21 julio 2026

LAS REINAS DE LA CALLE

 

Estimado Pueblo:

 

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo bien, gracias a Dios.

 

Si en días pasados te hablé de niños que sembraban las calles de voces y carreras, sería una injusticia dejar en el olvido a las otras dueñas de aquel pequeño universo aruncitano: las niñas. Ellas eran la primavera menuda de las plazas, la música sencilla que florecía en las esquinas cuando la tarde empezaba a dorarse.

Las recuerdo con sus trenzas bien peinadas, con las coletas agitadas por el aire tibio, con aquellos uniformes humildes de falditas de tablas y niquis sencillitos, tan modestos como elegantes en la mirada de la infancia, con los babis claros donde parecía haberse quedado prendida la luz de la mañana

Formaban corros como si dibujaran flores sobre los adoquines, y sus canciones, tan humildes como eternas, hacían que el tiempo olvidara seguir corriendo.

Pintaban en el suelo, con un trozo de yeso robado a cualquier pared, las casillas del “ teje”. Saltaban sobre ellas con una gracia que parecía no tocar la tierra. Después llegaba el cordel, un simple hilo de tendedero convertido, por obra de su alegría, en un arco invisible donde el aire aprendía a cantar al compás de aquellas coplas infantiles que nadie escribió y que, sin embargo, todos recordamos.

Había también un milagro en sus manos. Dos palmas bastaban para levantar un mundo entero de ritmos y rimas, de risas contenidas, de pequeños errores celebrados con carcajadas limpias. Y el elástico, estirado entre dos amigas, era un horizonte de colores donde los saltos crecían mientras ellas, con pudor de azucenas, sujetaban el vuelo de sus faldas para que el viento no les robara la inocencia.

Luego estaban las casitas imaginarias, donde las muñecas eran hijas de verdad, los Nenucos de mejillas rosadas, los muñecos pelones, las cajas de latón llenas de cromos como si guardaran tesoros de reinas diminutas, los recortables, el diábolo, el pañuelo, los vestiditos de Nancy, el Hula-Hoop girando como un pequeño planeta alrededor de sus cinturas y el parchís, paciente, enseñándoles que también la espera podía ser un juego.

Ellas eran la voz más dulce de la calle. Sin saberlo, completaban la canción de los veranos. Eran la alegría apoyada en las aceras, el rumor de las puertas abiertas, las rivales inevitables de nuestras travesuras y, al mismo tiempo, las compañeras imprescindibles de aquel inmenso teatro sin paredes moronero donde cada tarde representábamos la única obra que nunca volverá a repetirse: la infancia.

Hoy, cuando las calles parecen haber olvidado el eco de aquellas risas y el silencio ocupa el lugar donde antes vivía el bullicio, uno comprende que la memoria también tiene un jardín. Y en ese jardín siguen jugando ellas, eternamente niñas, mientras el sol de las cinco las envuelve con la misma luz dorada de entonces.

Parece mentira que aquello que un día fue motivo de disputas, de enfados y de pequeñas batallas infantiles, sea hoy una de las ausencias que con más ternura abraza el corazón. Porque hay nostalgias que no nacen de lo extraordinario, sino de la sencilla felicidad que tuvimos delante de los ojos sin sospechar que algún día sería para siempre.

 

Dedicado a Mari,Carmen,Sonia y Esther “LAS NIÑAS”.

 

Atentamente;

El niño Gilena.


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