Estimado Pueblo:
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo hoy verdeando.
Como tantos años en la antigua Arunci,
cuando septiembre se asoma despacio y ya ha concluido la vecina feria de
Arahal, vuelve al campo su antigua costumbre: el verdeo.
Amanece Morón entre una luz nueva y los
caminos comienzan a llenarse de madrugadores. Cada vez más también de noche
salen los jornaleros hacia los olivares, para desprender, una a una, las
aceitunas verdes de estos árboles cansados de tanto sol y de tanta espera.
El campo, que durante el verano parecía
dormido bajo el canto interminable de las chicharras y el silbo de los mirlos,
recobra de pronto su alegría. En los pagos se cruzan las voces, las bromas, el
ruido de los tractores y el ir y venir de los macacos. Los conejos,
asustadizos, regresan a sus madrigueras, sorprendidos por aquel trajín que
vuelve a romper el silencio. Y, de cuando en cuando, alguna voz se arranca con
un fandango antiguo, como si el campo mismo quisiera cantar su bienvenida a
septiembre.
Recuerdo de mi niñez aquellos días de
verdeo, cuando la cosecha era tiempo de bonanza para unos y de alivio para
otros. El olivo, generoso y amigo, parecía saber repartir su fruto entre las
dos orillas de la desigual vida del pueblo: dando abundancia a unos y ayudando
a paliar las necesidades de otros.
Las manzanillas finas, las moronas, las
gordales... Allí estaban, escondidas entre las hojas, esperando las manos de
aquellos hombres y mujeres acostumbrados a la dureza de la tierra. Mujeres que,
por aquellos tiempos, se ponían los pantalones solamente durante la campaña,
debajo de la bata, por aquello del pudor al agacharse. Y los hombres, subidos
en sus banquillos, iban deshabitando las copas, haciendo caer aquel perlado
manjar que la tierra había criado durante todo el verano.
Después, al caer la tarde, quedaba en las
vereas el cansancio dulce de la jornada, el olor de la aceituna recién cogida y
ese silencio distinto que tiene el campo cuando ha trabajado el hombre.
Hoy, cuando miro un olivo, no veo
solamente un árbol.
Veo las manos de aquellas mujeres, los
banquillos de los hombres, los macacos llenándose, los fandangos perdidos entre
las ramas y aquellos caminos de mi infancia despertando cada septiembre.
Porque quizá tengamos con el olivo una
deuda vieja, de esas que no se pagan nunca.
Él supo calmar muchas miserias y también
levantar muchas fortunas.
Y todavía, cada septiembre, cuando Morón
vuelve a verdear, parece que sus ramas nos recuerdan que buena parte de nuestra
historia sigue viviendo entre sus hojas.
Atentamente;
El niño Gilena
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