Estimado Pueblo;
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo no me quejo.
Te traigo hoy otro personaje para dejarlo
impreso en la piedra de la memoria, porque hay hombres que, por sus cualidades
o por la falta de ellas, terminan quedándose prendidos en el cuadro de esos
paisanos que, siendo ilustres o sin merecerlo, pasan por la historia de tus
calles como pasan las sombras por una pared encalada: dejando un rato su perfil
y después el recuerdo.
Don Manuel Heredia Molina, nacido cuando
todavía andaba despertándose aquel siglo que ya nos dejó, fue hijo de padre no
reconocido, aunque sí conocido, y llevó por lustre los dos apellidos maternos
que, por su grafía y por su soniquete, pudieran hacer pensar a cualquiera que
por sus venas corría alguna hebra de sangre gitana. Pero no. El flamenco de
Manuel no le venía de la sangre, sino de la vida, que a veces tiene esas cosas
y hace flamenco al que no nació flamenco, torero al que nunca pisó una plaza y
poeta al que apenas supo juntar dos palabras.
Quiso, sin embargo, la historia moronense
que Manuel fuese conocido más por el apodo que por sus nombres y apellidos. Y
así, junto al Heredia Molina, quedó para siempre aquel tercer apellido que le
puso el pueblo:” el Niño Mataero,” heredado de la ocupación de su madre, que
trabajaba en el matadero municipal.
Y con ese nombre se quedó.
Porque en los pueblos, ya se sabe, uno
nace con un nombre, pero el pueblo, que tiene más imaginación que el Registro
Civil, acaba poniéndole otro.
La historia que te traigo comienza cuando
el mozo entró a servir en el bar que regentaba Ana la Aranda, allá por la
entrada de La Alameda, entre el servicio del trigo y la herrería de Juan
Fernández. Ana era viuda de un tal Juan Vázquez, hombre de mucho genio y pocos
mimos, y aunque entre ella y Manuel mediaba una diferencia de edad que no era
precisamente de las que pasan desapercibidas, al muchacho se le metió entre
ceja y ceja que aquellos ojos de doña Ana empezasen a mirarlo de otra manera.
Y vaya si lo consiguió.
Porque Manuel, además de joven, debía de
ser mozo de los que sabían plantarse. De esos que entran por una puerta y, sin
decir palabra, parece que la puerta se ha hecho para que entren ellos.
Poco a poco, aquel que había llegado para
servir acabó mandando. Y doña Ana, entre el cariño y la confianza, puso al Niño
Mataero de corregente de la taberna. Así fueron pasando los días, hasta que las
habladurías empezaron a crecer como las malvas después de una lluvia.
Y como en Morón nunca faltó quien supiera
más de la vida ajena que de la propia, Ana y Manuel terminaron pasando por el
altar, para regocijo de los más chistosos del lugar.
Cuentan las malas lenguas que Pachanga
—Pachanga valiente, que nadie te gane— no dejó pasar la ocasión y les sacó
aquella coplilla que todavía parecía correr de boca en boca por las esquinas:
¿Quién se casa?
La Aranda.
¿Y con quién?
Con el Niño Mataero.
¡OjÚ, ese va por el dinero!
Y así quedó la cosa.
Manuel, dueño ya de su sitio y de su
mujer, se puso al frente de aquella taberna por donde fueron desfilando los
años, los parroquianos, las copas, las conversaciones y las fiestas. Porque si
algo tuvo el Niño Mataero, aparte de sus virtudes y sus defectos, fue afición
al flamenco.
Y aquello no era poca afición.
No se conformaba con escuchar a los
grandes cantaores que por allí pasaban. Por La Alameda sonaron voces de Juan
Talega, los Mairena, Marchena, el Funi y tantos otros que hicieron de aquellos
bares una especie de universidad popular del cante. Pero Manuel no era de los
que se quedaban sentados mirando.
A Manuel le gustaba también arrancarse.
Y cuando el vino, la noche o las ganas le
calentaban el pecho, se echaba por sus fandangos del Sevillano o por el cante
del Niño las Huertas, que aquello era otra manera de decir que la taberna se
quedaba pequeña y que el flamenco, cuando quería, se salía por las puertas.
Cuentan quienes lo conocieron que en las
tardes de verano era cosa habitual ver la figura de Manuel regando la terraza
de albero, levantando aquel olor húmedo y fresco que dejaba el agua sobre la
tierra caliente, mientras desde dentro llegaba el soniquete de los antiguos
discos de pizarra de Miguel de los Reyes y Miguel de Molina.
Y allí estaba él.
La manga remangada, la regadera en la
mano, el cante entrando y saliendo de la taberna, y aquella Alameda de entonces
respirando despacio bajo el calor.
Pero ya se sabe que toda moneda tiene su
cruz y que hasta las historias que parecen hechas de coplas terminan
encontrándose con alguna que otra desgracia.
La cruz de Manuel apareció un día en
forma de mujer.
Una señorita, una señora, una labriega
del Pozo Loco o, como algunos más atrevidos quisieron llamarla, una fulana. Yo
dejo el apelativo al criterio de cada cual, que bastante oficio tiene ya la
memoria como para venir ahora a ponerle nombres a las mujeres.
El caso es que aquella mujer trastornó
los amores de Manuel.
Y una mañana, sin comerlo ni beberlo, el
Niño Mataero cogió el pernil, la media manta y a la susodicha, y puso tierra de
por medio.
Después comenzaron las conjeturas, que en
esto de saber dónde está el prójimo cuando desaparece, Morón siempre ha tenido
una imaginación portentosa.
Unos decían que se había ido a los
madriles.
Otros, que había acabado en la isla,
segando arroz.
Y algunos aseguraban que andaba por ahí
gastándose los dineros que le había sisao a la Aranda.
A saber.
Lo cierto es que, pasado aproximadamente
un año, apareció otra vez por los pagos de La Alameda. Y no volvió precisamente
como se había marchado. Traía más callos en las manos que un labriego de toda
la vida, el cuerpo descompuesto y el aire de quien ha aprendido, lejos de casa,
que algunas aventuras parecen mejores cuando se cuentan que cuando se viven.
Ana, que debía de quererlo más de lo que
las lenguas decían y menos de lo que las apariencias mostraban, perdonó y
calló.
Y aquel silencio suyo, quizá más grande
que cualquier reproche, terminó devolviendo las aguas a su cauce.
Con el tiempo, Manuel volvió a ser quien
había sido: aquel mozo bien plantao que pasaba las tardes entre sus discos de
pizarra, el albero recién regado y las coplas del Niño las Huertas, como si la
vida no hubiese tenido nunca otra cosa que hacer que pasar por delante de la
alameda.
Pero la vida, que es borrica y no atiende
a perdones ni a coplas, siguió haciendo lo suyo.
Los años fueron cobrando primero la vida
de Ana, que era mayor que Manuel, y después la de él mismo, cuando se acercaba
ya a los dieciséis lustros, que dicho así parece una barbaridad, pero que en
realidad no es más que la manera antigua de decir que la muerte lo encontró con
muchos inviernos a la espalda y demasiadas historias guardadas en el bolsillo.
Y, sin embargo, hay hombres que no
terminan de morirse del todo.
Porque todavía hoy, cuando paso con mi
madre por La Alameda, ella me recuerda aquellos tiempos en que, siendo
chiquilla, se sentaba en el poyete de una ventana y desde allí veía al Niño
Mataero entre copas, discos, tardes de calor y conversaciones de cabales.
Y entonces me lo nombra.
Y me dice que Manuel le cantaba la
Romería Loreña.
Y yo pienso que quizá ésa sea la
verdadera manera de sobrevivir: que muchos años después de haberse ido uno,
alguien pase por la misma calle, vea la misma esquina y, de pronto, sin que
nadie se lo pida, recuerde una voz.
Porque mientras alguien recuerde aquella
voz, Manuel Heredia Molina, el Niño Mataero, seguirá estando allí.
En La Alameda.
Entre el polvo del albero, el agua de las
tardes de verano y el viejo soniquete de un disco de pizarra.
Como si el tiempo, por una vez, hubiese
tenido la delicadeza de no llevárselo entero.
Atentamente;
El niño Gilena