, donde se buscaba ese hilillo
de aire que, por misericordia divina, quisiera entrar desde la calle. Algún
sardiné entre los labios, conversación pausada, abanico que iba y venía y
aquella manera tan nuestra de dejar que el tiempo pasara sin necesidad de
perseguirlo como ya te conté hace tiempo.
Después, cuando la noche ya había dado
cuenta de buena parte de sus horas, comenzaba la mudanza.
Abuelos, padres y nietos subíamos a la
azotea con lo que hubiera a mano: un colchoncillo viejo, una manta paduana, una
esponja grande con una sabanilla por encima o cualquier cobertor que pudiera
hacer las veces de lecho. Y allí quedábamos, cada cual, buscando su palmo de
cielo, con las paredes blancas alrededor la yerbabuena por mesita de noche y
las estrellas por techo.
Y entonces sucedía el milagro.
La noche, que abajo parecía una olla
tapada, allá arriba se volvía otra cosa. Más grande. Más limpia. Más nuestra.
Alguien señalaba hacia el cielo y decía
dónde estaba la Osa Mayor. Otro se empeñaba en contar estrellas y perdía la
cuenta antes de llegar a veinte. Los más pequeños buscábamos en la luna aquella
cara desfigurada que los mayores decían distinguir perfectamente, aunque uno
nunca terminara de encontrarla.
Y mientras tanto, Morón seguía respirando
debajo de nosotros.
De alguna casa llegaba el maullido
lastimero de un gato en celo. Por alguna calle se apagaba poco a poco el
cuchicheo de las últimas reuniones. Una puerta se cerraba. Una persiana
golpeaba. Y de los patios, de los corrales y de las ventanas abiertas subía
aquel olor dulce y profundo de los jazmines y las damas de noche, que parecía
hecho expresamente para aquellas madrugadas.
De pronto, como si fuera una noticia de
última hora, siempre aparecía alguien gritando:
—¡He visto una estrella fugaz! ¡He visto
una estrella fugaz!
Y allí empezábamos todos a mirar al cielo
con los ojos como platos, intentando cazar, aunque fuera uno de aquellos
prodigios. Porque alguien había dicho que, si conseguías verla y pedías un
deseo inmediatamente, el deseo se cumplía.
Yo todavía estoy esperando el jeep de los
Geyperman.
Será que aquella estrella la vi mal.
O que pedí el deseo demasiado tarde.
Pero bueno, uno sigue esperando.
La noche continuaba entre algún
“¡callarse, niños!” y los primeros ronquidos de los mayores, que poco a poco
empezaban a competir con cualquier ruido de la calle. Eran ronquidos de los de
antes, largos, solemnes, con una autoridad que no necesitaba presentación.
Las farolas, cuando les llegaba su hora,
se apagaban y las lagartijas cazadoras, que habían estado correteando por las
paredes bajo su luz, se retiraban también a descansar.
Así pasaba la madrugada, entre una vuelta
y otra, entre el calor que poco a poco iba perdiendo su furia y aquel sueño
ligero de los niños que se despertaban con cualquier ruido. Hasta que, casi sin
darnos cuenta, el amanecer comenzaba a descorrer aquella enorme capa negra que
había cubierto el cielo.
Y entonces ocurría otra cosa que hoy ya
casi pertenece a la memoria.
Las madrugadoras vecinas empezaban a
regar sus puertas. Salían con sus cubos de lata y baldeaban el agua fresca con
las manos sobre las aceras, levantando ese olor limpio y fresco que nos daba
los buenos días. Era el despertador de aquel Morón que todavía sabía comenzar
el día despacio.
Desde
la tahona de MACIAS llegaba el olor a pan recién cocido, un olor que tenía la
virtud de meterse por las narices y despertarle a uno hasta el último rincón
del alma.
Nosotros, mientras tanto, amanecíamos
hechos un ovillo, tapados hasta las orejas con alguna sabanilla o con aquel
cobertor viejo que alguien había rescatado del soberao. Porque esa era otra de
las bromas del verano: uno se acostaba asfixiado de calor y terminaba la
madrugada buscando con los pies una manta.
Pero aquella noche ya se había quedado
atrás.
Y con ella se iba también una manera de
vivir que quizá no era más cómoda, ni más fácil, ni desde luego más fresca,
pero que tenía algo que ahora echamos de menos sin saber muy bien cómo
explicarlo.
Porque entonces dormíamos en una azotea.
Y acaso eso fuera la felicidad: no tener
aire acondicionado, pero tener por techo el cielo de Moron.
Atentamente:
El niño Gilena.
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