Estimado pueblo.
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo hoy acordando me de los míos.
Llega ese día del calendario en que el
festejo deja de ser cosa de los vivos y pasa a manos de quienes se fueron al
otro barrio, que también los muertos tienen su fecha señalada, aunque a ellos,
a estas alturas, les importe poco el almanaque. Se acerca el Día de Difuntos y
Morón, que para casi todo tiene su manera particular de entender las cosas,
emprende una peregrinación silenciosa hacia el cementerio. No hay cohetes, ni
bandas de música, ni alboroto de feria, pero hay cubos, escaleritas de tres
pasos, aljofifas, estropajos y una voluntad colectiva de dejar las cosas como
Dios manda, que para eso los muertos no pueden protestar por el servicio
recibido.
Días antes, el camposanto se convierte en
un trasiego de familiares y de útiles de limpieza. Se frota, se rasca, se
enjuaga, se repasa el mármol y se le saca brillo hasta a los recuerdos. Las
lápidas, los nichos y los panteones que se precien han de lucir de punto en
blanco, como si el difunto fuese a recibir visita de cumplido y todavía le
importasen las apariencias. Hay quien se afana con verdadera devoción, quien
trabaja con la meticulosidad de un restaurador de antigüedades y quien, entre
cubo y cubo, aprovecha para echar una conversación con el vecino de tumba, que
a fin de cuentas los vivos seguimos siendo muy dados a hablar de los demás
incluso cuando los demás ya no están para defenderse.
Y luego están las flores.
Recuerdo que, en mi niñez, las flores
eran tantas que perfumaban las callejuelas del cementerio con una intensidad
casi impropia del lugar. Había en aquellos días un olor espeso, dulzón, que se
mezclaba con la humedad de las piedras y el frescor de las mañanas otoñales.
Los ramos naturales, amontonados en jarrones y recipientes de toda condición,
daban a aquella acostada concurrencia una apariencia de jardín vencido, como si
los retoños de la tierra quisieran regalarles a los difuntos una última
primavera, aunque fuese de prestado, aunque durase apenas unos días. Era un
perfume que pretendía disimular la muerte, ponerle un poco de colonia a la
eternidad, como si la ausencia, bien adornada, pudiera resultar menos
definitiva.
Pero los tiempos cambian, y el muerto,
que no tiene derecho a réplica, se adapta a las costumbres de sus deudos.
Hoy, más prácticos según unos y más
duraderos según otros, reinan los manojos de flores plastificadas,
manufacturadas en tierras del Gran Kan, con colores imposibles y formas
desastrosas, capaces de reunir en un solo ramo todos los atentados contra la naturaleza
y el buen gusto. Rosas que parecen recién salidas de una factoría de juguetes,
claveles de una geometría sospechosa y hojas que jamás conocieron la savia ni
tuvieron noticia de la lluvia. El inventor de semejantes engendros sí que tenía
que haber nacido muerto, aunque seguramente habría encontrado la manera de
dejar flores artificiales sobre su propia tumba.
En fin, que entre “jofifa” y “jofifa”, baldeo
de jabón Lagarto y decoración floril, las callejuelas se quedan como una
verbena del pantano: alegres, lustrosas y relucientes, con una duración
calculada para que los jarrones no lleguen a alojar parientes marchitos. Todo
brilla. Todo parece dispuesto para una celebración en la que nadie baila, nadie
bebe y nadie tiene demasiadas ganas de reírse, aunque siempre aparezca quien,
al encontrarse con un conocido, rompa la solemnidad con un comentario de los de
toda la vida. Porque Morón, incluso entre lápidas, sigue siendo Morón, y no
sabe desprenderse del todo de esa manera suya de ponerle conversación a
cualquier circunstancia.
Cumplido el ritual, y no antes de
persignarse y decir alguna que otra cosa —un no sabes cuánto te echo de menos,
un qué falta nos haces, o ese parece que fue ayer que tantas veces pronunciamos
sin reparar en que los años llevan ya mucho tiempo haciendo su trabajo—, la
cuadrilla de cuberos y limpiadoras emprende el camino de regreso a casa. Se
vuelven con el deber cumplido, con los utensilios recogidos y las manos quizá
resecas por el jabón, pero con esa satisfacción discreta de quien ha atendido
una obligación que no figura en ningún contrato y que, sin embargo, pesa más
que muchas de las que firmamos en vida.
Algunos regresan sabiendo que,
posiblemente, aquella sea la última vez. La edad les va poniendo límites a las
piernas, a la vista y a las ganas, y comprenden que no siempre habrá fuerzas
para subir la escalerita, llenar el cubo o arrodillarse delante de una lápida.
Miran de reojo a los hijos, a los nietos, esperando quizá que alguno recoja el
testigo, pero el relevo no parece estar por la labor. Los tiempos nuevos traen
otras urgencias, otras maneras de entender el cariño y otras formas de
recordar, no siempre compatibles con el estropajo, la lejía y la mañana entera
perdida entre los muertos.
Otros, los más conscientes, saben que han
cumplido con el último rito anual: el que los reúne, aunque sea en silencio,
con la abuela, con el abuelo, con aquel tío del que apenas conservan una
fotografía y dos anécdotas familiares, o con el padre que les dio en vida
muchos más ratos de cariño de los que ellos podrán devolverle después de
muerto.
Y ahí, precisamente ahí, se acaba la
broma de las flores de plástico.
Porque uno puede reírse de los ramos
chinos, del mármol reluciente y de esa extraña verbena que montamos cada
noviembre alrededor de la muerte, pero hay algo que no admite chanza: la deuda
que dejamos pendiente con quienes nos quisieron. Una deuda que no se paga con
flores, ni con jabón Lagarto, ni con una lápida impecable. Se paga, si acaso,
viviendo con algo de la bondad que nos enseñaron, acordándonos de lo que fueron
y aceptando que, por mucho que limpiemos su última casa, hay ausencias que no
se quitan con ninguna aljofifa.
Al final, cuando se vacían las
callejuelas y el cementerio vuelve a su quietud de siempre, quedan las flores,
el mármol limpio y ese silencio que parece guardar todavía el rumor de los
pasos. Los muertos se quedan dónde estaban y los vivos regresamos a nuestras
casas, creyendo que hemos ido a visitarlos, cuando quizá hemos acudido, sin
saberlo, a reconocernos en lo que algún día seremos.
Y es que el cementerio de Morón, durante
unos días al año, no es solamente un lugar de muertos. Es también el último
espejo de los vivos: allí donde las flores duran poco, el mármol se ensucia de
nuevo y el tiempo, que no entiende de escaleritas ni de cubos, termina por
dejarlo todo igual.
Todo, menos el recuerdo.
Atentamente;
El niño Gilena.