28 abril 2016

LA AFOTO

Cumpleaños en casa de los abuelos, Currito y Bernarda. Después de tanto tiempo, ¿quién es quién?

27 abril 2016

“LA AFOTO”



Heme aquí de nuevo, en este rincón nuestro, para cumplir con un pequeño encargo que mi buen amigo “El Niño Gilena” me ha hecho.
En cuanto me lo comentó me pareció bien  por varias cosas. En primer lugar es original por sencillo, rápido y a la vez tan completo por todo lo que puede decir. Además,  servirá para traer aquí evocaciones y recuerdos de aquel Morón que se fue para no volver jamás, para bien o para mal. Seguro que despertará en aquellos que lo vean, emociones escondidas en lo más profundo del recuerdo y la memoria, así que por eso ya merece la pena.
El objetivo de este nuevo apartado del blog, será colocar una foto que traída desde el pasado, nos evoque momentos que inunden por un momento nuestro presente. Tan solo una frase hará explicación de la imagen que será la protagonista de la entrada. Invito, incluso a quien le parezca, a pasarnos fotos para que sean colgadas en esta sección (siempre se nombrará la fuente, por supuesto)
Así que sin más preámbulo y aprovechando la próxima venida del día de la madre, coloco la primera foto de la serie. 
Nadie como una madre para subir a que te hagas una foto con el Rey.

 Año 1974

10 abril 2016

CON 20 DUROS




 Estimado Pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien. Yo bien, a Dios gracias.

Andaba yo trasteando por unas carpetas antiguas de esas donde aparecen un recibo de agua pagado en pesetas y una papeleta de una rifa de una cesta de Navidad cuando apareció ante mí un billete antiguo de 20 duros, aquellos en los que aparecía Gustavo Adolfo Bécquer con una pose un poquito mariquita. Vino inmediatamente al trastero de mi memoria los días en que siendo mi santo (pues en mi casa no hemos sido mucho de cumpleaños), mi abuela Pepa tenía a bien en regalarme uno de esa guisa y, mi menda, como siempre ha sido y, sobre todo en la niñez, de los de carpe diem, lanzábame como loco a esas calles de Dios a cambiar el susodicho billetito por alegrías y viandas.

La primera parada era en la librería del Charrito o de Dolorcita Abril pues compartían mayorazgo de la misma, donde dándole largas a 4 duros me trajinaba un DDT, un Tío Vivo y un Mortadelo especial… casi ná. Sin tardar mucho en desplazamientos, cruzaba la calle por donde me daba la gana, en ausencia de paso de peatones y la poca velocidad de seiscientos, ocho y medios y mil quinientos y, en el puesto de “la perfecta” me cargaba otros 2 duros en arazú del gato, chicles Cosmos, un paquete de kikos Churrucas y dos chupa-chups de Kojak. Mientras degustaba la azucarada pitanza, echaba un vistacillo a las carteleras de cine por decidirme si tocaba el luchador manco o una vaquerada del séptimo de caballería. Una vez visualizado el futuro espectáculo y devorado el festín chucheril, pasaba, por eso de seguir con los azúcares, por la pastelería María Auxiliadora de la calle Nueva y me liberaba de otros 2 duritos en un merengue de esos quemaditos por fuera...¡qué alegría, Dios mío de mi vida!. Como en esos tiempos no padecía vergüenza de ir comiendo por la calle, me dirijia entre bocado y bocado al puesto de Paquita “la encajera”, donde podía elegir, ya que me lo permitía mi onomástica fortuna entre todos los paquetes de baqueritos que, colgados de un tendedero improvisado, se mostraban ante mí: aviones, barcos, primera guerra mundial, vikingos, indios pieles rojas… ¡qué delicia!, con lo que otros 2 duros del ala.

La tarde se me venía encima y, en el cine ya estaba la cola formada, con que con la película elegida (hoy sería de karate), ya estaba el tío de puntillas alargándole 3 duros a una taquillera entradita en años y con gafa “culo botella” (hoy tocaría planta baja, para eso era mi santo). En la espera callejera, antes de que abrieran las puertas, no podía faltar hoy, que tenia cuartos, jugarme un durito a la reolina de un hombre gordo y mas bien gigantón que no destacaba por su amabilidad con la clientela, pero como siempre que metía, ni lagarto, ni baquero, ni rana verdosa, me quedé a dos puntillas del deseado premio. En fin, que una vez abierto el portalón, pa dentro. Claro es que una película no es una película sin un paquete de “arvellanitas”, uno de pipas y tres o cuatro esponjitas, con lo que dos duritos mas a restar de mi fortuna.

Una vez terminada la película, las pipas, las “arvellanas” y todo lo que se me pusiera por delante, no había mejor manera de retirame pa mi casa que con un helado de dos bolas, de esos que tan amablemente te ponía una heladera que hablaba regular y tenía mas años que la puerta de San Miguel, con lo que con 3 duritos menos y una bola de chocolate y otra de vainilla y una sonrisa de oreja a oreja iba para mi casa echándole una vistacillo a las historias de los tebeos y con ansia por abrir el paquete de vaqueritos para ver si venían muchos de aquellos que apuntaban de rodillas.

Entraba yo en mi casa alegre y contento, habiéndome sentido como un Rockefeller por un día y con un durito en el bolsillo para rematar la faena al día siguiente ante el puestecillo móvil que todas las mañanas a la hora del recreo tenía a bien visitarnos.


Volví a mirar los 20 duros y a guardarlos con la esperanza de que, cuando pasase algún tiempo volviera a traerme aquellos regocijantes años de mi niñez.


Atentamente;


El niño Gilena

18 marzo 2016

UN DOMINGO CUALQUIERA






Estimado Pueblo:


Espero que al recibir la presente te encuentres bien. Yo bien, a Dios gracias.


Los que andan como yo, que les quema la cama y no son de esperar el sol en decúvito supino, nos encanta el domingo de buena mañana darnos un paseito por las tranquilas ruás, en busca de uno de los manjares de pobre que, con el pasar de los años, sigue haciendo las delicias de jóvenes, viejos y niños: “Los tejeringos”, aunque ya en desuso esta arcaica palabra, ya sustituida por la más actual: Calentito.

Pues eso, medio vestido, con ropa informal, chándal, pantalón flojito o calzonas, si el tiempo lo permite, empieza el primer dilema: pa dónde tiro, ¿pa la alameda? No, que allí hay mucha gente, ¿pa la plaza? No, que allí no hay de papas...Total, que por cercanía y variedad me dirijo enfrente de la antigua barbería de Tirillas, dispuesto a realizar la susodicha compra. Al llegar empieza el antiguo ritual con un sonoro “buenos días” y un antiguo “quién da la vez”. Una vez contestada la pregunta, te distraes durante la espera en calcular cuánto te llevas, y este sí que es un problema pues siguen siendo unos de los productos que se expenden a ojo de buen jeringuero, o ¿alguien sabe si un euro de calentitos es mucho o poco?... En fin, que haciendo un recuento fácil con los dedos y diciendo mentalmente: ...mi mujer, mi suegra, mi niña y yo y algunos que sobren para la merienda aunque me los coma fríos... decido arrearme dos euritos de calentitos, uno de papas y otro de rueda, pero claro está, ahora empieza el segundo dilema: a mi mujer le gustan pasaditos, a mí me gustan crudos, a mi suegra le gustan de los dos... da igual, Dios proveerá y en espera que me toque la porrita, que no se sabe porqué pero es un manjar de dioses, espero pacientemente entre banales charlas del tiempo que la vez sea para mí.

Siempre me ha gustado observar con qué maestría manejan los palos los jeringueros pues parece que están comiendo shusi pero a lo bestia. Recuerdo también cuando el jeringuero, con su instrumento mitad embudo mitad lavativa y con una presión sobaquera, pintaba en el renegrido aceite ese laberíntico anagrama de harina, agua y levadura con el que todos nos chupábamos los dedos, pero eso ya es tiempo pasado. Total, que entre estos pensamientos oigo la mágica vez que dirigiéndose a mí me dice: ¿Cuánto le pongo Maestro?. A la respuesta de “dos euritos bien despachaos que son par campo”, la hábil mano de la jeringuera me llena dos papeles de estraza en lo que su pericia de pesaje admite que son las cantidades correctas, con lo que con los dos papelones en la mano y una sonrisa de oreja a oreja atravieso La Carrera en dirección a mi casa, claro está, no sin antes hacer una cata a cada papelón por rememorar aquellos catadores romanos que comprobaran la salubridad del producto. Ya vendrá después el bicarbonato con las rebajas.


En fin, hay que ver la alegría que mete en tu casa dos euros de calentitos en un desayuno dominguero.

Atentamente;


El niño Gilena

25 enero 2016

Cavilaciones en mi azotea



Camino del sur.
La radio suena de fondo, unos acordes a bajo volumen. Los niños duermen detrás. La carretera ya pesa, también han madrugado y por fin han sucumbido a los kilómetros. Mi mujer también dormita. Tras sus gafas de sol, los ojos se entrecierran y da leves cabezadas, no pilla postura para dormir. Hace rato que paramos a comer algo y tomar un café. El viaje sigue.
Yo tranquilamente conduzco. El control de velocidad hace su trabajo y sólo tengo que estar atento a los que vienen por detrás y a los camiones que tengo por delante. Madrid y su caos hace rato que quedó atrás. También pasamos evocadores pueblos como Aranjuez, Ocaña o Almagro y ya La Mancha se me hace familiar de tantas veces que la he atravesado.
La autovía discurre recta, serena y con pocos cambios. El sol brilla en un día claro y fresco. Disfruto viendo los viñedos al borde de la carretera, también caseríos que a lo lejos se ven languidecer por el abandono. Atrás van quedando ventas de camino, pueblos y hasta molinos quijotescos que a lo lejos baten sus brazos.
Aquí, en el coche, todos duermen ya. Yo conduzco, miro a los pequeños por el retrovisor y de reojo le echo un vistazo a ella y me sonrío. Por fin encontró la postura para dormir.
Puerto Lápice está cerca y como siempre que paso por aquí, me vienen a la mente imágenes y ensoñaciones del aquel insigne hidalgo, noble de alma y corazón, cuerdo de atar en su locura.
Veo los campos extendidos perderse en el horizonte, con sus caminos y sendas. Hasta me parece ver a tan singular pareja pisando trochas y sufriendo calores en pos de entuertos que deshacer, malandrines a los que abatir e injusticias que solventar, mientras los pensamientos del caballero se escapan montando palabras de amor por su Dulcinea.
Y así en mis cavilaciones, dejé atrás Valdepeñas con sus bodegas y otras ilustres naciones manchegas. Almuradiel y luego Venta de Cárdenas, donde un conocido cartel ya me dice, “BIENVENIDO A ANDALUCIA”
Ahora todos han despertado con mi grito, “¡que ya estamos en Andalucía!”

24 enero 2016

LA MOVIDA





Estimado Pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien. Yo bien, a Dios gracias.

Aquellos como yo, que peinan canas o hace tiempo que se olvidaron de la dentada herramienta, seguro que recuerdan los os en los que fuimos lo que por aquí viene a llamarse “chavalones”, y en los que en las tardes de sábados y domingos o algún día de diario, paseábamos el palmito por aquellos bares, pubs y discotecas que formaron nuestra movida particular.

Hoy quiero hacer un ejercicio de recuerdo para lo cual ya me he puesto mis tejanos un poquito pesqueros, mi camiseta Chevignon y mis castellanos marroncitos.
Pues sí, de esta guisa y acompañado por un amigo (póngale usted el nombre) con unos Malboro elastic, unos Yumas blancos con tiritas azules y una camiseta Levis un poquito roía estábamos dispuestos a pasar un finde de movida.

Todo comenzaba, como no podía ser de otra forma, en el bar Stop ante el “Don Perignon” de nuestra mocedad: la litrona fresquita, acompañada con un puñao de “arbellanitas”, un paquete de Fortuna y una amigable charla preparativa de lo que iba a ser la noche. Ante la discrepancia de los allí reunidos y para seguir la disertación, solía trasladarse la comitiva a “los Cuatro Caminos” y ante una jarrita de lo mismo y una partida de maquinitas, a los sones de Dire Straits, seguíamos en el “¿pa onde tiramos?”. Los más deportistas optaban por la Piscina o por “el mantichi”, no por lo magnifico de su cocina o bodega sino por practicar el noble y antiguo arte del futbolín, para el que, y puedo jurarlo, disponíamos de auténticos Maradonas. Los que estaban más dispuestos a salir a pescar alguna chavalita tirábamos para los confines del Pantano, hacia el Bugui donde, entre magos de imitación y aspirantes a peluqueros, echábamos una visual para, como decía mi colega José Mari, ver cómo estaba el “pescao”.

Una vez hartos de Pantano, y en ausencia de cualquier aparato de comunicación, empezaba la romería de búsqueda de colegas para echarle mas ascuas a la noche, con lo que poniendo en marcha los medios de trasporte disponibles (Vespinos, Mobiletes, alguna Dervi tocada o el viejo molano prestao del padre) nos arrimábamos a los pagos de Los Caños, por ver si algún colega se había dejado caer por La Cuadra. Si la cosa estaba tranquila unos nos dirigíamos a Puerto Pescao echando una visual por la Goleta, mientras los mas osados se pegaban una pataita al bar de La Matea o al bar Moreno para obtener algunas plantas de poder que rematara unas risitas esa noche, eso sí, quedando todos en El Camaleón para empezar con los cubatitas y comenzar a mover el esqueleto.

Pues eso, una vez con el primer cubata bebio, venía la gran disertación: Jumbo, Desire o Venus, porque eso sí que era una decisión importante, ya que ello marcaría el trayecto de la noche.
Se escuchaban todo tipo de disertaciones en contra y a favor: que si la pista se sube, que las tías mas buenas están en La Jumbo, que si yo voy a la Venus que no pago entrada...en fin, que al final en una o en otra todos acabábamos bailando el “life is life” o “el niño pijo”, con lo que a con alguna copita de más, dos paquetes de Fortuna de menos y algún cigarrito de la risa echábamos para tras el sabadito. Claro que ahora quedaba el domingo, en el que en cuanto llegaba el mediodía ya estaba de nuevo la tropa preparada en Retamares, reunidos en círculo ante cinco dados que quisieran coronarnos con un doble en tomates. En cuanto el hambre hacía de las suyas no había muchas elecciones: o al Turri en la calle Cantarranas a por el sándwich de pollo o cochinillo con tu tapita de ensaladilla, al Mantichi por una pechuga de pollo empanada mas estira que la cara de Julio Iglesias o al Jumbito por una hamburguesa. Lo que sí esta claro es que era la tarde de los pubs y mientras mas oscuros mejor. Entre todos la parte alta del Chevalier era la que mas molaba pues el Filou estaba mas clarito y en el Taly siempre te tocaba el sillón de debajo de la pecera y te veía todo el mundo.

Para terminar la tarde de domingo, un mítico: el bar Alemán, donde padre e hijo, sin olvidar una cara o un nombre, sabían qué bebías, cómo te llamabas y, si te ibas sin pagar, quién era tu padre.
A los que mas le gustaba exprimir los días de ocio no podían dar por finalizado el espectáculo sin tomarse la penúltima en el Zulú y despedir la noche como Dios manda.

En fin, un finde bien aprovechao de moroneras maneras. “ QUIEN LOS PILLARA...”

PD : En el siguiente fin de semana contaremos nuestras peripecias en Marchena, La Puebla, Utrera, El Coronil y Coripe.

Atentamente;


El niño Gilena

08 enero 2016



CAVILACIONES EN MI AZOTEA.

Me gusta oír la lluvia. Me embelesa el repiqueteo de la lluvia nocturna clamando en el cristal o en la persiana. Me retrae el pensamiento y hasta relaja mi consciencia. Lluvia que se escapa del canalón y repica en el suelo encharcado o el tejadillo. Agua que tamborilea en los tiestos con helechos, las costillas de Adán y las pilistras.
El canto de la lluvia me arranca evocaciones y ensueños. Imágenes de ventanas enrejadas al interior de un patio encalado, de viejo ladrillo enlosado y de mosaicos de piedras adornado.
Ojos abiertos en la oscuridad de la madrugada, teniendo la ventana entornada dejando entrar en la habitación brisa fría y música de lluvia. Esa lluvia que cae serena, constante y queda. Esa misma que empapa los campos y llena arroyos y torrenteras. Esa que tanto agradece la tierra y que tanto aprovecha. La misma que vuelve la campiña verde y da múltiples colores y olores a la serranía.
A veces pienso que este gusto por la lluvia me viene por ser del sur. Allí donde la lluvia es bendición y allí donde se dejan escapar los sueños por una ventana entornada.