Estimado pueblo:
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo hoy de romería.
Bajo el azul limpio, casi transparente,
de la mañana de Morón, la romería despierta este año a San Miguel como si el
día hubiese nacido solamente para ella.
El
pueblo se vuelve entonces un lienzo vivo donde se mezclan la devoción la
fiesta, el polvo de las vereas y el olor antiguo de los olivares. Porque esto
no es solamente un camino es un latido común, una antigua manera de andar
juntos hacia un lugar donde el tiempo parece esperarnos.
Pasan las carretas, blancas de telas y
flores de papel, meciéndose suavemente detrás de los tractores. Y suena el
tamboril, y la flauta, y los cascabeles; suenan las voces y las risas. Repican
las varas de plata en la mecía de los bueyes del Marqués y, de pronto, una
guitarra, casi escondida entre la gente, levanta una sevillana que se queda
flotando sobre el camino.
Los volantes de las romeras danzan en el
polvo y en la solana, como flores que el aire hubiese dejado caer sobre la
verea.
Y allá, en la falda de la sierra de
Montegil, la blanca ermita parece haber terminado por fin su larga espera. Allí
aguardan los romeros para acunarla durante un día, para quererla, para adorar a esa Reina Niña
que vuelve a encontrarse con su gente.
La Virgen reposa junto a los suyos,
desprovistos de sombras por capricho del pasado invierno que despeino la orilla
del espartero de los antiguos pinos que nos cobijaban quedando bajo un sol que
parece querer quedarse también a la fiesta. Y allí caben los rezos y las
promesas, las risas y los llantos, el abrazo del amigo y la conversación del
vecino, la convivencia sencilla entre tragos de vinos y sardinas arrimadas a la
ascua, de quienes saben que las cosas verdaderamente importantes no suelen
necesitar demasiadas palabras ni muchos protocolos.
Un día para acunarla, para quererla, para
mirarla de cerca; un día para que la Virgen de gracia vuelva a sentirse entre
los suyos, nada parece necesitar más, porque hay días en que la felicidad cabe
en muy poco.
Un trago de vino.
Una copla.
Una mano amiga.
La Virgen aguantado tu mirada.
Y el día se hace grande allí donde nace la cal.
Luego llega la tarde.
El sol se inclina sobre los olivares y
pone una luz dorada en los rostros cansados. El regreso comienza despacio. Ya
no hay tanta algarabía. Se canta más bajito, como si la tarde pidiera
recogimiento. Y las caleras, con su antigua blancura, parecen despedirnos con
los ojos puestos en la senda.
Entonces la romería deja de ser camino y
empieza a ser recuerdo.
Queda en el polvo, en las voces, en el
olor del campo, en el último cante, en esa luz que poco a poco se va quedando
sola sobre los olivares.
Morón vuelve a reconocerse en sus
costumbres.
Y la comitiva, lentamente, busca el
camino de la Victoria, guiada por el viejo Castillo Moro, que desde lo alto
parece señalarle a la Reina de Gracia el regreso a su cobijo
Y allí la espera, como cada año, su
pueblo. La recibe con el júbilo de los cohetes, el repique de las campanas, la
alegría de las calles y ese fervor difícil de explicar con palabras: el de
quien siente que no regresa una imagen, sino que vuelve a casa una hija.
El pueblo que salió con Ella al campo y
que vuelve con Ella en el corazón.
Atentamente;
El niño Gilena