07 octubre 2011

De un paseo por Morón

El pasado septiembre, cuando acababa ya la Feria y el verano se marchaba del calendario sin enterarse Lorenzo, estuve yo por mi querido Morón. Como no podía ser menos, disfruté de la compañía de mis amigos y en especial de la del Niño Gilena.

Como los dos andábamos en días de holganza, decidimos una mañana dar un paseo por la Villa, aprovechando así para visitar los sitios emblemáticos y característicos, qué en otros tiempos, tanto nos gustaba merodear. A sí que, tras un tranquilo café mañanero en una terraza de la calle Nueva, viendo el trasiego de los paisanos y en agradable charla, nos dirigimos con paso firme hacia San Miguel, para comprobar con desilusión que estaba cerrada. La flanqueamos por su fachada norte, buscando el pétreo camaleón y de ahí seguimos por las Siete Revueltas, descubriendo con pena la insuficiente restauración de sus paredes, que en su mayoría están sucias de moho y verdina, de pintadas y matojos, de vidrios rotos y ventanas tapiadas. Por fin, al rodear el santuario, encontramos un postigo abierto y por ahí nos colamos. Ya había olvidado la magnificencia de esta iglesia, con sus retazos gótico, rezumando historia olvidada de un pueblo. Paseando bajo sus bóvedas nos acercamos hasta la fachada principal donde se encuentra expuesta sin protección alguna, una extraña pintura de San Juan Bautista, en el que parece una mujer.
Salimos y seguimos nuestro deambular hacia la ladera del castillo, por la parte del malogrado auditorio, destrozado, inacabado y decadente, flanqueado de escombros de algún mal vecino. Subimos por la cara oriental, entre secarral de matojos y malezas, mirándonos el uno al otro, tristes y furiosos por tan dantesco paisaje. De vez en cuando volvía mi mirada, buscando la Atalaya, pero no era capaz de encontrarla, llegando a creer que su existencia había sido un sueño que un día tuve y lo tomé por cierto. Entonces mi buen amigo me dijo, "-no busque más, la Atalaya es aquello que ahora ves allí, en el cerro de enfrente. Lo que llaman los "bungalos". Preferí seguir la subida en silencio, envuelto en mis pensamientos, intentando borrar tan esperpéntica visión.
Llegamos arriba comentando como a la ya conocida ruindad del edificio, había que añadir la cantidad de basura esparcida por doquier, papeleras y farolas arrancadas. A la desidia de las autoridades municipales, había que sumar la natural inclinación de algunos moroneros a ser unos puercos (con perdón hacia tan noble animal) y unos sucios, que van dejando amarga huella por allí por donde pasan. Al borde del barranco, que muestra Morón casi en su totalidad, nos quedamos de pie, en silencio, observando el caos urbanístico, de libertinaje ladrillero en el que está sumido algunas zonas del pueblo, víctima del mal gusto arquitectónico del que hacen gala algunos paisanos, donde se entremezclan casas de nueva construcción sin ningún tipo de estilo, con alguna casita de tejados tradicional, sin olvidar solares y postigos llenos de chatarra, forrajes y cubos de pintura. "Si es que tenemos lo que nos merecemos, Fran" dijo mi buen amigo, rompiendo el silencio y mis pensamientos.
Bajamos por la carretera hasta el colegio y callejeando hacia la calle El Bosque enfilando hacia la Casa de la Cilla. Qué lastima, qué desperdicio de patrimonio histórico, que forma de destruir nuestra propia identidad. En la desvencijada puerta, un cartel rezaba, "se vende o permuta por tierra de labor", a lo que dedujimos que la propiedad sería privada. Hay amigo mío, si yo tuviera dineros lo que iba a hacer allí.
Disertando ambos, de lo que nos había deparado nuestra excursión, decidimos tomar el camino de en "´c´a La Paca", donde refrescar la garganta y apaciguar el espíritu. A sí pues, atravesamos por el nuevo parque de Las Huertas del Hospital, que para gran alivio, vimos que había quedado un lugar sereno, bien proporcionado y hermoso, al que encontramos un fallo, el exceso de vegetación foránea, necesitada de abundante agua, en detrimento de las auctóctonas, mejor adaptadas a nuestro clima y suelo.
Al fin en "c´a La Paca", recreándonos con un merecido refrigerio, charlamos de lo visto durante la mañana con mi viejo compañero de infancia y ahora señor del mostrador de tan digno local, el
Sr. Ulecia, que ha conseguido un apacible y recoleto local, del que espero disfrutar en futuros viajes a mi pueblo.
Y así terminó la mañana, sintiéndome avergonzado y dolorido y casi con la fe perdida en mi tierra, aunque sabemos de sobra que por fortuna todos los de Morón, no son como son.

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