10 abril 2016

CON 20 DUROS




 Estimado Pueblo:

Espero que al recibir la presente te encuentres bien. Yo bien, a Dios gracias.

Andaba yo trasteando por unas carpetas antiguas de esas donde aparecen un recibo de agua pagado en pesetas y una papeleta de una rifa de una cesta de Navidad cuando apareció ante mí un billete antiguo de 20 duros, aquellos en los que aparecía Gustavo Adolfo Bécquer con una pose un poquito mariquita. Vino inmediatamente al trastero de mi memoria los días en que siendo mi santo (pues en mi casa no hemos sido mucho de cumpleaños), mi abuela Pepa tenía a bien en regalarme uno de esa guisa y, mi menda, como siempre ha sido y, sobre todo en la niñez, de los de carpe diem, lanzábame como loco a esas calles de Dios a cambiar el susodicho billetito por alegrías y viandas.

La primera parada era en la librería del Charrito o de Dolorcita Abril pues compartían mayorazgo de la misma, donde dándole largas a 4 duros me trajinaba un DDT, un Tío Vivo y un Mortadelo especial… casi ná. Sin tardar mucho en desplazamientos, cruzaba la calle por donde me daba la gana, en ausencia de paso de peatones y la poca velocidad de seiscientos, ocho y medios y mil quinientos y, en el puesto de “la perfecta” me cargaba otros 2 duros en arazú del gato, chicles Cosmos, un paquete de kikos Churrucas y dos chupa-chups de Kojak. Mientras degustaba la azucarada pitanza, echaba un vistacillo a las carteleras de cine por decidirme si tocaba el luchador manco o una vaquerada del séptimo de caballería. Una vez visualizado el futuro espectáculo y devorado el festín chucheril, pasaba, por eso de seguir con los azúcares, por la pastelería María Auxiliadora de la calle Nueva y me liberaba de otros 2 duritos en un merengue de esos quemaditos por fuera...¡qué alegría, Dios mío de mi vida!. Como en esos tiempos no padecía vergüenza de ir comiendo por la calle, me dirijia entre bocado y bocado al puesto de Paquita “la encajera”, donde podía elegir, ya que me lo permitía mi onomástica fortuna entre todos los paquetes de baqueritos que, colgados de un tendedero improvisado, se mostraban ante mí: aviones, barcos, primera guerra mundial, vikingos, indios pieles rojas… ¡qué delicia!, con lo que otros 2 duros del ala.

La tarde se me venía encima y, en el cine ya estaba la cola formada, con que con la película elegida (hoy sería de karate), ya estaba el tío de puntillas alargándole 3 duros a una taquillera entradita en años y con gafa “culo botella” (hoy tocaría planta baja, para eso era mi santo). En la espera callejera, antes de que abrieran las puertas, no podía faltar hoy, que tenia cuartos, jugarme un durito a la reolina de un hombre gordo y mas bien gigantón que no destacaba por su amabilidad con la clientela, pero como siempre que metía, ni lagarto, ni baquero, ni rana verdosa, me quedé a dos puntillas del deseado premio. En fin, que una vez abierto el portalón, pa dentro. Claro es que una película no es una película sin un paquete de “arvellanitas”, uno de pipas y tres o cuatro esponjitas, con lo que dos duritos mas a restar de mi fortuna.

Una vez terminada la película, las pipas, las “arvellanas” y todo lo que se me pusiera por delante, no había mejor manera de retirame pa mi casa que con un helado de dos bolas, de esos que tan amablemente te ponía una heladera que hablaba regular y tenía mas años que la puerta de San Miguel, con lo que con 3 duritos menos y una bola de chocolate y otra de vainilla y una sonrisa de oreja a oreja iba para mi casa echándole una vistacillo a las historias de los tebeos y con ansia por abrir el paquete de vaqueritos para ver si venían muchos de aquellos que apuntaban de rodillas.

Entraba yo en mi casa alegre y contento, habiéndome sentido como un Rockefeller por un día y con un durito en el bolsillo para rematar la faena al día siguiente ante el puestecillo móvil que todas las mañanas a la hora del recreo tenía a bien visitarnos.


Volví a mirar los 20 duros y a guardarlos con la esperanza de que, cuando pasase algún tiempo volviera a traerme aquellos regocijantes años de mi niñez.


Atentamente;


El niño Gilena

2 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho y me ha hecho recordar mi niñez muy parecida con el tío Bigotes en la calle Nueva y los kioscos de castañas pilongas.

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  2. Que emoción tan grande al leer todo esto yo recuerdo muchas cosas porque mi niñez esta rodeada en esos recuerdos y más emocionada al leer el momento de PAQUITA LA ENCAJERA ufff que sensación más grande cuanto daría por tenerla en esa tienda en esa esquina y poderla abrazar cuanto te echo de menos abuela del alma eres la mejor se merecía un gran homenaje por lo grande que fuistese y querida por todo moron

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