30 julio 2026

LOS 20 DUROS

 

 Estimado pueblo,

 Espero que te encuentres bien, yo hoy muy rico.

 

Hay veces en que uno no busca el pasado; es el pasado quien, con la paciencia de las cosas que nunca terminan de irse, acaba encontrándolo a uno. Me ocurrió hace unos días, mientras revolvía unas carpetas antiguas donde el tiempo había ido almacenando sus pequeños fósiles domésticos: un recibo del agua pagado todavía en pesetas, la papeleta amarillenta de una rifa navideña, alguna fotografía sin nombre y otros papeles que ya sólo conservan el valor de haber sobrevivido al olvido. Fue entonces cuando apareció, doblado con el mismo esmero con que se guarda un secreto, un billete de veinte duros. Allí seguía Gustavo Adolfo Bécquer, con aquella delicadeza casi amanerada de su retrato, observándome desde una época en la que el dinero tenía un peso muy distinto y la felicidad, curiosamente, costaba mucho menos.

Bastó aquel hallazgo para que se abrieran de par en par las compuertas de la memoria. En mi casa nunca fuimos de celebrar muchos cumpleaños bastante tenía uno con ir cumpliendo años sin hacer ruido. Lo verdaderamente señalado era el santo, y mi abuela Pepa, mujer de ternuras discretas y generosidades silenciosas, acostumbraba a deslizarme entre las manos uno de aquellos billetes como quien entrega un salvoconducto hacia la aventura. Yo, que desde niño practiqué el oficio de gastar el presente antes de que el futuro pudiera reclamarlo, salía disparado a las calles con la impaciencia de quien sabe que la dicha tiene fecha de caducidad.

La primera estación de aquel itinerario era la librería del Charrito, o de Dolorcita Abril, porque ambos parecían compartir la propiedad igual que se comparten las cosas queridas. Allí, por apenas cuatro duros, uno podía regresar a casa con un DDT, un Tío Vivo y algún Mortadelo especial, que no era poca riqueza para quien aún medía el mundo por viñetas. Después cruzaba la calle sin más ley que la escasa velocidad de aquellos seiscientos, de los ocho y medio o de los mil quinientos que parecían avanzar con la misma calma con la que entonces transcurrían los días.

En el puesto de la “Perfecta” se deshacían otros dos duros convertidos en “arazú” del gato, chicles Cosmos, kikos Churruca y un par de Kojak que iban tiñendo la lengua y el ánimo de una felicidad pegajosa. Mientras el azúcar hacía su trabajo, levantaba la vista hacia las carteleras del cine, dudando entre alguna de Karate o cualquiera de aquellas cabalgadas del Séptimo de Caballería que agrandaban el Oeste hasta hacerlo caber en la imaginación de un chiquillo.

Todavía quedaba sitio para otro pequeño exceso. La pastelería María Auxiliadora, en la calle Nueva, era una tentación imposible de discutir. Dos duros bastaban para conquistar uno de aquellos merengues quemados por fuera y tiernos por dentro, cuya memoria sigue teniendo hoy mejor sabor que muchos banquetes. Y como entonces nadie se avergonzaba de ir comiendo por la calle, el camino continuaba hasta el puesto de Paquita "la Encajera", donde colgaban, como banderas de un país diminuto, los sobres de vaqueritos: aviones, barcos, vikingos, pieles rojas, soldados de la Gran Guerra… Aquellas figuritas de plástico tenían la rara facultad de convertir cualquier rincón del patio en un continente entero.

Cuando la tarde empezaba a doblarse sobre sí misma, el cine ya exhibía esa cola de impacientes donde todos parecíamos iguales. Tres duros bastaban para que una taquillera de gafas gruesas y paciencia inagotable me entregara el pasaporte a la planta baja, privilegio reservado para los días grandes. Mientras aguardábamos la apertura del portalón, aún quedaba tiempo para tentar a la suerte con un durito en la “reolina” de aquel gigante corpulento que jamás sonreía. Nunca salían ni el lagarto, ni el vaquero, ni la rana que uno esperaba, pero la esperanza, a esa edad, siempre costaba menos que la decepción.

Y una vez apagadas las luces, el ritual quedaba incompleto sin un paquete de “arvellanitas”, otro de pipas y unas cuantas esponjitas que iban desapareciendo al mismo ritmo que avanzaba la película y algún atrevido se aventuraba a aporrear el piano . No recuerdo ya muchas de aquellas historias, sí recuerdo, en cambio, el rumor de las cáscaras cayendo al suelo, el olor mezclado del cine y la inocencia, y esa sensación irrepetible de que el mundo entero cabía dentro de una pantalla.

Al salir, cuando la noche comenzaba a refrescar las aceras, todavía quedaban tres duros para rematar la jornada con un helado de dos bolas. Chocolate y vainilla. Me lo servía una heladera entrada en años que hablaba un castellano raro y sonreía con la serenidad de quien ha visto pasar demasiados veranos. Yo regresaba despacio hacia mi casa, hojeando los tebeos recién comprados y deseando romper el sobre de los vaqueritos para comprobar si esta vez venían muchos de aquellos soldados que disparaban de rodillas, los más codiciados de todos porque parecían saber algo de la guerra que los demás ignoraban.

Llegaba a mi casa con la íntima convicción de haber vivido una fortuna. Me sentía un Rockefeller de barrio, dueño por un día de una riqueza que hoy resultaría insignificante y entonces parecía inagotable. Todavía conservaba un duro en el bolsillo para gastarlo al día siguiente en aquel puestecillo ambulante que, puntual como el recreo, acudía cada mañana a esperarnos junto al colegio.

Volví a contemplar el billete de veinte duros antes de devolverlo a la carpeta. Comprendí entonces que no había conservado aquel papel por su valor, sino por la obstinación de la memoria en negarse a perder ciertos territorios. Porque hay objetos que no guardan dinero: guardan tiempo. Y el tiempo, cuando regresa escondido entre las dobleces de un viejo billete, nos concede durante unos instantes el privilegio imposible de volver a ser el niño que fuimos, ese muchacho que creyó que la felicidad cabía entera en un bolsillo y costaba exactamente veinte duros.

Atentamente;

El niño Gilena.

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