24 enero 2016

LA MOVIDA





Estimado Pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien. Yo bien, a Dios gracias.

Aquellos como yo, que peinan canas o hace tiempo que se olvidaron de la dentada herramienta, seguro que recuerdan los años en los que fuimos lo que por aquí viene a llamarse “chavalones”, y en los que en las tardes de sábados y domingos o algún día de diario, paseábamos el palmito por aquellos bares, pubs y discotecas que formaron nuestra movida particular.

Hoy quiero hacer un ejercicio de recuerdo para lo cual ya me he puesto mis tejanos un poquito pesqueros, mi camiseta Chevignon y mis castellanos marroncitos.
Pues sí, de esta guisa y acompañado por un amigo (póngale usted el nombre) con unos Malboro elastic, unos Yumas blancos con tiritas azules y una camiseta Levis un poquito roía estábamos dispuestos a pasar un finde de movida.

Todo comenzaba, como no podía ser de otra forma, en el bar Stop ante el “Don Perignon” de nuestra mocedad: la litrona fresquita, acompañada con un puñao de “arbellanitas”, un paquete de Fortuna y una amigable charla preparativa de lo que iba a ser la noche. Ante la discrepancia de los allí reunidos y para seguir la disertación, solía trasladarse la comitiva a “los Cuatro Caminos” y ante una jarrita de lo mismo y una partida de maquinitas, a los sones de Dire Straits, seguíamos en el “¿pa onde tiramos?”. Los más deportistas optaban por la Piscina o por “el mantichi”, no por lo magnifico de su cocina o bodega sino por practicar el noble y antiguo arte del futbolín, para el que, y puedo jurarlo, disponíamos de auténticos Maradonas. Los que estaban más dispuestos a salir a pescar alguna chavalita tirábamos para los confines del Pantano, hacia el Bugui donde, entre magos de imitación y aspirantes a peluqueros, echábamos una visual para, como decía mi colega José Mari, ver cómo estaba el “pescao”.

Una vez hartos de Pantano, y en ausencia de cualquier aparato de comunicación, empezaba la romería de búsqueda de colegas para echarle mas ascuas a la noche, con lo que poniendo en marcha los medios de trasporte disponibles (Vespinos, Mobiletes, alguna Dervi tocada o el viejo molano prestao del padre) nos arrimábamos a los pagos de Los Caños, por ver si algún colega se había dejado caer por La Cuadra. Si la cosa estaba tranquila unos nos dirigíamos a Puerto Pescao echando una visual por la Goleta, mientras los mas osados se pegaban una pataita al bar de La Matea o al bar Moreno para obtener algunas plantas de poder que rematara unas risitas esa noche, eso sí, quedando todos en El Camaleón para empezar con los cubatitas y comenzar a mover el esqueleto.

Pues eso, una vez con el primer cubata bebio, venía la gran disertación: Jumbo, Desire o Venus, porque eso sí que era una decisión importante, ya que ello marcaría el trayecto de la noche.
Se escuchaban todo tipo de disertaciones en contra y a favor: que si la pista se sube, que las tías mas buenas están en La Jumbo, que si yo voy a la Venus que no pago entrada...en fin, que al final en una o en otra todos acabábamos bailando el “life is life” o “el niño pijo”, con lo que así con alguna copita de más, dos paquetes de Fortuna de menos y algún cigarrito de la risa echábamos para tras el sabadito. Claro que ahora quedaba el domingo, en el que en cuanto llegaba el mediodía ya estaba de nuevo la tropa preparada en Retamares, reunidos en círculo ante cinco dados que quisieran coronarnos con un doble en tomates. En cuanto el hambre hacía de las suyas no había muchas elecciones: o al Turri en la calle Cantarranas a por el sándwich de pollo o cochinillo con tu tapita de ensaladilla, al Mantichi por una pechuga de pollo empanada mas estira que la cara de Julio Iglesias o al Jumbito por una hamburguesa. Lo que sí esta claro es que era la tarde de los pubs y mientras mas oscuros mejor. Entre todos la parte alta del Chevalier era la que mas molaba pues el Filou estaba mas clarito y en el Taly siempre te tocaba el sillón de debajo de la pecera y te veía todo el mundo.

Para terminar la tarde de domingo, un mítico: el bar Alemán, donde padre e hijo, sin olvidar una cara o un nombre, sabían qué bebías, cómo te llamabas y, si te ibas sin pagar, quién era tu padre.
A los que mas le gustaba exprimir los días de ocio no podían dar por finalizado el espectáculo sin tomarse la penúltima en el Zulú y despedir la noche como Dios manda.

En fin, un finde bien aprovechao de moroneras maneras. “ QUIEN LOS PILLARA...”

PD : En el siguiente fin de semana contaremos nuestras peripecias en Marchena, La Puebla, Utrera, El Coronil y Coripe.

Atentamente;


El niño Gilena

08 enero 2016



CAVILACIONES EN MI AZOTEA.

Me gusta oír la lluvia. Me embelesa el repiqueteo de la lluvia nocturna clamando en el cristal o en la persiana. Me retrae el pensamiento y hasta relaja mi consciencia. Lluvia que se escapa del canalón y repica en el suelo encharcado o el tejadillo. Agua que tamborilea en los tiestos con helechos, las costillas de Adán y las pilistras.
El canto de la lluvia me arranca evocaciones y ensueños. Imágenes de ventanas enrejadas al interior de un patio encalado, de viejo ladrillo enlosado y de mosaicos de piedras adornado.
Ojos abiertos en la oscuridad de la madrugada, teniendo la ventana entornada dejando entrar en la habitación brisa fría y música de lluvia. Esa lluvia que cae serena, constante y queda. Esa misma que empapa los campos y llena arroyos y torrenteras. Esa que tanto agradece la tierra y que tanto aprovecha. La misma que vuelve la campiña verde y da múltiples colores y olores a la serranía.
A veces pienso que este gusto por la lluvia me viene por ser del sur. Allí donde la lluvia es bendición y allí donde se dejan escapar los sueños por una ventana entornada.

28 diciembre 2015

Cavilaciones en mi azotea.



Pues resulta, amigo mío, que estamos en navidades y ya sé que ahora tocaría hablar de que fiestas tan entrañables y que bonitas eran aquellas de nuestra infancia o de cuando éramos jóvenes y montábamos la fiesta en la calle Victoria, con el Yumi y demás, ¿te acuerdas?.
Pero se me vienen a la azotea otros pensamientos, no menos interesantes y que he observado desde hace tiempo.
Ocurrió uno de estos días, que la parienta mandome a hacer recado a Pamplona. Como estaba de fiesta y voy en moto, para ir al centro lo tengo chupado y hago todo en un “voleo”. Así que como era temprano y hacía fresco, dejé la moto alejada del objetivo pretendido y aproveché el tercio para darme un paseo por el viejo Pamplona. Como bien sabes, soy de caminar lento en estos casos y disfruto como niño observando el trasiego diario de la ciudad que despierta, de escaparates de comercios que levantan sus persianas y encienden sus luces y como no, entretenerme con esas tiendas de toda la vida. Pero hete aquí, amigo mío, donde viene la cosa y hasta se me mudó el semblante al comprobar que a cada paso que daba, la vieja Pamplona estaba cambiando y cada vez veía más establecimientos cerrados. Comercios de los de siempre, que han sucumbido ante el cambio de estilo de vida y lo único que muestran en su escaparate es el cartel de “SE VENDE”. Sólo alguno resiste el expolio comercial, alguna ferretería allí, una droguería aquí o una vieja tienda de ropa, de esas donde puedes comprar desde un calzoncillo “güevero” a una boina para cubrir la testera.
Fue entonces cuando me vino al recuerdo todos aquellos comercios moronenses desaparecidos. Aquellos que cada vez que voy por Morón, ya falta alguno y el que resiste, a duras penas se les ve manteniéndose a flote.
Amigo, nos han quitado algo de nosotros mismos y no nos hemos dado cuenta. Nos han robado la vida de nuestros pueblos y ciudades en pos de un modelo de vida deshumanizado, cargado de prisas y consumo compulsivo, donde lo que importa es la última adquisición de moda. Darse una vuelta por el centro de una ciudad es como darse una vuelta por una inmobiliaria o en el mejor de los casos por un barrio chino o un bazar turco.
Tantos comercios desaparecieron ya y otros tantos cambiaron y se convirtieron en horribles tiendas de moda, de esas que hay expandidas por centros comerciales y que hacen que nuestros jóvenes no sean más que calcos unos de otros.
Hasta nuestra librería favorita desapareció y no sabes que desilusión me llevé hace un par de semanas, cuando paseando con mis hijos por las calles moroneras, me encontré con un local vacío, de escaparate solitario y desolado, donde ya sólo quedan imágenes neblinosas de un pueblo perdido.

26 noviembre 2015

LA ALACENA DE OTOÑO



Estimado Pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo bien, gracias a Dios.

Si algo hay que me guste de la estación en la que se caen las hojas es el cambio que se produce en el fondo de alacena, me explico:

Nada mas meternos en la primera luna del otoño ya tenemos unas aceitunas moronas aliñadas por mi padre, a las que siguen unas gordales moras zajadas y con aliños de ajo.

El zumo de las perlas del olivo nos regala licor nuevo, de verdor intenso y gusto entre picón y afrutado, inmejorable para mojar un buen bollo calentito.

El tinto de verano deja de tener apellido y los olorosos y afrutados dejan un poquillo al lado a su prima, la cerveza.

Los pimientos son sustituidos por lechugas de todas formas y colores, los tomates del picadillo dejan sitio a los apios en salpicón, las berenjenas pasan a mejor vida y prestan su lugar a las coles y lombardas. Las habichuelillas desertan de las ollas y prestan su lugar a guisantes y a puerros de cuello largo.

Los aliviados guisos de verano se tornan en potajes con todos su avíos, con algunos rosarios de chacinas coripeñas entre sus tropas y media librita de tocino entreverao, que hacen de delicioso continuar, entre machaque y machaque, de una boba de buen mihajón.

Los espárragos de las sierra de San Juan se prestan a “arrebujarse” con un par de huevos, creando un manjar de supremacía campestre. Y qué decir de un guisito de tagarninas con su pimento y su pan majao…

Los melones y sandias pasan a mejor vida, para darle prestancia a las naranjas wachis del Torrejón, las “granás” del huerto Las Monjas” y algún membrillo para hacer compota.

La castaña asada, cruda o pilonga es el mejor caramelo otoñal que podamos degustar, y con una batata cocida o asada con su poquito de azúcar de tapadera dan al goloso el mejor de los descansos.

Los helados aguardarán hasta pasada la Semana Santa y toman relevancia las milhojas de “anca Cabrera”, las pastafloras de “anca Parrilla” y las sultanas de la plazoleta Meneses.

Lo dicho, lo que toca toca, así que nada mejor que vestir nuestra alacena con aires de otoño.

He dicho.


El niño gilena

25 noviembre 2015

Cavilaciones en mi azotea.



Breves pinceladas escritas.

Soñé que soñaba con ser un niño.
Niño sonriente en fuente clara
Frescor de rocío y brisa blanca
Sus pies en la pila se refrescaban
Era su risa canto de la mañana
Su mirada fuerza amarga.
Eres tú, mi alma
Lo más hermoso que me abraza.
Eres tú, claridad mía
Lo que la vida me regala.
(A mi querido Oier, siempre rebosante de alegría)
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Hay una hermosa flor en mi vida
Con ojos claros como el día,
Con sonrisa fresca y graciosa,
Penden de su pelo dorados aromas
Tiene nombre de fuente fresca
De limpio amanecer.
Tiene nombre de sueño y corazón
De sentimiento y pasión.
(Para Daia, mi pequeña)
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Son chirigotas y comparsas
Cuartetos y coros
Son risas y alborozos
Son el sentir de la vida que pasa.
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Reflejo de una pared encalada
Pasiones enmascaradas
Sentimiento y razón tapada
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 Pequeño hueco de una ventana
A la sombra de una pared encalada
¿Qué detrás de su reja guarda?
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Azahar de un naranjo de mi pueblo
Naranjo amargo de verde recuerdo
Piensa en mí cuando este lejos.
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14 noviembre 2015

EL SILLON DEL VALME





Estimado Pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo bien, gracias a Dios.

Cuentan los libros de historia que estando otorgada la regencia a la reina María Cristina allá por los lejanos años de mil ochocientos treinta y cuatro, el gobierno liberal moderado de Francisco Martínez De la Rosa aprobó un decreto el cual suprimía definitivamente la inquisición. Pero, claro está, en un país donde nos gusta lo añejo, lo rancio y de tradición costumbrista siempre hay alguien que echa de menos las viejas artes del arcaico y terrorífico tribunal de la fe, y para dar fe, valga la redundancia, de ello podemos consultar a cualquiera de tus paisanos que haya tenido por algún  motivo que pasar la noche en el hospital de Valme, me explico.


Cuando llegas a la habitación espartana y después de las buenas tardes y preguntas de rigor al enfermo y acompañantes, miras a un rincón y está ahí esperando la muda noche donde, con paciencia, realizará su horrible trabajo de descomponerte huesos y tendones y hacerte saber que dispones de músculos que no conocías y que, tras el largo manto de la negrura, te dolerán y se contraerán de formas tan insospechadas que, por mucho que haya avanzado la medicina, no te los cura ningún ungüento.


Para tener un recuerdo perpetuo no solo en las carnes, está tintado de un color peculiar, difícil de encontrar en otro artefacto o prenda. Yo me he atrevido a llamarle azulón Valme. Por otro lado, por mucho que lo intentes es incapaz de ser silencioso o comedido, alertándonos con un gruñido ferroso cada vez que, sin conseguirlo, intentamos modelar su posición.


Yo como siempre, de natural curioso, intenté durante más de cuatro días buscar alguna marca de cantería o símbolo que indicara su procedencia o fabricación, mas que nada por saber en los m….. de quién me estaba cagando pero no obtuve recompensa con lo que tuve que dar por zanjada la tarea.
En fin, que por mucho que hayan pasado los almanaques desde aquel año treinta y cuatro del siglo diecinueve todavía, si se busca, podremos encontrar algunos hermanos o primos lejanos de aquellos potros de alargamiento de la cuna de Judas  o Cepos, en un sitio tan cercano como el hospital de Valme.

He dicho.


El niño gilena

29 octubre 2015

Cavilaciones en mi azotea.



Hoy no puedo menos que venir a este rincón para ser heraldo y vocero de una buena nueva. Como si de la primavera se tratase, este otoño se enciende de luz para anunciar el nacimiento de una pequeña estrella. Estrella del Sur que ilumina el alma de mi querido y gran amigo, el Niño Gilena.
Sirvan pues estas líneas para lanzar un brindis por esta pequeña flor andaluza, que viene al mundo rodeada de esperanzas e ilusiones. Que el aroma de los campos del otoño andaluz te envuelvan y den fortuna.
Que el  suave y alegre toque de una guitarra recorra con la brisa las calles de mi pueblo y que sus notas se difuminen por los rincones y callejas, por torres y jardines, que vallan contando que hay un nuevo lucero en el firmamento. Que hoy brillen más que nunca San Miguel y la Torre Gorda, la Carreara y la Alameda.
A esta niña, llévale guitarra con el vibrar de tus cuerdas olor de campiña y aromas de sierra, vientos frescos de las marismas y las costas.
Llévale de mi  parte sones de dehesa y encinares, de las suaves dunas de arena, de las grises  rocas del monte y las azules aguas del mar. No te olvides de los sones de poetas y cantaores, colores de volantes que bailan al viento, de palabras quedas tras una reja que hablan de amor, de promesas y de ilusión.
Llévale también rumores de Guadalquivir que por Sevilla pasa y que le regale con colores de ciudad milenaria, de calles luminosas que parecen sacadas de un encantado pincel, donde un pueblo canta, llora y ora siempre con la misma devoción.
Haz que suenen tus entrañas guitarra, llévale de mi parte alegría, vida y pasión. Pasión de Andalucía.