Estimado Pueblo,
Feliz año, espero que estes bien, yo más
viejo.
Me pregunto, despacio, como se preguntan
las cosas que no tienen respuesta inmediata,
de quién es ahora la sierra que un día
llamamos de Morón. No la que figura en papeles ni catastros, sino la otra, la
verdadera, la que aprendimos sin nombres oficiales, la que se nos dio entera
con solo mirarla.
Antes no había que pedir permiso para
subirle el pulso a las laderas. La sierra se ofrecía como un libro abierto, con
sus sendas humildes, sus piedras amigas, su silencio bueno.
Ahora el alambre de espino la rodea, la
aprieta, la encierra en un gesto que no es suyo,
como si alguien hubiera decidido que la
belleza también necesita cerrojo. Ya no se puede pasear por ella sin miedo, ni
dejar que el paso elija el camino.
Ya no se adiestra a los chavales en ese
arte menor y antiguo de agacharse para encontrar un espárrago, que era más que
un alimento era una lección de paciencia, de atención al suelo, de respeto a lo
humilde.
Y tampoco se cumple ya el rito tan
sencillo y tan hondo de coronar la cumbre, de llegar hasta el monolito que
señalaba el final del risco y el principio de algo que no sabíamos nombrar, una
alegría callada, una pertenencia.
Entonces me pregunto si ya no es de
Morón, si ha dejado de ser nuestra como tantas y tantas cosas que fueron del
pueblo sin haber pasado nunca por notario alguno.
Cosas que pertenecieron porque vivieron
en la memoria compartida: en las historias repetidas, en los pasos heredados, en
las meriendas campestres con pan, chocolate y una sombra agradecida.
Hoy la sierra parece otra, o quizá somos
nosotros los que hemos cambiado.
La vemos desde lejos, como se mira un
barco que se aleja lentamente del puerto mientras aún creemos que va a volver.
La vemos en la lejanía, con sus heridas
blancas, abiertas y crecientes, marcas que no son suyas
pero que carga en silencio.
Está ahí, distante y sola ,más sola de lo
que merece.
Y hay en su quietud una tristeza antigua,
una paciencia que no reprocha, como si la sierra supiera que el olvido no es
culpa del paisaje, sino de quienes dejaron de caminarlo.
Y duele pensar que quizá ya no sea de
Morón porque Morón ha dejado, sin darse cuenta, dé subir a ella.
Pero, aun así, ella sigue estando, firme,
callada, fiel, esperándonos como esperan las cosas verdaderas sin exigir, sin
cerrar del todo, guardando todavía quién sabe un último sendero para quien se
acerque con memoria y respeto.
Atentamente;
El niño Gilena.