26 octubre 2026

LA ROMERIA DE LOS DIFUNTOS

 

Estimado pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo hoy acordando me de los míos.

 

Llega ese día del calendario en que el festejo deja de ser cosa de los vivos y pasa a manos de quienes se fueron al otro barrio, que también los muertos tienen su fecha señalada, aunque a ellos, a estas alturas, les importe poco el almanaque. Se acerca el Día de Difuntos y Morón, que para casi todo tiene su manera particular de entender las cosas, emprende una peregrinación silenciosa hacia el cementerio. No hay cohetes, ni bandas de música, ni alboroto de feria, pero hay cubos, escaleritas de tres pasos, aljofifas, estropajos y una voluntad colectiva de dejar las cosas como Dios manda, que para eso los muertos no pueden protestar por el servicio recibido.

Días antes, el camposanto se convierte en un trasiego de familiares y de útiles de limpieza. Se frota, se rasca, se enjuaga, se repasa el mármol y se le saca brillo hasta a los recuerdos. Las lápidas, los nichos y los panteones que se precien han de lucir de punto en blanco, como si el difunto fuese a recibir visita de cumplido y todavía le importasen las apariencias. Hay quien se afana con verdadera devoción, quien trabaja con la meticulosidad de un restaurador de antigüedades y quien, entre cubo y cubo, aprovecha para echar una conversación con el vecino de tumba, que a fin de cuentas los vivos seguimos siendo muy dados a hablar de los demás incluso cuando los demás ya no están para defenderse.

Y luego están las flores.

Recuerdo que, en mi niñez, las flores eran tantas que perfumaban las callejuelas del cementerio con una intensidad casi impropia del lugar. Había en aquellos días un olor espeso, dulzón, que se mezclaba con la humedad de las piedras y el frescor de las mañanas otoñales. Los ramos naturales, amontonados en jarrones y recipientes de toda condición, daban a aquella acostada concurrencia una apariencia de jardín vencido, como si los retoños de la tierra quisieran regalarles a los difuntos una última primavera, aunque fuese de prestado, aunque durase apenas unos días. Era un perfume que pretendía disimular la muerte, ponerle un poco de colonia a la eternidad, como si la ausencia, bien adornada, pudiera resultar menos definitiva.

Pero los tiempos cambian, y el muerto, que no tiene derecho a réplica, se adapta a las costumbres de sus deudos.

Hoy, más prácticos según unos y más duraderos según otros, reinan los manojos de flores plastificadas, manufacturadas en tierras del Gran Kan, con colores imposibles y formas desastrosas, capaces de reunir en un solo ramo todos los atentados contra la naturaleza y el buen gusto. Rosas que parecen recién salidas de una factoría de juguetes, claveles de una geometría sospechosa y hojas que jamás conocieron la savia ni tuvieron noticia de la lluvia. El inventor de semejantes engendros sí que tenía que haber nacido muerto, aunque seguramente habría encontrado la manera de dejar flores artificiales sobre su propia tumba.

En fin, que entre “jofifa” y “jofifa”, baldeo de jabón Lagarto y decoración floril, las callejuelas se quedan como una verbena del pantano: alegres, lustrosas y relucientes, con una duración calculada para que los jarrones no lleguen a alojar parientes marchitos. Todo brilla. Todo parece dispuesto para una celebración en la que nadie baila, nadie bebe y nadie tiene demasiadas ganas de reírse, aunque siempre aparezca quien, al encontrarse con un conocido, rompa la solemnidad con un comentario de los de toda la vida. Porque Morón, incluso entre lápidas, sigue siendo Morón, y no sabe desprenderse del todo de esa manera suya de ponerle conversación a cualquier circunstancia.

 

Cumplido el ritual, y no antes de persignarse y decir alguna que otra cosa —un no sabes cuánto te echo de menos, un qué falta nos haces, o ese parece que fue ayer que tantas veces pronunciamos sin reparar en que los años llevan ya mucho tiempo haciendo su trabajo—, la cuadrilla de cuberos y limpiadoras emprende el camino de regreso a casa. Se vuelven con el deber cumplido, con los utensilios recogidos y las manos quizá resecas por el jabón, pero con esa satisfacción discreta de quien ha atendido una obligación que no figura en ningún contrato y que, sin embargo, pesa más que muchas de las que firmamos en vida.

Algunos regresan sabiendo que, posiblemente, aquella sea la última vez. La edad les va poniendo límites a las piernas, a la vista y a las ganas, y comprenden que no siempre habrá fuerzas para subir la escalerita, llenar el cubo o arrodillarse delante de una lápida. Miran de reojo a los hijos, a los nietos, esperando quizá que alguno recoja el testigo, pero el relevo no parece estar por la labor. Los tiempos nuevos traen otras urgencias, otras maneras de entender el cariño y otras formas de recordar, no siempre compatibles con el estropajo, la lejía y la mañana entera perdida entre los muertos.

Otros, los más conscientes, saben que han cumplido con el último rito anual: el que los reúne, aunque sea en silencio, con la abuela, con el abuelo, con aquel tío del que apenas conservan una fotografía y dos anécdotas familiares, o con el padre que les dio en vida muchos más ratos de cariño de los que ellos podrán devolverle después de muerto.

Y ahí, precisamente ahí, se acaba la broma de las flores de plástico.

Porque uno puede reírse de los ramos chinos, del mármol reluciente y de esa extraña verbena que montamos cada noviembre alrededor de la muerte, pero hay algo que no admite chanza: la deuda que dejamos pendiente con quienes nos quisieron. Una deuda que no se paga con flores, ni con jabón Lagarto, ni con una lápida impecable. Se paga, si acaso, viviendo con algo de la bondad que nos enseñaron, acordándonos de lo que fueron y aceptando que, por mucho que limpiemos su última casa, hay ausencias que no se quitan con ninguna aljofifa.

Al final, cuando se vacían las callejuelas y el cementerio vuelve a su quietud de siempre, quedan las flores, el mármol limpio y ese silencio que parece guardar todavía el rumor de los pasos. Los muertos se quedan dónde estaban y los vivos regresamos a nuestras casas, creyendo que hemos ido a visitarlos, cuando quizá hemos acudido, sin saberlo, a reconocernos en lo que algún día seremos.

Y es que el cementerio de Morón, durante unos días al año, no es solamente un lugar de muertos. Es también el último espejo de los vivos: allí donde las flores duran poco, el mármol se ensucia de nuevo y el tiempo, que no entiende de escaleritas ni de cubos, termina por dejarlo todo igual.

Todo, menos el recuerdo.

Atentamente;

El niño Gilena.


21 octubre 2026

LA LEY DE LA TASCA

 


Estimado pueblo:

Espero que al recibo de la presente te encuentres bien, yo buscando una tasca

Andaba yo el otro día dando una otoñal vuelta por las callejuelas de nuestro querido Morón, cuando, al llegar a una esquina de esas que guardan más memoria que un archivo municipal, me detuve como un reloj “estropeao”. Allí, resistiendo como un viejo soldado que se niega a entregar la plaza, se encontraba una de las últimas tascas moroneras, de aquellas donde algunos de nosotros gastamos juventud, saliva, suelas de zapatos y más de una perra gorda entre tragos, dominós y conversaciones que, por lo general, arreglaban el mundo antes de la hora del almuerzo.

Y fue verla, con su puerta entreabierta y su aire de no tenerle que demostrar nada a nadie, y venírsenos encima la melancolía.

 Jesusillo me dije—, esto se está perdiendo.

Y mi sombra, que para secretario sirve lo mismo que para testigo de una desgracia, asintió con la cabeza.

Porque las tascas, querido pueblo, no eran bares, ni tabernas finas, ni establecimientos hosteleros de esos que ponen nombres extranjeros a las croquetas y te sirven una aceituna con más ceremonia que una boda. No, señor. La tasca era otra cosa. Era una institución sin estatutos, una academia sin títulos y un parlamento donde cualquiera podía tomar la palabra, aunque no tuviera razón ni se la esperase.

Y como quiera que las cosas que no se escriben terminan por olvidarse, hemos decidido dejar constancia de lo que, a nuestro modesto entender, constituye la verdadera denominación de origen de una TASCA MORONERA, patrimonio sentimental de un pueblo que todavía sabe reírse de sí mismo.

 

REGLAMENTO NO ESCRITO DE LA TASCA MORONERA

 

Primero. De su naturaleza y contenido.

 

La tasca será aquel establecimiento dedicado a expender bebidas alcohólicas y refrescos, algún café de dudosa excelencia y, en materia de gastronomía, una oferta tan austera como innegociable: aceitunas partías, “arvellanitas”, “chochos”y, si el dueño se levantó generoso o el tomate venía de la huerta de un parroquiano, un tomate abierto por la mitad con su correspondiente mijita de sal.

 

Aquí no se venían a comer, sino a matar el gusanillo, que en Morón siempre ha tenido más de una acepción.

 

Segundo. De sus servicios.

 

Dispondrá de un aseo, conocido universalmente como el “meaero”, donde el parroquiano encontrará, según categoría y antigüedad del negocio, un urinario o una losa turca. El lujo no era una prioridad, y la intimidad, un concepto que se llevaba con bastante filosofía, tras esa puertecilla abatible de salón del oeste.

 

Tercero. De su parroquia.

 

El noventa y nueve por ciento de la clientela estará constituido por varones de distintas edades, procedencias y grados de conversación. La presencia femenina será excepcional, salvo en vísperas de Semana Santa, cuando alguna señora se acerque, con la diligencia propia de quien tiene una misión doméstica que cumplir, a comprar vino dulce para las torrijas.

La señora entrará, pedirá, pagará y se marchará. Y el tasquero, que conoce el mundo, no hará preguntas.

 

Cuarto. De su decoración.

 

Las paredes estarán convenientemente adornadas con calendarios de vírgenes y cristos, mujeres ligeras de ropa, anuncios de tractores y propagandas de Zotal, que lo mismo servían para combatir los malos olores que para recordar que la vida del campo no entiende de delicadezas.

Podrá exhibirse, asimismo, algún calabacín de dimensiones extraordinarias, una limón como la cabeza de un niño chico o un apero agrícola tan antiguo que nadie sepa ya si servía para arar, sembrar o espantar a los mirlos.

Todo ello compondrá una decoración espontánea, sin arquitectos ni interioristas, pero con mucha verdad.

 

Quinto. De las actividades complementarias.

 

La tasca podrá funcionar como mercado ocasional de productos del campo, centro de compraventa de espárragos y tagarninas, oficina auxiliar de loterías y punto de encuentro para la rifa de cualquier cosa que venga de la tierra.

 

Porque el tasquero moronero, además de servir copas, siempre ha tenido algo de corredor de comercio, intermediario rural y ministro de Economía de su clientela.

 

Sexto. De los juegos permitidos.

 

No faltarán las fichas de dominó, los dados para jugar al hijo puta y una baraja de cartas dispuesta a provocar alegrías, disgustos y alguna discusión sobre si aquello era tute, giley o una manera muy nuestra de perder los cuartos.

El golpe de las fichas contra la mesa tendrá categoría de música ambiental. Y si alguien protesta por el ruido, se le invitará discretamente a buscar otro establecimiento, que para eso hay libertad de mercado.

 

Séptimo. De las atribuciones del tasquero.

 

El dueño podrá beber al mismo tiempo que sus clientes, participar en una partida de dominó, echar unas cartas y opinar sobre cualquier asunto de política municipal, fútbol, cosechas o relaciones matrimoniales.

No habrá incompatibilidad entre ejercer de empresario y jugarse el café. El tasquero será, por derecho propio, juez, parte, consejero y, en ocasiones, el único que sabe quién debe dinero a quién.

 

Octavo. Del tabaco y las inclemencias.

 

Se permitirá fumar en el escalón de la puerta, ese territorio fronterizo donde uno no sabe si está dentro o fuera, pero donde se han resuelto más asuntos que en algunos juzgaos de paz.

Cuando llueva o apriete el frío, se tolerará que el fumador se refugie bajo el quicio, con medio cuerpo en la calle y el otro medio dentro, defendiendo su derecho al humo como quien defiende una tradición milenaria.

 

Noveno. De la seguridad del establecimiento.

 

El suelo estará convenientemente cubierto de serrín, elemento indispensable para absorber derrames, evitar resbalones y disimular que aquella mañana se había roto más de una botella.

El serrín, mezclado con vino, cerveza y el polvo que entraba de la calle, componía una alfombra de humilde dignidad. Y nadie preguntaba por el material del pavimento.

 

Décimo. De la indumentaria oficial.

 

El tasquero vestirá un mandil de medio cuerpo, preferentemente azul de mono de trabajo, con manchas cuya procedencia solo él conoce y que forman parte inseparable de su uniforme, de igual manera portara una mezcla de trapo o servilleta en el hombro izquierdo.

No necesitará camisa de marca, ni zapatos lustrosos, ni reloj de lujo. Su mejor tarjeta de presentación será conocer a cada vecino por el nombre, el apodo o la deuda pendiente.

 

Undécimo. De la facturación.

 

Queda expresamente prohibido complicar la vida con comandas, terminales informáticos o papelitos impresos.

La cuenta se apuntará con tiza en la barra, o donde buenamente se pueda, después de humedecerla con saliva. La tiza viajará casi siempre alojada en la oreja del tasquero, que la recuperará con la naturalidad de quien saca una herramienta del bolsillo.

Y si el cliente pregunta cuánto debe, se le dará una cifra redonda, calculada con una mezcla de memoria, intuición y confianza mutua.

 

Duodécimo. Del horario de apertura y cierre.

 

La tasca abrirá temprano, como corresponde a un pueblo trabajador, aunque su hora exacta dependerá de la noche anterior y de las condiciones físicas y espirituales del propietario.

El cierre será igualmente flexible. Si hay partida, conversación o un asunto importante que resolver, la persiana puede esperar. Y si el tasquero tiene sueño, se acabó lo que se daba, por mucha sed que conserve el respetable.

 

Porque en la tasca manda el reloj, sí, pero manda bastante más el dueño.

 

Y AHORA, ¿QUÉ?

 

En fin, querido pueblo, que después de repasar este reglamento, me quede mirando aquella puerta como quien contempla una fotografía descolorida de la familia. Me di cuenta de que, detrás de aquellas paredes humildes, no solo se vendían vasos de vino y botellines de cerveza. Allí se vendía tiempo, se compartían noticias, se remendaban soledades y se mantenía vivo ese trato de vecindad que no figura en los libros, pero que sostiene la memoria de los pueblos.

 

Hoy tenemos locales modernos, cartas interminables, luces muy estudiadas y cafés con nombres que parecen apellidos extranjeros. Todo eso estará muy bien, faltaría más. Pero uno echa de menos aquella barra sin pretensiones, el serrín bajo los zapatos, el golpe seco del dominó y al tasquero diciendo, desde el otro lado:

—¿Lo de siempre?

Y uno sabía que no le estaban preguntando solamente qué quería beber.

Le estaban diciendo que seguía siendo de allí.

Por eso, si todavía queda alguna tasca moronera que reúna estas condiciones, aunque sea con dos reformas y tres achaques encima, habrá que mirarla con cariño, entrar, pedir algo y dejar que el tiempo se siente un rato con nosotros.

Que las tascas, como los hombres buenos, no suelen hacer ruido cuando se van. Un día cierran, otro día desaparece el letrero y, cuando queremos acordarnos, ya nadie recuerda dónde se echaban aquellas partidas ni quién se bebía el último vaso.

Y eso, querido pueblo, es lo que de verdad da pena: que un pueblo pueda perder sus costumbres sin darse cuenta de que, al perderlas, se le está escapando un pedazo de su propia alma.

 

Atentamente;

El niño Gilena.

 

El Niño Gilena


12 octubre 2026

LA ROMERIA

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo hoy de romería.

 

Bajo el azul limpio, casi transparente, de la mañana de Morón, la romería despierta este año a San Miguel como si el día hubiese nacido solamente para ella.

 El pueblo se vuelve entonces un lienzo vivo donde se mezclan la devoción la fiesta, el polvo de las vereas y el olor antiguo de los olivares. Porque esto no es solamente un camino es un latido común, una antigua manera de andar juntos hacia un lugar donde el tiempo parece esperarnos.

Pasan las carretas, blancas de telas y flores de papel, meciéndose suavemente detrás de los tractores. Y suena el tamboril, y la flauta, y los cascabeles; suenan las voces y las risas. Repican las varas de plata en la mecía de los bueyes del Marqués y, de pronto, una guitarra, casi escondida entre la gente, levanta una sevillana que se queda flotando sobre el camino.

Los volantes de las romeras danzan en el polvo y en la solana, como flores que el aire hubiese dejado caer sobre la verea.

Y allá, en la falda de la sierra de Montegil, la blanca ermita parece haber terminado por fin su larga espera. Allí aguardan los romeros para acunarla durante un día,  para quererla, para adorar a esa Reina Niña que vuelve a encontrarse con su gente.

La Virgen reposa junto a los suyos, desprovistos de sombras por capricho del pasado invierno que despeino la orilla del espartero de los antiguos pinos que nos cobijaban quedando bajo un sol que parece querer quedarse también a la fiesta. Y allí caben los rezos y las promesas, las risas y los llantos, el abrazo del amigo y la conversación del vecino, la convivencia sencilla entre tragos de vinos y sardinas arrimadas a la ascua, de quienes saben que las cosas verdaderamente importantes no suelen necesitar demasiadas palabras ni muchos protocolos.

Un día para acunarla, para quererla, para mirarla de cerca; un día para que la Virgen de gracia vuelva a sentirse entre los suyos, nada parece necesitar más, porque hay días en que la felicidad cabe en muy poco.

Un trago de vino.

Una copla.

Una mano amiga.

La Virgen aguantado tu mirada.

Y el día se hace grande allí donde nace la cal.

Luego llega la tarde.

El sol se inclina sobre los olivares y pone una luz dorada en los rostros cansados. El regreso comienza despacio. Ya no hay tanta algarabía. Se canta más bajito, como si la tarde pidiera recogimiento. Y las caleras, con su antigua blancura, parecen despedirnos con los ojos puestos en la senda.

Entonces la romería deja de ser camino y empieza a ser recuerdo.

Queda en el polvo, en las voces, en el olor del campo, en el último cante, en esa luz que poco a poco se va quedando sola sobre los olivares.

Morón vuelve a reconocerse en sus costumbres.

Y la comitiva, lentamente, busca el camino de la Victoria, guiada por el viejo Castillo Moro, que desde lo alto parece señalarle a la Reina de Gracia el regreso a su cobijo

Y allí la espera, como cada año, su pueblo. La recibe con el júbilo de los cohetes, el repique de las campanas, la alegría de las calles y ese fervor difícil de explicar con palabras: el de quien siente que no regresa una imagen, sino que vuelve a casa una hija.

El pueblo que salió con Ella al campo y que vuelve con Ella en el corazón.

 

Atentamente;

El niño Gilena


22 septiembre 2026

EL VERDEO

 


Estimado Pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo hoy verdeando.

 

Como tantos años en la antigua Arunci, cuando septiembre se asoma despacio y ya ha concluido la vecina feria de Arahal, vuelve al campo su antigua costumbre: el verdeo.

Amanece Morón entre una luz nueva y los caminos comienzan a llenarse de madrugadores. Cada vez más también de noche salen los jornaleros hacia los olivares, para desprender, una a una, las aceitunas verdes de estos árboles cansados de tanto sol y de tanta espera.

El campo, que durante el verano parecía dormido bajo el canto interminable de las chicharras y el silbo de los mirlos, recobra de pronto su alegría. En los pagos se cruzan las voces, las bromas, el ruido de los tractores y el ir y venir de los macacos. Los conejos, asustadizos, regresan a sus madrigueras, sorprendidos por aquel trajín que vuelve a romper el silencio. Y, de cuando en cuando, alguna voz se arranca con un fandango antiguo, como si el campo mismo quisiera cantar su bienvenida a septiembre.

Recuerdo de mi niñez aquellos días de verdeo, cuando la cosecha era tiempo de bonanza para unos y de alivio para otros. El olivo, generoso y amigo, parecía saber repartir su fruto entre las dos orillas de la desigual vida del pueblo: dando abundancia a unos y ayudando a paliar las necesidades de otros.

Las manzanillas finas, las moronas, las gordales... Allí estaban, escondidas entre las hojas, esperando las manos de aquellos hombres y mujeres acostumbrados a la dureza de la tierra. Mujeres que, por aquellos tiempos, se ponían los pantalones solamente durante la campaña, debajo de la bata, por aquello del pudor al agacharse. Y los hombres, subidos en sus banquillos, iban deshabitando las copas, haciendo caer aquel perlado manjar que la tierra había criado durante todo el verano.

Después, al caer la tarde, quedaba en las vereas el cansancio dulce de la jornada, el olor de la aceituna recién cogida y ese silencio distinto que tiene el campo cuando ha trabajado el hombre.

Hoy, cuando miro un olivo, no veo solamente un árbol.

Veo las manos de aquellas mujeres, los banquillos de los hombres, los macacos llenándose, los fandangos perdidos entre las ramas y aquellos caminos de mi infancia despertando cada septiembre.

Porque quizá tengamos con el olivo una deuda vieja, de esas que no se pagan nunca.

Él supo calmar muchas miserias y también levantar muchas fortunas.

Y todavía, cada septiembre, cuando Morón vuelve a verdear, parece que sus ramas nos recuerdan que buena parte de nuestra historia sigue viviendo entre sus hojas.

Atentamente;

El niño Gilena


08 septiembre 2026

EL ENCALO

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo hoy de blanqueo.

 

Siempre que llega este tiempo, ese tiempo indeciso que anda entre la ancianidad del verano y el nacimiento de la feria, me vuelven a la memoria aquellos días de blanqueo. Días en los que en casa se retiraba la rutina diaria para dejar paso a un protocolo añejo, repetitivo y casi sagrado, de esos que uno aprende sin que nadie se los enseñe porque los ha visto hacer toda la vida.

Todo comenzaba una tarde.

Mi padre, aprovechando el retorno del camión de los Cantimpla a la calle Espíritu Santo, se encontraba con el hombre entre un «buenas tardes» y un «¿cómo se anda?» y, sin más ceremonia que la de quien encarga algo que sabe que llegará, le decía:

—Arroba y media de cal.

Y asunto concluido.

Al día siguiente, con la puntualidad que entonces tenían las cosas que de verdad hacían falta, la cal entraba en casa. Y con ella empezaba el blanqueo.

Se sacaba del “soberao” el bidón de entrañas blancas que había permanecido allí todo el año, esperando pacientemente esta cita con septiembre. Yo siempre he pensado que había algo de magia en aquello. Una magia vieja, doméstica, sin más hechicería que el agua y las manos de un hombre.

Porque allí estaban las piedras: pesadas, ásperas, blancas, sin gracia aparente. Y de pronto, después del agua, de remover y de dejar que aquella materia se cociera, aparecía ante nuestros ojos una blancura casi viva.

La casa se preparaba entonces para su transformación.

La caña, los pinceles, los cubos, los sacos, la escalera y el estropajo salían de sus escondites y entraban en faena. Y comenzaban los brochazos, los recortes, los cambios de escalera y aquel continuo ir y venir de voces:

—¡Aguanta ahí!

—¡Échame más cal!

—¡Cuidado con el suelo!

—¡ Niño quítame esas goteras del sardine!

Y la casa, poco a poco, iba perdiendo el color de los días pasados para recuperar aquel blanco suyo, el de siempre, el de las casas que sabían recibir a la feria.

Quedaba blanca como la espuma del mar.

Y olía a limpio.

A sábana nueva.

 

A patio recién estrenado.

Era una blancura que no sólo limpiaba las paredes. Parecía que también limpiaba el cansancio del verano y dejaba la casa fresca, confortable, preparada para recibir los días largos.

 

Quizá por eso, cuando escuche que este pétreo, y a veces líquido, elemento fue categorizado como patrimonio, no sé muy bien qué patrimonio será ése. Si humano o divino.

Lo que sí sé es que, para mí, hace muchos años que la cal tiene una categoría que no necesita expediente alguno.

Es patrimonio de la memoria.

De mi memoria y de la de tantos que conocimos aquellos días en los que un hombre una madre , una brocha, un cubo y un poco de agua eran capaces de devolverle la vida a una casa.

Y entonces comprendo que quizá por eso, cuando llega este tiempo, la cal no me parece una piedra.

Me parece una historia.

Una historia que empezó mucho antes que nosotros, allá arriba, en la sierra.

Porque antes de llegar al bidón del “soberao”, antes del horno y antes del pincel, tuvo que haber tierra.

Y fuego.

Y viento.

Y agua.

Cuatro elementos que un día se encontraron para que aquella piedra pudiera convertirse en blancura.

Y es entonces cuando me sale la copla, como si la cal misma viniera desde la sierra a contarme su historia:

 

Tierra, fuego, viento y agua

se juntaron aquel día

para darte la alegría

y el lustre de tu mirada.

Tiempo, esfuerzo, horno y hombre

cantaron pronto tu nombre,

y el viento lo pregonaría

sin que supieras que un día

fueras lucero en los montes.

 

Porque eso fue también la cal: tiempo.

Tiempo de sacar la piedra.

Tiempo de llevarla al horno.

Tiempo de fuego.

Tiempo de hombre.

Tiempo de espera.

Hasta que la piedra, vencida por el fuego y por las manos, dejaba de ser piedra para convertirse en aquello que después cubriría nuestras casas.

Y así, lo que nació en la sierra terminaba en nuestras paredes.

 

Llanto de roca vieja,

que blanqueas mi morada,

robando la luz dorada

al cielo de Andalucía.

 

 

Porque la cal, cuando se extendía sobre la pared, parecía robarle algo al cielo. Le quitaba un poco de su luz azul para devolverla multiplicada en las fachadas, en los patios, en las tapias, en Moron entero.

Y aquellas piedras moroneras, nacidas en la sierra, acababan haciendo blanco el paisaje.

 

Astilla de estrellas,

reflejo claro de luna,

que formaron la bandera

de esas piedras moroneras

que en la sierra tienen cuna.

 

Ahí estaba todo.

La sierra y la casa.

El horno y la brocha.

El hombre y la piedra.

 

El fuego y el agua.

Lo viejo y lo nuevo.

 

Y, entre medias, el pincel haciendo su trabajo, como quien conoce un secreto que los años se han encargado de olvidar.

Porque cuando la brocha entraba en la cal y subía por la pared, yo casi podía imaginar que aquello no era pintura.

Era un cante.

Un cante blanco que iba subiendo por la fachada.

 

Baila por bulerías

en el filo del pincel,

para cubrir con tu manto

y darme color de sal,

con la alegría de tu canto.

 

Y quizá por eso aquellas casas recién blanqueadas tenían algo que hoy cuesta encontrar.

No era sólo el resplandor.

Era la alegría de la blancura.

Era el orgullo de una tierra que sabía convertir sus piedras en luz.

 

Ahora se habla de patrimonio y se buscan nombres para las cosas que se nos van.

Y está bien.

Pero yo pienso que hay un patrimonio que no cabe en un catálogo.

El patrimonio de los olores.

El de las voces.

El de una escalera apoyada en una pared.

El de una mano removiendo un bidón.

El de un padre que vuelve a casa con una arroba y media de cal.

 

El de una casa que, después del blanqueo, parecía respirar de otra manera.

Ese patrimonio no necesita que nadie lo declare.

Lo llevamos dentro.

 

Y mientras yo recuerde aquellos días, mientras recuerde el “soberao”, el bidón, los pinceles, la caña y aquellas paredes poniéndose blancas bajo la mano de mi madre, la cal seguirá teniendo su sitio.

 

No sólo en la sierra.

No sólo en los hornos.

No sólo en las fachadas de Andalucía.

También aquí.

En la memoria.

Porque algunas piedras, cuando el tiempo las toca, no se convierten en ruinas.

Se convierten en recuerdos.

Y hay recuerdos que, como la cal, cuanto más viejos son, más blancos nos parecen.

 

Atentamente:

El niño Gilena


04 septiembre 2026

EL DORMITORIO DE LA AZOTEA

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo sigo con calor.

 

Hoy quiero remontarme a aquellos años en que el aire acondicionado brillaba por su ausencia y el calor se combatía con las armas humildes que había en cada casa: el abanico, el ventilador y, sobre todo, aquel búcaro fresquito que parecía guardar dentro un pedazo de sombra. Porque, claro está, nunca nadie ha tenido un búcaro calentito.

Eran años en los que Lorenzo se ensañaba con Morón y el mercurio se encaramaba por encima de los cuarenta, dejando las paredes recalentadas, los tejados hechos ascuas y la noche sin una sola rendija por donde pudiera escaparse el bochorno. El recalentón cocía la tarde, recocía la noche y parecía dispuesto a guisar también la madrugada. Y cuando ya no había abanico que valiera, ni corriente de aire que apareciese por ninguna ventana, la familia tomaba una decisión que hoy nos parecería propia de otros tiempos: dormir en la azotea.

Antes, eso sí, estaba la tertulia. Las sillas de enea se arrimaban a la boca del zaguán, donde se buscaba ese hilillo de aire que, por misericordia divina, quisiera entrar desde la calle. Algún sardiné entre los labios, conversación pausada, abanico que iba y venía y aquella manera tan nuestra de dejar que el tiempo pasara sin necesidad de perseguirlo como ya te conté hace tiempo.

Después, cuando la noche ya había dado cuenta de buena parte de sus horas, comenzaba la mudanza.

Abuelos, padres y nietos subíamos a la azotea con lo que hubiera a mano: un colchoncillo viejo, una manta paduana, una esponja grande con una sabanilla por encima o cualquier cobertor que pudiera hacer las veces de lecho. Y allí quedábamos, cada cual, buscando su palmo de cielo, con las paredes blancas alrededor la yerbabuena por mesita de noche y las estrellas por techo.

Y entonces sucedía el milagro.

La noche, que abajo parecía una olla tapada, allá arriba se volvía otra cosa. Más grande. Más limpia. Más nuestra.

Alguien señalaba hacia el cielo y decía dónde estaba la Osa Mayor. Otro se empeñaba en contar estrellas y perdía la cuenta antes de llegar a veinte. Los más pequeños buscábamos en la luna aquella cara desfigurada que los mayores decían distinguir perfectamente, aunque uno nunca terminara de encontrarla.

Y mientras tanto, Morón seguía respirando debajo de nosotros.

De alguna casa llegaba el maullido lastimero de un gato en celo. Por alguna calle se apagaba poco a poco el cuchicheo de las últimas reuniones. Una puerta se cerraba. Una persiana golpeaba. Y de los patios, de los corrales y de las ventanas abiertas subía aquel olor dulce y profundo de los jazmines y las damas de noche, que parecía hecho expresamente para aquellas madrugadas.

De pronto, como si fuera una noticia de última hora, siempre aparecía alguien gritando:

—¡He visto una estrella fugaz! ¡He visto una estrella fugaz!

 

Y allí empezábamos todos a mirar al cielo con los ojos como platos, intentando cazar, aunque fuera uno de aquellos prodigios. Porque alguien había dicho que, si conseguías verla y pedías un deseo inmediatamente, el deseo se cumplía.

Yo todavía estoy esperando el jeep de los Geyperman.

Será que aquella estrella la vi mal.

O que pedí el deseo demasiado tarde.

Pero bueno, uno sigue esperando.

La noche continuaba entre algún “¡callarse, niños!” y los primeros ronquidos de los mayores, que poco a poco empezaban a competir con cualquier ruido de la calle. Eran ronquidos de los de antes, largos, solemnes, con una autoridad que no necesitaba presentación.

Las farolas, cuando les llegaba su hora, se apagaban y las lagartijas cazadoras, que habían estado correteando por las paredes bajo su luz, se retiraban también a descansar.

Así pasaba la madrugada, entre una vuelta y otra, entre el calor que poco a poco iba perdiendo su furia y aquel sueño ligero de los niños que se despertaban con cualquier ruido. Hasta que, casi sin darnos cuenta, el amanecer comenzaba a descorrer aquella enorme capa negra que había cubierto el cielo.

Y entonces ocurría otra cosa que hoy ya casi pertenece a la memoria.

Las madrugadoras vecinas empezaban a regar sus puertas. Salían con sus cubos de lata y baldeaban el agua fresca con las manos sobre las aceras, levantando ese olor limpio y fresco que nos daba los buenos días. Era el despertador de aquel Morón que todavía sabía comenzar el día despacio.

 Desde la tahona de MACIAS llegaba el olor a pan recién cocido, un olor que tenía la virtud de meterse por las narices y despertarle a uno hasta el último rincón del alma.

Nosotros, mientras tanto, amanecíamos hechos un ovillo, tapados hasta las orejas con alguna sabanilla o con aquel cobertor viejo que alguien había rescatado del soberao. Porque esa era otra de las bromas del verano: uno se acostaba asfixiado de calor y terminaba la madrugada buscando con los pies una manta.

Pero aquella noche ya se había quedado atrás.

Y con ella se iba también una manera de vivir que quizá no era más cómoda, ni más fácil, ni desde luego más fresca, pero que tenía algo que ahora echamos de menos sin saber muy bien cómo explicarlo.

Porque entonces dormíamos en una azotea.

Y acaso eso fuera la felicidad: no tener aire acondicionado, pero tener por techo el cielo de Moron.

Atentamente:

El niño Gilena.


25 agosto 2026

EL NIÑO MATAERO

 

Estimado Pueblo;

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

Te traigo hoy otro personaje para dejarlo impreso en la piedra de la memoria, porque hay hombres que, por sus cualidades o por la falta de ellas, terminan quedándose prendidos en el cuadro de esos paisanos que, siendo ilustres o sin merecerlo, pasan por la historia de tus calles como pasan las sombras por una pared encalada: dejando un rato su perfil y después el recuerdo.

Don Manuel Heredia Molina, nacido cuando todavía andaba despertándose aquel siglo que ya nos dejó, fue hijo de padre no reconocido, aunque sí conocido, y llevó por lustre los dos apellidos maternos que, por su grafía y por su soniquete, pudieran hacer pensar a cualquiera que por sus venas corría alguna hebra de sangre gitana. Pero no. El flamenco de Manuel no le venía de la sangre, sino de la vida, que a veces tiene esas cosas y hace flamenco al que no nació flamenco, torero al que nunca pisó una plaza y poeta al que apenas supo juntar dos palabras.

Quiso, sin embargo, la historia moronense que Manuel fuese conocido más por el apodo que por sus nombres y apellidos. Y así, junto al Heredia Molina, quedó para siempre aquel tercer apellido que le puso el pueblo:” el Niño Mataero,” heredado de la ocupación de su madre, que trabajaba en el matadero municipal.

Y con ese nombre se quedó.

Porque en los pueblos, ya se sabe, uno nace con un nombre, pero el pueblo, que tiene más imaginación que el Registro Civil, acaba poniéndole otro.

La historia que te traigo comienza cuando el mozo entró a servir en el bar que regentaba Ana la Aranda, allá por la entrada de La Alameda, entre el servicio del trigo y la herrería de Juan Fernández. Ana era viuda de un tal Juan Vázquez, hombre de mucho genio y pocos mimos, y aunque entre ella y Manuel mediaba una diferencia de edad que no era precisamente de las que pasan desapercibidas, al muchacho se le metió entre ceja y ceja que aquellos ojos de doña Ana empezasen a mirarlo de otra manera.

Y vaya si lo consiguió.

Porque Manuel, además de joven, debía de ser mozo de los que sabían plantarse. De esos que entran por una puerta y, sin decir palabra, parece que la puerta se ha hecho para que entren ellos.

Poco a poco, aquel que había llegado para servir acabó mandando. Y doña Ana, entre el cariño y la confianza, puso al Niño Mataero de corregente de la taberna. Así fueron pasando los días, hasta que las habladurías empezaron a crecer como las malvas después de una lluvia.

Y como en Morón nunca faltó quien supiera más de la vida ajena que de la propia, Ana y Manuel terminaron pasando por el altar, para regocijo de los más chistosos del lugar.

Cuentan las malas lenguas que Pachanga —Pachanga valiente, que nadie te gane— no dejó pasar la ocasión y les sacó aquella coplilla que todavía parecía correr de boca en boca por las esquinas:

 

¿Quién se casa?

La Aranda.

¿Y con quién?

Con el Niño Mataero.

¡OjÚ, ese va por el dinero!

 

Y así quedó la cosa.

Manuel, dueño ya de su sitio y de su mujer, se puso al frente de aquella taberna por donde fueron desfilando los años, los parroquianos, las copas, las conversaciones y las fiestas. Porque si algo tuvo el Niño Mataero, aparte de sus virtudes y sus defectos, fue afición al flamenco.

Y aquello no era poca afición.

No se conformaba con escuchar a los grandes cantaores que por allí pasaban. Por La Alameda sonaron voces de Juan Talega, los Mairena, Marchena, el Funi y tantos otros que hicieron de aquellos bares una especie de universidad popular del cante. Pero Manuel no era de los que se quedaban sentados mirando.

A Manuel le gustaba también arrancarse.

Y cuando el vino, la noche o las ganas le calentaban el pecho, se echaba por sus fandangos del Sevillano o por el cante del Niño las Huertas, que aquello era otra manera de decir que la taberna se quedaba pequeña y que el flamenco, cuando quería, se salía por las puertas.

Cuentan quienes lo conocieron que en las tardes de verano era cosa habitual ver la figura de Manuel regando la terraza de albero, levantando aquel olor húmedo y fresco que dejaba el agua sobre la tierra caliente, mientras desde dentro llegaba el soniquete de los antiguos discos de pizarra de Miguel de los Reyes y Miguel de Molina.

Y allí estaba él.

La manga remangada, la regadera en la mano, el cante entrando y saliendo de la taberna, y aquella Alameda de entonces respirando despacio bajo el calor.

Pero ya se sabe que toda moneda tiene su cruz y que hasta las historias que parecen hechas de coplas terminan encontrándose con alguna que otra desgracia.

La cruz de Manuel apareció un día en forma de mujer.

Una señorita, una señora, una labriega del Pozo Loco o, como algunos más atrevidos quisieron llamarla, una fulana. Yo dejo el apelativo al criterio de cada cual, que bastante oficio tiene ya la memoria como para venir ahora a ponerle nombres a las mujeres.

El caso es que aquella mujer trastornó los amores de Manuel.

Y una mañana, sin comerlo ni beberlo, el Niño Mataero cogió el pernil, la media manta y a la susodicha, y puso tierra de por medio.

 

Después comenzaron las conjeturas, que en esto de saber dónde está el prójimo cuando desaparece, Morón siempre ha tenido una imaginación portentosa.

Unos decían que se había ido a los madriles.

Otros, que había acabado en la isla, segando arroz.

Y algunos aseguraban que andaba por ahí gastándose los dineros que le había sisao a la Aranda.

A saber.

Lo cierto es que, pasado aproximadamente un año, apareció otra vez por los pagos de La Alameda. Y no volvió precisamente como se había marchado. Traía más callos en las manos que un labriego de toda la vida, el cuerpo descompuesto y el aire de quien ha aprendido, lejos de casa, que algunas aventuras parecen mejores cuando se cuentan que cuando se viven.

Ana, que debía de quererlo más de lo que las lenguas decían y menos de lo que las apariencias mostraban, perdonó y calló.

Y aquel silencio suyo, quizá más grande que cualquier reproche, terminó devolviendo las aguas a su cauce.

Con el tiempo, Manuel volvió a ser quien había sido: aquel mozo bien plantao que pasaba las tardes entre sus discos de pizarra, el albero recién regado y las coplas del Niño las Huertas, como si la vida no hubiese tenido nunca otra cosa que hacer que pasar por delante de la alameda.

Pero la vida, que es borrica y no atiende a perdones ni a coplas, siguió haciendo lo suyo.

Los años fueron cobrando primero la vida de Ana, que era mayor que Manuel, y después la de él mismo, cuando se acercaba ya a los dieciséis lustros, que dicho así parece una barbaridad, pero que en realidad no es más que la manera antigua de decir que la muerte lo encontró con muchos inviernos a la espalda y demasiadas historias guardadas en el bolsillo.

Y, sin embargo, hay hombres que no terminan de morirse del todo.

Porque todavía hoy, cuando paso con mi madre por La Alameda, ella me recuerda aquellos tiempos en que, siendo chiquilla, se sentaba en el poyete de una ventana y desde allí veía al Niño Mataero entre copas, discos, tardes de calor y conversaciones de cabales.

Y entonces me lo nombra.

Y me dice que Manuel le cantaba la Romería Loreña.

Y yo pienso que quizá ésa sea la verdadera manera de sobrevivir: que muchos años después de haberse ido uno, alguien pase por la misma calle, vea la misma esquina y, de pronto, sin que nadie se lo pida, recuerde una voz.

Porque mientras alguien recuerde aquella voz, Manuel Heredia Molina, el Niño Mataero, seguirá estando allí.

En La Alameda.

 

Entre el polvo del albero, el agua de las tardes de verano y el viejo soniquete de un disco de pizarra.

Como si el tiempo, por una vez, hubiese tenido la delicadeza de no llevárselo entero.

Atentamente;

El niño Gilena