24 julio 2026

NOCHES DE SERENATA

 

Estimado pueblo.

 

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

 

Recuerdo que cuando yo era un zagal, mi padre nunca fue hombre de darme más cuerda de la cuenta cuando el sol se acostaba. A él le gustaba tener el rebaño recogido antes de que la luna tomara posesión de los tejados, y remataba la orden con una de esas sentencias suyas que valían más que un reglamento entero: "La noche pa los lobos."

Y mira tú por dónde, de un lobo quiero hablarte hoy. Pero no de esos que enseñan los colmillos, sino de uno bueno, de los que ya no nacen. Un lobo manso que hacía su ronda cuando el pueblo apagaba el último candil y el silencio empezaba a echar el cerrojo a las calles. Ahora que nos caemos de bruces en la festividad de Santiagos y Anas, me ha venido a la memoria aquel hombre que, armado tan sólo con un acordeón y una voluntad de hacer felices a los demás, recorría tus barrios llevando serenatas de puerta en puerta.

No salía mientras hubiera jaleo ni corrillos en las esquinas. Esperaba, como esperan las cosas importantes, a que la noche se quedara sola. Entonces, igual que un pajecillo de los sentimientos, hacía el mandado de algún hijo agradecido, de un marido enamorado o de un novio con más ilusión que bolsillo, y dejaba caer, bajo el ala de un balcón, un puñado de notas que rompían el silencio con la misma delicadeza con la que cae un jazmín sobre un patio.

Todavía puedo ver a mi madre. Era el día de Santa Ana y salía al balcón de la calle Espíritu Santo con esa mezcla de vergüenza y orgullo que sólo conocen las mujeres queridas. Durante aquellos minutos se sentía la protagonista de una película en blanco y negro, una Sofía Loren moronera que, sin necesidad de Fontana de Trevi, encontraba en aquel humilde acordeón el mejor de los homenajes. Sabía que aquella música era para ella, que aquellas notas llevaban escrito su nombre, aunque nadie lo pronunciara.

¡Cuántos recuerdos no le deberemos entre todos a aquel hombre! ¡Cuántas sonrisas despertó en las madrugadas de los santos y los cumpleaños! Y quién sabe si más de uno de los que hoy andamos por estas calles no empezó a escribirse precisamente una noche de serenata, cuando el acordeón terminó de ablandar el corazón de una madre y le puso el primer compás a una historia de amor.

Y fíjate qué cosa. Conozco la música, conozco el milagro, conozco los balcones donde sonó... pero nunca llegué a saber el nombre de quien la sembraba. Dicen que no murió rico. ¿Cómo iba a morirlo quien se pasaba la vida regalando alegrías? Pero también dicen que dejó detrás un patrimonio que no cabe en ninguna cartilla del banco: el de los miles de sonrisas, las lágrimas discretas, los "gracia" lanzados desde los balcones y los recuerdos que todavía hoy siguen sonando cuando alguien pronuncia la palabra serenata.

Porque hay hombres que pasan por la vida haciendo ruido, y otros que pasan haciendo música. De los primeros apenas queda el eco. De los segundos, aunque se marchen para siempre, siempre habrá un balcón que los esté esperando.

 

 

Ya suena la serenata

bajo el ala del balcón.

Ya viene a traerte alegría

para celebrar tu día,

el tío del acordeón.

 

Dedicado a quien, por tan poco, llevó tanto a tantos corazones.

 

Atentamente;

El niño Gilena


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