Estimado Pueblo:
Espero que al recibir la presente te
encuentres bien, yo bien, gracias a Dios.
Si en días pasados te hablé de niños que
sembraban las calles de voces y carreras, sería una injusticia dejar en el
olvido a las otras dueñas de aquel pequeño universo aruncitano: las niñas.
Ellas eran la primavera menuda de las plazas, la música sencilla que florecía
en las esquinas cuando la tarde empezaba a dorarse.
Las recuerdo con sus trenzas bien
peinadas, con las coletas agitadas por el aire tibio, con aquellos uniformes
humildes de falditas de tablas y niquis sencillitos, tan modestos como
elegantes en la mirada de la infancia, con los babis claros donde parecía
haberse quedado prendida la luz de la mañana
Formaban corros como si dibujaran flores
sobre los adoquines, y sus canciones, tan humildes como eternas, hacían que el
tiempo olvidara seguir corriendo.
Pintaban en el suelo, con un trozo de
yeso robado a cualquier pared, las casillas del “ teje”. Saltaban sobre ellas
con una gracia que parecía no tocar la tierra. Después llegaba el cordel, un
simple hilo de tendedero convertido, por obra de su alegría, en un arco
invisible donde el aire aprendía a cantar al compás de aquellas coplas
infantiles que nadie escribió y que, sin embargo, todos recordamos.
Había también un milagro en sus manos.
Dos palmas bastaban para levantar un mundo entero de ritmos y rimas, de risas
contenidas, de pequeños errores celebrados con carcajadas limpias. Y el
elástico, estirado entre dos amigas, era un horizonte de colores donde los
saltos crecían mientras ellas, con pudor de azucenas, sujetaban el vuelo de sus
faldas para que el viento no les robara la inocencia.
Luego estaban las casitas imaginarias,
donde las muñecas eran hijas de verdad, los Nenucos de mejillas rosadas, los
muñecos pelones, las cajas de latón llenas de cromos como si guardaran tesoros
de reinas diminutas, los recortables, el diábolo, el pañuelo, los vestiditos de
Nancy, el Hula-Hoop girando como un pequeño planeta alrededor de sus cinturas y
el parchís, paciente, enseñándoles que también la espera podía ser un juego.
Ellas eran la voz más dulce de la calle.
Sin saberlo, completaban la canción de los veranos. Eran la alegría apoyada en
las aceras, el rumor de las puertas abiertas, las rivales inevitables de
nuestras travesuras y, al mismo tiempo, las compañeras imprescindibles de aquel
inmenso teatro sin paredes moronero donde cada tarde representábamos la única
obra que nunca volverá a repetirse: la infancia.
Hoy, cuando las calles parecen haber
olvidado el eco de aquellas risas y el silencio ocupa el lugar donde antes
vivía el bullicio, uno comprende que la memoria también tiene un jardín. Y en
ese jardín siguen jugando ellas, eternamente niñas, mientras el sol de las
cinco las envuelve con la misma luz dorada de entonces.
Parece mentira que aquello que un día fue
motivo de disputas, de enfados y de pequeñas batallas infantiles, sea hoy una
de las ausencias que con más ternura abraza el corazón. Porque hay nostalgias
que no nacen de lo extraordinario, sino de la sencilla felicidad que tuvimos
delante de los ojos sin sospechar que algún día sería para siempre.
Dedicado a Mari,Carmen,Sonia y Esther “LAS
NIÑAS”.
Atentamente;
El niño Gilena.
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