22 septiembre 2026

EL VERDEO

 


Estimado Pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo hoy verdeando.

 

Como tantos años en la antigua Arunci, cuando septiembre se asoma despacio y ya ha concluido la vecina feria de Arahal, vuelve al campo su antigua costumbre: el verdeo.

Amanece Morón entre una luz nueva y los caminos comienzan a llenarse de madrugadores. Cada vez más también de noche salen los jornaleros hacia los olivares, para desprender, una a una, las aceitunas verdes de estos árboles cansados de tanto sol y de tanta espera.

El campo, que durante el verano parecía dormido bajo el canto interminable de las chicharras y el silbo de los mirlos, recobra de pronto su alegría. En los pagos se cruzan las voces, las bromas, el ruido de los tractores y el ir y venir de los macacos. Los conejos, asustadizos, regresan a sus madrigueras, sorprendidos por aquel trajín que vuelve a romper el silencio. Y, de cuando en cuando, alguna voz se arranca con un fandango antiguo, como si el campo mismo quisiera cantar su bienvenida a septiembre.

Recuerdo de mi niñez aquellos días de verdeo, cuando la cosecha era tiempo de bonanza para unos y de alivio para otros. El olivo, generoso y amigo, parecía saber repartir su fruto entre las dos orillas de la desigual vida del pueblo: dando abundancia a unos y ayudando a paliar las necesidades de otros.

Las manzanillas finas, las moronas, las gordales... Allí estaban, escondidas entre las hojas, esperando las manos de aquellos hombres y mujeres acostumbrados a la dureza de la tierra. Mujeres que, por aquellos tiempos, se ponían los pantalones solamente durante la campaña, debajo de la bata, por aquello del pudor al agacharse. Y los hombres, subidos en sus banquillos, iban deshabitando las copas, haciendo caer aquel perlado manjar que la tierra había criado durante todo el verano.

Después, al caer la tarde, quedaba en las vereas el cansancio dulce de la jornada, el olor de la aceituna recién cogida y ese silencio distinto que tiene el campo cuando ha trabajado el hombre.

Hoy, cuando miro un olivo, no veo solamente un árbol.

Veo las manos de aquellas mujeres, los banquillos de los hombres, los macacos llenándose, los fandangos perdidos entre las ramas y aquellos caminos de mi infancia despertando cada septiembre.

Porque quizá tengamos con el olivo una deuda vieja, de esas que no se pagan nunca.

Él supo calmar muchas miserias y también levantar muchas fortunas.

Y todavía, cada septiembre, cuando Morón vuelve a verdear, parece que sus ramas nos recuerdan que buena parte de nuestra historia sigue viviendo entre sus hojas.

Atentamente;

El niño Gilena


08 septiembre 2026

EL ENCALO

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo hoy de blanqueo.

 

Siempre que llega este tiempo, ese tiempo indeciso que anda entre la ancianidad del verano y el nacimiento de la feria, me vuelven a la memoria aquellos días de blanqueo. Días en los que en casa se retiraba la rutina diaria para dejar paso a un protocolo añejo, repetitivo y casi sagrado, de esos que uno aprende sin que nadie se los enseñe porque los ha visto hacer toda la vida.

Todo comenzaba una tarde.

Mi padre, aprovechando el retorno del camión de los Cantimpla a la calle Espíritu Santo, se encontraba con el hombre entre un «buenas tardes» y un «¿cómo se anda?» y, sin más ceremonia que la de quien encarga algo que sabe que llegará, le decía:

—Arroba y media de cal.

Y asunto concluido.

Al día siguiente, con la puntualidad que entonces tenían las cosas que de verdad hacían falta, la cal entraba en casa. Y con ella empezaba el blanqueo.

Se sacaba del “soberao” el bidón de entrañas blancas que había permanecido allí todo el año, esperando pacientemente esta cita con septiembre. Yo siempre he pensado que había algo de magia en aquello. Una magia vieja, doméstica, sin más hechicería que el agua y las manos de un hombre.

Porque allí estaban las piedras: pesadas, ásperas, blancas, sin gracia aparente. Y de pronto, después del agua, de remover y de dejar que aquella materia se cociera, aparecía ante nuestros ojos una blancura casi viva.

La casa se preparaba entonces para su transformación.

La caña, los pinceles, los cubos, los sacos, la escalera y el estropajo salían de sus escondites y entraban en faena. Y comenzaban los brochazos, los recortes, los cambios de escalera y aquel continuo ir y venir de voces:

—¡Aguanta ahí!

—¡Échame más cal!

—¡Cuidado con el suelo!

—¡ Niño quítame esas goteras del sardine!

Y la casa, poco a poco, iba perdiendo el color de los días pasados para recuperar aquel blanco suyo, el de siempre, el de las casas que sabían recibir a la feria.

Quedaba blanca como la espuma del mar.

Y olía a limpio.

A sábana nueva.

 

A patio recién estrenado.

Era una blancura que no sólo limpiaba las paredes. Parecía que también limpiaba el cansancio del verano y dejaba la casa fresca, confortable, preparada para recibir los días largos.

 

Quizá por eso, cuando escuche que este pétreo, y a veces líquido, elemento fue categorizado como patrimonio, no sé muy bien qué patrimonio será ése. Si humano o divino.

Lo que sí sé es que, para mí, hace muchos años que la cal tiene una categoría que no necesita expediente alguno.

Es patrimonio de la memoria.

De mi memoria y de la de tantos que conocimos aquellos días en los que un hombre una madre , una brocha, un cubo y un poco de agua eran capaces de devolverle la vida a una casa.

Y entonces comprendo que quizá por eso, cuando llega este tiempo, la cal no me parece una piedra.

Me parece una historia.

Una historia que empezó mucho antes que nosotros, allá arriba, en la sierra.

Porque antes de llegar al bidón del “soberao”, antes del horno y antes del pincel, tuvo que haber tierra.

Y fuego.

Y viento.

Y agua.

Cuatro elementos que un día se encontraron para que aquella piedra pudiera convertirse en blancura.

Y es entonces cuando me sale la copla, como si la cal misma viniera desde la sierra a contarme su historia:

 

Tierra, fuego, viento y agua

se juntaron aquel día

para darte la alegría

y el lustre de tu mirada.

Tiempo, esfuerzo, horno y hombre

cantaron pronto tu nombre,

y el viento lo pregonaría

sin que supieras que un día

fueras lucero en los montes.

 

Porque eso fue también la cal: tiempo.

Tiempo de sacar la piedra.

Tiempo de llevarla al horno.

Tiempo de fuego.

Tiempo de hombre.

Tiempo de espera.

Hasta que la piedra, vencida por el fuego y por las manos, dejaba de ser piedra para convertirse en aquello que después cubriría nuestras casas.

Y así, lo que nació en la sierra terminaba en nuestras paredes.

 

Llanto de roca vieja,

que blanqueas mi morada,

robando la luz dorada

al cielo de Andalucía.

 

 

Porque la cal, cuando se extendía sobre la pared, parecía robarle algo al cielo. Le quitaba un poco de su luz azul para devolverla multiplicada en las fachadas, en los patios, en las tapias, en Moron entero.

Y aquellas piedras moroneras, nacidas en la sierra, acababan haciendo blanco el paisaje.

 

Astilla de estrellas,

reflejo claro de luna,

que formaron la bandera

de esas piedras moroneras

que en la sierra tienen cuna.

 

Ahí estaba todo.

La sierra y la casa.

El horno y la brocha.

El hombre y la piedra.

 

El fuego y el agua.

Lo viejo y lo nuevo.

 

Y, entre medias, el pincel haciendo su trabajo, como quien conoce un secreto que los años se han encargado de olvidar.

Porque cuando la brocha entraba en la cal y subía por la pared, yo casi podía imaginar que aquello no era pintura.

Era un cante.

Un cante blanco que iba subiendo por la fachada.

 

Baila por bulerías

en el filo del pincel,

para cubrir con tu manto

y darme color de sal,

con la alegría de tu canto.

 

Y quizá por eso aquellas casas recién blanqueadas tenían algo que hoy cuesta encontrar.

No era sólo el resplandor.

Era la alegría de la blancura.

Era el orgullo de una tierra que sabía convertir sus piedras en luz.

 

Ahora se habla de patrimonio y se buscan nombres para las cosas que se nos van.

Y está bien.

Pero yo pienso que hay un patrimonio que no cabe en un catálogo.

El patrimonio de los olores.

El de las voces.

El de una escalera apoyada en una pared.

El de una mano removiendo un bidón.

El de un padre que vuelve a casa con una arroba y media de cal.

 

El de una casa que, después del blanqueo, parecía respirar de otra manera.

Ese patrimonio no necesita que nadie lo declare.

Lo llevamos dentro.

 

Y mientras yo recuerde aquellos días, mientras recuerde el “soberao”, el bidón, los pinceles, la caña y aquellas paredes poniéndose blancas bajo la mano de mi madre, la cal seguirá teniendo su sitio.

 

No sólo en la sierra.

No sólo en los hornos.

No sólo en las fachadas de Andalucía.

También aquí.

En la memoria.

Porque algunas piedras, cuando el tiempo las toca, no se convierten en ruinas.

Se convierten en recuerdos.

Y hay recuerdos que, como la cal, cuanto más viejos son, más blancos nos parecen.

 

Atentamente:

El niño Gilena


04 septiembre 2026

EL DORMITORIO DE LA AZOTEA

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo sigo con calor.

 

Hoy quiero remontarme a aquellos años en que el aire acondicionado brillaba por su ausencia y el calor se combatía con las armas humildes que había en cada casa: el abanico, el ventilador y, sobre todo, aquel búcaro fresquito que parecía guardar dentro un pedazo de sombra. Porque, claro está, nunca nadie ha tenido un búcaro calentito.

Eran años en los que Lorenzo se ensañaba con Morón y el mercurio se encaramaba por encima de los cuarenta, dejando las paredes recalentadas, los tejados hechos ascuas y la noche sin una sola rendija por donde pudiera escaparse el bochorno. El recalentón cocía la tarde, recocía la noche y parecía dispuesto a guisar también la madrugada. Y cuando ya no había abanico que valiera, ni corriente de aire que apareciese por ninguna ventana, la familia tomaba una decisión que hoy nos parecería propia de otros tiempos: dormir en la azotea.

Antes, eso sí, estaba la tertulia. Las sillas de enea se arrimaban a la boca del zaguán, donde se buscaba ese hilillo de aire que, por misericordia divina, quisiera entrar desde la calle. Algún sardiné entre los labios, conversación pausada, abanico que iba y venía y aquella manera tan nuestra de dejar que el tiempo pasara sin necesidad de perseguirlo como ya te conté hace tiempo.

Después, cuando la noche ya había dado cuenta de buena parte de sus horas, comenzaba la mudanza.

Abuelos, padres y nietos subíamos a la azotea con lo que hubiera a mano: un colchoncillo viejo, una manta paduana, una esponja grande con una sabanilla por encima o cualquier cobertor que pudiera hacer las veces de lecho. Y allí quedábamos, cada cual, buscando su palmo de cielo, con las paredes blancas alrededor la yerbabuena por mesita de noche y las estrellas por techo.

Y entonces sucedía el milagro.

La noche, que abajo parecía una olla tapada, allá arriba se volvía otra cosa. Más grande. Más limpia. Más nuestra.

Alguien señalaba hacia el cielo y decía dónde estaba la Osa Mayor. Otro se empeñaba en contar estrellas y perdía la cuenta antes de llegar a veinte. Los más pequeños buscábamos en la luna aquella cara desfigurada que los mayores decían distinguir perfectamente, aunque uno nunca terminara de encontrarla.

Y mientras tanto, Morón seguía respirando debajo de nosotros.

De alguna casa llegaba el maullido lastimero de un gato en celo. Por alguna calle se apagaba poco a poco el cuchicheo de las últimas reuniones. Una puerta se cerraba. Una persiana golpeaba. Y de los patios, de los corrales y de las ventanas abiertas subía aquel olor dulce y profundo de los jazmines y las damas de noche, que parecía hecho expresamente para aquellas madrugadas.

De pronto, como si fuera una noticia de última hora, siempre aparecía alguien gritando:

—¡He visto una estrella fugaz! ¡He visto una estrella fugaz!

 

Y allí empezábamos todos a mirar al cielo con los ojos como platos, intentando cazar, aunque fuera uno de aquellos prodigios. Porque alguien había dicho que, si conseguías verla y pedías un deseo inmediatamente, el deseo se cumplía.

Yo todavía estoy esperando el jeep de los Geyperman.

Será que aquella estrella la vi mal.

O que pedí el deseo demasiado tarde.

Pero bueno, uno sigue esperando.

La noche continuaba entre algún “¡callarse, niños!” y los primeros ronquidos de los mayores, que poco a poco empezaban a competir con cualquier ruido de la calle. Eran ronquidos de los de antes, largos, solemnes, con una autoridad que no necesitaba presentación.

Las farolas, cuando les llegaba su hora, se apagaban y las lagartijas cazadoras, que habían estado correteando por las paredes bajo su luz, se retiraban también a descansar.

Así pasaba la madrugada, entre una vuelta y otra, entre el calor que poco a poco iba perdiendo su furia y aquel sueño ligero de los niños que se despertaban con cualquier ruido. Hasta que, casi sin darnos cuenta, el amanecer comenzaba a descorrer aquella enorme capa negra que había cubierto el cielo.

Y entonces ocurría otra cosa que hoy ya casi pertenece a la memoria.

Las madrugadoras vecinas empezaban a regar sus puertas. Salían con sus cubos de lata y baldeaban el agua fresca con las manos sobre las aceras, levantando ese olor limpio y fresco que nos daba los buenos días. Era el despertador de aquel Morón que todavía sabía comenzar el día despacio.

 Desde la tahona de MACIAS llegaba el olor a pan recién cocido, un olor que tenía la virtud de meterse por las narices y despertarle a uno hasta el último rincón del alma.

Nosotros, mientras tanto, amanecíamos hechos un ovillo, tapados hasta las orejas con alguna sabanilla o con aquel cobertor viejo que alguien había rescatado del soberao. Porque esa era otra de las bromas del verano: uno se acostaba asfixiado de calor y terminaba la madrugada buscando con los pies una manta.

Pero aquella noche ya se había quedado atrás.

Y con ella se iba también una manera de vivir que quizá no era más cómoda, ni más fácil, ni desde luego más fresca, pero que tenía algo que ahora echamos de menos sin saber muy bien cómo explicarlo.

Porque entonces dormíamos en una azotea.

Y acaso eso fuera la felicidad: no tener aire acondicionado, pero tener por techo el cielo de Moron.

Atentamente:

El niño Gilena.


25 agosto 2026

EL NIÑO MATAERO

 

Estimado Pueblo;

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

Te traigo hoy otro personaje para dejarlo impreso en la piedra de la memoria, porque hay hombres que, por sus cualidades o por la falta de ellas, terminan quedándose prendidos en el cuadro de esos paisanos que, siendo ilustres o sin merecerlo, pasan por la historia de tus calles como pasan las sombras por una pared encalada: dejando un rato su perfil y después el recuerdo.

Don Manuel Heredia Molina, nacido cuando todavía andaba despertándose aquel siglo que ya nos dejó, fue hijo de padre no reconocido, aunque sí conocido, y llevó por lustre los dos apellidos maternos que, por su grafía y por su soniquete, pudieran hacer pensar a cualquiera que por sus venas corría alguna hebra de sangre gitana. Pero no. El flamenco de Manuel no le venía de la sangre, sino de la vida, que a veces tiene esas cosas y hace flamenco al que no nació flamenco, torero al que nunca pisó una plaza y poeta al que apenas supo juntar dos palabras.

Quiso, sin embargo, la historia moronense que Manuel fuese conocido más por el apodo que por sus nombres y apellidos. Y así, junto al Heredia Molina, quedó para siempre aquel tercer apellido que le puso el pueblo:” el Niño Mataero,” heredado de la ocupación de su madre, que trabajaba en el matadero municipal.

Y con ese nombre se quedó.

Porque en los pueblos, ya se sabe, uno nace con un nombre, pero el pueblo, que tiene más imaginación que el Registro Civil, acaba poniéndole otro.

La historia que te traigo comienza cuando el mozo entró a servir en el bar que regentaba Ana la Aranda, allá por la entrada de La Alameda, entre el servicio del trigo y la herrería de Juan Fernández. Ana era viuda de un tal Juan Vázquez, hombre de mucho genio y pocos mimos, y aunque entre ella y Manuel mediaba una diferencia de edad que no era precisamente de las que pasan desapercibidas, al muchacho se le metió entre ceja y ceja que aquellos ojos de doña Ana empezasen a mirarlo de otra manera.

Y vaya si lo consiguió.

Porque Manuel, además de joven, debía de ser mozo de los que sabían plantarse. De esos que entran por una puerta y, sin decir palabra, parece que la puerta se ha hecho para que entren ellos.

Poco a poco, aquel que había llegado para servir acabó mandando. Y doña Ana, entre el cariño y la confianza, puso al Niño Mataero de corregente de la taberna. Así fueron pasando los días, hasta que las habladurías empezaron a crecer como las malvas después de una lluvia.

Y como en Morón nunca faltó quien supiera más de la vida ajena que de la propia, Ana y Manuel terminaron pasando por el altar, para regocijo de los más chistosos del lugar.

Cuentan las malas lenguas que Pachanga —Pachanga valiente, que nadie te gane— no dejó pasar la ocasión y les sacó aquella coplilla que todavía parecía correr de boca en boca por las esquinas:

 

¿Quién se casa?

La Aranda.

¿Y con quién?

Con el Niño Mataero.

¡OjÚ, ese va por el dinero!

 

Y así quedó la cosa.

Manuel, dueño ya de su sitio y de su mujer, se puso al frente de aquella taberna por donde fueron desfilando los años, los parroquianos, las copas, las conversaciones y las fiestas. Porque si algo tuvo el Niño Mataero, aparte de sus virtudes y sus defectos, fue afición al flamenco.

Y aquello no era poca afición.

No se conformaba con escuchar a los grandes cantaores que por allí pasaban. Por La Alameda sonaron voces de Juan Talega, los Mairena, Marchena, el Funi y tantos otros que hicieron de aquellos bares una especie de universidad popular del cante. Pero Manuel no era de los que se quedaban sentados mirando.

A Manuel le gustaba también arrancarse.

Y cuando el vino, la noche o las ganas le calentaban el pecho, se echaba por sus fandangos del Sevillano o por el cante del Niño las Huertas, que aquello era otra manera de decir que la taberna se quedaba pequeña y que el flamenco, cuando quería, se salía por las puertas.

Cuentan quienes lo conocieron que en las tardes de verano era cosa habitual ver la figura de Manuel regando la terraza de albero, levantando aquel olor húmedo y fresco que dejaba el agua sobre la tierra caliente, mientras desde dentro llegaba el soniquete de los antiguos discos de pizarra de Miguel de los Reyes y Miguel de Molina.

Y allí estaba él.

La manga remangada, la regadera en la mano, el cante entrando y saliendo de la taberna, y aquella Alameda de entonces respirando despacio bajo el calor.

Pero ya se sabe que toda moneda tiene su cruz y que hasta las historias que parecen hechas de coplas terminan encontrándose con alguna que otra desgracia.

La cruz de Manuel apareció un día en forma de mujer.

Una señorita, una señora, una labriega del Pozo Loco o, como algunos más atrevidos quisieron llamarla, una fulana. Yo dejo el apelativo al criterio de cada cual, que bastante oficio tiene ya la memoria como para venir ahora a ponerle nombres a las mujeres.

El caso es que aquella mujer trastornó los amores de Manuel.

Y una mañana, sin comerlo ni beberlo, el Niño Mataero cogió el pernil, la media manta y a la susodicha, y puso tierra de por medio.

 

Después comenzaron las conjeturas, que en esto de saber dónde está el prójimo cuando desaparece, Morón siempre ha tenido una imaginación portentosa.

Unos decían que se había ido a los madriles.

Otros, que había acabado en la isla, segando arroz.

Y algunos aseguraban que andaba por ahí gastándose los dineros que le había sisao a la Aranda.

A saber.

Lo cierto es que, pasado aproximadamente un año, apareció otra vez por los pagos de La Alameda. Y no volvió precisamente como se había marchado. Traía más callos en las manos que un labriego de toda la vida, el cuerpo descompuesto y el aire de quien ha aprendido, lejos de casa, que algunas aventuras parecen mejores cuando se cuentan que cuando se viven.

Ana, que debía de quererlo más de lo que las lenguas decían y menos de lo que las apariencias mostraban, perdonó y calló.

Y aquel silencio suyo, quizá más grande que cualquier reproche, terminó devolviendo las aguas a su cauce.

Con el tiempo, Manuel volvió a ser quien había sido: aquel mozo bien plantao que pasaba las tardes entre sus discos de pizarra, el albero recién regado y las coplas del Niño las Huertas, como si la vida no hubiese tenido nunca otra cosa que hacer que pasar por delante de la alameda.

Pero la vida, que es borrica y no atiende a perdones ni a coplas, siguió haciendo lo suyo.

Los años fueron cobrando primero la vida de Ana, que era mayor que Manuel, y después la de él mismo, cuando se acercaba ya a los dieciséis lustros, que dicho así parece una barbaridad, pero que en realidad no es más que la manera antigua de decir que la muerte lo encontró con muchos inviernos a la espalda y demasiadas historias guardadas en el bolsillo.

Y, sin embargo, hay hombres que no terminan de morirse del todo.

Porque todavía hoy, cuando paso con mi madre por La Alameda, ella me recuerda aquellos tiempos en que, siendo chiquilla, se sentaba en el poyete de una ventana y desde allí veía al Niño Mataero entre copas, discos, tardes de calor y conversaciones de cabales.

Y entonces me lo nombra.

Y me dice que Manuel le cantaba la Romería Loreña.

Y yo pienso que quizá ésa sea la verdadera manera de sobrevivir: que muchos años después de haberse ido uno, alguien pase por la misma calle, vea la misma esquina y, de pronto, sin que nadie se lo pida, recuerde una voz.

Porque mientras alguien recuerde aquella voz, Manuel Heredia Molina, el Niño Mataero, seguirá estando allí.

En La Alameda.

 

Entre el polvo del albero, el agua de las tardes de verano y el viejo soniquete de un disco de pizarra.

Como si el tiempo, por una vez, hubiese tenido la delicadeza de no llevárselo entero.

Atentamente;

El niño Gilena


20 agosto 2026

MI VIEJO AMIGO "EL PUCHERO"

 

Estimado Pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo con hambre.

 

Encuéntrome en ese lugar de la vida donde el tiempo camina con un paso presto y corto de pausas, ese territorio en el que los buenos momentos empiezan a conjugarse en pasado: un «yo hice» en vez de un «yo haré»; un «yo conocí» en lugar de un «ya conoceré»; un «yo fui» donde antes decía «yo iré». Y no sé si será cosa de los años o de ese reloj invisible que uno lleva dentro, pero llega un día en que empieza a echar de menos aquello que durante media vida tuvo por cotidiano, por seguro, por tan suyo que ni siquiera se detenía a darle las gracias.

Es también la edad en que los seguidores de Hipócrates, con esa mezcla de autoridad y compasión con que suelen mirarnos, empiezan a racionarnos el libre albedrío. Que si quite usted la sal, que si modere el dulce, que si olvide las salazones, que si las carnes con prudencia, que si esto ni probarlo y aquello solamente en domingo y con permiso de la autoridad sanitaria. Todo para intentar, casi siempre sin resultado, que este corto paseo por la vida se parezca, aunque sea de lejos, a la añada de Matusalén.

Y fue precisamente repasando aquellas prohibiciones que los hijos de Asclepio habían tenido a bien recomendarme cuando empecé a entristecerme. Porque, entre todas ellas, había una condición que me pareció de una crueldad innecesaria: desprenderme de un viejo y servicial amigo. De un amigo de los de verdad. De esos que no preguntan cómo vienes ni cuánto tienes, sino que, simplemente, te esperan.

El puchero.

El puchero que me acompaña desde que la razón empezó a alumbrarme las entendederas. El puchero que fue nodriza de aquellas rollizas arrobas de mi niñez, que no sé si me hicieron más sano, pero desde luego me hicieron más feliz. El puchero que me saludaba a la vuelta del colegio y, más tarde, del trabajo, con aquel borboteo alegre, aquel trino de tren viejo que anunciaba desde la cocina que allí dentro se estaba preparando una pitanza de primera.

Porque el puchero, a fe mía, debería figurar entre los grandes inventos de la humanidad. ¿Qué otro manjar conoce usted que sea capaz de llevarse tan bien con el puerco, con la vaca y con el corral? ¿Con el palomo, la perdiz o el pato? ¿Con los garbanzos, la zanahoria y la papa? ¿Con la col, el cardo o la acelga? Y, sobre todo, ¿con el tocino?

Sí, señor: el tocino.

Ese alimento hoy perseguido por los médicos y repudiado por las señoras que desean conservar una figura que no se corresponde con los años que tienen. El tocino, que fue durante generaciones el flan del pobre; que se atacaba con un trozo de pan, duro o blando, negro o blanco, según hubiera en la casa, y que servía para engrasar las tragaderas mientras uno esperaba la llegada de aquellas carnes que, mezcladas con el caldo, obraban la alquimia de un sabor que todavía permanece grabado en el centro mismo de nuestras entendederas.

Y es que hay sabores que no se comen solamente con la boca. Se comen con la memoria.

Tan buen amigo es el puchero que hasta tiene la delicadeza de mejorar con el tiempo. Porque el de hoy es bueno, pero el de mañana, cuando se han casado los sabores y el caldo ha tenido ocasión de pensar en lo que quiere ser de mayor, puede resultar todavía mejor.

Y qué generoso es.

 

Lo mismo se convierte en una sopa de fideos que en un arroz; lo mismo se hace sopa de picadillo que caldo de hierbabuena; lo mismo se sirve humeante en un plato que, cuando pierde el frescor, entrega su pringá para convertirse en unas croquetillas capaces de reconciliar a cualquiera con el mundo, o en una ropa vieja que vuelve a matar el gusanillo como si aquel puchero no hubiera sido servido ya la víspera.

Y hasta tiene sus días de presumido.

Porque hay pucheros que se perfuman con un poco de fino de Jerez, como quien se pone colonia para salir a la calle; otros que se adornan con el delicado perfume de la hierbabuena; y los hay que, queriendo mudar de aspecto sin perder la condición, se visten de amarillo huevo y ponen en el plato un sol pequeño, doméstico y comestible.

Después de tantos años, me parece mentira que algo tan hermoso, tan sencillo, tan nuestro y tan entrañable pueda ser acusado de producirme algún mal en esta hechura que Dios me ha dado.

Pero uno escucha a los médicos y procura obedecer. Que también tiene su mérito llegar a cierta edad y seguir creyendo que los médicos saben lo que dicen.

Sin embargo, después de recapacitar sobre todo esto, he llegado a una conclusión que quizá no sea muy científica, pero sí profundamente humana: si para vivir algunos años más tengo que renunciar a todas aquellas cosas que hicieron buenos los años que ya he vivido, no sé si me compensa demasiado el trato.

Así que, puestos a escoger entre una larga existencia sin puchero y unos cuantos años menos con mi viejo amigo sentado a la mesa, servidor lo tiene bastante claro.

Que venga el tocino.

Que se acerquen los garbanzos.

Que borbotee el caldo.

Que vuelva la pringá.

Y que nadie me quite el pan.

Porque hay amigos que uno no debería abandonar cuando llega la vejez, sobre todo aquellos que nos acompañaron cuando todavía no sabíamos que algún día íbamos a echarlos de menos.

Y el puchero, además de alimentarme, me ha acompañado toda la vida.

A estas alturas, no sería decente dejarlo ahora.

He dicho.

Atentamente:

El niño Gilena.


30 julio 2026

LOS 20 DUROS

 

 Estimado pueblo,

 Espero que te encuentres bien, yo hoy muy rico.

 

Hay veces en que uno no busca el pasado; es el pasado quien, con la paciencia de las cosas que nunca terminan de irse, acaba encontrándolo a uno. Me ocurrió hace unos días, mientras revolvía unas carpetas antiguas donde el tiempo había ido almacenando sus pequeños fósiles domésticos: un recibo del agua pagado todavía en pesetas, la papeleta amarillenta de una rifa navideña, alguna fotografía sin nombre y otros papeles que ya sólo conservan el valor de haber sobrevivido al olvido. Fue entonces cuando apareció, doblado con el mismo esmero con que se guarda un secreto, un billete de veinte duros. Allí seguía Gustavo Adolfo Bécquer, con aquella delicadeza casi amanerada de su retrato, observándome desde una época en la que el dinero tenía un peso muy distinto y la felicidad, curiosamente, costaba mucho menos.

Bastó aquel hallazgo para que se abrieran de par en par las compuertas de la memoria. En mi casa nunca fuimos de celebrar muchos cumpleaños bastante tenía uno con ir cumpliendo años sin hacer ruido. Lo verdaderamente señalado era el santo, y mi abuela Pepa, mujer de ternuras discretas y generosidades silenciosas, acostumbraba a deslizarme entre las manos uno de aquellos billetes como quien entrega un salvoconducto hacia la aventura. Yo, que desde niño practiqué el oficio de gastar el presente antes de que el futuro pudiera reclamarlo, salía disparado a las calles con la impaciencia de quien sabe que la dicha tiene fecha de caducidad.

La primera estación de aquel itinerario era la librería del Charrito, o de Dolorcita Abril, porque ambos parecían compartir la propiedad igual que se comparten las cosas queridas. Allí, por apenas cuatro duros, uno podía regresar a casa con un DDT, un Tío Vivo y algún Mortadelo especial, que no era poca riqueza para quien aún medía el mundo por viñetas. Después cruzaba la calle sin más ley que la escasa velocidad de aquellos seiscientos, de los ocho y medio o de los mil quinientos que parecían avanzar con la misma calma con la que entonces transcurrían los días.

En el puesto de la “Perfecta” se deshacían otros dos duros convertidos en “arazú” del gato, chicles Cosmos, kikos Churruca y un par de Kojak que iban tiñendo la lengua y el ánimo de una felicidad pegajosa. Mientras el azúcar hacía su trabajo, levantaba la vista hacia las carteleras del cine, dudando entre alguna de Karate o cualquiera de aquellas cabalgadas del Séptimo de Caballería que agrandaban el Oeste hasta hacerlo caber en la imaginación de un chiquillo.

Todavía quedaba sitio para otro pequeño exceso. La pastelería María Auxiliadora, en la calle Nueva, era una tentación imposible de discutir. Dos duros bastaban para conquistar uno de aquellos merengues quemados por fuera y tiernos por dentro, cuya memoria sigue teniendo hoy mejor sabor que muchos banquetes. Y como entonces nadie se avergonzaba de ir comiendo por la calle, el camino continuaba hasta el puesto de Paquita "la Encajera", donde colgaban, como banderas de un país diminuto, los sobres de vaqueritos: aviones, barcos, vikingos, pieles rojas, soldados de la Gran Guerra… Aquellas figuritas de plástico tenían la rara facultad de convertir cualquier rincón del patio en un continente entero.

Cuando la tarde empezaba a doblarse sobre sí misma, el cine ya exhibía esa cola de impacientes donde todos parecíamos iguales. Tres duros bastaban para que una taquillera de gafas gruesas y paciencia inagotable me entregara el pasaporte a la planta baja, privilegio reservado para los días grandes. Mientras aguardábamos la apertura del portalón, aún quedaba tiempo para tentar a la suerte con un durito en la “reolina” de aquel gigante corpulento que jamás sonreía. Nunca salían ni el lagarto, ni el vaquero, ni la rana que uno esperaba, pero la esperanza, a esa edad, siempre costaba menos que la decepción.

Y una vez apagadas las luces, el ritual quedaba incompleto sin un paquete de “arvellanitas”, otro de pipas y unas cuantas esponjitas que iban desapareciendo al mismo ritmo que avanzaba la película y algún atrevido se aventuraba a aporrear el piano . No recuerdo ya muchas de aquellas historias, sí recuerdo, en cambio, el rumor de las cáscaras cayendo al suelo, el olor mezclado del cine y la inocencia, y esa sensación irrepetible de que el mundo entero cabía dentro de una pantalla.

Al salir, cuando la noche comenzaba a refrescar las aceras, todavía quedaban tres duros para rematar la jornada con un helado de dos bolas. Chocolate y vainilla. Me lo servía una heladera entrada en años que hablaba un castellano raro y sonreía con la serenidad de quien ha visto pasar demasiados veranos. Yo regresaba despacio hacia mi casa, hojeando los tebeos recién comprados y deseando romper el sobre de los vaqueritos para comprobar si esta vez venían muchos de aquellos soldados que disparaban de rodillas, los más codiciados de todos porque parecían saber algo de la guerra que los demás ignoraban.

Llegaba a mi casa con la íntima convicción de haber vivido una fortuna. Me sentía un Rockefeller de barrio, dueño por un día de una riqueza que hoy resultaría insignificante y entonces parecía inagotable. Todavía conservaba un duro en el bolsillo para gastarlo al día siguiente en aquel puestecillo ambulante que, puntual como el recreo, acudía cada mañana a esperarnos junto al colegio.

Volví a contemplar el billete de veinte duros antes de devolverlo a la carpeta. Comprendí entonces que no había conservado aquel papel por su valor, sino por la obstinación de la memoria en negarse a perder ciertos territorios. Porque hay objetos que no guardan dinero: guardan tiempo. Y el tiempo, cuando regresa escondido entre las dobleces de un viejo billete, nos concede durante unos instantes el privilegio imposible de volver a ser el niño que fuimos, ese muchacho que creyó que la felicidad cabía entera en un bolsillo y costaba exactamente veinte duros.

Atentamente;

El niño Gilena.

24 julio 2026

NOCHES DE SERENATA

 

Estimado pueblo.

 

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

 

Recuerdo que cuando yo era un zagal, mi padre nunca fue hombre de darme más cuerda de la cuenta cuando el sol se acostaba. A él le gustaba tener el rebaño recogido antes de que la luna tomara posesión de los tejados, y remataba la orden con una de esas sentencias suyas que valían más que un reglamento entero: "La noche pa los lobos."

Y mira tú por dónde, de un lobo quiero hablarte hoy. Pero no de esos que enseñan los colmillos, sino de uno bueno, de los que ya no nacen. Un lobo manso que hacía su ronda cuando el pueblo apagaba el último candil y el silencio empezaba a echar el cerrojo a las calles. Ahora que nos caemos de bruces en la festividad de Santiagos y Anas, me ha venido a la memoria aquel hombre que, armado tan sólo con un acordeón y una voluntad de hacer felices a los demás, recorría tus barrios llevando serenatas de puerta en puerta.

No salía mientras hubiera jaleo ni corrillos en las esquinas. Esperaba, como esperan las cosas importantes, a que la noche se quedara sola. Entonces, igual que un pajecillo de los sentimientos, hacía el mandado de algún hijo agradecido, de un marido enamorado o de un novio con más ilusión que bolsillo, y dejaba caer, bajo el ala de un balcón, un puñado de notas que rompían el silencio con la misma delicadeza con la que cae un jazmín sobre un patio.

Todavía puedo ver a mi madre. Era el día de Santa Ana y salía al balcón de la calle Espíritu Santo con esa mezcla de vergüenza y orgullo que sólo conocen las mujeres queridas. Durante aquellos minutos se sentía la protagonista de una película en blanco y negro, una Sofía Loren moronera que, sin necesidad de Fontana de Trevi, encontraba en aquel humilde acordeón el mejor de los homenajes. Sabía que aquella música era para ella, que aquellas notas llevaban escrito su nombre, aunque nadie lo pronunciara.

¡Cuántos recuerdos no le deberemos entre todos a aquel hombre! ¡Cuántas sonrisas despertó en las madrugadas de los santos y los cumpleaños! Y quién sabe si más de uno de los que hoy andamos por estas calles no empezó a escribirse precisamente una noche de serenata, cuando el acordeón terminó de ablandar el corazón de una madre y le puso el primer compás a una historia de amor.

Y fíjate qué cosa. Conozco la música, conozco el milagro, conozco los balcones donde sonó... pero nunca llegué a saber el nombre de quien la sembraba. Dicen que no murió rico. ¿Cómo iba a morirlo quien se pasaba la vida regalando alegrías? Pero también dicen que dejó detrás un patrimonio que no cabe en ninguna cartilla del banco: el de los miles de sonrisas, las lágrimas discretas, los "gracia" lanzados desde los balcones y los recuerdos que todavía hoy siguen sonando cuando alguien pronuncia la palabra serenata.

Porque hay hombres que pasan por la vida haciendo ruido, y otros que pasan haciendo música. De los primeros apenas queda el eco. De los segundos, aunque se marchen para siempre, siempre habrá un balcón que los esté esperando.

 

 

Ya suena la serenata

bajo el ala del balcón.

Ya viene a traerte alegría

para celebrar tu día,

el tío del acordeón.

 

Dedicado a quien, por tan poco, llevó tanto a tantos corazones.

 

Atentamente;

El niño Gilena


21 julio 2026

LAS REINAS DE LA CALLE

 

Estimado Pueblo:

 

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo bien, gracias a Dios.

 

Si en días pasados te hablé de niños que sembraban las calles de voces y carreras, sería una injusticia dejar en el olvido a las otras dueñas de aquel pequeño universo aruncitano: las niñas. Ellas eran la primavera menuda de las plazas, la música sencilla que florecía en las esquinas cuando la tarde empezaba a dorarse.

Las recuerdo con sus trenzas bien peinadas, con las coletas agitadas por el aire tibio, con aquellos uniformes humildes de falditas de tablas y niquis sencillitos, tan modestos como elegantes en la mirada de la infancia, con los babis claros donde parecía haberse quedado prendida la luz de la mañana

Formaban corros como si dibujaran flores sobre los adoquines, y sus canciones, tan humildes como eternas, hacían que el tiempo olvidara seguir corriendo.

Pintaban en el suelo, con un trozo de yeso robado a cualquier pared, las casillas del “ teje”. Saltaban sobre ellas con una gracia que parecía no tocar la tierra. Después llegaba el cordel, un simple hilo de tendedero convertido, por obra de su alegría, en un arco invisible donde el aire aprendía a cantar al compás de aquellas coplas infantiles que nadie escribió y que, sin embargo, todos recordamos.

Había también un milagro en sus manos. Dos palmas bastaban para levantar un mundo entero de ritmos y rimas, de risas contenidas, de pequeños errores celebrados con carcajadas limpias. Y el elástico, estirado entre dos amigas, era un horizonte de colores donde los saltos crecían mientras ellas, con pudor de azucenas, sujetaban el vuelo de sus faldas para que el viento no les robara la inocencia.

Luego estaban las casitas imaginarias, donde las muñecas eran hijas de verdad, los Nenucos de mejillas rosadas, los muñecos pelones, las cajas de latón llenas de cromos como si guardaran tesoros de reinas diminutas, los recortables, el diábolo, el pañuelo, los vestiditos de Nancy, el Hula-Hoop girando como un pequeño planeta alrededor de sus cinturas y el parchís, paciente, enseñándoles que también la espera podía ser un juego.

Ellas eran la voz más dulce de la calle. Sin saberlo, completaban la canción de los veranos. Eran la alegría apoyada en las aceras, el rumor de las puertas abiertas, las rivales inevitables de nuestras travesuras y, al mismo tiempo, las compañeras imprescindibles de aquel inmenso teatro sin paredes moronero donde cada tarde representábamos la única obra que nunca volverá a repetirse: la infancia.

Hoy, cuando las calles parecen haber olvidado el eco de aquellas risas y el silencio ocupa el lugar donde antes vivía el bullicio, uno comprende que la memoria también tiene un jardín. Y en ese jardín siguen jugando ellas, eternamente niñas, mientras el sol de las cinco las envuelve con la misma luz dorada de entonces.

Parece mentira que aquello que un día fue motivo de disputas, de enfados y de pequeñas batallas infantiles, sea hoy una de las ausencias que con más ternura abraza el corazón. Porque hay nostalgias que no nacen de lo extraordinario, sino de la sencilla felicidad que tuvimos delante de los ojos sin sospechar que algún día sería para siempre.

 

Dedicado a Mari,Carmen,Sonia y Esther “LAS NIÑAS”.

 

Atentamente;

El niño Gilena.


17 julio 2026

PERSONAJES DE MORON LUIS JAVIER VAZQUEZ MORILLA

 

Estimado Pueblo,

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

 

Hay hombres que no escogen un oficio, sino una forma de permanecer fieles a la tierra que los vio nacer. Hombres a quienes el destino les concede el privilegio de escuchar lo que otros apenas alcanzamos a oír. Así entiendo yo a Luis Javier Vázquez Morilla, moronero del barrio del Pantano, nacido en 1971, hijo de una geografía donde el aire aprendió hace siglos a sonar por solea y donde el silencio también tiene compás.

Me contó una vez que todo empezó al escuchar un disco de Paco de Lucía. Bastó un puñado de acordes para que se le removieran las entrañas y descubriera que el arte jondo no era una música, sino una manera de entender la vida. Aquella revelación, unida al privilegio de haber nacido en este triángulo prodigioso donde el cante, el toque y el baile parecen haberse dado cita desde siempre, y alimentada por su amor a los libros, a la historia y a la palabra, acabó convirtiéndose en una vocación. De esa vocación nació un blog que es mucho más que un archivo: es la memoria viva del derrame de arte moronero por el mundo, un lugar donde los nombres olvidados vuelven a respirar y las historias recuperan la dignidad que el tiempo les quiso arrebatar.

Pocas personas han reivindicado con tanta pasión la figura de Diego Bermúdez Cala, El Tenazas, aquel moronero que cantó por derecho y cuyo eco alcanzó a Chacón, a Lorca, a Falla y a Turina. Pero si esa labor bastaría para engrandecer cualquier trayectoria, Luis aún fue más lejos. Como todo Cervantes tuvo su Quijote, y el suyo fue esa inmensa enciclopedia dedicada a Silverio y los Fillos, una obra donde el lector tiene la impresión de que el autor ha logrado quebrar el calendario para caminar junto a aquellos hombres, compartir sus días, sus desvelos, sus triunfos y sus derrotas. No parece un historiador quien escribe; parece un testigo.

Pero, con ser admirable su obra, todavía me interesa más el hombre. Quizá porque me precio de conocerlo algo. Quizá porque compartimos rama del mismo olivo.

Luis es de esos seres que convierten una conversación de mostrador en una cátedra sin solemnidades. Conservador de leyendas, buscador de amigos sin condiciones, experto en crear el clima propicio para que la memoria se siente a la mesa. Catador de tintos, blancos y cuanto caldo merezca ser compartido, aunque sospecho que sigue reservando un rincón de la nostalgia para aquellas litronas medio frescas del Stop Reserva del 89, donde tantas veces la amistad se sirvió antes que la cerveza.

Es también un arqueólogo de archivos y legajos donde aparezca escrito el nombre de Morón, un paciente explorador de bibliotecas y de las conversaciones con los más viejos, porque sabe que hay documentos que nunca fueron impresos y que sólo sobreviven en la voz de quienes los vivieron.

Alguna vez, entre charlas de taberna, me confesó:

 

"Menos mal que la naturaleza no me dio facultades para cantar, tocar la guitarra o bailar... si no..."

Y siempre pensé que se equivocaba. Porque, de haber cantado, quizá habría sido un inmenso cantaor de seguiriyas. No por la voz, sino porque reúne lo verdaderamente imprescindible: el temple, el conocimiento, la capacidad de comprender el misterio del cante y esa pena antigua y vivida que no se aprende, de las que dejan tatuada el alma para siempre.

Pero no importa. La vida le reservó otro don, quizá igual de necesario: el de divulgar, rescatar y contar. Gracias a él sabemos quiénes fueron tantos artistas, cómo cantaron, cómo tocaron, cómo bailaron y, sobre todo, por qué todavía siguen viviendo entre nosotros cuando alguien pronuncia sus nombres.

Ahora que anda en estado de buena esperanza y que todo hace presagiar que la cigüeña de la Merced traerá bajo el ala un nuevo hijo de papel y tinta, sólo me queda levantar la copa, descubrirme la cabeza y brindar por un hombre que honra a su pueblo sin hacer ruido; por un amigo, un pariente, un caballero de la memoria.

Por don Luis Javier Vázquez Morilla, que ha entendido que también se puede servir al flamenco sin subirse jamás a un escenario, simplemente evitando que el olvido tenga la última palabra.

Atentamente;

El niño Gilena


09 julio 2026

AQUELLOS VERANEOS

 


 Estimado pueblo espero que al recibo de la presente te encuentres bie,porque yo, por mi parte, ando ya al borde de la rendición,” Que calor”.

 

Hoy, cuando el Lorenzo ,ese viejo dios inclemente que gobierna los mediodías de julio en Moron, me obliga a permanecer recogido entre paredes, con más miedo al resplandor de la calle que a la propia soledad, me ha venido a la memoria aquel tiempo en que las vacaciones aún tenían el nombre sencillo de “ Veraneo” y el calor no era una amenaza anunciada en los telediarios, sino una parte más del paisaje, una condición natural del moronero.

Entonces no había piscinas con nombres modernos ni complejos de agua con música y sombrillas alineadas. Había albercas, charcos, pozos y riberas. Había lugares que no necesitaban más decoración que una piedra desde la que lanzarse al agua y una pandilla dispuesta a convertir cualquier remanso en un territorio de aventuras.

Recuerdo aquellos nombres que todavía conservan en la memoria el eco de la infancia: el charco el Charcal, el pozo del Salao, el charco Pajarito, las junta de los ríos por tierras de Coripe. Allí aprendimos que la felicidad podía caber en una corriente de agua fresca, en una tarde interminable y en una cámara vieja de camión que, con la imaginación suficiente, se convertía en una embarcación capaz de surcar mares imposibles.

No sabíamos de peligros ni de advertencias. Éramos dueños de una libertad que hoy parece casi un recuerdo inventado. Bastaba una bicicleta, unos amigos y el deseo de encontrar cualquier rincón donde el verano pudiera ser vencido.

También estaban aquellas expediciones a las “vereas”, cuando la tarde daba una tregua y el calor permitía aventurarse por caminos polvorientos en busca de algún fruto prohibido. Los higos chumbos eran entonces una especie de tesoro vegetal, aunque su conquista tuviera como precio acabar lleno de pequeñas espinas que luego aparecían en los dedos, en la ropa y hasta en lugares donde uno no sabía que podían llegar.

Y qué decir de aquellas incursiones por la viña del Ciprés, donde los melones y las uvas eran tomados en calidad de préstamo, porque en nuestra particular filosofía infantil la palabra robar sonaba demasiado seria y nosotros solo pretendíamos adelantarle al tiempo el disfrute de aquello que la naturaleza ofrecía.

De tarde en tarde, como si fuese un acontecimiento extraordinario reservado para los días grandes, peregrinábamos a la playa. Aquel viaje comenzaba mucho antes de pisar la arena. Había que levantarse cuando todavía la noche andaba desperezándose, preparar los bártulos como si fuéramos una expedición militar y emprender el camino hacia Conil o Chipiona, después de dos paradas para echarle agua al R5, una tostada con zurrapa de manteca que hoy estaría prohibida por cualquier facultativo y casi cuatro horas de carretera, asentábamos el campamento.

Después venían las horas de sol, las olas, la sal pegada a la piel y ese cansancio feliz del regreso. Volvíamos con la piel encendida, con el color imposible de quien ha pasado demasiadas horas bajo el cielo, y con los hombros comenzando ya ese lento desprendimiento de pellejos que dejaba el verano escrito sobre el cuerpo como una pequeña cicatriz de juventud.

Pero si hubo un territorio verdaderamente nuestro fueron aquellas noches, si y digo noches de piscina. No tanto por el agua, sino por la emoción del secreto. Saltar aquellas tapias cuando la luna vigilaba desde arriba, contener la respiración ante cualquier ruido inesperado y sentir ese instante de aventura compartida que hacía que una simple zambullida pareciera una hazaña memorable.

Ahora, cuando los años han ido poniendo distancia entre aquellos días y nosotros, uno comprende que no era el agua, ni la playa, ni los melones, ni las bicicletas lo que hacía especial aquel tiempo. Era la ausencia de prisas, la amistad sin condiciones, la calle como territorio común y esa riqueza humilde de quienes tenían poco, pero sabían disfrutarlo todo.

Fueron veraneos sin grandes comodidades, sin excesos y sin apenas dinero. Pero estaban llenos de algo que hoy resulta más difícil de encontrar: la alegría limpia de vivir, la juventud sin calendario y la certeza de que cualquier tarde podía convertirse, sin saberlo, en un recuerdo para toda la vida.

 

Atentamente;

El niño Gilena.

 

PD. No existe un verdadero verano sin amigos, para JUAN,PACO,FRAN Y JUANITO Los de siempre.


01 julio 2026

ORGULLO Y PREJUICIO

 

Estimado pueblo.

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo hoy muy colorido.

 

Hay lugares que no son calles ni plazas, son páginas del recuerdo. Basta volver a ellos para que el tiempo, tan empeñado siempre en seguir escapando, se siente un rato a nuestro lado y se ponga a conversar con nosotros.

Me ocurrió hace unos días por los pagos de la Alameda, allí donde el gallo da la bienvenida al que llega y despide al que se marcha.

 El sol caía con esa autoridad de las tardes de veranos nuestros, y una solanera, recién llegada de Arenales, entretenía sus manos en peinar una grandiosa banderola de colorines que ondeaba con el orgullo de quien sabe que representa mucho más que un trozo de tela.

Me detuve a mirarla ,y sin saber por qué, la memoria hizo lo que mejor sabe hacer, poblar de gente los lugares vacíos. Se me dibujó una sonrisa al imaginar una estampa que hoy ya no puede darse, porque el personaje hace tiempo que cambió de barrio y ahora vive en el barrio de los recuerdos. Pero allí estaba, tan claro como si el tiempo hubiera decidido concederme una tregua.

Era “La Fernanda”.

Sonreía junto al mástil con esa alegría limpia que nunca necesitó permiso para existir. Hinchaba el pecho como quien se siente, aunque solo fuera por unos días, la verdadera estrella de la fiesta. Porque tenía ese don que la vida concede a muy pocos, el de hacer de su manera de ser un motivo de celebración y no de disculpa.

Me senté entonces en uno de los bancos que escoltan los viejos pabellones militares y dejé que la imaginación se mezclara con la memoria. Pensé en aquellos años de plomo, cuando a demasiadas personas les tocó vivir escondiendo lo más sencillo y lo más difícil del mundo, querer. Bastaba amar de otra manera para recibir como pedradas palabras que hoy avergüenzan más a quien las pronunciaba que a quien las sufría. "Maricón", "bujarrón", "tortillera", "machorra"... Cuántas veces aquellas voces hicieron más daño que una bofetada. Cuántos tuvieron que aprender a reír por fuera mientras se desangraban por dentro.

Por eso, cuando llega el 28 de junio y esa bandera vuelve a besar el cielo, uno comprende que no celebra únicamente una fiesta celebra una conquista. La de poder mirar de frente. La de no pedir perdón por ser quien se es. La de entender, por fin, que el amor y el deseo jamás necesitaron permiso de nadie para ser digno.

Y levanté mi cigarrillo como quien brinda con Vega Sicila

No solo por quienes hoy pueden vivir con la naturalidad que durante tanto tiempo les fue negada, sino por quienes abrieron el camino cuando caminar costaba insultos, desprecios, silencios y demasiadas soledades.

Brindé por los que conocí y por los que ya no están.

Por “el Momo”, que sin estrella Michelin era capaz de hacer feliz a cualquiera con aquel inolvidable sándwich de cochinito servido en el bujio del tu rincón que sabía a gloria.

Por “el Zoleta”, que con un chiste improvisado y una poca vergüenza bendita era capaz de levantar cualquier sarao, mientras bailaba unas sevillanas que parecían inventadas para él.

Por” Marva loca” y lo mona que tenia la chocilla en los arenales de peluchena.

 

Y hasta brindé por el cura de la Victoria, aunque la Mari me riña.

Cuando el sol empezó a empujarme hacia mi casa, recordé que me aguardaba un salmorejo bien fresco y ese cubo de ensaladilla que hace mi suegra, capaz de reconciliar a cualquiera con el verano y darle de comer a un cuartel de la legión

Me levanté despacio.

Y antes de perder de vista la rotonda, juraría que vi una figura menudita. Llevaba un pantalón rosa, casi de campana, y con el cuerpo ligeramente inclinado me decía adiós con una mano pequeña y una risa que seguía siendo la misma de siempre: limpia, contagiosa, desvergonzadamente feliz.

Le devolví el saludo, no sé si era él o era la memoria haciendo de las suyas.

Pero, por si acaso, seguí caminando con una sonrisa, porque hay personas que no desaparecen nunca. Mientras un pueblo siga pronunciando su nombre con cariño, seguirán paseando por sus calles. Y quizá esa sea la forma más hermosa de no morirse del todo.

Atentamente;

El niño Gilena.


29 junio 2026

NOCHES DE BUCARO Y ENEA

 

Estimado Pueblo:

Espero que te encuentres bien, yo hoy no puedo dormir.

 

Hay veranos que no se marchan nunca. Permanecen escondidos en algún rincón de la memoria, igual que el olor de la tierra cuando recibe el primer cubo de agua al caer la tarde. Basta cerrar los ojos para volver a ellos y escuchar, otra vez, aquel rumor de sillas de enea arrastrándose sobre el acerado, aquellas charlas de los vecinos sin saber que estaban construyendo un país diminuto donde nadie era extraño.

En aquellos años del Moron de nuestra niñez, la calle no era una calle. Era la prolongación de las casas, el salón común donde se refugiaba el vecindario cuando la calima expulsaba de las habitaciones cualquier tentativa de descanso. El calor era un inquilino testarudo que sólo concedía una tregua cuando el sol desaparecía detrás de la Torre Gorda, centinela inmóvil que parecía dar permiso a la noche para comenzar su oficio.

Entonces empezaba un ceremonial tan antiguo como las estaciones.

Las mujeres salían primero, armadas únicamente con sus cubos de lata. Baldeaban la acera con una solemnidad que hoy casi parece litúrgica. El agua corría buscando las junturas del empedrado y levantaba ese perfume irrepetible del verano Aruncitano, mezcla de cal, polvo y tranquilidad. Parecía que la calle respiraba aliviada después de todo un día quemándose bajo el sol.

La cena había sido breve, como correspondía a las noches de junio: gazpacho bien frío, picadillo aliñado con aceite generoso y el remate dulzón de un melón o una sandía abiertos sobre la mesa con la ceremonia de quien parte un tesoro.

Después comparecían las sillas de enea, alineándose frente a las puertas como si aguardaran el inicio de una representación que llevaba celebrándose generaciones enteras.

Los hombres ocupaban las primeras plazas. Camisetas calaítas de verano, pantalones remangados y un Celta sin boquilla consumiéndose despacio entre los dedos. Algunos, quizá por llevarle la contraria al propio descanso, montaban la silla al revés y reposaban los brazos sobre el respaldo mientras el humo ascendía sin prisa hacia un cielo todavía caliente. No eran amigos del abanico. Se quitaban la calor a tragantadas de agua fresca salida del búcaro de barro, cuyo pellejo sudaba igual que la de sus dueños.

Las madres aparecían después, envueltas en aquellos bambitos de flores que parecían inventados para sobrevivir al estío, detrás desembarcaba la chiquillería. Nosotros.

Los más pequeños arrastraban una sillita diminuta de esas que aquí llamamos de feria y un chupete que iba perdiendo la batalla contra el sueño. Los zagalillos llegábamos todavía poseídos por esa impaciencia de quien cree que el día puede alargarse indefinidamente si se sigue jugando.

Y al final hacían su entrada las abuelas.

Con aquellas batitas ligeras de verano, medias hasta media pierna, sandalias sin tacón y un ramo de jazmines recién cortados prendido entre el moño y la memoria. Había en ellas una elegancia que no conocía escaparates. Se abanicaban con la destreza de quien lleva toda una vida domesticando los veranos: unas con abanicos de madera y tela; otras con un simple cartón arrancado de una caja de babuchas, porque cuando aprieta el verano cualquier cosa sirve para mover el aire.

Mientras tanto, la noche iba haciéndose lentamente a sí misma.

Los hombres hablaban de cacerías, de perdigones, de perros que ya no había, de jilgueros mixtos capaces de enamorar a cualquier aficionado y de lo poco que ponían las gallinas cuando el calor les robaba también las ganas de vivir.

Las mujeres, entre un «buenas noches» y un «con Dios», componían esa crónica sentimental del barrio donde convivían la ternura y la malaleche. Comentaban lo hermosa que estaba la hija de Setanita, lo ligera de cascos que había salido la de Fulanita o el achaque que llevaba semanas castigando al marido de Mengano. Todo dicho con esa naturalidad vieja en la que el cotilleo era menos una maldad que una forma de mantener unido el vecindario. Alguna acunaba al más pequeño mientras hablaba sin dejar de mover el brazo con un ritmo tan preciso que parecía aprendido antes incluso que el de andar.

Y nosotros seguíamos jugando, perseguíamos grillos como si fueran animales mitológicos, levantábamos piedras buscando lagartijas o nos sentábamos alrededor de Raspaúra.

“Raspaúra...” qué personaje más grande para unos ojos de niño.

Poseía el raro privilegio de haber convertido la mentira en una forma superior de la verdad. Nos contaba que había visto lobos bajar de la sierra de pozo amargo, que había peleado con culebras más largas que un carro en la Peñagua, que un día pescó un barbo capaz de arrastrar una barca en la Arcilla o que los moros dejaron enterradas monedas de oro y un candil de lo mismo en una cueva de la plata que llega al castillo. Nosotros no dudábamos jamás. ¿Cómo íbamos a hacerlo? Para nuestra inocencia, la palabra de Raspaúra tenía la misma autoridad que los Evangelios.

Y así la noche seguía creciendo.

Algún vecino empezaba a cabecear sobre la silla. Se escapaba el primer ronquido, discreto todavía, mientras los más pequeños dormían ya rendidos sobre el hombro de sus madres. A nosotros se nos abría la boca en un bostezo interminable, esa señal inequívoca de que la cama empezaba a llamarnos por nuestro nombre.

Entonces el ritual llegaba a su desenlace.

Las conversaciones se iban apagando igual que las colillas. Las sillas regresaban lentamente al largo de las casas. Algún último «hasta mañana, si Dios quiere» quedaba suspendido en el aire mientras las puertas se cerraban una detrás de otra.

La calle recuperaba su silencio, sólo quedaban de guardia los grillos, ellos eran los verdaderos serenos de aquellas madrugadas. Custodiaban el sueño del barrio con un concierto humilde y obstinado que nadie agradecía porque todos lo dábamos por eterno. No sabíamos que también los grillos, como los vecinos sentados al fresco, como los búcaros rezumando agua, como las sillas de enea o las historias imposibles de Raspaúra, acabarían convirtiéndose en una especie extinguida de la memoria.

Y acaso por eso, cuando hoy alguna noche de verano trae de nuevo el olor del agua sobre el suelo caliente, no siento que esté recordando mi infancia. Tengo la impresión de que es ella quien, por un instante, vuelve a salir a la puerta para esperarme.

 

Atentamente;

El niño Gilena.


19 junio 2026

CUENTO DEL POZO LA HIEGUERA

 


 

Estimado Pueblo:

Espero que te encuentres bien, hoy te voy a regalar un cuento para dormir la siesta.

 

Por los pagos del Puntal, donde la tarde se demoraba entre el olor a tomillo y la cal cansada de los cortijos, nació una historia que nadie escribió en los papeles, pero que quedó guardada en la memoria secreta de las piedras.

Era una higuera joven entonces. Crecía al borde de un bancal pedregoso, estirándose cada primavera como quien busca una mirada entre la multitud. Frente a ella, un pozo antiguo sostenía el peso de los años con la dignidad silenciosa de los que conocen todos los secretos del campo. Al principio apenas se adivinaban, luego comenzaron a reconocerse en la rutina de las estaciones. La sierra, inmensa y maternal, les hacía de madrina desde el horizonte, velando aquel amor vegetal y subterráneo con sus llagas blancas desde la distancia.

Fue creciendo la higuera. Año tras año fue alargando sus brazos nudosos hasta asomarse al brocal. Desde allí contemplaba las pupilas acuosas de su amado, aquel espejo oscuro donde el cielo acudía cada mañana a peinarse las nubes. Y cuando llegaban los veranos ardientes, cuando el sol rajaba las piedras y las chicharras parecían limar el silencio, la higuera dejaba caer algunas brevas maduras sobre el agua. Descendían despacio, vencidas por su propio peso de miel, como besos almibarados que buscaban la boca sedienta del pozo.

El agua las recibía con un leve estremecimiento. Después las ondas iban abriéndose sobre la superficie igual que una sonrisa.

Así transcurrieron los años.

Pero un día cambió el campo, el mundo, el hombre.

El trajín del cortijo fue apagándose poco a poco. Las bestias dejaron de recorrer los senderos. Los hombres comenzaron a medir las distancias de otra manera y los caminos se hicieron más cortos mientras el tiempo se volvía más rápido. Las puertas permanecieron cerradas durante temporadas enteras y el polvo fue ocupando los lugares que antes pertenecían a las voces.

Sin que nadie pareciera advertirlo, el venero del pozo comenzó a fatigarse. Primero disminuyó el caudal. Luego llegaron las sequías. El agua fue retirándose hacia regiones cada vez más profundas de la tierra hasta quedar convertida en una sombra inmóvil. El brocal siguió siendo el mismo, pero el corazón ya no latía con igual fuerza.

La higuera observó aquella agonía.

Y se fue entristeciendo, se fue secando.

Ya no podía contemplarse en aquellos ojos líquidos donde durante tantos años había reconocido su propia hermosura. Ya no encontraba el reflejo de sus hojas ni el balanceo de sus ramas en aquella superficie cada vez más oscura. Se le fueron secando las brevas antes de madurar. El verdor se volvió ceniza. La savia aprendió lentamente el idioma de la ausencia.

Hasta que una primavera dejó de despertar.

Permaneció erguida algún tiempo, como permanecen las viudas que aún esperan un regreso imposible desde Cuba o Filipinas. Después el viento, la lluvia y los años fueron deshaciendo su figura. Y acabó secándose del todo, convertida en una memoria de madera y silencio.

Pasaron los años.

Los inviernos vinieron y se fueron sin dejar apenas rastro, hasta que llegó una otoñada alegre de aguas abundantes y truenos demorados. Durante noches enteras la lluvia golpeó los bancales abandonados y empapó los barbechos. La sierra, la vieja madrina de aquel amor, volvió a derramar sus bendiciones sobre la tierra.

Entonces ocurrió el milagro.

El pozo sintió regresar la sangre a sus venas de piedra. El venero despertó de su letargo de polvo y arena. El agua volvió a subir desde las entrañas del mundo con una fuerza olvidada, llenando otra vez de vida las paredes húmedas de su cuerpo.

Y esperó, espero una rama, una hoja.

La sombra conocida de aquel amor antiguo asomándose por encima del brocal.

Pero ninguna rama llegó, ninguna hoja acudió a eclipsar el paso de la luna durante las noches de San Juan.

Ninguna breva volvió a caer sobre sus aguas como aquellos besos dulces de otro tiempo.

Fue comprendiendo, poco a poco, que la espera también tiene un límite. Que hay ausencias que ni siquiera los milagros pueden reparar. Y dicen que comenzó a llorar hacia dentro, ocultando el dolor bajo el espejo tranquilo de sus aguas.

Lloró tanto, durante tantos años, que el agua acabó adquiriendo un sabor extraño. Un regusto de pena antigua y de despedida nunca pronunciada. Se volvió salina por la mucha tristeza retenida en sus adentros.

Y los malletes del lugar, que siempre encuentran nombre para las cosas que no entienden, empezaron a llamarlo el Pozo er Salao.

Todos menos uno.

Un pastor de los de charla larga, saludo constante y memoria agradecida, siguió llamándolo de otra manera. Cada vez que pasaba por allí, detenía el paso, apoyaba las manos sobre el cayado y decía mirando al brocal:

“GUENOS DIAS POZO LA HIGERA”

Porque sabía que algunos amores no terminan cuando desaparecen los amantes. Siguen viviendo en el nombre que alguien pronuncia, en la sombra que ya no existe y en la fidelidad de quien todavía recuerda.

Y desde entonces, cuando el viento baja de la sierra y se queda un momento rondando las ruinas del cortijo, hay quien asegura escuchar el ruido leve de una breva cayendo sobre el agua. Como si la higuera, desde algún lugar donde no alcanza la muerte, continuara enviándole besos a su amado.

Atentamente;

El niño Gilena.


12 junio 2026

LA REINA DE LAS ALTURAS

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo no me quejo.

 

Hoy, en mi regreso solitario por la Plaza de la Victoria, me sorprendió aquella sensación antigua tan vieja como las calles que uno ha recorrido demasiadas veces, de sentirse observado. Y eso que la tarde había caído sobre Morón con una pesadez casi mineral, de esas que amansan el ánimo de los hombres y adormecen hasta a las chicharras, refugiadas quién sabe dónde de las calores de junio. Sin embargo, después de mirar al cierro del “Cordobes”, levanté la vista por pura inercia, obedeciendo a ese instinto que a veces nos hace buscar compañía en el cielo, y allí estaba ella, inmóvil y vigilante, bañándose en la luz blanca de la siesta: una veleta de plumas y hueso, encaramada en aquella cesta de mimbres y hierbas secas que le sirve de hogar desde lo alto del campanario.

Me observaba con esa serenidad de quien ha visto pasar demasiados años para sorprenderse ya por nada. Y entonces recordé cuántas veces habré sido yo mismo examinado desde arriba por estas criaturas, soberanas indiscutibles de las atalayas de Morón, dueñas de los tejados, de las espadañas y de los campanarios. Guardianas pacientes que durante siglos ejercieron oficios hoy olvidados; mensajeras de nacimientos y augurios domésticos, relevadas ya por estos tiempos modernos donde los niños llegan de hospitales y no de París,  como aseguraban las viejas historias que endulzaban la infancia.

Ahora, liberadas de tan noble cometido, parecen entregadas a una jubilación contemplativa. Descansan en las alturas mientras rompen el silencio con el seco claquear de sus picos, ese sonido que resuena sobre los tejados como un sello antiguo estampado sobre el presente, una firma de otro tiempo que viene a recordarnos que, pese a todo, esto sigue siendo un pueblo.

Y como sucede con las gentes, también entre ellas hay diferencias, gustos y querencias. Las hay devotas y ceremoniosas, cigüeñas católicas y apostólicas que señorean los campanarios de la Victoria, San Francisco o la Merced, habituadas al tañido de las campanas y al rumor de las procesiones. Las hay administrativas, observadoras del trasiego municipal, que desde las cercanías del Ayuntamiento contemplan el ir y venir de vecinos y funcionarios mientras el Losada desgrana sus soniquetes sobre las horas. Las hay industriales, que eligieron por reino la antigua chimenea enladrillada de la cantarería de Pichichi, desde donde vigilan un paisaje que aún conserva la memoria del barro, del humo y del trabajo. Y las hay rústicas y fieles a las chaparras centenarias de las dehesas del Conde, acostumbradas al correteo de erales y utreros y a los horizontes abiertos donde el campo parece no terminar nunca.

Dicen ahora los entendidos que ya no se marchan, que los inviernos son más benignos y que el frío dejó de empujarlas hacia África. Que la temperatura las acompaña desde el otoño hasta San Blas y que no encuentran necesidad de emprender viaje. Puede que sea verdad. Pero yo prefiero pensar otra cosa. Prefiero creer que permanecen porque han terminado por enamorarse de estas calles de cal y naranjos amargos, porque les gusta contemplar cómo el trigo se vuelve rubio antes de la siega, cómo la aceituna se acarbona en las ramas cuando llega el tiempo de la recolección, porque disfrutan de esas tardes de invierno que no son ni amargas ni dulces, cuando el sol se derrama mansamente sobre las azoteas y el viento les cuenta historias antiguas desde los caballetes de los tejados.

Y mientras las mece ese aire viejo que conoce todos los nombres y todas las ausencias, siguen allí arriba, observando el trajín constante de la vida. Ven pasar las risas de los chiquillos, el caminar apresurado de las gentes, los silencios resignados de los viejos. Son testigos discretos de cuanto ocurre bajo ellas, cronistas mudas de un pueblo que cambia sin dejar de ser el mismo.

Quizá por eso, cuando una cigüeña nos mira desde su altura, no es ella quien nos observa realmente. Es el tiempo. Ese tiempo lento que todavía sobrevive en algunos rincones de Morón y que, afortunadamente, sigue encontrando refugio entre las alas blancas de estas centinelas del cielo.

 

Atentamente;

El niño Gilena.


02 junio 2026

REJISTRO CIVIL MORONERO

 

 

Estimado pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien, yo bien gracias.

 

En Morón, como en tantos pueblos viejos donde el tiempo no pasa, sino que se posa, las gentes no han sido nunca solamente personas de nombre y apellidos. Aquí, antes que el carnet y el registro, antes que las letras tiesas del juzgao y el libro de familia, estaba el apodo. Y con eso bastaba. Porque había motes que pesaban más que un apellido compuesto y otros que retrataban mejor a una familia que una fotografía colgá en la sala.

Decir en Morón “ese es de los…” no era señalar a uno solo, sino abrir un libro entero de memoria popular. Porque el apodo no nacía por capricho. El mote venía siempre preñao de historia. Un oficio, una desgracia, una virtud, un defecto, una manera de andar, una frase mal dicha, un parecido con algún animal o una noche memorable de vino y flamenco bastaban para bautizar a una familia entera por generaciones. Y ya podía el tiempo correr, que aquello se quedaba pegao como el olor de la almazara en la ropa.

Había quien llevaba el mote como quien luce escudo de armas nobiliario. Con orgullo. Con la cabeza alta. Porque aquel apodo hablaba de un abuelo trabajador, de un padre valiente o de una casa humilde, pero respetá. Y así iban por la vida los hijos y los nietos, heredando no dineros ni tierras, sino algo más importante en los pueblos: el reconocimiento de la gente. Que en los pueblos el verdadero linaje no lo dan los papeles, lo da la memoria de otros.

Pero también estaban los agrios. Los motes que dolían. Los que caían encima como una herencia amarga. Porque el pueblo, que tiene mucho de madre y mucho de juez, también sabe ser malo sin darse cuenta. Y había criaturas que nacían ya marcás por una historia que ni siquiera habían vivido. Cargando con el peso de un apodo que venía de un tatarabuelo borrachín, de una pelea antigua o de cualquier miseria que el tiempo nunca quiso borrar. Porque los pueblos olvidan poco. Y Morón, que tiene la memoria larga como una tarde de junio, guarda las historias en los rincones igual que el polvo se guarda en las vigas viejas.

Y, aun así, qué sería de nosotros sin esos motes.

Porque gracias a ellos el pueblo a conservao una manera de nombrarse que no cabe en los censos. Los motes han sido la verdadera sangre oral de esta tierra. Una forma de saber quién era quién sin necesidad de preguntar demasiado. Una manera de mantener vivos a los que ya se fueron. Porque cuando alguien dice todavía “aquél era de los…”, resulta que el muerto vuelve un instante a sentarse en la puerta de la calle, a liar un cigarro o a cruzar la carrera despacito.

Los motes de Morón no son simples palabras. Son retratos hablados. Son capítulos enteros de la vida de un pueblo. Son la ironía, la ternura y la mala leche andaluza metidas en una sola expresión. Y aunque ahora vengan tiempos modernos, redes sociales y nombres puestos con prisas, todavía queda quien reconoce antes un mote que un apellido. Porque el mote, cuando prende en un pueblo, ya no hay quien lo arranque.

Y así seguirá Morón, repartiendo nombres que no vienen en los almanaques de los salesianos ni en el registro civil , pero que duran más que muchas lápidas. Porque mientras haya un viejo sentado al fresco contando quiénes eran “los Tal” o “los Cuales”, seguirá latiendo esa manera antigua de entender la vida donde cada familia era una historia y cada mote un pedazo de eternidad.

 

Dedicado a todos los que mi sesera recuerda, desde putas del pozo loco a curas de San Miguel pasando por cantaores,albañiles,camioneros,carboneros,tocaores, fruteras,toreros,rateros,mariquitas,tasqueros y demás personajes del registro civil moronero.

 

EL CHACHELO,LA GUAPA,LOS BOQUERONES,EL COPA,EL CARBONERO,EL QUINTO,LA PETACA,EL NIÑO MORON,MALABRIEGA,EL FOGONAZO,EL NIÑO GILENA,PACA MARMOL,LOS CARLANCOS,MARIQUILLA LA MOJINA,LOS MIGUELITOS,ENCARNA LA SANTOS,EL YARIMO,MALVALOCA,EL ZOLETA,LA MALAGEÑA ,EL ANCHOA,EL NIÑO MATAERO,PELOMONO,EL PELAO,LA CARABELA,PIKOLIN,RASPAURA,TIRILLAS,LOS ANTOÑITOS,EL NIÑO ROSA,EL CARPINTERO,EL CHORI,EL AVESTRUZ,LOS CUBILES,EL RATON,EL CHATO,EL NIÑO LA PLATA,EL CHARRITO,EL CIGUERIN,EL BORRICO,EL PALOMA,EL KUNFU,LA FERNANDA,LOS CASAITOS,EL QUINTO,POCASLUCES,EL LARGO,EL TOMATE,EL GALLI,LA NIÑA AMPARO,EL CHATO,LA CONEJA,EL YUMI,EL CORDOBES,LAS AGUAORAS,EL LERI,PACA LA FEA,EL MINISTRO,EL RUBIO,LA TRISTE,RODINO,EL COMPARITO,EL MAIZERO,CHARLILLA,ELPETERRA,EL DUNDA,ANDORRANO,MONDAJIGOS,EL FILLO,PECHOLATA……….

 

Atentamente;

El niño Gilena